Oda a la libertad

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Las antorchas que recorren el país cada 15 de septiembre son símbolo tanto de la iluminación intelectual y espiritual, como de la libertad.

¿Asimilaron los próceres centroamericanos los mensajes liberales del Barón Montesquieu, Adam Smith y Thomas Jefferson, entre otros pensadores de la Ilustración? A continuación, cuatro advertencias hechas por liberales clásicos que nuestros antepasados quizás desestimaron, pero que esta generación de guatemaltecos debe atender urgentemente.

1. Los abusos del poder son intolerables. Desligarnos de la monarquía no nos blindó contra los autoritarismos abusivos. De Montesquieu aprendimos las bondades de separar y balancear los poderes del Estado. Él advirtió en El espíritu de las leyes (1748) que “cuando los poderes legislativo y ejecutivo se hallan reunidos en una misma persona o corporación, entonces no hay libertad, porque es de temer que el monarca o el senado hagan leyes tiránicas para ejecutarlas del mismo modo…Así sucede también cuando el poder judicial no está separado del poder legislativo y del ejecutivo. Estando unido al primero, el imperio sobre la vida y la libertad de los ciudadanos sería arbitrario, por ser uno mismo el juez y el legislador y, estando unido al segundo, sería tiránico, por cuanto gozaría el juez de la fuerza misma que un agresor.” Hoy vemos a representantes electos, como Nicolás Maduro, transformarse en dictadores, deformar las constituciones, controlar a los jueces e imponer leyes tiránicas. ¡Opongámonos tajantemente a tales prácticas!

2. El gasto público no se debe desbordar. “Coloco la economía como la primera y más importante virtud, y la deuda pública como el mayor peligro a temer,” escribió Thomas Jefferson. Vio claramente que perdemos nuestra libertad cuando los gobernantes contraen excesivas obligaciones. Adam Smith concluyó lo mismo: “no hay mayor impertinencia y, por lo tanto, presunción, en reyes y ministros, que pretender velar por la economía de las personas privadas para limitar sus gastos ya que ellos mismos, reyes y ministros, son siempre y sin excepción alguna, los más grandes derrochadores en la sociedad.” A Q.79.7 mil millones asciende la propuesta de presupuesto nacional más grande de nuestra historia, para el 2017, sin ancla en los ingresos correspondientes. ¡Pongámosle freno a la deuda pública!

3. Los impuestos son saqueo legal, en el peor de los casos, afirmó Frédéric Bastiat. Constituyen una transacción cuando el tributario transfiere su riqueza al gobierno a cambio de servicios púbicos. Sin embargo, algunos usan el mecanismo legal y coercitivo para vivir a costa de otros, y eso es inmoral. El hambre por más impuestos crecerá conforme aumentan los egresos, adivinó Jefferson. Previó que tasarán “nuestra carne y bebida, nuestra necesidad y nuestra comodidad, nuestro trabajo y nuestra diversión. Si podemos prevenir que el gobierno gaste lo que las personas ahorran, bajo pretexto de cuidar por ellas, entonces ellas serán felices.”

4. A mayor libertad, mayor crecimiento económico. Cuando Adam Smith dimensionó las secuelas dañinas del proteccionismo mercantilista, abogó por un marco institucional de paz, impuestos moderados y “una tolerable administración de justicia”. Un hábitat dentro del cual las personas pueden mejorar su propia condición, trabajando honestamente. La libertad comercial debe traspasar las fronteras nacionales, coincidió Bastiat con punzante humor: “Hay hombres al acecho a lo largo de toda la frontera, armados hasta los dientes, con el encargo de crear dificultades para el trasiego de bienes de un país a otro. Se llaman agentes aduaneros.” ¡Abrámonos completamente al libre comercio!
La libertad no es meramente un valor anticuado y romántico, o un quetzal surcando el cielo azul. Es un requisito para el florecimiento humano.

Este artículo fue publicado el 14 de septiembre del 2016 en la Revista Contra Poder y CEES.

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800 años de libertades constitucionales

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La Magna Carta de Inglaterra fue suscrita el 15 de junio de 1215. Por vez primera, un contrato social, una Ley, estaba por encima del poder temporal y de los hombres. 

Celebramos el 800 aniversario de la constitución inglesa debido a su impacto en la sociedad moderna. La Magna Charta Libertatum asentó, quizás por vez primera, la libertad individual. Cuenta Daniel Hannan, representante británico ante el parlamento europeo, que el acuerdo se pactó a orillas de un río al sur de Inglaterra, en Runnymede. (The Wall Street Journal, 29-V-2015) Los obispos y nobles que obligaron al rey Juan sin Tierra (Sans-Terre) a reconocer las libertades a los hombres libres (free men) querían afianzar sus privilegios. Los nobles, que constituían apenas la séptima parte de la población, ya poseían derechos: el rey los reconoció. Juan se comprometió a no confiscar sus bienes y a no encarcelar ni matar a alguien sin que antes fuera juzgado por sus pares. Es decir que no usaría más su poder para inventar reglas a su antojo.

La llamaron Magna Carta por su extensión y no por su trascendencia, ignorada por sus autores. Sin embargo, gracias a esa histórica renuncia al uso del poder arbitrario, quienes hoy vivimos en regímenes políticos abiertos y constitucionales contamos, en mayor o menor grado, con periódicos no censurados, la igualdad ante la ley, derechos de propiedad reconocidos y garantizados, habeas corpus, elecciones regulares, libertad de religión y de culto, libertad de asociación, contratos inviolables, y juicios en tribunales.

La constitución adquirió nuevas dimensiones tras la colonización de América, pues los ingleses que arribaron al Nuevo Mundo reinterpretaron su alcance. Los británicos sostenían que la Magna Carta colocaba al parlamento por encima del monarca, mientras que en las nuevas colonias se asumió la primacía de la Ley sobre el parlamento y el rey. En 1687, William Penn explicó que este documento distinguía a los ingleses del resto del mundo, porque en la mayoría de naciones, “el príncipe es la Ley, su palabra decapita a cualquiera, promulga impuestos, o confisca la tierra de un hombre…”. Los ingleses nacen con derechos fundamentales, agrega Penn, pues tienen libertades de las cuales no pueden ser privados sin su consentimiento.

Hannan hace hincapié en un hecho ignorado: la revolución americana contra la corona era esencialmente patriótica. Cuando exigían que debían contar con representación en el parlamento como una condición previa al cobro de impuestos, los rebeldes reafirmaban sus libertades plasmadas en la Magna Carta. Era el Rey Jorge III quien se había apartado del espíritu de la constitución, y por consiguiente, merecía la etiqueta de tirano.

La Magna Carta no inventó la libertad, ni fundó la primera democracia, ni fue la primera constitución. Ya los egipcios y los sumarios habían codificado leyes y los griegos habían experimentado con la democracia. Su originalidad descansa en caracterizar la libertad de la persona como superior y anterior al Estado, en amarrar la libertad con la propiedad privada, y en afirmar la “libertad bajo la ley”.

Tomemos nota, guatemaltecos. Las manifestaciones cívicas comulgan con el sentir de la Magna Carta inglesa pues rechazamos la tiranía: el uso arbitrario del poder para robar y confiscar nuestros tributos y bienes. Nuestra Constitución, que dista mucho de ser perfecta, no es la causa de la deleznable corrupción. Los voraces corruptos más bien desacatan la legalidad, nublados por sus poderío temporal. No nos dejemos robar este momento. De una Asamblea Nacional Constituyente integrada por diputados partidistas podemos esperar cualquier cosa, menos una constitución de principios generales, abstractos e impersonales. No le demos cancha a agendas que devalúen nuestra constitución y reduzcan nuestras libertades, en lugar de fortalecerlas.

Este artículo fue publicado el 5 de junio del 2015 en la Revista Contra Poder y CEES.

La ilustración fue tomada del sitio http://www.ip-watch.org/weblog/wp-content/uploads/2015/04/magna-carta.jpg 

NOTA: una mejor alternativa es la reforma parcial de la constitución para el sistema de justicia, la Propuesta de Acuerdos de Seguridad (PAS). ¡Examínela!