Francisco y la política

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El barullo que provocó la visita de Francisco a Cuba y Estados Unidos tomó matices decididamente políticos.

El histórico viaje del Su Santidad Francisco a Cuba y Estados Unidos fue noticia de primera plana. Los medios de comunicación detallaron el apretado programa en cada ciudad, así como los desvíos del itinerario. Las redes sociales se saturaron de fotos y reflexiones subidas por testigos de los sucesos.

Las insinuaciones políticas obedecen a por lo menos cinco factores. El papa eligió como destino dos países que recién reanudaron relaciones diplomáticas después de más de medio siglo de enemistad. De hecho, las partes atribuyen a Francisco el rol de mediador en las negociaciones encaminadas a normalizar el trato diplomático y liberalizar el flujo de personas y bienes entre las naciones. Segundo, para Raúl Castro y Barack Obama, el pontífice es un homólogo estadista, jefe de la Santa Sede. Se desdeñaron estirados protocolos a favor de un comportamiento relajado: Francisco fue recibido en la Base de la Fuerza Aérea Andrews por una banda que tocaba la liviana canción “Happy”, por Pharrell Williams, por ejemplo. Tercero, es la primera vez que un papa da un discurso ante el Congreso de Estados Unidos. Cuarto, un número récord de presidentes y primer ministros escucharon su intervención ante la Organización de las Naciones Unidas en Nueva York. Y finalmente, Estados Unidos vive una acalorada campaña para las elecciones primarias, de las cuales surgirán los candidatos que competirán por la presidencia en el 2016.

Los diferentes grupos quieren llevar agua a su molino aprovechando el carisma del Papa Francisco: quieren estar de su lado. Los ambientalistas aplauden cuando el papa atribuye el calentamiento global a la actividad humana depredadora del ambiente. Los progresistas celebran cuando el pontífice lamenta la brecha económica entre ricos y pobres y condena el consumismo. Hacen caras largas y arrugan la nariz, sin embargo, cuando Su Santidad pide respetar la vida desde la concepción y defiende a la familia tradicional.

Matt Taibbi de The Rolling Stone, pregunta: ¿porqué nos importa de qué lado está el papa? Taibbi, quien abandonó la religión de su infancia, concluye sarcásticamente que “esto es una lata. La izquierda estadounidense siempre es más desagradable cuando intenta ser piadosa…Si agregamos una auténtica piedad a la ecuación, …le quitaremos el gusto a no ser republicanos.” Es probable que el Papa Francisco alegre y defraude a todos un poquito, y que nos rete a todos un poquito, pero eso no es necesariamente malo. Él desafía las etiquetas y los “ismos”. Como buen latino, gusta del debate, improvisa, recurre a expresiones coloquiales, y se comunica constantemente.

Realmente, durante los dos años desde que Francisco asumió el cargo de Vicario de Cristo, he sido interpelada varias veces. ¿Cómo puedes seguir siendo católica, después de ver que el Papa estrechó la mano al dictador criminal, Fidel Castro, condenó al capitalismo excluyente y se volvió eco-histérico?

Estoy convencida que mis preferencias económicas y políticas no me impiden ser una buena católica porque acepto los dogmas de la fe. Es un error atribuir la misma solemnidad a todo lo que emana del Vaticano, pues una encíclica papal no es igual que una homilía o un mensaje en Twitter. Nuestros líderes eclesiásticos intentan guiarnos en cuestiones terrenales, sin restringir nuestra libertad de criterio, sobre todo en lo que refiere a políticas públicas o propuestas puntuales. Además, siempre conviene verificar si el Papa realmente dijo lo que dicen que dijo, leyendo los textos originales en sitios confiables como Vatican.va, Zenit o Rome Reports. Así constatamos que Su Santidad no ha entrado en contradicción con sus antecesores ni con el magisterio.

Este artículo fue publicado el 2 de octubre del 2015 en la Revista Contra Poder y el CEES.

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No votamos nulo

Elections

El voto nulo se ubica entre los grandes perdedores de la competencia electoral realizada el 6 de septiembre.

Son votos válidos el 90.81% de los votos emitidos el 6 de septiembre, con base en los resultados que arrojaban casi la totalidad de las Juntas Receptoras de Votos (JRV). En la contienda para elegir al binomio presidencial, únicamente 4.18% de los votos emitidos fueron nulos, y 5.01% fueron votos en blanco. Es poco dramática la diferencia entre estos resultados y los de procesos electorales anteriores. En las elecciones del 2011, el voto nulo sumó 4.24% del total y el voto en blanco fue de 7.61%; en las elecciones del 2007 se emitieron 5.74% votos nulos y 3.57% votos en blanco; en 2003, se depositaron 4.75% votos nulos y 3.88% en blanco.

El alza en los votos nulos tendría que haber sido espectacular, dadas las múltiples campañas que activamente promovieron esta opción. Además de pegar carteles en espacios públicos, algunas organizaciones usaron blogs y etiquetas en las redes sociales, tales como Revolucióninteligente#unmovimientoconsciente, Todos por el voto nulo, #nohayporquienvotar y Yo voto nulo. Esta postura fue defendida por personas de distintas ideologías. Mis amigos Ricardo Rivera y Marta Yolanda Díaz Durán motivaron el voto nulo como señal de protesta. Marta Yolanda enfatizó que falsean sus preferencias quienes emiten un voto de rechazo o se decantan por el “menos peor”. Marco Antonio Garavito, psicólogo social y catedrático de la USAC, calificó el voto nulo como una “oportunidad para replantear el sistema fallido”. El abstencionismo, sumado a abundantes votos nulos, expresarían la indignación ciudadana y deslegitimizarían al sistema político, pronosticó Edgar Gutiérrez, director del Instituto de Problemas Nacionales de la USAC (Ipnusac).  El Movimiento Semilla, a su vez, formalmente llamó a suspender las elecciones para establecer un gobierno de transición. Incluso se rumoró que, al evidenciarse la caída en las encuestas de Manuel Baldizón, los partidos políticos Líder y Corazón Nueva Nación trocaron sus vallas rojas por vallas con el lema “¡En estas condiciones no queremos elecciones!”. En pocas palabras, se invirtieron recursos humanos y financieros en esta plataforma.

Días antes de las elecciones, en su columna El pequeño gran país, Samuel Pérez imaginó un glorioso boicot de las elecciones orquestado por los voluntarios y funcionarios del TSE, conjuntamente con los votantes. Si este es el sueño dorado de Pérez, ¿será la realidad su peor pesadilla? Porque lo que se produjo fue una afluencia masiva en casi todos los departamentos del país.

Un 70.28% de los ciudadanos empadronados acudieron a las urnas el domingo y, como ya se observó, la gran mayoría de éstos emitieron votos válidos, excepto quizás en lo que respecta al Parlamento Centroamericano. Se superó así la presencia en la primera vuelta en las tres elecciones generales previas, donde el porcentaje de empadronados que participó ascendió a 57.9%, 60.2%, y 69.38%, respectivamente.

Comprendimos que bajo las reglas del juego actuales, los votos nulos ni castigan ni premian a los candidatos. Si 50 de 100 electores anulan su voto, el resultado lo fijará la mitad restante. Quienes votan nulo son llanamente invisibles.

Los ciudadanos, motivados por los efectos de las pacíficas manifestaciones recientes, encontramos más lógica en el llamado #VotarEsManifestar que en el llamado a deliberadamente anular nuestro voto o a abstenernos. Al favorecer a candidatos no tradicionales para ocupar la presidencia, las alcaldías y el Congreso, enviamos un mensaje en contra de la corrupción a la clase política. Los nuevos diputados deberán contemplar reformas al sistema electoral, entre ellas la conveniencia de redefinir el peso de los votos válidos y los votos nulos.

Este artículo fue publicado el 11 de septiembre del 2015 en la Revista Contra Poder y CEES. He corregido un error de la versión original.

 

 

 

¿Golpe o elecciones?

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El naufragio de la Administración Pérez-Baldetti alineó los intereses de los futuros gobernantes con los del gobernado a favor de la transparencia. 

Un gobierno en ruinas sugiere la posibilidad de posponer las elecciones generales e instalar un gobierno de transición. Tal extremo equivaldría a dar un golpe de Estado técnico.

Los procesos entablados contra políticos acusados de cometer actos criminales desató una tormenta pero no creó una crisis institucional: se han seguido pasos especificados en ley. El nombramiento del doctor Alejandro Maldonado como vicepresidente así lo demuestra. Sospecho que los guatemaltecos veríamos pocos efectos en nuestra vida si llegara a faltar Otto Pérez. ¿Se acuerda del llamado secuestro (sequestration) del presupuesto federal del gobierno de Estados Unidos? El Presidente Obama advirtió que el paro del gobierno federal causaría estragos en la cotidianeidad estadounidense, pero nada pasó.

Nuestra legislación ordena la alternancia en el poder mediante la realización de elecciones generales cada cuatro años. La convocatoria hecha por el Tribunal Supremo Electoral y la inscripción de aproximadamente 30 mil candidatos se ajustan a las normas. No así un triunvirato o gobierno de transición.

¿Quién nombraría a los líderes, por cuánto tiempo y sobre qué bases? ¿Qué poderes tendrían? ¿Concedería esta medida a personajes de izquierda un poder que no conquistan mediante el voto? Al ceder poderes arbitrarios a un grupito de “intelectuales iluminados” o “déspotas benévolos”, ellos podrían imponer las políticas públicas que les apetecen sin consulta, al margen del escrutinio ciudadano. Cualquier iniciativa para refundar la patria y alterar la Constitución, incluso si se trata de una modificación parcial, exige una consulta popular.

Tal triunvirato tendría que hacer cogobierno con el Congreso actual. La próxima asamblea legislativa tiene más posibilidades de aprobar reformas profundas a la Ley Electoral y de Partidos Políticos y a otras leyes que regulan la administración pública, aún si un porcentaje de los diputados actuales son reelectos. No sólo porque tendrán más tiempo y podrán debatir propuestas bien formuladas, como la iniciativa electoral presentada por el Centro de Estudios Económico-Sociales (CEES), sino porque a raíz de lo ocurrido al binomio Pérez-Baldetti, enfrentarán fuertísimos incentivos para preferir la transparencia. El desprestigio que acarreó el enriquecimiento ilícito y el abuso del poder, solamente puede subsanarse haciendo cambios profundos. Y estos cambios serán legítimos si se producen dentro de las reglas establecidas.

Ciertamente, los candidatos que hoy compiten por el poder son imperfectos. Describe nuestro sentir la caricatura que ilustra nuestras opciones como una posa de tiburones, otra de cocodrilos y un vacío desconocido. Tendremos que hacer un concienzudo tin marín de dos pingüe entre las opciones disponibles. Pero también es verdad que el menú no mejoraría dramáticamente si aplazamos la decisión. La mayoría de los conciudadanos que se postulan a cargos gubernamentales llevan años preparándose para llegar al poder. No emergerá por arte de magia una oferta más calificada. La calidad de la oferta política mejora en el largo plazo con la sostenida fiscalización ciudadana y con la aprobación de reglas del juego que alineen correctamente los incentivos de los políticos.

“El espectáculo debe continuar” significa, en el mundo de la farándula, que la función de teatro o circo debe presentarse contra viento y marea. Si se enferma la actriz principal o se fuga el conductor de la orquesta, los responsables de la función evitan el pánico y honran el compromiso contraído con los espectadores. Eso esperamos del Tribunal Supremo Electoral: llevar a cabo las elecciones generales del 2015 precisamente para resguardar la institucionalidad.

Este artículo fue publicado el 28 de agosto del 2015 por la Revista Contra Poder y el CEES.

Foto adaptada de fotos subidas a las redes sociales por familiares.

 

 

Los prejuicios y política

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Tanto los candidatos ávido de votos como los electores nos hacemos ilusiones sobre las capacidades medicinales y hasta salvíficas de la política.

Pese al desprestigio en que ha caído la clase política guatemalteca, soñamos que caras nuevas, competentes e íntegras, enderezarán la barca. Casi anhelamos que nuestros gobernantes inventen la cura al cáncer y alivien toda aflicción…en cuatro años.

Atribuir un protagonismo al quehacer político va de la mano con un cierto desdén por otros ámbitos de interacción, como el mercado. Explican este fenómeno algunos estudios recientes sobre la racional del votante, elaborados por politólogos y economistas como Bryan Caplan. Éstos revelan cómo nuestros sesgos mentales pueden llevarnos a tomar decisiones reñidas con la razón y la realidad.

Caplan detecta un arraigado prejuicio en contra del mercado entre los ciudadanos comunes. Una encuesta realizada en 1996 titulada “Americanos y Economistas sobre la Economía” constata la divergencia entre las convicciones de economistas profesionales y del público en general. Por ejemplo, la ley de la oferta y la demanda como fuente de precios informativos, constituye una piedra angular de la ciencia económica, aceptada por economistas de todo bando. Sin embargo, quienes no han estudiado economía abrazan creencias extrañas sobre cómo se forman los precios. Caplan describe una conversación que tuvo con su madre de pequeño. Ella le explicó que los granjeros podían surtir al supermercado de verduras y frutas gracias a las autoridades que fijaban un elevado precio por sus cosechas. La familia Caplan debía pagar más por las legumbres que consumía, pero la madre creía que los granjeros quebrarían de no ser por las políticas públicas. Hasta que sus estudios de economía le revelaron lo contrario, esta plática casual grabó en la mente de Caplan una desconfianza de la competencia por precio. Como muchos, su madre sospechaba de los mecanismos del mercado para asignar recursos mediante transacciones voluntarias guiadas por precios libres.

La señora Caplan estaba a favor de precios artificiales altos que beneficiaban a los granjeros. Pero también es común que los no economistas se aferren a una noción opuesta: el rechazo a la ganancia. Las utilidades suelen verse como una apropiación indebida de bienes que pertenecen a otro, o como derivadas de la avaricia y el egoísmo. El economista de profesión ve la utilidad como un incentivo que induce al oferente a prestar un servicio deseado, a detectar oportunidades, a innovar y a economizar. Las ganancias no son un regalo que hacemos al rico, pues en el mercado es menester servir al prójimo para amasar fortuna. No obstante, muchas personas apoyan propuestas para reducir o redistribuir las utilidades.

Un tercer sesgo anti-mercado se relaciona con los monopolios. Se tiende a retratar al monopolista como un parásito social, acaparador y tramposo, que provoca la escasez para aprovecharse del desvalido consumidor. En contraste, los economistas entienden que los monopolios duraderos son creados por protecciones gubernamentales más que por mercados competitivos; en tanto exista libertad de entrada en el mercado, los monopolios enfrentarán la amenaza de competencia y no podrán cobrar precios elevados ni descansar en sus laureles.

Podríamos seguir expandiendo la lista, pero bastan los ejemplos anteriores para validar la existencia de predisposiciones contra el mercado bastante generalizadas entre el público. Nos asiremos a prejuicios mientras permanecer en el error tenga poca relevancia. Nuestro voto es uno entre millones: podemos votar con base en construcciones fantasiosas, frívolas e irracionales, porque el costo personal de hacerlo es bajo. Y quizás esto explique porqué los candidatos tampoco tienen incentivo a presentarnos plataformas económicamente sensatas.

Este artículo fue publicado el 14 de agosto del 2015 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

 

Reflexiones sobre las campañas políticas prematuras

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¡Abróchese el cinturón: la campaña política ya despegó!

La gráfica que ilustra la portada de Contra Poder (10 de enero, 2014) enmarca una pregunta en letras gigantes: ¿por quién votaría hoy? Es como un grito visual que anuncia el arranque de la campaña presidencial. A la mayoría de guatemaltecos nos abruma el bombardeo publicitario político, con lo cual el titular nos deja mal sabor en la boca. Tenemos la sensación de que recién salimos de una campaña y ya nos introducen en otra. Este banderazo se produce a destiempo, pensamos, pues el Partido Patriota recién clausuró su segundo año de gobierno. Nos toma segundos recapacitar: la competencia política ni empieza, ni acaba. Es una constante en nuestras vidas.

Al leer el reportaje central que acompaña el titular, nos impacta otra revelación. La población ignora quiénes son muchos de los candidatos presidenciables. El candidato hipotético Perico de los Palotes se habrá desilusionado al enterarse que menos del 30% de la población sabe quién es, y peor aún, que solamente le simpatiza a la mitad de quienes lo identifican correctamente. El sujeto hipotético tiene menos de dos años para ser reconocido y cosechar votos. Sin duda muchos aspirantes a cargos públicos están comisionando más vallas y anuncios en estos momentos, reincidiendo en la costumbre que nos causa molestia.

El sistema en Guatemala provoca varias incógnitas adicionales. ¿Por qué tantas personas aspiran a ser presidente? ¿Por qué hay tantos partidos políticos en Guatemala? ¿Por qué los presidenciables concursan varias veces antes de ser electos? ¿Por qué la profesión de político goza de tan mala reputación? ¿Por qué persisten las prácticas corruptas en el seno del gobierno? ¿Por qué la labor del Tribunal Supremo Electoral (TSE) es cuestionada por el mismo gremio? ¿Por qué creemos que ningún candidato refleja nuestro sentir, y por tanto nos resta únicamente escoger al “menos peor”?

Una respuesta común se centra en los jugadores políticos particulares. Se sugiere que todo depende de la calidad de las personas que se arriman al foro político. Si tuviéramos estadistas heroicos, virtuosos y benevolentes, la dinámica cambiaría, se propone. Sin embargo, el salvador nunca llega. De allí que resulte constructivo enfocarnos menos en los personajes y más en las reglas del juego. La Ley Electoral y de Partidos Políticos, junto con otras normas escritas y tácitas, crean el conjunto de incentivos que imperan tanto sobre los políticos como los electores.

El enfoque institucional nos confronta con ciertas realidades. Primero, los candidatos, los donantes y los votantes de los partidos políticos somos seres de carne y hueso, dotados de intereses personales y susceptibles de ceder a presiones y seducciones. Segundo, los partidos políticos no generan riqueza; recaudan fondos para subsistir y financiar periódicas campañas electorales. Tercero, la escasa y parcializada información recabada en eventos públicos, vallas, anuncios y publicaciones sustenta la decisión de voto. Es decir que tomamos decisiones con información incompleta. Cuarto, los partidos compiten entre sí para captar fondos y votos. Y podemos seguir agregando hechos a esta lista.

La capacidad de distinguir entre las cosas tal cual son, y nuestras expectativas de cómo deberían ser, brinda claridad al panorama electoral. Por otra parte, es un error esbozar propuestas de reforma basadas en elucubraciones idealistas. Dichas iniciativas no necesariamente mejorarán la eficiencia, transparencia y credibilidad del quehacer democrático. En contraste, las propuestas de reforma fundadas en una apreciación objetiva sobre la conducta de los actores políticos sí pueden alterar la dinámica electoral de forma eficaz.

Este artículo fue publicado el 17 de enero del 2014 en la Revista Contra Poder y CEES. También fue reproducido el 29 de enero del 2014 por HACER Latin American News.

La foto que ilustra este post y que motivó el artículo es tomada del sitio de la Revista Contra Poder en Facebook. ¡Recomiendo visitar la página y consultar la investigación realizada por la revista!