Demasiada competencia

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La competencia que es excesiva es la competencia por regular y regular y regular cada faceta de nuestras vidas.

La semana pasada concluyeron las audiencias convocadas por la Comisión de Economía y Comercio Exterior del Congreso de la República para analizar la iniciativa de Ley de Competencia. Dicen que Guatemala es el único país en América Latina que aún no cuenta con semejante ley. Además, prometimos a la Unión Europea aprobarla. Es tal la presión que perdemos de vista el grave peligro de caer en la doble regulación, la redundancia y la turbiedad que generará confusión, corrupción y abusos.

Es un mal hábito afirmar que “no tenemos una ley ” para enmarcar esta o aquella actividad, cuando normas vigentes ya regulan la materia. Cada nueva iniciativa tendría que pasar un doble colador. Primero, la propuesta debe ser superior al ordenamiento vigente en calidad y claridad. La Constitución prohíbe los monopolios en el artículo 130, y el Código de Comercio contiene protecciones a la libre competencia. ¿Necesitamos otros 178 artículos para demarcar cómo competir unos con otros?

Segundo, los ponentes deben justificar los costos asociados con las nuevas disposiciones. Cada despacho estatal creado representa una carga adicional para los tributarios. Aquí se instituye una Superintendencia de Competencia con poderes discrecionales para castigar al actor económico que a su juicio es insuficientemente competitivo. El costo de mantener un nuevo despacho se suma a los costos ocultos, inmedibles, que impondrá a miles de emprendimientos susceptibles de ser sancionados.

¿Por qué, si el proyecto dice defender la competencia libre, tiene detractores liberales? Pues, pese a su nombre y a su poética prosa pro-libertad, la Ley de Competencia entorpecería la dinámica del mercado. Esa ha sido la experiencia con las leyes anti-monopolio y de competencia desde la aprobación en 1890 de la Ley Sherman en Estados Unidos. El profesor del derecho Sylvester Petro (1917-2007) afirma que las leyes anti-monopolio, tanto las federales como las estatales, restringen en lugar de preservar la competencia. Ello se debe a dudosas interpretaciones y a malas decisiones administrativas. Además, comportan subsidios que protegen a negocios ineficientes. La competencia de mercado es el resultado de la adecuada protección de los derechos de propiedad privada y de la inviolabilidad de los contratos, subraya Petro.

El mercado verdaderamente libre es un proceso cambiante. Crecen las empresas cuyos administradores son capaces y responden a las preferencias de los consumidores. En cualquier momento, sus competidores existentes y potenciales podrían robarles participación de mercado.

Si tenemos que tener una ley debido a la insistente presión extranjera, los diputados podrían aprobar una Ley de Competencia con tan solo cuatro artículos. Ellos servirían para reafirmar: los derechos de propiedad privada, la inviolabilidad de los contratos, la libertad de entrada a cualquier oferente, y finalmente, la ilegalidad de los monopolios artificiales creados, sostenidos y protegidos por el gobierno.

La Administración Morales-Cabrera y la Octava Legislatura debe despertar al hecho que, al abrirse tantos frentes y proponer tantos distintos cambios a las reglas del juego, alimentan una intolerable incertidumbre. La Ley de Competencia se suma a decenas de iniciativas, algunas de las cuales también abordan temas de envergadura, como la Ley de Aguas. Se acompaña de la amenaza de una cara reforma tributaria, una feroz persecución penal de personas sospechosas de evasión fiscal, una nula defensa de la propiedad privada, una deteriorada infraestructura vial, baja en la inversión extranjera directa, y más. Daños graves a la economía guatemalteca se traducirán en reveses políticos para los gobernantes de turno.

Este artículo fue publicado el 12 de agosto del 2016 por la Revista Contra Poder y CEES.

La fotografía es de una planta parásita que puede terminar matando a la planta de la cual obtiene sus nutrientes, porque la excesiva regulación en lugar de proteger, mata.

Corre y va de nuevo

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La ONU bautizó el 22 de marzo como el Día Mundial del Agua. Desde 1992, durante las semanas cercanas a esa fecha, aumenta el activismo político para regular el uso del agua.

Vivimos días calurosos y se nos antoja que el precioso líquido se agota. Nos tragamos los titulares que falazmente subrayan la ausencia total de reglamentaciones, ignorando el hecho que la Constitución y otras leyes vigentes ya regulan el uso y la conservación del agua.

Y requerimos más leyes. Los manifestantes de la Marcha por el Agua, la Madre Tierra, el Territorio y la Vida entregan sus demandas a los tres poderes del gobierno el 22 de abril, casualmente el Día Internacional de la Tierra. La Universidad Rafael Landívar publicó un inserto en la prensa titulado “Gota a gota, el futuro se acota” que apoya la marcha, pide elaborar un plan nacional y propone “consensuar e implementar los dispositivos legales” para ordenar el uso del agua. Así se presiona a los legisladores para aprobar casi cualquier cosa, y rápido, aunque su plumazo no supere el ordenamiento actual. La iniciativa 3702, “Ley para el Aprovechamiento y Manejo Sostenible de los Recursos Hídricos”, discutida hace ocho años, ya no parece adecuada. Una y otra vez hacemos borrón y cuenta nueva; las ideas no maduran en las mentes de la mayoría de legisladores porque ellos rotan.

¿Qué puede lograrse legislando más? Las aspiraciones van desde dotar del poder de toma de decisión a los usuarios y los gobiernos locales, hasta acordar normas conjuntamente con nuestros países vecinos, Honduras, El Salvador y México. Por un lado, pretenden idear un mecanismo estatal para asignar salomónicamente el agua disponible entre usos alternos, como por ejemplo usos agrícolas, industriales, domésticos o deportivos. Por el otro lado, se quiere conservar el bien intacto para futuras generaciones. Algunos sueñan con librar a la Madre Tierra de los malvados humanos que trastocan los ríos, lagos, reservas acuíferas y manantiales. Unas de estas metas son utópicas y otras no son compatibles. ¿Bastará con una única y comprensiva Ley de Aguas?

El principio fundamental que deben guiar a los actuales diputados es evitar salidas únicas, centralizadoras y colectivistas. No funcionan. Ustedes solos no pueden resolverlo todo. Aférrense a la demanda por una mayor participación comunitaria y local en las decisiones sobre el uso del agua, para así permitir una gama de distintos arreglos y soluciones, a la medida de cada problemática. Confíen más en nosotros.

El agua es un bien económico escaso, al igual que la ropa, los alimentos y muchas otras necesidades básicas. Lleva razón la asociación Red de Amigos de la Naturaleza (RANA) cuando afirma que “en la historia económica del género humano, el mercado ha demostrado ser el medio más eficaz para utilizar los escasos recursos…El mercado es, por consiguiente, por medio de los precios una manifestación permanente de las finalidades más valiosas del ser humano.” Cuando el gobierno sustituye al mercado y asume el control monopólico del recurso, borra toda la información existente sobre el valor real que los usuarios asignan al agua, y por consiguiente carece de información para distribuir eficazmente el bien hacia sus usos más deseables.

Los tomadores de decisiones en un marco abierto incluye a los gobierno locales, comunidades Maya y ladinas, asociaciones de cuenca, así como a empresas y hogares. Elinor Ostrom, la única mujer ganadora del premio Nobel en economía, analizó regímenes comunitarios exitosos, precisamente porque tienen claro el valor del bien en sus manos y se preocupan por el largo plazo. Irónicamente, el discurso de Irina Bokova, directora general de la UNESCO, apunta en esta dirección cuando dice que sólo se puede avanzar en soluciones reales cuando se involucra a la sociedad civil y al sector privado.

Este artículo fue publicado el 22 de abril del 2016 en la Revista Contra Poder y el CEES.

Los prejuicios y política

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Tanto los candidatos ávido de votos como los electores nos hacemos ilusiones sobre las capacidades medicinales y hasta salvíficas de la política.

Pese al desprestigio en que ha caído la clase política guatemalteca, soñamos que caras nuevas, competentes e íntegras, enderezarán la barca. Casi anhelamos que nuestros gobernantes inventen la cura al cáncer y alivien toda aflicción…en cuatro años.

Atribuir un protagonismo al quehacer político va de la mano con un cierto desdén por otros ámbitos de interacción, como el mercado. Explican este fenómeno algunos estudios recientes sobre la racional del votante, elaborados por politólogos y economistas como Bryan Caplan. Éstos revelan cómo nuestros sesgos mentales pueden llevarnos a tomar decisiones reñidas con la razón y la realidad.

Caplan detecta un arraigado prejuicio en contra del mercado entre los ciudadanos comunes. Una encuesta realizada en 1996 titulada “Americanos y Economistas sobre la Economía” constata la divergencia entre las convicciones de economistas profesionales y del público en general. Por ejemplo, la ley de la oferta y la demanda como fuente de precios informativos, constituye una piedra angular de la ciencia económica, aceptada por economistas de todo bando. Sin embargo, quienes no han estudiado economía abrazan creencias extrañas sobre cómo se forman los precios. Caplan describe una conversación que tuvo con su madre de pequeño. Ella le explicó que los granjeros podían surtir al supermercado de verduras y frutas gracias a las autoridades que fijaban un elevado precio por sus cosechas. La familia Caplan debía pagar más por las legumbres que consumía, pero la madre creía que los granjeros quebrarían de no ser por las políticas públicas. Hasta que sus estudios de economía le revelaron lo contrario, esta plática casual grabó en la mente de Caplan una desconfianza de la competencia por precio. Como muchos, su madre sospechaba de los mecanismos del mercado para asignar recursos mediante transacciones voluntarias guiadas por precios libres.

La señora Caplan estaba a favor de precios artificiales altos que beneficiaban a los granjeros. Pero también es común que los no economistas se aferren a una noción opuesta: el rechazo a la ganancia. Las utilidades suelen verse como una apropiación indebida de bienes que pertenecen a otro, o como derivadas de la avaricia y el egoísmo. El economista de profesión ve la utilidad como un incentivo que induce al oferente a prestar un servicio deseado, a detectar oportunidades, a innovar y a economizar. Las ganancias no son un regalo que hacemos al rico, pues en el mercado es menester servir al prójimo para amasar fortuna. No obstante, muchas personas apoyan propuestas para reducir o redistribuir las utilidades.

Un tercer sesgo anti-mercado se relaciona con los monopolios. Se tiende a retratar al monopolista como un parásito social, acaparador y tramposo, que provoca la escasez para aprovecharse del desvalido consumidor. En contraste, los economistas entienden que los monopolios duraderos son creados por protecciones gubernamentales más que por mercados competitivos; en tanto exista libertad de entrada en el mercado, los monopolios enfrentarán la amenaza de competencia y no podrán cobrar precios elevados ni descansar en sus laureles.

Podríamos seguir expandiendo la lista, pero bastan los ejemplos anteriores para validar la existencia de predisposiciones contra el mercado bastante generalizadas entre el público. Nos asiremos a prejuicios mientras permanecer en el error tenga poca relevancia. Nuestro voto es uno entre millones: podemos votar con base en construcciones fantasiosas, frívolas e irracionales, porque el costo personal de hacerlo es bajo. Y quizás esto explique porqué los candidatos tampoco tienen incentivo a presentarnos plataformas económicamente sensatas.

Este artículo fue publicado el 14 de agosto del 2015 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

 

Francisco y el ambiente

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Los 246 párrafos de la encíclica Laudato Si reclaman un estudio pausado, pero podemos empezar respondiendo a algunas apremiantes inquietudes.

¿Es Francisco ahora miembro honorario de Greenpeace? Unas partes de la encíclica hacen eco de la retórica de Greenpeace y de otras organizaciones ambientalistas: hay condenas al impacto negativo que tenemos las personas sobre la naturaleza, ya sea por el uso inconsciente de tecnologías, el consumismo u otras actividades. El Papa parece endosar la agenda del movimiento ecologista radical sobre todo respecto del cambio climático. Sin embargo, el pontífice no odia al ser humano. Tampoco convierte el ambientalismo en una religión. Al contrario, exalta el valor de cada ser humano: “¡Qué maravillosa certeza es que la vida de cada persona no se pierde en un desesperante caos, en un mundo regido por la pura casualidad o por ciclos que se repiten sin sentido!” (65) El punto de partida de Francisco para despertar una conciencia ecológica es el hecho de que Dios nos creó cuando culminaba su obra, que es por definición buena.

¿Sólo los ambientalistas pueden ser buenos católicos? Que nadie permanezca indiferente al prójimo y al entorno es el deseo claro de Francisco. Alude al planeta como la “casa común” de la humanidad, que es a su vez una “familia”. Los familiares velamos unos por otros y nos ocupamos del bienestar de nuestros descendientes. Las personas de fe debemos entrar en un diálogo paciente y generoso con “los diferentes movimientos ecologistas, donde no faltan las luchas ideológicas.” (201) Es decir, no nos obliga a suscribir una ideología en particular, sino más a buscar la verdad a través de la discusión. La encíclica es una invitación a un debate cándido y constructivo, mas no ofrece soluciones únicas y específicas para problemas ambientales concretos.

¿Rompe Francisco un largo divorcio entre la Iglesia y la ciencia? Afirmar este extremo es una tontería. ¡Cuántos gozan contraponiendo el discernimiento de la ciencia al obscurantismo irracional de la religión! La Iglesia condenó equivocadamente a Galileo, pero jamás se opuso rotundamente al conocimiento. La fe y la ciencia son conocimientos complementarios, enseñó el Concilio Vaticano I, lo ratificó Juan Pablo II en su encíclica Fe y Razón, y lo repite ahora Francisco. (62) Lo que es más, Francisco aboga por un intercambio interdisciplinar para enriquecer los avances de cada rama científica, que además abarque los aportes de la filosofía, el arte y la ética. Advierte Francisco que debemos contemplar las consecuencias éticas de ciertas prácticas. Avances científicos han hecho posibles las bombas destructivas y la clonación, pero su uso puede ser inmoral.

¿Ve Francisco al hombre con un mero destructor? Francisco escribe que “no todo está perdido, porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, también pueden sobreponerse, volver a optar por el bien y regenerarse….”(204) Francisco no ve al hombre como la especie más depredadora y destructiva sobre la faz de la Tierra. Tampoco nos ve como animalitos presos de nuestros bajos instintos. Somos hijos de Dios, dignos, capaces de cometer errores, arrepentirnos, cambiar y acertar. En este sentido, la economía bien entendida puede ser un efectivísimo aliado para lograr las aspiraciones ambientales del pontífice.

¿Quiere Francisco que meditemos y contemplemos sin trabajar? Una postura ecológica “integral” tiene que reconocer el valor del trabajo. El trabajo es vocacional: nos dignifica y santifica. Mediante nuestro trabajo transformamos los recursos naturales en bienes y servicios. El Papa Francisco no pide que nos sentemos a contemplar la naturaleza hasta desfallecer, aunque sí nos invita a recuperar ese sentido de maravilla y asombro frente a la bella Creación.

Este artículo fue publicado el 26 de junio del 2015 en la Revista Contra Poder y el CEES.

La foto es propia.

 

 

 

 

 

El comunicado de la Conferencia Episcopal

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La humanidad aprendió cómo generar el progreso y el florecimiento personal, pero se interponen en el camino complejos obstáculos políticos, legales e ideológicos. ¿Cómo podemos los guatemaltecos crear un entorno pacífico, libre y próspero?

El comunicado de la Conferencia Episcopal de Guatemala titulado “Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia”, emitido el 1 de julio, invita a los fieles laicos a analizar algunos preocupantes problemas nacionales. El comunicado está compuesto por un listado de siete dilemas, seguido de seis propuestas de acción, que giran en torno a los patrones recientes de migración, el desempleo, la violencia, el elevado costo de la energía eléctrica y las medicinas, los disturbios por la minería y, en el ámbito jurídico, el abuso a los amparos.

Al estudiar el documento salta a la vista que los problemas sociales son, en el fondo, problemas económicos. ¡Qué importante es comprender cómo funcionan los mercados! Además, las situaciones descritas por los obispos presentan aristas legales y políticas: el conjunto de reglas que enmarca la actividad económica afecta los resultados cosechados.

Considero que la Conferencia Episcopal pone el dedo en la llaga al enfocarse en la necesidad de generar más y mejores condiciones para prosperar. La única vía para salir del pozo de la pobreza es generando riqueza. Cuando los guatemaltecos confronten una amplia oferta de trabajos, las tasas de desempleo y subempleo descenderán, y la sana competencia pujará los salarios para arriba. No arriesgaremos la vida y la unidad familiar migrando a tierras lejanas en busca de oportunidades. En palabras del sacerdote Robert Sirico, “la creación y la conquista de un empleo remunerado acaba con el círculo vicioso de la dependencia y empieza el círculo virtuoso de la participación en la economía de mercado. Los trabajos son el mejor programa anti-pobreza en el mundo.”

El trabajo es una vocación, no un castigo, predica la Iglesia Católica. El trabajo nos dignifica, así cosechemos café, procesemos metales o desarrollemos software. Como pastores, los sacerdotes comparten la desesperación de los padres cuando no pueden proveer el sustento a sus familias. Es preciso reconocer el valor de la creatividad, el ahorro y la inversión que facultan al empresario crear empleos. Debemos potenciar las relaciones laborales contractuales, cordiales y claras, dentro de un mercado abierto y dinámico, al tiempo que evitamos las políticas y leyes que entrampan el surgimiento de nuevas plazas. La Conferencia Episcopal señala acertadamente que “la migración solo disminuiría si en el país crecieran las oportunidades de ingreso, se facilitara mayor inversión de capital y se dieran políticas públicas orientadas no solo al gasto público, al derroche clientelar o a la corrupción pura y dura sino al favorecimiento de generación de empleos productivos.”

La infraestructura energética contribuye a atraer la inversión. De allí que los obispos se pronuncien a favor de las hidroeléctricas. La violencia, en cambio, ahuyenta el emprendimiento económico. Siendo el combate al crimen una tarea prioritaria del gobierno, “la enorme debilidad del Estado en todo el sistema de justicia” queda evidenciada por los índices altos de violencia en Guatemala. No se originaron en la región dos fuertes lastres—la guerra contra las drogas y las maras—pero cabe admitir que lejos de producir la paz, las estrategias gubernamentales adoptadas a la fecha para resolver estos males han cobrado vidas y causado más zozobra. Caminaremos en la dirección correcta si se convence a la ciudadanía que los linchamientos, los bochinches, los ataques a la propiedad ajena y otros medios violentos aumentan, no reducen, la conflictividad.

Pese a nuestros graves problemas, como los obispos, yo albergo la esperanza de vivir en una sociedad que propicie el florecimiento de toda persona humana.

Este artículo fue publicado el 11 de julio del 2014 en la Revista Contra Poder y en CEES.

La foto es mía.

 

Walmart contra Starbucks

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Es común ilustrar lo malo y lo bueno del capitalismo refiriéndose a empresas como Walmart y Starbucks, respectivamente. ¿Ha escuchado usted estas comparaciones, a veces falsas?

Recién leí dos notas en Internet de procedencia distinta que reflejan ese sentir. El almacén Walmart ha sido acusado de ser un voraz monopolio multinacional que atiende mal al cliente, cobra precios injustos y trata mal al empleado. En cambio, Starbucks tiene la reputación de ser un negocio pequeño y familiar que se preocupa por el ambiente, el empleado y el comensal. Starbucks aboga por las causas sociales de moda; Walmart aparentemente no. Ambas apreciaciones son inexactas, como veremos a continuación.

¿Qué características separan a los buenos de los malos empresarios? Mi abuelo solía decir que en el mercado, las personas deben hacer como las campanas: dan-dan-dan. En un entorno competitivo, el consumidor recompensa a quien identifica correctamente sus necesidades y las sirve. El emprendimiento, la inversión y el trabajo honrado mediante el cual se producen y comercian bienes y servicios lícitos, por tanto, no son automáticamente censurables. Las transacciones de compra-venta y los contratos que son voluntarios y transparentes, por definición, excluyen la coacción o el engaño. Los abusos monopólicos y los privilegios artificiales se evitan liberando la entrada al mercado y la salida del mismo; todo agente económico está así sujeto al rigor de la competencia.

Hay que jugar limpio: importa la responsabilidad con que los individuos asumen las consecuencias de sus actos a lo largo del proceso productivo. No obstante, la opinión pública se fija en el tamaño de la empresa o en actos periféricos. Se piensa que si el negocio es grande, seguramente hay gato encerrado. Pero si hace donaciones o financia bellas campañas publicitarias, es noble. Por alguna razón, hoy se admira más a quien dona parte de sus utilidades, que a quien reinvierte en la ampliación del negocio, aunque crear plazas de trabajo redunde en mayores beneficios sociales que regalar cosas.

Estas preconcepciones afloran en el artículo “El papá corporativo” por Timothy Egan, del New York Times, para citar un ejemplo. Egan compara a Walmart con Starbucks para desprestigiar a la primera. Los hechos, sin embargo, revelan que tanto Walmart como Starbucks califican como corporaciones gigantes y que el trato al empleado es similar en ambas empresas. Starbucks tiene tres veces más tiendas que Walmart, 151,000 empleados de tiempo completo y genera anualmente alrededor de $15 mil millones en ingresos. Walmart tiene 1.7 millones de empleados y el año pasado sus ganancias superaron los $17 mil millones. Por otra parte, circula en Internet la columna de Egan con anotaciones en rojo hechas por un ejecutivo de Walmart, aclarando, entre otras cosas, que las acusaciones de explotación al trabajador son falsas.

Starbucks deslumbra a Egan con su reciente ofrecimiento de “invertir” en becas universitarias gratuitas para cualquier empleado. En realidad, ofrecen a los empleados la posibilidad de asignarse cursos en línea con la Universidad Estatal de Arizona (ASU) a precios subsidiados. Joe Carter, autor de “Coffee and Cronyism”, revela algo que Egan calla, y es que Starbucks no pondrá un centavo. Los contribuyentes estadounidenses sufragarán los gastos, a través de ayudas federales directas a ASU. Starbucks se atribuye una ayuda que no le costó nada, sentencia Carter. Egan tampoco menciona el programa de becas de Walmart, que es más flexible y funciona desde el 2010. ¡Ahh! ¿Y porqué Starbucks apoya un salario mínimo federal elevado? Podrían pagar más por su cuenta, pero la legislación eliminaría a competidores pequeños y medianos del mercado, agrega Carter. Aprovecharse del poder estatal para sacar ventaja es jugar sucio—amerita la etiqueta de mercantilismo y no capitalismo.

Este artículo fue publicado el 4 de julio de 2014 en la Revista Contra Poder y en CEES.