Las empresas privadas: ¿hacen bien?

IMG_0988

Incorporar a las empresas privadas dentro de la convivencia política y cívica representó un reto para la era moderna.

En “El bien que hacen las empresas”, Robert G. Kennedy argumenta que deberíamos poner más atención a los aportes que hacen las empresas a la vida en sociedad. Kennedy, profesor de filosofía y administración de empresas en la Universidad de Santo Tomás en Minnesota, nos aclara que la actividad comercial es tan antigua como el ser humano. No obstante, la empresa privada es un invento más reciente, pues adquirió el carácter de una organización o un sistema formal. Para empezar un negocio, hace falta inversión y también una clientela interesada en adquirir lo producido.

Es prácticamente imposible dimensionar lo disruptivas que fueron las empresas en sus inicios. Con su vitalidad y dinamismo, desataron la movilidad social y retaron la organización social feudal. Los marcos mentales de la época no tenían palabras para describir el fenómeno. Los escritores asociados con la Escuela de Salamanca, quizás porque tenían que atender las inquietudes éticas de fieles empresarios, estudiaron a fondo las ganancias, los intereses, la propiedad y otros aspectos de la actividad mercantil. Concluyeron que el comercio es un instrumento para promover la justicia y un vehículo para mejorar las condiciones de vida de la humanidad. En opinión de Kennedy, sin embargo, no comprendieron del todo que las empresas contribuyen a crear riqueza: “la Iglesia continuó viendo la actividad empresarial como posiblemente teñida por la avaricia y permanecieron insensibles a las posibilidades revolucionarias de la creación de riqueza.”

Solamente se combate la pobreza creando riqueza, pero a la fecha muchos religiosos sospechan del concepto de riqueza. Incluso filósofos griegos como Platón sostuvieron que es malo acumular dinero en exceso de las necesidades reales o percibidas de la persona. Cuando la persona centra su atención en amasar bienes materiales, olvida o desatiende preocupaciones morales y espirituales. La persona podría incluso dudar de la providencia divina si sus metas son el poder, el placer, la comodidad o el afán de blindarse contra las tempestades terrenales. Sin embargo, la Iglesia en ningún momento ha predicado que todos debemos permanecer pobres ni tampoco que debemos ambicionar ser pobres. No condena la prosperidad.

La prosperidad pueden contribuir al bien de la persona y de la sociedad, sobre todo cuando se emplean medios lícitos para alcanzarla. El buen trabajador se ejercita en virtudes más allá de la laboriosidad, pues para sacar adelante una empresa hacen falta honestidad, valentía, orden y otros hábitos virtuosos. Él cosecha frutos de su trabajo honrado y ético haciendo crecer la riqueza total disponible a la sociedad. Mejora su condición sirviendo a otros, no a costillas de los demás. Mi abuelo solía decir que los empresarios hacen como las campanas, “dan, dan, dan…”, porque el mercado premia a quienes mejor identifican y atienden la necesidad ajena.

Por otra parte, la empresa es una comunidad de personas, como lo es la familia y otras asociaciones voluntarias. Quien emprende no es un lobo solitario: es un ser social que conforma una comunidad. Los miembros del grupo se potencian unos a otros cuando el ambiente dentro del negocio es de mutuo respeto. Es cierto que algunas malas personas pueblan las empresas, pero ello no opaca el bien que hacen las empresas legítimas a los inversionistas, los empleados y los clientes. Según Kennedy, estas organizaciones contribuyen al bien común. No hace falta cargar a la empresa con responsabilidades extraordinarias que pudieran distraerla de su cometido original, pues su principal contribución a la sociedad es desempeñar con excelencia las tareas para las cuales fue diseñada.

Este artículo fue publicado el 27 de marzo del 2015 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

 

 

 

 

 

Advertisements

Corrupción, cultura y diplomacia

Slide1

La corrupción es un crimen que daña a la sociedad. Así opina el nuevo embajador de Estados Unidos en Guatemala, Todd Robinson, quien se comprometió a apoyar esfuerzos por combatir este fenómeno.

La anterior afirmación aparece en una entrevista que le hizo Prensa Libre (3-XI-14) al Embajador Robinson. Él tiene experiencia conviviendo con dicho mal, pues residió en países con un posicionamiento poco halagador en el Índice de Percepción de Corrupción, el cual analizó 177 países en el 2013: Italia (69), El Salvador (83), Colombia (94), Bolivia (106), Albania (116), y República Dominicana (123). Además, ya laboró en Guatemala, empatada en el puesto 123 con República Dominicana. Lamentablemente Robinson no especifica cómo solucionaría el flagelo de la corrupción.

¿Están conectados el bienestar, la corrupción y la cultura? Recientemente, abordamos la cuestión durante la presentación del sexto episodio del documental Poverty Cure. Las sociedades poseen capital cultural, según Poverty Cure. Las personas exhiben conductas virtuosas, ahorran, innovan y emprenden, en contextos sociales donde existe la confianza mutua y se respetan los contratos, la propiedad privada y el imperio de la Ley, entre otros. Las culturas cerradas y desconfiadas, o con mentalidad de víctima pordiosera, tienden a permanecer subdesarrolladas. Es lógico asumir que habrá más corrupción en las segundas.

Pero el Barómetro Global de Corrupción, una encuesta levantada a 114,000 personas en 107 países, muestra que la corrupción aumenta en todas partes del mundo, aún en países libres, con un Estado de Derecho mejor cimentado y economías prósperas. Alejandro Chafuen, columnista de Forbes y experto en estos temas, escribe que desde hace años Estados Unidos y la Europa Occidental están creciendo a un ritmo menor que países con peores indicadores de corrupción. Chafuen advierte que esta tendencia “está afectando varias de las instituciones esenciales para construir el Estado de Derecho en una sociedad libre.”

Algunos lectores pensarán que la tendencia mundial imita la historia guatemalteca, en cuya cultura arraiga la corrupción desde hace décadas. Tanta evidencia negativa nos podría sumir en la desesperanza determinista, o bien llevar a la fatal conclusión que poco nos beneficiaría fortalecer el Estado de Derecho o promover la libertad económica. El documental de Poverty Cure nos presenta una cara de la moneda más alentadora: las personas (y las culturas) cambian. Quizás sean más las historias de horror que las historias de éxito, pero existen organizaciones, comunidades y despachos públicos que se han vuelto más transparentes. Individuos y agrupaciones, sobre todo de índole religiosa, han motivado a otras personas para que salgan adelante haciendo gala de laboriosidad, esfuerzo, perseverancia y honradez.

Es preciso además reorientar las políticas públicas. Estamos tan acostumbrados a pensar que el Gobierno es la madre de todas las soluciones a nuestros problemas, que perdemos de vista los males que emanan de él. Las instituciones más desprestigiadas al nivel mundial son precisamente aquellas asociadas con el ejercicio del poder. El Barómetro Global revela que los partidos políticos y los policías son los peor percibidos, seguidos de los jueces, los diputados y los burócratas. Más de la mitad de los entrevistas consideran que estos cuerpos se han vuelto más corruptos en dos años.

Cabría recordar la advertencia que hacía el economista Gary Becker: la criminalidad es cuestión incentivos. A veces excesivos trámites y regulaciones, y la prevalencia de entes estatales corruptos, invitan en lugar de desalentar conductas turbias entre los ciudadanos. Tirarle más fondos al sistema perverso no resolverá la cuestión al menos que se opere un cambio tal que los premios de ser corrupto palidezcan ante los castigos, y que los castigos sean certeros.

Este artículo fue publicado el viernes 7 de noviembre del 2014 en la Revista Contra Poder y el CEES.

La fotografía es una imagen tomada del sitio de la organización Transparencia Internacional e ilustra los países con problemas de percepción de corrupción en los partidos políticos, según la encuesta Barómetro Global del 2013. (Ver enlace arriba)

 

Justicia para los pobres

SONY DSC

En la Encíclica Rerum Novarum de 1891, el Papa León XIII afirma que quienes le niegan al individuo “…el derecho a poseer como dueño el suelo sobre el que ha edificado o el campo que cultivó”, en la práctica le privan de aquello que produjo con su trabajo.

El jueves 31 de julio tuve el gusto de asistir a la presentación de “Justicia para los pobres”, el tercer documental de la serie producida por Acton Media, Poverty Cure. La actividad fue auspiciada por el Instituto Acton Argentina y la Universidad Francisco Marroquín. Poverty Cure es un valioso recurso para el debate en Guatemala sobre las causas y posibles soluciones a la pobreza. Los dos episodios anteriores versan sobre la caridad, la cooperación internacional y la microempresarialidad. Resonaron en mi mente tres hipótesis desarrolladas en este segmento.

La primera es que la prosperidad es facilitada por un Estado de Derecho, entendido como un conjunto de reglas y leyes que hace factible la convivencia pacífica. Los países en vías de desarrollo suelen tener abundantes leyes mercantilistas pero no reglas claras, estables y transparentes que rigen sobre todos por igual y son aplicadas eficientemente. Los pobres carecen de las garantías básicas y protecciones jurídicas necesarias para labrar su futuro. Los productores del documental usan como ejemplo un asentamiento llamado La Cava, en Buenos Aires, que me recordó a nuestra Limonada. Es una tierra de nadie. La policía resguarda a otros vecindarios de los residentes de la barriada, pero no a quienes viven dentro. Las familias trabajadoras que viven en La Cava intentan salir adelante, pero deben hacerlo desde la informalidad. Además, diariamente enfrentan la violencia que amenaza sus vidas y sus posesiones.

La segunda hipótesis es que una excesiva tramitología eleva los costos de operar negocios legítimos y por ende, de generar oportunidades y empleos. La estrecha relación entre las regulaciones engorrosas y el subdesarrollo es innegable gracias al estudio Haciendo Negocios, iniciado en el 2002 por el Banco Mundial para medir la tramitología en 189 países. Vencen las trabas los ciudadanos corruptos, y quienes tienen conexiones con el poder político, opina Marcela Escobari, directora del Centro para el Desarrollo Internacional, entrevistada en el documental. Por el contrario, los pobres, usualmente laborando en la informalidad o en actividades agrícolas de subsistencia, permanecen aislados de las redes económicas productivas.

Lo cual nos lleva a la tercera hipótesis, y es a los pobres les conviene acreditar sus derechos de propiedad. Hernando de Soto, autor del Misterio del Capital, afirma que el primer escalón para asentar un verdadero Estado de Derecho es el reconocimiento de la propiedad privada. Ernesto Schargrodsky, rector de la Universidad Torcuato di Tella y coautor de una investigación sobre el efecto de la titulación en los pobres, concluye que la titulación de las posesiones no sólo alivia la pobreza, sino que además cambia la concepción que tienen de si mismos los pobres. Los propietarios tienden a gozar de mejor salud y a educarse más y mejor.

A lo largo de la historia, la humanidad ha experimentado con diversos regímenes de propiedad como la propiedad comunal, estatal, en cooperativas y privada. Los estudios muestran que se crea más riqueza cuando los derechos están claramente delimitados y son hechos valer. Un exitoso empresario de Ghana, Herman Chinery-Hesse, considera que la pobreza crónica en su país es el resultado directo de haberle negado a generaciones de generaciones de agricultores, la posibilidad de comprar la tierra que ocupan y labran. Sus derechos han sido siempre precarios. Agrega Chinery-Hesse que si los agricultores de Ghana pudieran sacar un préstamos del banco sobre la base de sus tierras ancestrales debidamente reconocidas, podrían comprar un tractor o invertir en mejoras de producción y así pronto las cosas cambiarían.

Este artículo fue publicado el 8 de agosto del 2014 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

La foto es propia.

 

Curando la pobreza

IAA 2014 Grafica I

Tener un corazón para los pobres no basta. Debemos acompañar la compasión con una reflexión económicamente sensata sobre cómo se genera prosperidad y bienestar.

La serie titulada Poverty Cure se lanzó formalmente en Guatemala ayer. Esta serie consta de seis documentales  que exploran a fondo las causas de la pobreza, así como las soluciones más eficaces. Es un material audiovisual de alta calidad técnica producido por Acton Media, una división del Instituto Acton para el estudio de la religión y la libertad. El lanzamiento fue coauspiciado por la Universidad Francisco Marroquín y el Instituto Acton Argentina,  el cual estuvo representado por dos de sus directivos, el Dr. Gabriel Zanotti y la Licda. Cecilia de Vásquez Ger.

Han surgido innumerables iniciativas para paliar la pobreza a lo largo de los años. Miles de ONGs y agrupaciones religiosas y seculares tienden una mano a los indigentes. Los gobiernos buscan atender a sus ciudadanos necesitados, y los países desarrollados mantienen millonarios programas de cooperación internacional. Organismos multinacionales como la Organización de Naciones Unidas (ONU) administran estudios y proyectos. Se estima que la ayuda humanitaria global asciende a más de U.S.$ 17 millardos anuales, sin contar la cooperación bilateral y multilateral para el desarrollo. A la luz de este activismo, conviene formular preguntas serias: ¿Hemos acertado en el diagnóstico del mal? ¿Estamos ganando la batalla?

Poverty Cure nos invita a replantearnos la pobreza y a confrontar realidades duras. Algunas iniciativas que nacen de magníficas intenciones realmente empeoran la condición de los pobres. El donante se siente bien consigo mismo al realizar una obra de caridad, y por ello no verifica el impacto de sus acciones. Por ejemplo, luego del genocidio de Ruanda, los feligreses de unas iglesias protestantes de Atlanta empezaron a enviar huevos gratis a una comunidad afuera de Kigali. Inundaron la comunidad de huevos y quebraron al empresario local que había invertido sus escasos ahorros en gallinas ponedoras. Cuando los bienhechores de Atlanta descontinuaron el envío de huevos, los ruandeses estaban peor que antes porque ya no contaban con una producción local. Así, debemos resistir el impulso de hacer algo por el mero hecho de actuar, ya que nuestros proyectos pueden tener consecuencias imprevistas negativas.

El documental también rebate el estereotipo del pobre como un ser irremediablemente desvalido y  limitado. Andreas Widmer, cofundador de una entidad empresarial no lucrativa, SEVEN Fund, admite en el cuarto video: “Me frustra la idea de que pobreza significa vivir con menos de $1.00 ó $2.00 dólares diarios.” Agrega Herman Chinery-Hesse, un emprendedor de Ghana, que los africanos no son estúpidos. Lo que ocurre es que no logran poner sus talentos al servicio de los mercados mundiales porque se les excluye de las redes de intercambio, productividad, crédito, Internet, educación y más.  Los pobres se superan cuando las instituciones políticas y económicas en sus respectivos países son abiertas. Al menesteroso no hay que abandonarlo, marginarlo ni sobreprotegerlo; más bien, debe poder conectarse con otros en círculos productivos.

Esta colección de audiovisuales es útil para académicos, líderes religiosos, políticos, periodistas y empresarios interesados en promover el desarrollo. El sitio www.povertycure.org también es un invaluable recurso, pues Poverty Cure es más que un documental: es una red que aglutina a más de 200 socios individuales y corporativos de 143 países.  Estos socios ya estaban convencidos que los pobres son personas dotadas de dignidad, más que objetos o experimentos, y ahora, gracias a la plataforma que les provee Acton, pueden explorar cómo dar rienda suelta al espíritu de emprendimiento en el mundo.

Este artículo fue publicado el 7 de marzo del 2014 en la revista Contra Poder y en el CEES.