Justicia Social

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Sorprende el discurso que dirigió el magistrado afro-americano de la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos, Clarence Thomas, a los graduandos de Hillsdale College.

En el acto, el sábado 14 de mayo, Clarence Thomas dijo: no los motivo a luchar contra la injusticia social. En su lugar, los exhortó a ser buenos ciudadanos y a preservar la libertad. No tardan en acusar a Thomas de traicionar a su clase o a su etnia, a la luz de sus recomendaciones políticamente incorrectas. ¿Cómo osa el magistrado oponerse al mantra salvador de los marginados, dada su humilde cuna en un pueblo agrario del estado de Georgia?

Quizás Clarence Thomas ya leyó el nuevo libro por Michael Novak, Paul Adams y Elizabeth Shaw, Justicia Social no es lo que usted cree que es (2015). El filósofo Novak y sus coautores argumentan que las connotaciones modernas del concepto no coinciden con el uso original de la frase. La buena ciudadanía que recomienda el magistrado Thomas podría cuadrar con el sentido verdadero de la justicia social.

Novak afirma que la frase aparece por primera vez en un libro por el sacerdote conservador Luigi Taparelli D’Azeglio (1793-1862), quien se propuso rescatar el concepto de “justicia general” esbozado por Aristóteles y Santo Tomás de Aquino. Testigo de los efectos de la Revolución Industrial, Taparelli se preocupó por la unidad familiar. El sacerdote creía que la sociedad tiene su fundamento en las “pequeñas sociedades”, es decir, las familias y las organizaciones locales, y no en “la gran sociedad” o el Estado. Le inquietaba que las familias migraran, completas o desmembradas, hacia pueblos y ciudades. No sólo abandonaban la subsistencia agraria para convertirse en obreros asalariados, sino quizás también costumbres familiares importantes.

En contraste, el gobierno cobra primacía en la nueva concepción de justicia social. Ésta pretende corregir la mala distribución de los recursos en la sociedad. Crecemos en circunstancias distintas, y cosechamos resultados diferentes producto de nuestro ingenio, trabajo y entorno. El gobierno, concebido como un imparcial agente externo, capaz de asignar los bienes disponibles con más tino que la naturaleza, es requerido para nivelar el desbalance. Además, Michael Novak se lamenta que la acepción francesa de égalité ha llevado a una obsesión por una uniformidad casi aritmética, inalcanzable sin ejercer la coacción.

Sumada a la responsabilidad por la igualdad y la redistribución, recae en los gobernantes la tarea de definir qué es el “bien común”. Novak pone un ejemplo. Los ciudadanos soviéticos tenían prohibido fijar residencia en otro país, porque al hacerlo dejarían de tributar. En aras del bien común, los oficiales buscaban maximizar las contribuciones al erario manteniendo cautivos a los nacidos en el territorio bajo su control. El bien común se transforma en una peligrosa excusa para aplastar libertades personales.

Al gobierno no le compete definir el bien común ni redistribuir los bienes, escribió el Papa León XIII, autor de la encíclica Rerum Novarum (1891). Como Taparelli, León XIII se ocupa de la familia y la justicia social, pero se distancia de la lectura socialista de la industrialización. Se opone al totalitarismo. Clamando respeto por “la condición humana”, el pontífice declara como vana la pugna socialista contra las desigualdades naturales. “No son iguales los talentos de todos, no la habilidad, ni la salud, ni lo son las fuerzas; y de la inevitable diferencia de estas cosas brota espontáneamente la diferencia de fortuna,” versa la encíclica.

Conviviendo en pueblos y ciudades, las personas emplean sus sanas y constructivas diferencias. Se asocian unos con otros para solucionar por si mismos los problemas que les atañen directamente. He allí el buen ciudadano del que habla Clarence Thomas.

Este artículo fue publicado el 20 de mayo del 2016 en la Revista Contra Poder y el CEES.

La fotografía no es original; fue tomada de la publicación College Fix.

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¿Más gobierno es igual a menos pobreza?

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En vísperas de la reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos, Oxfam circuló un impactante titular: en el 2016, el 1% más rico controlará más riqueza que el restante 99% de la humanidad. La controversial confederación de ONGs originaria de Oxford, Inglaterra, tuvo un impacto masivo pues su mensaje ha sido repetido hasta la saciedad.

¿Tiene razón Oxfam? Sí y no. El estudio afirma que las personas más ricas del mundo, el 1% en la cúspide, controlaba el 48% de la riqueza mundial disponible en el 2014, mientras que en el 2009 controlaba el 44%. La organización predice que dentro de un año los mega-ricos poseerán más de la mitad de la riqueza disponible. Oxfam toma sus datos del Credit Suisse Global Wealth Datebook (2013-14) y de la revista Forbes.

El cálculo de Oxfam es cortoplacista, opina el director del Instituto para Estudios Sociales y Políticos de la Universidad de Yale, Jacob Hacker. Los años recientes favorecieron a los multimillonarios, pero la tendencia de largo plazo es más ambigua. Por otra parte, es debatible cómo define riqueza Oxfam, según varios analistas financieros, incluyendo el sitio Money. Credit Suisse toma como riqueza únicamente “el valor de mercado de los valores financieros más los valores no financieros (principalmente vivienda y tierra) menos deudas.” Con base en este criterio, una persona con un salario alto pero con deudas, como por ejemplo una hipoteca, emerge más pobre que un campesino que no debe nada. El analista financiero Felix Salmon ilustra el punto: una niña que acaba de recibir su mesada de 50 centavos de dólar, tiene más dinero que el ingreso combinado de los 2 millardos más pobres en el mundo. Y ese 2% de supuestos indigentes podría incluir a la octava persona más rica del mundo en el 2012, Eike Batista, quien hoy tiene un ingreso neto negativo.

Es engañoso agregar a las personas con base en los bienes netos que poseen, concluye Salmon. Las mediciones de riqueza comparada pueden ser útiles a cierto nivel, pero la agregación oculta más de lo que revelan respecto de la calidad de vida de las personas incluidas en cada grupo. Obscurece el hecho que en los países más prósperos, hasta los menos afortunados viven mejor que los acomodados en países en vías de desarrollo.

Pero para mí cobra más relevancia evaluar la agenda política de Oxfam. ¿Qué pretenden al crear una mentalidad de crisis global respecto de la desigualdad? Por décadas, la solución preferida por Oxfam para todo ha sido más gobierno coactivo y menos mercado libre. Y esta vez no es la excepción. Oxfam recomienda cobrar más impuestos al capital y a los ricos, evitar la evasión de impuestos por parte de los ricos, aumentar los salarios mínimos, invertir en servicios públicos gratuitos de educación y salud y crear más programas estatales. Su fe en la acción gubernamental para sanar la pobreza ignora décadas de ineficiencia, despilfarro y corrupción.

“La pobreza tiene su raíz en la desigualdad” lee el credo de Oxfam. ¡Falso, falso, falso! La humanidad entera fue pobre en términos económicos hasta que descubrío cómo crear, producir, innovar y emprender. Solamente obtienen su riqueza a expensas de otros quienes gozan de privilegios y proteccionismos estatales, en sistemas mercantilistas y corruptos. En los mercados libres, sin barreras de entrada, cualquiera puede superarse sin perjudicar al prójimo, haciendo crecer la riqueza disponible con su trabajo honrado. Los programas redistributivos estatales solamente son la panacea para la llamada “industria de la pobreza”: las burocracias, ONGs y los anti-Robin Hoods que cosechan beneficios personales de la miseria.

Este artículo fue publicado el 13 de febrero del 2015 en la Revista Contra Poder y CEES.

La fotografía fue tomada por A.L. Rodríguez en Uganda.

La Guatemala soñada

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Muchas personas se hicieron o se están haciendo a sí mismos, con penas y glorias, visión y esfuerzo. ¿Cuáles instituciones allanan el camino de los guatemaltecos soñadores?

Sueño con una Guatemala en la cual cada persona tiene la oportunidad para prosperar o florecer. Ese florecimiento requiere hacerse uno mismo, con esfuerzo, emprendiendo un proyecto de vida que nos potencia. Aunque contemos con escasos recursos, nos toque enfrentar tremendos obstáculos o equivoquemos el camino, nada se asemeja a la posibilidad de trazar responsablemente nuestra ruta única e irrepetible.

El concepto es ilustrado por el politólogo australiano Kenneth Minogue (1930-2013), recordado por su libro La mente liberal, publicado en 1963. Minogue explica que “jamás podríamos producir un cristal si colocamos mecánicamente las moléculas individuales del cual está compuesto. Pero podemos crear las condiciones bajo las cuales el cristal se formará a si mismo…Similarmente, podemos crear las condiciones bajo las cuales un organismo biológico crecerá y se desarrollará.” Ciertas instituciones políticas, económicas y sociales inhiben el desarrollo personal y otras lo desencadenan. Algunos han tenido que migrar hacia arreglos institucionales menos restrictivos para poder conquistar sus metas. Otros sortean complejas barreras.

De allí que la principal condición para que se produzca el florecimiento humano es la libertad personal. Las instituciones sociales, económicas y políticas deben reconocer que somos agentes morales capaces de entrar en relaciones voluntarias, responsables y productivas; de formar familias, asociaciones y negocios. En las sociedades libres es imposible predeterminar los resultados o garantizar ingresos equiparables; sin embargo la evidencia muestra que a mayor libertad, mayor creatividad y bienestar.

Esta visión contrasta con la visión redistributiva que apunta a imponer resultados desde arriba. La ingeniería social, que dicho sea de paso es utópica, reduce nuestra dignidad en lugar de valorizarla, porque nos trata como algo menos que agentes morales. Sin mérito de nuestra parte, ofrece dotarnos de educación, salud, vivienda, trabajo y más. Todo en idénticas cantidades y calidades, todo dispuesto por benefactores en ejercicio del poder. Suena justo…y cómodo. ¡Qué tentador es dejarnos ir, extendiendo una mano dependiente! Pero ello nos roba la satisfacción de elegir y pilotear nuestra nave; de crear valor y cosechar frutos merecidos. Por otra parte, previo a repartir bienes y servicios, el ingeniero social tuvo que confiscar recursos, incluso para suministrar aquello que rotula como “gratuito”.

¿Por qué es más popular la visión redistributiva que la visión del florecimiento humano? Saltan a luz por lo menos cuatro razones. Primero, los políticos prefieren los modelos que aumentan su poder, y bajo este esquema, los planificadores incluso fijan nuestras preferencias. Segundo, le creímos a quienes nos prometieron que la ayuda externa nos sacaría de pobres. No recapacitamos que el desarrollo no brotará espontáneamente de las dádivas mientras las instituciones domésticas sean defectuosas. Tercero, inventamos que los servicios estatales asociados con el Estado Benefactor son precursores o precondiciones para el progreso. Pero los países desarrollados empezaron a crecer antes de contar con masivos sistemas de educación, salud, previsión social y más; de hecho, demandamos estos servicios luego de experimentar una mejora en nuestros niveles de vida. Finalmente, tenemos prejuicios pesimistas respecto del talento y empuje del guatemalteco, creyéndonos demasiado ineptos o mediocres como para asumir la responsabilidad que conlleva la libertad. Los ejemplos de éxito en diferentes campos y niveles sociales nos tendría que dentro de cada guatemalteco yace un potencial a punto de manifestarse.

Este artículo se publicó el 12 de septiembre del 2014 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

La foto es mía, tomada en el Museo de Arqueologuía en La Aurora, Guatemala.