Walmart contra Starbucks

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Es común ilustrar lo malo y lo bueno del capitalismo refiriéndose a empresas como Walmart y Starbucks, respectivamente. ¿Ha escuchado usted estas comparaciones, a veces falsas?

Recién leí dos notas en Internet de procedencia distinta que reflejan ese sentir. El almacén Walmart ha sido acusado de ser un voraz monopolio multinacional que atiende mal al cliente, cobra precios injustos y trata mal al empleado. En cambio, Starbucks tiene la reputación de ser un negocio pequeño y familiar que se preocupa por el ambiente, el empleado y el comensal. Starbucks aboga por las causas sociales de moda; Walmart aparentemente no. Ambas apreciaciones son inexactas, como veremos a continuación.

¿Qué características separan a los buenos de los malos empresarios? Mi abuelo solía decir que en el mercado, las personas deben hacer como las campanas: dan-dan-dan. En un entorno competitivo, el consumidor recompensa a quien identifica correctamente sus necesidades y las sirve. El emprendimiento, la inversión y el trabajo honrado mediante el cual se producen y comercian bienes y servicios lícitos, por tanto, no son automáticamente censurables. Las transacciones de compra-venta y los contratos que son voluntarios y transparentes, por definición, excluyen la coacción o el engaño. Los abusos monopólicos y los privilegios artificiales se evitan liberando la entrada al mercado y la salida del mismo; todo agente económico está así sujeto al rigor de la competencia.

Hay que jugar limpio: importa la responsabilidad con que los individuos asumen las consecuencias de sus actos a lo largo del proceso productivo. No obstante, la opinión pública se fija en el tamaño de la empresa o en actos periféricos. Se piensa que si el negocio es grande, seguramente hay gato encerrado. Pero si hace donaciones o financia bellas campañas publicitarias, es noble. Por alguna razón, hoy se admira más a quien dona parte de sus utilidades, que a quien reinvierte en la ampliación del negocio, aunque crear plazas de trabajo redunde en mayores beneficios sociales que regalar cosas.

Estas preconcepciones afloran en el artículo “El papá corporativo” por Timothy Egan, del New York Times, para citar un ejemplo. Egan compara a Walmart con Starbucks para desprestigiar a la primera. Los hechos, sin embargo, revelan que tanto Walmart como Starbucks califican como corporaciones gigantes y que el trato al empleado es similar en ambas empresas. Starbucks tiene tres veces más tiendas que Walmart, 151,000 empleados de tiempo completo y genera anualmente alrededor de $15 mil millones en ingresos. Walmart tiene 1.7 millones de empleados y el año pasado sus ganancias superaron los $17 mil millones. Por otra parte, circula en Internet la columna de Egan con anotaciones en rojo hechas por un ejecutivo de Walmart, aclarando, entre otras cosas, que las acusaciones de explotación al trabajador son falsas.

Starbucks deslumbra a Egan con su reciente ofrecimiento de “invertir” en becas universitarias gratuitas para cualquier empleado. En realidad, ofrecen a los empleados la posibilidad de asignarse cursos en línea con la Universidad Estatal de Arizona (ASU) a precios subsidiados. Joe Carter, autor de “Coffee and Cronyism”, revela algo que Egan calla, y es que Starbucks no pondrá un centavo. Los contribuyentes estadounidenses sufragarán los gastos, a través de ayudas federales directas a ASU. Starbucks se atribuye una ayuda que no le costó nada, sentencia Carter. Egan tampoco menciona el programa de becas de Walmart, que es más flexible y funciona desde el 2010. ¡Ahh! ¿Y porqué Starbucks apoya un salario mínimo federal elevado? Podrían pagar más por su cuenta, pero la legislación eliminaría a competidores pequeños y medianos del mercado, agrega Carter. Aprovecharse del poder estatal para sacar ventaja es jugar sucio—amerita la etiqueta de mercantilismo y no capitalismo.

Este artículo fue publicado el 4 de julio de 2014 en la Revista Contra Poder y en CEES.

 

 

 

 

 

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Siglos de mercantilismo

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Nos cuestan caro las etiquetas mal empleadas. Cometen un grave error quienes etiquetan como capitalismo o liberalismo al sistema económico vigente—mercantilista—caracterizado por la competencia política y el privilegio del Estado.

Me intrigaron dos reacciones a la columna “Los libertarios chapines” por Federico Bauer (2-IV-14). Un lector escribió “los libertarios sólo ven el interés de ellos mismos”, y otro agregó que “el libre mercado beneficia a un grupúsculo de oligarcas nada más, y qué decir de la corrupción económica gubernamental y privada que no permite el gran despegue y desarrollo del país.” Quienes defendemos al mercado libre haremos pocos amigos mientras persista la creencia que protegemos intereses para enriquecernos a costillas de los demás.

Comparto la segunda opinión: es odioso un régimen que otorga prerrogativas a los allegados al poder político y a los corruptos. Efectivamente, el exceso de trabas impiden el bienestar. Sin embargo, el sistema existente se denomina mercantilismo o crony capitalism, es decir, capitalismo entre amiguetes; no es liberalismo o capitalismo a secas.

América Latina sigue siendo mercantilista, explican Hernando de Soto y Enrique Ghersi en El Otro Sendero (1986). Llevamos siglos tratando de hacer funcionar el mismo modelo, condenándonos irónicamente a la pobreza. Adam Smith, padre de la economía, escribió La Riqueza de las Naciones (1776) precisamente para resaltar los peligros de las estructuras mercantilistas de la Europa colonial. Nuestros gobiernos ya no son monarquías ansiosas de acumular metales preciosos, pero sí son maquinarias burocráticas que dirigen detalladamente los procesos económicos, concediendo permisos para operar negocios, organizando gremios-carteles o creando monopolios artificiales que restringen la competencia. Además, la cámara legislativa diseña leyes y regulaciones en anticipación de todas las posibles eventualidades en la vida social y económica de los ciudadanos, a tal grado que las personas no pueden dar un paso sin asesoría jurídica, y un abogado no puede conocer la totalidad de las leyes en el país.

El uso y abuso del poder gubernamental es vital al mercantilismo. La ganancia de uno es la pérdida de otro porque nos encajonamos en un esquema redistributivo de suma cero. Sale adelante el que mejor juega política, no el más productivo. Sospecho que los críticos de Bauer se aferrarían al engranaje actual, pero repartirían las tajadas del pastel a sectores sociales distintos. ¿Podríamos hablar de un mercantilismo socialista, o son las propuestas socialistas por definición mercantilistas? Yo preferiría transitar hacia un Estado de Derecho donde impere la igualdad ante la ley. Es el marco propicio para el florecimiento de un mercado imparcial, sin restricciones de entrada ni salida, que genere riqueza. El crecimiento económico vendrá cuando se establezcan escenarios de gana-gana basados en transacciones no coactivas.

Según De Soto y Ghersi, el mercantilismo europeo se derrumbó debido al incremento de la actividad económica informal, un fenómeno que también hoy es notorio. Las migraciones hacia las urbes, la innovación y creatividad de los nuevos empresarios y comerciantes urbanos, y el desacato al orden legal del momento, condujeron a la inestabilidad política y eventualmente a la violencia. Ante estos cambios, España, Francia y Rusia vivieron soluciones sangrientas, mientras que Inglaterra gestó una solución pacífica. En 1825, por ejemplo, las leyes británicas permitieron a cualquiera operar un negocio lícito. Inglaterra incorporó a la población productiva al sistema político y económico formal, y se convirtió en la primera potencial mundial. Es palpable la inestabilidad social y el agotamiento del modelo económico latinoamericano vigente, pero tristemente, la prosperidad nos seguirá eludiendo hasta que aprendamos a distinguir entre mercantilismo y libre mercado.

Este artículo fue publicado el 11 de abril del 2014 por la revista Contra Poder y por el CEES.

La imagen se titula English Ships at Bristol y fue tomada de http://www.landofthebrave.info/mercantilism.htm