Paz y felicidad

photo-83

¿Qué podemos hacer para crecer durante estas fiestas navideñas?

Nuestros líderes espirituales nos advierten sobre la paulatina paganización de las fiestas navideñas. Es fácil caer en un estado de ánimo agradable pero olvidado del sentido cristiano de la conmoción. Por eso les comparto un artículo que me envió una amiga titulado “10 Secretos de la Navidad para una sociedad posmoderna” por el Padre Alejandro Ortega. (Catholic.net) Centró mi atención en lo importante. Ortega identifica la virtud dominante de cada personaje en un nacimiento imaginario. De los ángeles aprendemos acerca de la espiritualidad, de San José acerca de la providencia, y del buey y el burro, la calma. No puedo resumir los diez secretos aquí, así que me enfoco en los cuatro más impactantes: el silencio, la esperanza, la humildad y la paz.

La nuestra es una cultura “hiperparlante”. Si Usted o yo hubiésemos presenciado el nacimiento del Niño Dios en Belén, poseídos de medios de comunicación modernos, ¡cuánto mensajito hubiéramos generado! No cesaríamos de subir fotos, incluyendo autorretratos, a Facebook. Pero si lográramos divisar a la elegante Virgen María, repararíamos en el valor del silencio.  Dice San Lucas que ella “guardaba todas las cosas, y las meditaba en su corazón”. La Biblia recoge pocas palabras manadas de sus labios, pero su silencio luce contemplativo y amoroso. Siendo la gran coprotagonista del momento cumbre en la historia, ella permanece callada. Debemos cultivar tanto el silencio exterior como el interior. Es preciso desenchufarnos de los estímulos externos, al tiempo que ponemos freno a la aprehensión, la imaginación, la susceptibilidad y otros ruidos perturbadores en nuestra cabeza. El silencio interior y exterior es necesario para meditar (orar), recargar baterías y poner las cosas en su justa dimensión.

Otra característica de nuestra sociedad es la desesperanza, la cual a su vez engendra la superficialidad. “La superficialidad es la enfermedad de los que no esperan nada,” sentencia Ortega. Sartre y sus seguidores convencieron a muchos que la esperanza es la peor locura porque todo está perdido. Ya no resta nada por conocer ni pico por conquistar. En contraste, el pueblo judío mantuvo la esperanza. Dios no los defraudó y envío a su Hijo para salvarnos. Quien espera en Jesucristo no alberga una vana ilusión. El optimismo cristiano educa el alma porque nos enseña a ver el mundo a través de gafas positivas; descubrimos lo bueno a nuestro alrededor y confiamos en un futuro mejor. Volcamos la vista hacia arriba, sin menospreciar lo mundano.

Arriba, en el firmamento, están las estrellas. Ortega sostiene que ellas nos enseñan humildad. Uno pensaría lo contrario dado que brillan como las estrellas de cine de nuestra época. Podrían ser el paradigma del glamur, de la obsesión por la apariencia externa y el afán por destacar. Pero el autor intuye que cada una resplandece según su tamaño y fulgor, sin acomplejarse o compararse con las otras, y sin buscar halagos. No envidian siquiera a la estrella elegida para guiar a los reyes magos. Las vemos sólo cuando oscurece, pero ellas brillan siempre:  “las mira Dios, y eso les basta” afirma Ortega.

El artículo finaliza con la virtud de la paz, ejemplificada por la Nochebuena. San Agustín definió la paz como “la tranquilidad del orden”, con lo cual apreciamos que es el resultado cosechado por quien cultiva el silencio, la esperanza, la humildad, la pobreza, la docilidad, la fe y las demás virtudes. La ventaja es que el esfuerzo por adquirir una virtud nos ayuda también a crecer en otras.   Quienes poblamos esta sociedad posmoderna podemos ser felices, si nos hacemos de hábitos virtuosos e imitamos a los protagonistas de la Natividad.

Este artículo se publicó el 20 de diciembre del 2013 en la revista Contra Poder y en el CEES.

 

Guerra y religión en Siria

IMG_1092

La Primavera Árabe se tornó lúgubre.  ¿Cuánto perderá la humanidad si las guerras en el mundo árabe arrasan con todo vestigio de la civilización cristiana y judía en la región?  

Analizando los sucesos en el Oriente Medio a través de lentes occidentales, muchos observadores interpretamos la Primavera Árabe del 2010 como un movimiento esperanzador que pujaba por la libertad económica, sistemas políticos abiertos y garantías constitucionales para el individuo.  Tomamos partido en contra de los dictadores y reyes.  Desestimamos la creciente evidencia y las advertencias de cristianos y judíos en la región: violentos extremistas aprovechaban las aguas revueltas.  Así, nos convertimos en testigos sordomudos de un genocidio contra quienes no profesan la religión musulmana en el Oriente Próximo.

Se nos empezó a caer la venda de los ojos cuando en Siria estalló una cruenta guerra civil, en marzo del 2011.  Sabíamos que Siria había sido un lugar donde coexistían musulmanes y cristianos, se practicaba la libertad de culto y las mujeres salían a la calle sin velo.  Mas no despertamos del todo hasta que circuló por internet un espeluznante video en el cual se decapita a tres hombres arrodillados, presuntamente religiosos católicos, mientras los espectadores gritan frenéticamente “¡Dios es grande!”.   Reportajes aclaran que los verdugos eran yihadistas extranjeros, probablemente chechenos; los rebeldes que buscan derrocar al Presidente Bashar al-Asad reciben apoyo de Turquía, Arabia Saudita y Sudán, entre otros.   Esta semana, luego de numerosos llamados emanados del Vaticano, Su Santidad Francisco suplicó que dedicáramos tiempo al ayuno y la oración por la paz en Siria.  Y Estados Unidos se apresta a intervenir el país militarmente, pues el oficialismo Baath Árabe Socialista aparentemente ordenó un ataque químico en Damasco que costó más de mil cuatrocientos vidas.

El cristianismo ha sido prácticamente desterrado de Siria y del Oriente Medio:  se estima que de la población total, tan sólo el 5% es cristiana hoy día.  Hace cien años constituía el 20%, y también se encontraban comunidades judías prósperas en varias ciudades árabes.  ¡Hace mil años había más cristianos en el Medio Oriente que en Europa!  Hilarión Alfeyev, obispo ruso-ortodoxo, detecta una clara tendencia en los últimos diez años hacia la “gradual exterminación del cristianismo en el Medio Oriente debido a varias razones políticas, y a una gran inestabilidad política”.   Si el gobierno de Asad es derrocado, advierte Hilarión, los cristianos sirios quedarán desprotegidos y correrán la misma suerte que sufrieron sus hermanos egipcios, libios, iraquíes y paquistanos.

Pasó casi inadvertido un esclarecedor artículo por Samuel Gregg, publicado en el American Spectator (2011).  Según Gregg, debemos dudar de las promesas de libertad religiosa pronunciadas por distintas autoridades árabes. Gregg opina que al Islam se le dificulta abrazar una robusta libertad de religión por dos razones.  Primero, su asociación constante con el poder político lleva a la imposición coactiva de la fe musulmana.

Segundo, desde aproximadamente el Siglo XIII, el Islam concibe a la naturaleza divina “como Voluntas (voluntad divina) en lugar de Logos (razón divina)”.  Si Dios puede ser impulsivamente voluntarioso, sus seguidores pueden matar infieles sin escrúpulo.  Pero si Dios es Logos, entonces los creyentes no pueden forzar a otros a profesar su fe.  Dios quiere el asentimiento personal, pues no creemos realmente si no le damos nuestro sí en libertad.   El concepto de libertad de religión es, por ende, más consecuente con un Dios Logos que con un Dios Voluntas.   Concluye Gregg que para restaurar una coexistencia religiosa en el Medio Oriente, los teólogos e historiadores musulmanes deben formular una comprensión islámica de Dios que garantice la libertad personal.

Este artículo fue publicado el 5 de septiembre del 2013 en la revista Contra Poder y en el CEES.

La foto es propia, de un montaje con ocasión de la Bienal de Arte en Venecia, 2013