La solución es emprender

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Aceptemos el reto: lograr que un mayor número de los guatemaltecos soñando con emprender, se lancen al agua y creen negocios estables.
Guatemala es un país de emprendedores, y eso es bueno. El emprendedor identifica con ojo clínico las necesidades insatisfechas de los demás. Detecta en ellas una oportunidad de crecimiento, y a pesar de la incertidumbre, invierte arduas horas de trabajo, así como ahorros propios y ajenos. Es usual que este personaje persevere sin desfallecer ante el fracaso, y sigua innovando hasta triunfar. Lo admiramos porque su productividad crea riqueza y mejora la sociedad. La pregunta clave es: ¿Cómo logramos que más emprendimientos fructifiquen y prendan el motor de la economía?
Dos estudios distintos pero coincidentes nos brindan algunas luces: el Reporte Nacional de Emprendimiento GEM para el 2014-2015 y la serie Poverty Cure. El GEM ofrece una radiografía de la situación actual en Guatemala. Permite evaluar los avances conquistados por el país en comparación con otros países y a través del tiempo, dado que el estudio se ha realizado por seis años consecutivos. Al igual que GEM, la documental Poverty Cure reconoce el valor del emprendimiento para aliviar la pobreza mundial. Poverty Cure analiza las instituciones socio-económicas y políticas que estimulan o desalientan la actividad económica.
Según el GEM, Guatemala tiene una alta tasa de emprendimiento temprano si se le compara con el resto de la región latinoamericana. Los guatemaltecos menores de 35 años protagonizan el 60% de los emprendimientos en etapa temprana. De estos, 43% arranca con menos de Q. 10 mil quetzales de capital. La mayoría de iniciativas se orientan al consumo: su producción demanda una reducida inversión en tecnología y no transforma significativamente el producto ofertado. El emprendimiento en Guatemala tiende a ser auto-empleo. Algunas personas cierran el negocio cuando acceden a un puesto seguro en el mercado laboral formal, o emprenden para complementar un salario. Desde el 2009, más de la mitad de los nuevos negocios son puestos en marcha por mujeres. Idealmente, un negocio se establece y crece con el paso de los años, generando empleos e ingresos constantes, pero no todos los nuevos negocios en Guatemala llegan a esta etapa.
Un discernimiento medular de la investigación elaborada por el equipo del GEM queda plasmado en una gráfica que revela una tasa mayor de emprendimiento en economías en vías de desarrollo que en economías desarrolladas. Se retrata así a quienes emprenden por necesidad, desde la pobreza y a veces desde la informalidad, porque otras vías alternas de subsistencia les resultan menos accesibles.
Leer el estudio del GEM trae a la memoria un mensaje subyacente a la serie Poverty Cure: es un mito que los pobres son perezosos, dependientes y poco creativos. Al contrario, el verdadero problema reside en las reglas del juego paternalistas que desestiman sus potenciales aportes a los mercados globales.
Más que clamar por caridad o subsidios, los guatemaltecos deberíamos exigir la posibilidad de trabajar con libertad de entrada y salida en mercados dinámicos, tanto nacionales como internacionales. Ello implica derrumbar barreras, simplificar regulaciones y mejorar el acceso al crédito. Segundo, necesitamos una adecuada protección de nuestras vidas y propiedad. El estudio del GEM corrobora las conclusiones de otros estudios: la corrupción, las extorsiones y una defectuosa y lenta defensa de nuestros más básicos derechos en las cortes del sistema obstaculizan y encarecen el desarrollo de la empresarialidad. Finalmente, requerimos una cultura que reivindique y premie la innovación, el ahorro, la laboriosidad, la responsabilidad, la honestidad y todas las demás virtudes necesarias para prosperar en un mercado libre.

Este artículo fue publicado el viernes 17 de julio del 2015 en la Revista Contra Poder y el CEES.

La ilustración es propiedad de la UFM y muestra un detalle del Lienzo Q que narra la conquista de Guatemala.  El lienzo contiene escenas de comercio.

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Para combatir la corrupción

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Los miembros de La Línea sindicados de defraudación aduanera no serán los últimos oficiales corruptos, al menos que cambien las reglas del juego.

Las protestas pacíficas en la Plaza de la Constitución y en las redes sociales demuestran la urgencia que imprimimos al combate de la corrupción. Muchos guatemaltecos respaldarían la imagen evocada por Robert Cooter, profesor de derecho en Berkeley: la podredumbre actúa como las termitas que se carcomen los fundamentos de una casa desde adentro.

Guatemala no es el único país en vías de desarrollo que enfrenta una titánica batalla para mejorar en transparencia. Los investigadores describen una especie de triángulo infernal: la pobreza, las deficientes políticas públicas y las instituciones precarias tienden a incrementar la corrupción. Son parte del triángulo los poderes discrecionales, el robo y despilfarro producto de la inestabilidad del sistema, así como las autoridades “capturadas” por complejas estructuras de crimen organizado. Hasta la economía informal puede ser una reacción contra engorrosas regulaciones; los ciudadanos solamente logran mantenerse a flote infringiendo las reglas y pagando mordidas. No es que los países pobres sean más corruptos que los ricos, per se, pues existen ejemplos de países desarrollados con elevados índices de corrupción como Italia. La explicación más probable es la conjunción de malas políticas con letargo económico.

La corrupción no es una enfermedad incurable en los países pobres, pues dentro de una misma nación coexisten instituciones respetadas y contaminadas. En la India, señala Cooter, las elecciones son tan limpias como las de países desarrollados, y existen organizaciones, como la corte suprema de justicia y la agencia espacial, que gozan de buena reputación. Sin embargo, se produce el saqueo en los programas que subsidian alimentos para los pobres.

El mal no se corrige incrementando el poder en manos de los funcionarios públicos, pasando más regulaciones y leyes, o contratando a un batallón de fiscalizadores para controlar a quienes controlan a los agentes aduaneros. La termita corrosiva puede reproducirse tanto en gobiernos débiles como fuertes y grandes. Basta recordar los excesos confiscatorios del régimen del dictador Mugabe en Zimbabue para percatarnos que la solución va en dirección contraria.

¿Qué debemos hacer? Tres soluciones emergen del análisis hecho por economistas y abogados. La primera es desregular—entre más libres son las economías, más crean riqueza y por ende, disminuye la corrupción. Se recaudan más impuestos en contextos prósperos y, en consecuencia, los funcionarios públicos son mejor pagados. Los gobiernos cuentan con recursos para combatir el crimen y asegurar la certeza del castigo. Así, el oficial rechaza la mordida por temor a ser detectado y ajusticiado, y perder un buen empleo. Por otra parte, tanto las malas leyes como la tolerancia a los actos delictivos reducen el respeto a la legalidad; nos hacen desconfiar de los demás y del sistema.

Segundo, los marcos regulatorios y las burocracias pueden competir unos con otros. Los funcionarios públicos tendrán menos incentivos de ser corruptos o tolerar la corrupción cuando vean que el distrito político vecino está prosperando gracias a su transparencia.

Finalmente, podemos romper el vínculo de confianza entre quien pide la mordida y quien la paga. Ambos se benefician si su intercambio pasa inadvertido. Pero si se recompensa suficientemente al oficial por delatar al corruptor, o al extorsionado por delatar al oficial, entonces se destruye la confianza entre ambos. Tenderán a desdeñar el acto corrupto porque les cuesta caro.

En suma, los esfuerzos por combatir la corrupción pasan por remover los obstáculos al crecimiento económico e incrementar el costo de actos perversos.

Este artículo fue publicado el 22 de mayo del 2015 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

 

Justicia para los pobres

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En la Encíclica Rerum Novarum de 1891, el Papa León XIII afirma que quienes le niegan al individuo “…el derecho a poseer como dueño el suelo sobre el que ha edificado o el campo que cultivó”, en la práctica le privan de aquello que produjo con su trabajo.

El jueves 31 de julio tuve el gusto de asistir a la presentación de “Justicia para los pobres”, el tercer documental de la serie producida por Acton Media, Poverty Cure. La actividad fue auspiciada por el Instituto Acton Argentina y la Universidad Francisco Marroquín. Poverty Cure es un valioso recurso para el debate en Guatemala sobre las causas y posibles soluciones a la pobreza. Los dos episodios anteriores versan sobre la caridad, la cooperación internacional y la microempresarialidad. Resonaron en mi mente tres hipótesis desarrolladas en este segmento.

La primera es que la prosperidad es facilitada por un Estado de Derecho, entendido como un conjunto de reglas y leyes que hace factible la convivencia pacífica. Los países en vías de desarrollo suelen tener abundantes leyes mercantilistas pero no reglas claras, estables y transparentes que rigen sobre todos por igual y son aplicadas eficientemente. Los pobres carecen de las garantías básicas y protecciones jurídicas necesarias para labrar su futuro. Los productores del documental usan como ejemplo un asentamiento llamado La Cava, en Buenos Aires, que me recordó a nuestra Limonada. Es una tierra de nadie. La policía resguarda a otros vecindarios de los residentes de la barriada, pero no a quienes viven dentro. Las familias trabajadoras que viven en La Cava intentan salir adelante, pero deben hacerlo desde la informalidad. Además, diariamente enfrentan la violencia que amenaza sus vidas y sus posesiones.

La segunda hipótesis es que una excesiva tramitología eleva los costos de operar negocios legítimos y por ende, de generar oportunidades y empleos. La estrecha relación entre las regulaciones engorrosas y el subdesarrollo es innegable gracias al estudio Haciendo Negocios, iniciado en el 2002 por el Banco Mundial para medir la tramitología en 189 países. Vencen las trabas los ciudadanos corruptos, y quienes tienen conexiones con el poder político, opina Marcela Escobari, directora del Centro para el Desarrollo Internacional, entrevistada en el documental. Por el contrario, los pobres, usualmente laborando en la informalidad o en actividades agrícolas de subsistencia, permanecen aislados de las redes económicas productivas.

Lo cual nos lleva a la tercera hipótesis, y es a los pobres les conviene acreditar sus derechos de propiedad. Hernando de Soto, autor del Misterio del Capital, afirma que el primer escalón para asentar un verdadero Estado de Derecho es el reconocimiento de la propiedad privada. Ernesto Schargrodsky, rector de la Universidad Torcuato di Tella y coautor de una investigación sobre el efecto de la titulación en los pobres, concluye que la titulación de las posesiones no sólo alivia la pobreza, sino que además cambia la concepción que tienen de si mismos los pobres. Los propietarios tienden a gozar de mejor salud y a educarse más y mejor.

A lo largo de la historia, la humanidad ha experimentado con diversos regímenes de propiedad como la propiedad comunal, estatal, en cooperativas y privada. Los estudios muestran que se crea más riqueza cuando los derechos están claramente delimitados y son hechos valer. Un exitoso empresario de Ghana, Herman Chinery-Hesse, considera que la pobreza crónica en su país es el resultado directo de haberle negado a generaciones de generaciones de agricultores, la posibilidad de comprar la tierra que ocupan y labran. Sus derechos han sido siempre precarios. Agrega Chinery-Hesse que si los agricultores de Ghana pudieran sacar un préstamos del banco sobre la base de sus tierras ancestrales debidamente reconocidas, podrían comprar un tractor o invertir en mejoras de producción y así pronto las cosas cambiarían.

Este artículo fue publicado el 8 de agosto del 2014 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

La foto es propia.

 

La igualdad de ingresos

 

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“El progreso requiere trabajo,” concluye el Informe de Desarrollo Humano del Programa de las Naciones Unidas (PNUD). ¿Qué tipo de trabajo? ¿Qué pasa si invertimos tiempo y dinero en las políticas públicas equivocadas?

He pasado días dándole vueltas al titular “Desigualdad impide desarrollo nacional”, de Prensa Libre del 25 de julio. La única forma de interpretar esta frase es que seríamos ricos si fuéramos iguales. Cosa que a mí no me cuadra. Lo que es más, el artículo le pone monto: según el Informe de Desarrollo Humano del Programa de Naciones Unidas (PNUD), “Guatemala pierde 33 por ciento de desarrollo humano, debido a la desigualdad existente…”

Comparto la aspiración manifiesta del informe del PNUD. Quisiera ver el día en que todos los guatemaltecos gocen de un cómodo nivel de ingresos económicos, buena salud y educación. Pero podemos caer en errores empobrecedores si nos conformamos con una superficial lectura del informe o del titular citado. Podríamos concluir que, siendo la igualdad condición necesaria para el progreso, entonces debemos repartir el ingreso nacional en partes iguales inventando una especie de “cheque de la igualdad”. Si el Producto Interno Bruto per cápita es de $2,340.78 (Banco Mundial), entonces habría que despojar de “sus excesos” a todos los guatemaltecos que ganan más que el promedio, y repartir la diferencia entre quienes ganan menos. Según esta lógica, el país empezaría a prosperar cuando cada uno tenga en su haber exactamente la misma cantidad de quetzales.

Algunos de los beneficiarios invertirían sabiamente su “cheque de la igualdad” pero otros lo desaprovecharían, porque como dice el refrán, lo que viene fácil, fácil se va. Además, como sociedad asumiríamos el millonario costo de la burocracia requerida para ejecutar el plan. En todo caso, la igualdad de ingreso duraría escasos minutos porque cada uno actuaría de tal forma que haríamos emerger nuevas diferencias. El totalitarismo es el único sistema que intenta imponer la igualdad económica permanente. Y los regímenes totalitarios, como Corea del Norte, igualan a sus habitantes en la pobreza, no la riqueza.

Lo que realmente impide el desarrollo son los obstáculos a la creación de la riqueza. Mientras todas las personas tengan acceso a los círculos de intercambio y productividad, no nos debería inquietar que unos cosechen más que otros mediante su trabajo lícito. En muchos sentidos, la desigualdad es positiva. La riqueza es creada por millares de personas con desiguales talentos, preferencias, información y circunstancias que concurren a un mercado en desequilibrio, el cual, operando libremente, genera oportunidades de gana-gana.

Lograr un crecimiento económico de doble dígito: esa debería ser la meta de país. Tal ritmo de crecimiento significaría más y mejores oportunidades de empleo, más y mejores incentivos para capacitarse y educarse, y más recursos disponibles para invertir en servicios de salud preventiva y curativa. Y es que los servicios de educación y salud son bienes económicos; la calidad y cantidad de los mismos también aumentan dentro de un contexto competitivo y abierto. Es tiempo de explorar nuevas y mejores formas de prestar dichos servicios.

Esta prescripción alterna exige eliminar los obstáculos de entrada y salida del mercado. Y a esto apunta el informe del PNUD. Explica el resumen ejecutivo del informe que las “vulnerabilidades estructurales” emergen en aquellos sistemas donde existen barreras que impiden a ciertas personas y grupos acceder a “sus derechos y escogencias”. Estas barreras derivan de prácticas socio-culturales y de estructuras de poder, es decir, son legales y políticas. El mercantilismo se caracteriza por dar un trato desigual a los ciudadanos; los allegados al poder acceden a privilegios vedados a otros. Estas prebendas y preferencias son las que tenemos que abolir para alcanzar el desarrollo que tanto anhelamos.

Este artículo fue publicado el 1 de agosto del 2014 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

Un padre habla sobre la pobreza

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¿Ama a los pobres quien desea que sigan sumidos en la miseria? ¿Cómo ayudamos realmente al indigente?

El sacerdote jesuita James Schall es, sin duda, el profesor de la Universidad de Georgetown más famoso de nuestra era. Ya era una leyenda cuando yo estudié allí. Antes de retirarse en diciembre del 2012, había dado clases por más de 35 años y publicado arriba de treinta libros. La pobreza es un tema que le interesa. En 1990, apareció su libro Religión, Riqueza y Pobreza. Y en el 2013, causó revuelo con su artículo ¿Aman la pobreza los cristianos?, difundido por la revista electrónica Catholic World Report.

Las ideas de Schall son relevantes para Guatemala por dos razones. Por un lado, la lucha contra la miseria es prioritaria en este país, y por otro lado, incumbe a las personas de fe. Los cristianos guatemaltecos nos sentimos obligados a vivir la caridad y a exigir medidas gubernamentales para remediar la problemática. Nos conviene atender las advertencias del sacerdote jesuita si deseamos tener un impacto positivo y coherente con nuestros principios.

Los cristianos cometemos un error colosal al suponer que la pobreza es causada por una mala distribución de los bienes existentes, dictamina Schall. En una entrevista concedida a Ray Nothstine de Religion and Liberty, Schall afirma que “el mero hecho que algunos tienen más que otros se toma, equivocadamente, como una señal de injusticia”. Cuando la meta es repartir el haber presente con miras a igualar los ingresos, entonces el actor protagónico es el redistribuidor por excelencia: el gobierno.

Paradójicamente, “los gobiernos pueden ser la agencia más responsable de aumentar la pobreza,” subraya Schall a su entrevistador. Ello ocurre incluso cuando proclaman combatirla, porque con sus actos matan las fuentes que generan abundancia. En lugar de obtener una equidad en prosperidad, nos empobrecen, con el agravante que simultáneamente crece el poder estatal y se reduce el sentido de responsabilidad personal.

Serviríamos mejor al necesitado si entendiéramos cómo producir riqueza. “Al pobre realmente no le sirve que le amemos a él o a su pobreza, si no sabemos cómo no ser pobres,” escribe Schall. Los cristianos “tenemos que entender la ganancia, los mercados y la innovación que permiten a la persona, con sus propios esfuerzos, salir de su pobreza.” Los habitantes de los países más prósperos empezaron paupérrimos y encontraron la fórmula para progresar. De esa cuenta, prosigue Schall, debemos rechazar las ideologías modernas que aprisionan a los pobres mediante instituciones y costumbres que frenan la creación de riqueza.

No fuimos puestos en la Tierra para languidecer, inertes e inútiles, en la pobreza.  Al contrario, estamos llamados a trabajar, a ser creativos y descubrir por propia cuenta el sentido trascendente de nuestras vidas. Pienso que esta reflexión encapsula la dramática lección de Schall: el principal obstáculo para paliar la pobreza hoy es  “la idea que todos deberíamos ser pobres en nombre del cristianismo…”. La solución a nuestros problemas no está en obligar a todos a tomar un voto de pobreza. El voto de pobreza religioso, eminentemente voluntario, persigue invertir la vida en oración, reflexión y trabajo. Jamás buscó la miseria generalizada, sino evidenciar que la completa absorción por el mundo material no brinda felicidad. En medio de la abundancia se puede vivir el desprendimiento, así como destinar los bienes materiales a fines nobles y buenos. El hombre se puede salvar independientemente de su entorno social, pero eso no le impide laborar en pro de una comunidad más humana, bella y próspera.

Schall nos obliga a examinar nuestras motivaciones y obras: ¿Yo promuevo la generación de riqueza o la perpetuación de la pobreza?

Este artículo fue publicado el viernes 21 de marzo del 2014 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

La foto es propia, tomada de una obra colaborativa expuesta de la Bienal de Venecia, 2013.

 

Curando la pobreza

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Tener un corazón para los pobres no basta. Debemos acompañar la compasión con una reflexión económicamente sensata sobre cómo se genera prosperidad y bienestar.

La serie titulada Poverty Cure se lanzó formalmente en Guatemala ayer. Esta serie consta de seis documentales  que exploran a fondo las causas de la pobreza, así como las soluciones más eficaces. Es un material audiovisual de alta calidad técnica producido por Acton Media, una división del Instituto Acton para el estudio de la religión y la libertad. El lanzamiento fue coauspiciado por la Universidad Francisco Marroquín y el Instituto Acton Argentina,  el cual estuvo representado por dos de sus directivos, el Dr. Gabriel Zanotti y la Licda. Cecilia de Vásquez Ger.

Han surgido innumerables iniciativas para paliar la pobreza a lo largo de los años. Miles de ONGs y agrupaciones religiosas y seculares tienden una mano a los indigentes. Los gobiernos buscan atender a sus ciudadanos necesitados, y los países desarrollados mantienen millonarios programas de cooperación internacional. Organismos multinacionales como la Organización de Naciones Unidas (ONU) administran estudios y proyectos. Se estima que la ayuda humanitaria global asciende a más de U.S.$ 17 millardos anuales, sin contar la cooperación bilateral y multilateral para el desarrollo. A la luz de este activismo, conviene formular preguntas serias: ¿Hemos acertado en el diagnóstico del mal? ¿Estamos ganando la batalla?

Poverty Cure nos invita a replantearnos la pobreza y a confrontar realidades duras. Algunas iniciativas que nacen de magníficas intenciones realmente empeoran la condición de los pobres. El donante se siente bien consigo mismo al realizar una obra de caridad, y por ello no verifica el impacto de sus acciones. Por ejemplo, luego del genocidio de Ruanda, los feligreses de unas iglesias protestantes de Atlanta empezaron a enviar huevos gratis a una comunidad afuera de Kigali. Inundaron la comunidad de huevos y quebraron al empresario local que había invertido sus escasos ahorros en gallinas ponedoras. Cuando los bienhechores de Atlanta descontinuaron el envío de huevos, los ruandeses estaban peor que antes porque ya no contaban con una producción local. Así, debemos resistir el impulso de hacer algo por el mero hecho de actuar, ya que nuestros proyectos pueden tener consecuencias imprevistas negativas.

El documental también rebate el estereotipo del pobre como un ser irremediablemente desvalido y  limitado. Andreas Widmer, cofundador de una entidad empresarial no lucrativa, SEVEN Fund, admite en el cuarto video: “Me frustra la idea de que pobreza significa vivir con menos de $1.00 ó $2.00 dólares diarios.” Agrega Herman Chinery-Hesse, un emprendedor de Ghana, que los africanos no son estúpidos. Lo que ocurre es que no logran poner sus talentos al servicio de los mercados mundiales porque se les excluye de las redes de intercambio, productividad, crédito, Internet, educación y más.  Los pobres se superan cuando las instituciones políticas y económicas en sus respectivos países son abiertas. Al menesteroso no hay que abandonarlo, marginarlo ni sobreprotegerlo; más bien, debe poder conectarse con otros en círculos productivos.

Esta colección de audiovisuales es útil para académicos, líderes religiosos, políticos, periodistas y empresarios interesados en promover el desarrollo. El sitio www.povertycure.org también es un invaluable recurso, pues Poverty Cure es más que un documental: es una red que aglutina a más de 200 socios individuales y corporativos de 143 países.  Estos socios ya estaban convencidos que los pobres son personas dotadas de dignidad, más que objetos o experimentos, y ahora, gracias a la plataforma que les provee Acton, pueden explorar cómo dar rienda suelta al espíritu de emprendimiento en el mundo.

Este artículo fue publicado el 7 de marzo del 2014 en la revista Contra Poder y en el CEES.

¿Cómo salir de pobres?

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Generar crecimiento económico localmente supera con creces una dependencia servil, pero ¿por qué cuesta tanto cambiar el paradigma? ¿Es artificial la escogencia entre el comercio y las dádivas internacionales?

En este debate, la Organización de las Naciones Unidas es una voz tanto influyente como ambivalente.  Cuando en 1992 su Asamblea General dispuso que cada 17 de octubre se celebrara el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza,  el ideal reinante era combatir la indigencia con regalos y transferencias forzadas de riqueza.   Este año, la ONU retoma dicha línea, pues para la conmemoración escogió como tema focal la discriminación política hacia los pobres.  Apela al sentido de culpa entre primermundistas y a la mentalidad de víctima entre los tercermundistas.  Al solicitar transferencias financieras hacia los países más necesitados, parece requerir aportes de unos gobiernos a otros gobiernos.  Insinúa que la llave para el éxito está en la arena política y no en el mercado.

En el pasado, no obstante, la misma entidad multinacional reconoció que la única salida es “el crecimiento económico sostenido, sustentado por una productividad creciente y un entorno favorable, incluida la inversión privada y la capacidad empresarial.” (Resolución 63/230 del Segundo Decenio para la Erradicación de la Pobreza)

Una razón por la cual urge romper con el patrón donante-dependiente es que éste entorpece las iniciativas locales.   Quienes ayudan poseen buenas intenciones, pero sin pretenderlo matan a pequeñas empresas domésticas, desmotivan la innovación y el emprendimiento, y en ocasiones alimentan la ineficiencia y la corrupción burocrática.  Crean relaciones paternalistas.  El donante, dueño de los recursos requeridos para el desarrollo, pasa a decidir el futuro el país receptor de la ayuda.   El sacerdote Robert Sirico, co-fundador del Instituto Acton, afirma que:  “los esfuerzos de todas las instituciones caritativas que hemos visto en el último siglo, no han provocado la salida de la pobreza de los más pobres entre los pobres…sí lo logra la empresa—la aplicación de la inteligencia humana, la acción humana,  la voluntad humana, y el ingenio en el ámbito económico.”

Durante miles de años, la humanidad simplemente subsistió; la pobreza es el estado natural del hombre.  Los analistas deberían preocuparse por comprender cómo se crea y replica la prosperidad, pues éste es el acontecimiento histórico reciente.   La red internacional de asociaciones e individuos, PovertyCure, se plantea este reto.  Es decir, busca repensar la pobreza y dar con una compasión productiva.  Los fundadores produjeron una recomendable serie audiovisual que estudia a fondo la miseria, a través del testimonio de personas que luchan a diario contra el flagelo.

La dificultad de transitar hacia mejores modelos es una de las preguntas encaradas en el primer episodio.   Impacta la franca confesión de Michael Fairbanks, co-fundador de Seven Fund, una organización que invierte en soluciones empresariales para combatir la pobreza.   Él recuerda que Nicolás Maquiavelo, el filosofo político renacentista,  advirtió que las personas que detentan el poder obstaculizan el cambio cuando les representa pérdidas directas.  Ocurre en la industria de la cooperación internacional, según Fairbanks.   Y quienes tienen mucho que ganar del cambio no tienen poder, agrega.  La maquinaria de la cooperación internacional trabaja para si misma y no para el país supuestamente beneficiado.  “Tienes a todos estos consejeros afanados haciendo sus cosas, ostensiblemente trabajando para la gente, pero en realidad, sus amos están en Washington y Tokio y Londres y París,” sentencia Fairbanks.

Fijémonos en los efectos no deseados, de corto y largo plazo, de los programas de ayuda gubernamentales y privados.  Y actuemos en consecuencia.

Este artículo se publicó el 18 de octubre del 2013 en la Revista Contra Poder y el CEES.