La propuesta de Correa

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El Presidente de Ecuador, Rafael Correa, propuso a los guatemaltecos adoptar el socialismo del siglo XXI en un discurso dictado durante el V Foro Regional Esquipulas. Aquí comparto lo que me gustó y disgustó de su discurso.

Pese a la prosa poética y adulatoria con que Rafael Correa adornó sus palabras, éstas fueron claras y sustanciosas, alejadas de la vacía verborrea demagógica que caracteriza a otros políticos latinoamericanos. Es de admirar la dicción y gracia del orador.

Resulta imposible en este espacio desmenuzar la totalidad de la alocución, pero detecté, para mi sorpresa, que comparto por lo menos tres premisas y tres propuestas. Es cierto que en América Latina, las instituciones sociales, políticas y económicas han tendido a privilegiar a unos y excluir a otros. Es decir, el acceso a los círculos de productividad y riqueza ha sido restringido artificialmente. También es verdad que para el desarrollo es más importante el capital humano que los recursos físicos. Sin embargo, son las economías abiertas las que potencian el capital humano y crean riqueza, no así el socialismo. La tercera hipótesis acertada es que la mentalidad de víctima que plaga nuestras culturas retrasa el progreso. Correa hizo además tres recomendaciones de políticas públicas sensatas en lo que respecta a la guerra contra las drogas, la explotación de los recursos mineros y el necesario escepticismo con relación a los espejitos que nos venden algunos organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Por otra parte, Correa reveló porqué rechaza lo que él denomina despectivamente la ideología neoliberal. Se apropia de la tesis del economista John Kenneth Galbraith, a quien citó en su discurso. En su libro Capitalismo americano (1952), Galbraith recomienda compensar o balancear el poder del mercado con el poder del gobierno. Dejados a sus anchas, los agentes económicos acumulan poderes “masivos” y excesivos, en perjuicio de los obreros y los consumidores. Por eso, Galbraith y Correa concluyen que es tarea del gobierno regular los mercados, imponer salarios “dignos” e implantar otras medidas supuestamente beneficiosas. Correa incluso habló de redefinir drásticamente los derechos de propiedad privada, uno de los fundamentales derechos individuales.

El poder económico, no obstante, es muy distinto del poder político. El gobierno ostenta, tanto en una democracia como en una dictadura, el poder monopólico para coaccionar a los ciudadanos adultos. Las autoridades pueden encarcelar a quien evade impuestos. Un empresario recurre a la persuasión y no a la fuerza para convencernos de consumir sus productos. Entre más libre y más competitiva sea una economía, más disperso está el poder entre los millones de consumidores y oferentes. Los actores económicos sólo logran imponerse cuando tienen acceso al poder político. La exclusión en América Latina origina en la arena política: las prebendas se otorgan a los allegados y amiguetes del gobernante. Sustituir a unos privilegiados por otros no resuelve el problema, sólo apila injusticia sobre injusticia.

Invocar el poder monopólico del gobierno para intervenir el mercado es peligroso. La función del gobierno debe ser velar por el Estado de Derecho que viabiliza la cooperación social en armonía. Jugar a Dios dirigiendo los destinos de cada ciudadano inevitablemente confronta intereses, en lugar de cosechar el bien común, tal y como lo entiende un iluminado déspota como Correa. Así como los organismos internacionales, que son entes políticos, se equivocan, así también los políticos toman decisiones para maximizar votos y otros cálculos de interés propio, no por consideraciones técnicas ni sociales. Sería mejor abrir de par en par el acceso a los productivos círculos de intercambio a quienes han sido históricamente excluidos de los mercados domésticos e internacionales.

Este artículo fue publicado el 29 de agosto del 2014 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

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Peligra la libertad de prensa

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Escribió Ludwig von Mises que “la libertad sólo puede ser ganada por hombres incondicionalmente comprometidos con los principios de la libertad.  El primer requisito para un mejor orden social es el retorno a una irrestricta libertad de pensamiento y de expresión.” 

Esta historia ilustra una alarmante realidad.  Cuentan que Pancho Sales era un aclamado reportero de El Globo Vigilante, un ficticio matutino latinoamericano. Pancho había avergonzado a sucesivos gobiernos con sus reportajes sobre cuestionables programas y servicios estatales, abusos de poder y corrupción.   Un buen día, sus cuentas bancarias amanecieron congeladas.  Allanaron su oficina y su hogar buscando evidencia para acusarlo de un delito inventado.  Regaron rumores sobre su vida privada.  El presidente de turno salió en la televisión acusándolo de evadir impuestos y de ser un mentiroso, ladrón y traidor a la patria; además, solicitó al Congreso aprobar un proyecto de ley que subrepticiamente le permitiría censurar a los medios de comunicación.  Bajo presión, los anunciantes retiraron sus pautas publicitarias de El Globo Vigilante.  Luego, amigos del partido reinante ofrecieron comprar el matutino.  Finalmente, se llevaron a Pancho a media noche y lo metieron a la cárcel sin explicarle el motivo de su captura.

En la obscuridad de su celda, el cabizbajo Pancho entendió que su profesión estaba bajo acecho del gobierno en muchos países latinoamericanos.   En su mente se agolparon imágenes del presidente de Ecuador, Rafael Correa, demandando a El Universo y despedazando con furia un ejemplar de La Hora;  de Nicolás Maduro, mandamás de Venezuela, denunciando de manipulación a la “prensa burguesa”; de Cristina Fernández de Argentina, hablando de nacionalizar a los medios privados.   En algunos países se intentaba aprobar una “ley mordaza” como la que está vigente en Ecuador, así como leyes para debilitar financieramente a medios noticiosos.   Pancho se recordó del informe de la Comisión Investigadora de Atentados a Periodistas (Ciap) de la Federación Latinoamericana de Periodistas (Felap) y lloró de nuevo a 45 colegas suyos asesinados en el 2012; México, Brasil y Honduras encabezaron la lista con 17, 10 y 9 periodistas fallecidos, respectivamente.    Nuestro amigo Sales suspiró, agradeciendo a Dios el hecho de seguir con vida.

Son demasiados los periodistas que atraviesan situaciones similares a la de Pancho Sales.  Reporteros Sin Fronteras elabora un índice de libertad de prensa que compara a 179 países.   La medición es generada a partir de encuestas sobre el clima de independencia, pluralismo, auto-censura y transparencia, tanto en medios tradicionales como electrónicos, entre otros factores.  Este año, Costa Rica, ubicada en la casilla 18, es la única nación iberoamericana con una clasificación libre.   Uruguay ocupa la casilla 27 y El Salvador, la 38.  A través de los años, el posicionamiento de Guatemala ha fluctuado desde un bajísimo ranking de 106, en el 2010,  hasta un mediocre 66, en el 2004.

Claro está que también en el gremio periodístico hay conglomerados poderosos y actores ideologizados o faltos de ética.  Pero la historia de Pancho Sales nos enseña que el poder de la voz y de la pluma palidecen frente al poder coercitivo del Estado.  La libertad de prensa es una cara de la libertad que amerita ser tratada como absoluta, defendida hasta el extremo y preciada sobre otros valores, así nos gusten las opiniones de los demás conciudadanos o no.  Los mejores antídotos contra excesos cometidos tanto por reporteros como por gobernantes son un mercado informático verdaderamente competitivo y libre, y un Estado de Derecho funcional que lo apuntale.  En un debate limpio aflora la verdad y se delata la mentira.  Como advirtió George Washington hace siglos, “si nos quitan la libertad de expresión, entonces, tontos y silenciados, nos podrán llevar como ovejas al matadero”.

Este artículo fue publicado el 30 de agosto del 2013 en CEES y la Revista Contra Poder.  La foto de George Washington tomada del sitio History fue adaptada para una presentación.