La fe del atleta

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Nos despedimos nostálgicamente de las Olimpiadas en Río de Janeiro. Los competidores llenaron unos días de agosto de emoción y asombro.

Las competencias olímpicas hacen más que distraernos de serios problemas como el colapso del sistema de seguro social y de la red vial, los molestos bloqueos, las reformas fiscales y otras propuestas legislativas, los asaltos diarios, la desnutrición y la pobreza. Los atletas modelan una forma de vida atractiva. Detrás de cada partícipe en los juegos olímpicos hay una historia humana de sano propósito, esfuerzo deliberado, disciplina, excelencia, y en muchos casos, fe religiosa. Los atletas se exigen a sí mismos y al perfeccionar sus aptitudes físicas esculpen el propio carácter, y con su ejemplo nos muestran que las personas somos capaces de alcanzar las metas que soñamos, siempre y cuando estemos dispuestos a trabajar duro.

¿Quién no se maravilló al enterarse que los padres de la gimnasta estadounidense Simone Biles, ganadora de cuatro medallas de oro y una de bronce en Río, eran drogadictos? ¿Cómo llegó tan lejos partiendo de un inicio tan desamparado? Biles rebotó inestablemente de una casa de acogida a otra, hasta que sus abuelos la adoptaron a los seis años. Ellos la iniciaron en la gimnasia y en la fe. Se encomienda al santo patrono de los deportistas, San Sebastián, y carga un rosario en su bolsa. Otro atleta con una historia impactante es el clavadista David Boudia. Fracasó en sus primeras olimpiadas, en Pekín. En el 2012, sin embargo, ganó el oro y el bronce, y en Brasil ganó otras medallas de plata y de bronce. Escribió un libro, Más grande que el oro (2016), donde relata que su vida cobró sentido cuando decidió practicar su deporte para gloria de Dios, y no para vanagloriarse. Y luego está el hombre más rápido de la humanidad, el jamaiquino Usain Bolt, quien abandonó Brasil con tres medallas de oro nuevas. Hincado, se persigna antes de cada competencia y porta una medalla milagrosa al cuello. Un comentarista bromea que la Virgen María fue la mujer más popular en estas Olimpiadas, pues todas las cámaras estaban puestas en Bolt y su medalla…

De atletas como ellos podemos emular por lo menos tres actitudes ganadoras. Un primer sello distintivo es la humildad. El nadador Michael Phelps es tratado como un dios: ha ganado 28 medallas, más que cualquier otro deportista olímpico. Pese a la adulación de la cual ha sido objeto, alrededor del 2009 el atleta cayó en una espiral de alcohol y drogas y hasta fue arrestado por manejar ebrio. Atribuye su recuperación a la misericordia divina. Aunque no todos caen tan bajo como Phelps, muchos deportistas conocen sus cualidades y sus limitaciones reales: conocen el fracaso y el éxito. Su denodado esfuerzo huele a modestia y dignidad, e incluso a un deseo de servir.

También es atractiva la gratitud. “Me siento bendecida,” y “estoy agradecida” son las reacciones de la corredora Allyson Felix, ahora poseedora de nueve galardones olímpicos. Thea LaFond, de la Mancomunidad de Dominica, afirma que “todo lo que he estado haciendo es darle gracias a Dios, porque no podría haberlo hecho sin Él.” Agradecen los dones recibidos tanto como el apoyo de sus entrenadores y benefactores. Son optimistas. No toman nada por sentado, pues han aprendido a apreciar hasta los más pequeños detalles.

La perseverancia, ese esfuerzo continuo que supera obstáculos y ensaya posibles soluciones, es una tercera virtud a imitar. Los atletas olímpicos no se hacen instantáneamente. Los atletas vencen el cansancio y el sueño; comprometen su voluntad, evitan el desaliento, arremeten contra los límites físicos y mentales una y otra vez.

Los juegos del 2016, el país anfitrión y la pasiva expectación de los mismos no escapan críticas válidas. Pero también podemos hacer propósitos de mejora inspirados por admirables atletas.

Este artículo fue publicado el 26 de agosto del 2016 en Revista Contra Poder y CEES.

Las empresas privadas: ¿hacen bien?

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Incorporar a las empresas privadas dentro de la convivencia política y cívica representó un reto para la era moderna.

En “El bien que hacen las empresas”, Robert G. Kennedy argumenta que deberíamos poner más atención a los aportes que hacen las empresas a la vida en sociedad. Kennedy, profesor de filosofía y administración de empresas en la Universidad de Santo Tomás en Minnesota, nos aclara que la actividad comercial es tan antigua como el ser humano. No obstante, la empresa privada es un invento más reciente, pues adquirió el carácter de una organización o un sistema formal. Para empezar un negocio, hace falta inversión y también una clientela interesada en adquirir lo producido.

Es prácticamente imposible dimensionar lo disruptivas que fueron las empresas en sus inicios. Con su vitalidad y dinamismo, desataron la movilidad social y retaron la organización social feudal. Los marcos mentales de la época no tenían palabras para describir el fenómeno. Los escritores asociados con la Escuela de Salamanca, quizás porque tenían que atender las inquietudes éticas de fieles empresarios, estudiaron a fondo las ganancias, los intereses, la propiedad y otros aspectos de la actividad mercantil. Concluyeron que el comercio es un instrumento para promover la justicia y un vehículo para mejorar las condiciones de vida de la humanidad. En opinión de Kennedy, sin embargo, no comprendieron del todo que las empresas contribuyen a crear riqueza: “la Iglesia continuó viendo la actividad empresarial como posiblemente teñida por la avaricia y permanecieron insensibles a las posibilidades revolucionarias de la creación de riqueza.”

Solamente se combate la pobreza creando riqueza, pero a la fecha muchos religiosos sospechan del concepto de riqueza. Incluso filósofos griegos como Platón sostuvieron que es malo acumular dinero en exceso de las necesidades reales o percibidas de la persona. Cuando la persona centra su atención en amasar bienes materiales, olvida o desatiende preocupaciones morales y espirituales. La persona podría incluso dudar de la providencia divina si sus metas son el poder, el placer, la comodidad o el afán de blindarse contra las tempestades terrenales. Sin embargo, la Iglesia en ningún momento ha predicado que todos debemos permanecer pobres ni tampoco que debemos ambicionar ser pobres. No condena la prosperidad.

La prosperidad pueden contribuir al bien de la persona y de la sociedad, sobre todo cuando se emplean medios lícitos para alcanzarla. El buen trabajador se ejercita en virtudes más allá de la laboriosidad, pues para sacar adelante una empresa hacen falta honestidad, valentía, orden y otros hábitos virtuosos. Él cosecha frutos de su trabajo honrado y ético haciendo crecer la riqueza total disponible a la sociedad. Mejora su condición sirviendo a otros, no a costillas de los demás. Mi abuelo solía decir que los empresarios hacen como las campanas, “dan, dan, dan…”, porque el mercado premia a quienes mejor identifican y atienden la necesidad ajena.

Por otra parte, la empresa es una comunidad de personas, como lo es la familia y otras asociaciones voluntarias. Quien emprende no es un lobo solitario: es un ser social que conforma una comunidad. Los miembros del grupo se potencian unos a otros cuando el ambiente dentro del negocio es de mutuo respeto. Es cierto que algunas malas personas pueblan las empresas, pero ello no opaca el bien que hacen las empresas legítimas a los inversionistas, los empleados y los clientes. Según Kennedy, estas organizaciones contribuyen al bien común. No hace falta cargar a la empresa con responsabilidades extraordinarias que pudieran distraerla de su cometido original, pues su principal contribución a la sociedad es desempeñar con excelencia las tareas para las cuales fue diseñada.

Este artículo fue publicado el 27 de marzo del 2015 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

 

 

 

 

 

Dios y el odio

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La organización terrorista Estado Islámico (EI) se ha fortalecido financiera y militarmente tras años de zozobra en Iraq y Siria. El sufrimiento de sus víctimas no musulmanas es atroz.

Tras ver imágenes de la persecución contra cristianos y yazidistas en Iraq, me invadió un deseo fuertísimo de rescatarlos. No de bombardear objetivos estratégicos del Estado Islámico de Iraq y Siria (ISIS por sus siglas en inglés) o Estado Islámico (EI ó IS), como hizo Estados Unidos. Imaginé un milagroso manto protector que envolvía a las familias perseguidas y las depositaba en un lugar idílico donde pudieran recuperarse en cuerpo y alma de sus traumáticas vivencias. Fuentes creíbles como Catholic Online, CNN, MSN y The New York Times, entre otros, describen actos y publican imágenes que ningún estómago tolera: hombres crucificados, mujeres secuestradas, niñas obligadas a contraer matrimonio con terroristas y miles de personas de toda edad desterrados de su patria ancestral. Un líder prominente de la comunidad caldea, Mark Arabo, comentó en CNN y a otras agencias noticiosas que en un parque de Mosul, ISIS colocó cabezas de niños decapitados.

Los sucesos recientes confirman que el poder y la coerción le hacen daño a la religión. ¿Qué deidad pediría a sus seguidores cometer actos brutales que deshumanizan tanto al verdugo como a la víctima? Solamente un dios tiránico, caprichoso, desamorado o vengativo aprobaría de la usurpación violenta del poder por unas personas, para tomar esclavos, reprimir y subyugar a otros seres humanos. ¿Qué tan real es una conversión cuando ésta se procura apuntando el fusil a la cara del supuesto converso, u obligando a menores a contraer nupcias? Como señaló el Papa Francisco respecto de lo ocurrido en Iraq, “no se lleva el odio en nombre de Dios”.

Ciertamente esta deidad ni siquiera cabe en la cabeza de los perseguidos. Para los cristianos, la libertad, y por ende la libertad religiosa, es querida por Dios. Él quiere que lo adoremos voluntariamente, con nuestra inteligencia y corazón. Benedicto XVI escribió que “la libertad está en el origen de la libertad moral. En efecto, la apertura a la verdad y al bien, la apertura a Dios, enraizada en la naturaleza humana, confiere a cada hombre plena dignidad, y es garantía del respeto pleno y recíproco entre las personas.”

Tristemente, la ciudad de Mosul, la antigua Nínive receptiva al mensaje profético de Jonás, se vació de todos sus habitantes no musulmanes. Los yihadistas suní pertenecientes a ISIS tomaron la ciudad en junio de este año y emitieron el ultimátum a las minorías étnicas y religiosas: tienen hasta el 19 de julio para convertirse al islam, huir o enfrentar la muerte. Los cristianos o nazarenos vieron como marcaban sus casas con la letra N. La seña recuerda el sello amarillo con la estrella de David que marcó a los judíos durante el régimen nacional-socialista de Adolf Hitler. Y evidentemente, la crisis humanitaria se agrava conforme pasan las semanas.

La comunidad cristiana en Iraq era una de las más antiguas del mundo y contaba con aproximadamente 1.4 millones de miembros en el 2003, de los cuales aproximadamente 35,000 vivían en Mosul. Constituían el 5% de la población total del país. La mayoría de los cristianos iraquís eran asirios y hablaban el idioma de Jesucristo, el arameo. Ya para el 2013, el estimado había descendido a 450,000 cristianos, producto de la Guerra en Iraq. Los católicos caldeos conformaban el grupo más grande entre los cristianos y habitaban principalmente en Bagdad, Basra, Mosul, Erbil y Kirkuk. Adicionalmente, más de 50,000 yazidistas, que practican una antigua religión pre-musulmana, huyeron por las montañas. A su vez, los cristianos de Siria, orgullosos de haber aportado a la Iglesia al primer pontífice, Simón Pedro, también han tenido que huir de su país a raíz de la guerra civil, dejando detrás solamente una sombra de lo que antes fueron.

Este artículo fue publicado el 15 de agosto del 2014 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

La foto es mía.  La tomé en el Museo del Louvre.  Este león es parte de un muro de ladrillos que adornó la vía procesional entre el templo de Marduk y la Puerta de Ishtar, de la antigua Babilonia, en la actual Iraq.  Algunos historiadores señalan que 4,000 años antes del florecimiento de Grecia y Roma, ya existía una civilización formal en estas tierras.

 

Don Javier Echevarría en Guatemala

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Las buenas personas nos atraen con su mirada transparente, su trato sencillo y su alegría. Como no están hechas de un barro distinto al nuestro, podemos aprender de ellas e imitarlas.

Una vez le rogaron al actual Prelado del Opus Dei, don Javier Echevarría, que diera ejemplos de puntos de lucha del fundador, San Josemaría Escrivá de Balaguer. Quizás quien planteaba la pregunta suponía que algunos la tienen fácil y “nacen” santos. Don Javier respondió que su antecesor luchó diariamente contra defectos personales, como su temperamento enojado, para mantenerse unido a Dios. Se indignaba fuertemente cuando percibía que algo se ejecutaba con mediocridad. Pero, recordó el prelado, San Josemaría acostumbraba pedir perdón porque no era su intención mortificar a los demás con un comentario cortante. San Josemaría enseñó que la santidad no es más que la constante lucha contra los defectos propios, para hacer lo que corresponde sin excusas.

Don Javier Echevarría absorbió las lecciones impartidas por Escrivá pues permaneció a su lado entre 1950 y 1975. Nació en Madrid en 1932. Cuando rozaba los veinte años, antes de ordenarse sacerdote en 1955, San Josemaría le pidió que se desempeñara como su secretario personal. Pasó a ocupar la Secretaría General después de fallecer el fundador en 1975. Cuando en 1982 el pontífice erigió al Opus Dei en prelatura personal, ocupó el cargo de Vicario General. Tras la partida de Álvaro del Portillo, primer sucesor de San Josemaría, en marzo de 1994, el Consejo General del Opus Dei lo nombró segundo sucesor, o como se le dice cariñosamente, Padre. Recibió el título de obispo titular de Cilibia del Papa Juan Pablo II, pocos meses más tarde.

El anuncio de su visita a Centroamérica a partir de hoy, viernes 18 de julio, fue motivo de alegría y sorpresa. Por bien que se encuentre de salud, el viaje transatlántico a sus 82 años supondrá un esfuerzo; además, recién completó dos viajes pastorales a Asia y a Tierra Santa. Será, por tanto, un privilegio conocer sus memorias y consejos durante la tertulia general que se llevará a cabo el domingo 20 en el Estadio La Pedrera.

Escuchar al Padre en vivo seguramente nos impactará tanto como leer sus escritos. Y es que además de haber convivido con dos santos, el Padre es un esmerado académico y autor. Posee doctorados en Derecho Canónigo y Derecho Civil. A continuación, unos párrafos encendidos de uno de sus libros, Itinerarios de Vida Cristiana (2001).

Escribe Javier Echevarría que Jesucristo nos sigue llamando a la conversión. “Cada instante de Jesús a nuestro lado encierra la invitación a una fiesta, a un encuentro personal con el único ser—el propio Dios—que puede satisfacer las necesidades más profundas del corazón,” afirma. Experimentamos pequeñas y grandes conversiones a lo largo de nuestras vidas una vez aceptamos, voluntariamente y por amor, esta invitación.

Dios no busca “verborrea engolada” sino “plegaria sencilla”, de allí que cada cristiano debe aprender a tratarlo íntimamente. Nos dice el Padre que “la oración se nos revela como el reino de la verdadera libertad: de la libertad del Espíritu Santo, que sopla cuando quiere y como quiere; y de la nuestra porque, sabiéndonos hijos de Dios Padre y hermanos de Cristo, nos sentimos en familia y nos expresamos con espontaneidad.”

El hilo conductor de la obra Itinerarios de Vida Cristiana, que explora lo que significa ser cristiano en el siglo XXI, es la alegría al alcance de todas las personas. Los cristianos luchadores son felices en este mundo, aún cuando encaran circunstancias dolorosas. En los últimos párrafos, Don Javier subraya el mensaje: “A decir verdad, no existe más que un verdadero enemigo de la alegría: el pecado, el propio pecado, y especialmente el pecado contra la fe que, por destruir el amor y la confianza en Dios, deja al hombre solo consigo mismo.”

Este artículo fue publicado el 18 de julio del 2014 en la Revista Contra Poder y el CEES.

La fotografía no es propia, es tomada de la página oficial del Opus Dei.  Muestra al Prelado en el escenario del Estadio La Pedrera, dirigiendo unas palabras a miles de guatemaltecos.

 

 

Un padre habla sobre la pobreza

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¿Ama a los pobres quien desea que sigan sumidos en la miseria? ¿Cómo ayudamos realmente al indigente?

El sacerdote jesuita James Schall es, sin duda, el profesor de la Universidad de Georgetown más famoso de nuestra era. Ya era una leyenda cuando yo estudié allí. Antes de retirarse en diciembre del 2012, había dado clases por más de 35 años y publicado arriba de treinta libros. La pobreza es un tema que le interesa. En 1990, apareció su libro Religión, Riqueza y Pobreza. Y en el 2013, causó revuelo con su artículo ¿Aman la pobreza los cristianos?, difundido por la revista electrónica Catholic World Report.

Las ideas de Schall son relevantes para Guatemala por dos razones. Por un lado, la lucha contra la miseria es prioritaria en este país, y por otro lado, incumbe a las personas de fe. Los cristianos guatemaltecos nos sentimos obligados a vivir la caridad y a exigir medidas gubernamentales para remediar la problemática. Nos conviene atender las advertencias del sacerdote jesuita si deseamos tener un impacto positivo y coherente con nuestros principios.

Los cristianos cometemos un error colosal al suponer que la pobreza es causada por una mala distribución de los bienes existentes, dictamina Schall. En una entrevista concedida a Ray Nothstine de Religion and Liberty, Schall afirma que “el mero hecho que algunos tienen más que otros se toma, equivocadamente, como una señal de injusticia”. Cuando la meta es repartir el haber presente con miras a igualar los ingresos, entonces el actor protagónico es el redistribuidor por excelencia: el gobierno.

Paradójicamente, “los gobiernos pueden ser la agencia más responsable de aumentar la pobreza,” subraya Schall a su entrevistador. Ello ocurre incluso cuando proclaman combatirla, porque con sus actos matan las fuentes que generan abundancia. En lugar de obtener una equidad en prosperidad, nos empobrecen, con el agravante que simultáneamente crece el poder estatal y se reduce el sentido de responsabilidad personal.

Serviríamos mejor al necesitado si entendiéramos cómo producir riqueza. “Al pobre realmente no le sirve que le amemos a él o a su pobreza, si no sabemos cómo no ser pobres,” escribe Schall. Los cristianos “tenemos que entender la ganancia, los mercados y la innovación que permiten a la persona, con sus propios esfuerzos, salir de su pobreza.” Los habitantes de los países más prósperos empezaron paupérrimos y encontraron la fórmula para progresar. De esa cuenta, prosigue Schall, debemos rechazar las ideologías modernas que aprisionan a los pobres mediante instituciones y costumbres que frenan la creación de riqueza.

No fuimos puestos en la Tierra para languidecer, inertes e inútiles, en la pobreza.  Al contrario, estamos llamados a trabajar, a ser creativos y descubrir por propia cuenta el sentido trascendente de nuestras vidas. Pienso que esta reflexión encapsula la dramática lección de Schall: el principal obstáculo para paliar la pobreza hoy es  “la idea que todos deberíamos ser pobres en nombre del cristianismo…”. La solución a nuestros problemas no está en obligar a todos a tomar un voto de pobreza. El voto de pobreza religioso, eminentemente voluntario, persigue invertir la vida en oración, reflexión y trabajo. Jamás buscó la miseria generalizada, sino evidenciar que la completa absorción por el mundo material no brinda felicidad. En medio de la abundancia se puede vivir el desprendimiento, así como destinar los bienes materiales a fines nobles y buenos. El hombre se puede salvar independientemente de su entorno social, pero eso no le impide laborar en pro de una comunidad más humana, bella y próspera.

Schall nos obliga a examinar nuestras motivaciones y obras: ¿Yo promuevo la generación de riqueza o la perpetuación de la pobreza?

Este artículo fue publicado el viernes 21 de marzo del 2014 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

La foto es propia, tomada de una obra colaborativa expuesta de la Bienal de Venecia, 2013.

 

Guerra y religión en Siria

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La Primavera Árabe se tornó lúgubre.  ¿Cuánto perderá la humanidad si las guerras en el mundo árabe arrasan con todo vestigio de la civilización cristiana y judía en la región?  

Analizando los sucesos en el Oriente Medio a través de lentes occidentales, muchos observadores interpretamos la Primavera Árabe del 2010 como un movimiento esperanzador que pujaba por la libertad económica, sistemas políticos abiertos y garantías constitucionales para el individuo.  Tomamos partido en contra de los dictadores y reyes.  Desestimamos la creciente evidencia y las advertencias de cristianos y judíos en la región: violentos extremistas aprovechaban las aguas revueltas.  Así, nos convertimos en testigos sordomudos de un genocidio contra quienes no profesan la religión musulmana en el Oriente Próximo.

Se nos empezó a caer la venda de los ojos cuando en Siria estalló una cruenta guerra civil, en marzo del 2011.  Sabíamos que Siria había sido un lugar donde coexistían musulmanes y cristianos, se practicaba la libertad de culto y las mujeres salían a la calle sin velo.  Mas no despertamos del todo hasta que circuló por internet un espeluznante video en el cual se decapita a tres hombres arrodillados, presuntamente religiosos católicos, mientras los espectadores gritan frenéticamente “¡Dios es grande!”.   Reportajes aclaran que los verdugos eran yihadistas extranjeros, probablemente chechenos; los rebeldes que buscan derrocar al Presidente Bashar al-Asad reciben apoyo de Turquía, Arabia Saudita y Sudán, entre otros.   Esta semana, luego de numerosos llamados emanados del Vaticano, Su Santidad Francisco suplicó que dedicáramos tiempo al ayuno y la oración por la paz en Siria.  Y Estados Unidos se apresta a intervenir el país militarmente, pues el oficialismo Baath Árabe Socialista aparentemente ordenó un ataque químico en Damasco que costó más de mil cuatrocientos vidas.

El cristianismo ha sido prácticamente desterrado de Siria y del Oriente Medio:  se estima que de la población total, tan sólo el 5% es cristiana hoy día.  Hace cien años constituía el 20%, y también se encontraban comunidades judías prósperas en varias ciudades árabes.  ¡Hace mil años había más cristianos en el Medio Oriente que en Europa!  Hilarión Alfeyev, obispo ruso-ortodoxo, detecta una clara tendencia en los últimos diez años hacia la “gradual exterminación del cristianismo en el Medio Oriente debido a varias razones políticas, y a una gran inestabilidad política”.   Si el gobierno de Asad es derrocado, advierte Hilarión, los cristianos sirios quedarán desprotegidos y correrán la misma suerte que sufrieron sus hermanos egipcios, libios, iraquíes y paquistanos.

Pasó casi inadvertido un esclarecedor artículo por Samuel Gregg, publicado en el American Spectator (2011).  Según Gregg, debemos dudar de las promesas de libertad religiosa pronunciadas por distintas autoridades árabes. Gregg opina que al Islam se le dificulta abrazar una robusta libertad de religión por dos razones.  Primero, su asociación constante con el poder político lleva a la imposición coactiva de la fe musulmana.

Segundo, desde aproximadamente el Siglo XIII, el Islam concibe a la naturaleza divina “como Voluntas (voluntad divina) en lugar de Logos (razón divina)”.  Si Dios puede ser impulsivamente voluntarioso, sus seguidores pueden matar infieles sin escrúpulo.  Pero si Dios es Logos, entonces los creyentes no pueden forzar a otros a profesar su fe.  Dios quiere el asentimiento personal, pues no creemos realmente si no le damos nuestro sí en libertad.   El concepto de libertad de religión es, por ende, más consecuente con un Dios Logos que con un Dios Voluntas.   Concluye Gregg que para restaurar una coexistencia religiosa en el Medio Oriente, los teólogos e historiadores musulmanes deben formular una comprensión islámica de Dios que garantice la libertad personal.

Este artículo fue publicado el 5 de septiembre del 2013 en la revista Contra Poder y en el CEES.

La foto es propia, de un montaje con ocasión de la Bienal de Arte en Venecia, 2013

¿Guerra por poder o religión?

El líder supremo de Corea del Norte, Kim Jong-un, podría provocar una guerra nuclear.   La agresividad de Jong-un no es atribuible a su aislamiento del mundo occidental, pues se cree que estudió en Suiza desde los 8 años, o al menos los cuatro años correspondientes al bachillerato.  Es más probable que los problemas domésticos agobien al dictador, y que su relativa juventud sea mala consejera.  En cualquier caso, el tirano tiene al mundo entero aguantando la respiración, y cavilando sobre las causas y los efectos de las guerras.

 

La principal causa de la guerra es la religión, sentenció alguien en una reunión amistosa.  Yo hice un gesto contrariado pero no sabía si era verdad.  Un colega sacó a colación el concepto de Yihad, la guerra santa contra los no-musulmanes, y las cruzadas.  Finalmente, un amigo a quien todos respetamos enormemente, zanjó la discusión:  es cierto, por lo menos hoy día.  En el ambiente quedó la noción que los creyentes han sido más bélicos que los no creyentes.

 

Desde entonces he leído un poco sobre el tema.  Una fuente seria es la Enciclopedia de las Guerras por los historiadores Charles Phillips y Alan Axelrod.  Ellos dicen que se han librado 1,763 guerras en la historia de la humanidad, de las cuales 123, o tan solo 7%, han sido de naturaleza religiosa. Si a esta cifra restamos las 66 guerras libradas en nombre del Islam, el porcentaje de guerras provocadas por las demás religiones juntas no pasa de 3.23%.  Por otra parte, clasificar una guerra como religiosa es delicado por tres razones.  Primero, quienes inician pugnas pueden disfrazar su sed de poder, tierras, o bienes con banderas religiosas.  Segundo, se confunde cultura y religión, y a veces la fe puede ser menos contenciosa que las cuestiones culturales.  Tercero, atacar sitios sagrados es una estrategia que busca debilitar al enemigo, inyectando elementos religiosos a una guerra cuyo origen no fue religioso.

 

En Lethal Politics and Death by Government, Rudolph Rummel expone que dictadores no creyentes, como Satlin, Zedong, Hitler, Lenin y Tojo, han sido responsables de más de 170 millones de muertes trágicas.  Concluye Rummel que “nuestra especie ha sido devastada por una plaga negra moderna…una plaga de Poder, no gérmenes.” Steven Pinker, profesor de filosofía, está de acuerdo: “el ulterior arma de destrucción masiva es el estado.”  Sí se lucha por el poder político, y se ataca a otros una vez conquistado el poder.   La gran mayoría de individuos no tenemos suficiente poder para provocar una guerra.   Esta tesis se alinea con los datos históricos.  Además, retrata a Kim Yong-un, quien ostenta demasiado poder.

 

Dudo que ateos como Sam Harris dejen de acusar a la religión de ser “la fuente más prolífica de violencia”, aunque Jack David Eller, también ateo, les responda: “la religión no es inherentemente e irremediablemente violenta; ciertamente no es la esencia ni la fuente de toda violencia.”  Esta experiencia me enseñó que, en esta era de secularismo exacerbado, existen falsas condenas a la religión.  Las tenemos que corregir.

Publicado el Siglo 21 el 17 de abril de 2013