Niños viajando con niños

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Nuestra promesa, nuestro futuro, camina hacia el norte en busca de mejores oportunidades. ¿Vale la pena asumir tantos riesgos?

Es contrario a la naturaleza humana desamparar a un hijo. Nuestros hijos son nuestro mayor tesoro. Por eso, chocan las imágenes de niños cruzando la frontera solos. Dichos reportajes revelan ya no sólo a adolescentes devenidos adultos por una vida dura, sino niños de aproximadamente diez años de edad, y aún menores. Abandonados en la frontera por el coyote, esperan ser detectados por agentes estadounidenses y llevados a un centro de detención. Según algunas fuentes, el número de guatemaltecos menores que viajan al norte se incrementó en 1,200% en pocos meses; se estima que entre 35,000 y 42,000 niños de Guatemala, El Salvador y Honduras han migrado recientemente. Los centros de detención están sobrepoblados; han habilitado bases navales y escuelas para albergarlos.

El reportero de Fox News, Charles Krauthammer, señala con razón que la pobreza y la violencia no explican este nuevo fenómeno porque en los tres países centroamericanos los índices de pobreza y violencia han sido constantemente mayores que los de Estados Unidos. Las mediciones tendrían que reseñar un significativo repunte en la delincuencia como para explicar la oleada de niños, expuestos a múltiples riesgos en su trayecto hacia el norte. Según Charles Parkinson de www.insightcrime.org, las estadísticas sí muestran un alza moderada en la violencia, principalmente en Honduras, pero este aumento no es abrupto ni masivo. Además, al ser encuestados, los niños no señalan de forma abrumadora que vengan huyendo de agresiones terribles ni de la indigencia.

Entonces, ¿qué otras hipótesis podemos formular? Una poderosa motivación es reunificar a familias largamente separadas. Es el caso de Elva Marroquín, relatado en un artículo publicado por CNN.** Ella y su esposo llevan seis años trabajando ilegalmente en Estados Unidos, sin ver a sus hijos de 10 y 7 años. Los chicos emprendieron el viaje sin compañía adulta cuando sus papás los mandaron a llamar. Elva sufrió angustia porque les perdieron el rastro, hasta que recibieron una llamada de un supuesto oficial de migración de Texas. La llamada se cortó y no han vuelto a saber de ellos. Elva se alegró de saberlos con vida, pero está asustada porque intuye que pudieran estar en manos de personas inescrupulosas.

La circulación de mala información también explica este fenómeno. Guisela Roldán, de la Asociación Pro Migrantes Centroamericanos (AMI), me contó que algunas familias creen, erróneamente, que será más fácil conseguir un estatus legal si tienen hijos viviendo en Estados Unidos. Por eso, quienes viven indocumentados en Estados Unidos mandan a llamar a sus niños, y quienes anhelan irse, los mandan de avanzada. Adicionalmente, los coyotes cobran más por transportar a menores porque los chicos centroamericanos no son deportados automáticamente. En efecto, la legislación creó un limbo para los pequeños porque ni los deportan ni los entregan a sus parientes que se encuentran laborando allá ilegalmente.

Esta crisis pone de relieve una realidad nacional: la desintegración familiar no siempre se debe a maldad, ignorancia o negligencia. A veces se desarticula el núcleo por amor al hijo, porque migrar se considera superior a las alternativas. Considerando el valor que tiene para un niño crecer en un hogar unido, junto a su padre y su madre, duele el hecho que muchas familias guatemaltecas apuesten por la separación. ¿Cuán responsables son las legislaciones guatemaltecas y estadounidenses de provocar estos antinaturales incentivos? ¿Qué podríamos estar haciendo para cambiar la ecuación de costo-beneficio para estas familias, para que pudieran permanecer unidas y prosperar económicamente en el lugar de su escogencia?

Este artículo fue publicado el 27 de junio del 2014 en la Revista Contra Poder y el CEES.

**Según el Nuevo Herald, Elva Marroquín y su esposo ya están reunidos con sus hijos Angel y Dulce.

 

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¿Por qué marchar por la vida y la familia?

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¡Vamos a la marcha el 11 de mayo!

La familia es una institución ancestral que hoy es cuestionada y atacada, pese a servir como pilar de la sociedad. Platón y otros han propuesto eliminar o sustituir a la familia, encargando al Estado la planificación de nacimientos y la tutela de los niños. Durante la época soviética, autores rusos teorizaban que su gobierno convertiría en obsoleta a la familia cuando llegara a orquestar la reproducción de humanos incubados, así como controlaban la producción de la industria y el armamento militar. En Guatemala pocos respaldarían semejantes extremos, pero sí vivimos una especie de paradoja. Por un lado se reconoce los nocivos efectos sociales de la desintegración familiar, pero por el otro lado desvalorizamos a la familia.

Los psicólogos y psiquiatras, investigadores y académicos, policías y jueces, trabajadores sociales y carceleros, maestros y confesores: todos coinciden en que la desintegración familiar provoca un abanico de problemas sociales, que abarcan desde la deserción escolar hasta las guerras callejeras entre maras. Lo intuye hasta un pandillero salvadoreño que fue entrevistado durante el período de tregua pactada con el gobierno. “En nosotros está todavía la naturaleza humana,” explicó al reportero este tosco hombre tatuado, cuyo irónico apodo es “Baby”. Baby es un padre que quiere y vela por sus hijos, de la misma forma que su madre se preocupa por él. Debido a su violento estilo de vida, no logra crear para sus descendientes un hogar estable, pero lo añora y reconoce que la familia es connatural al ser humano.

Concretamente en Guatemala, la Dra. María Sophia Aguirre encontró que la familia constituida por hombre y mujer unidos en matrimonio es la estructura que mejores resultados obtiene en pro de sus miembros, seguida de las uniones de hecho o matrimonios de facto. Como factor determinante del bienestar económico, es más importante la estructura familiar que otros factores, como por ejemplo, diferencias étnicas, la recepción de remesas, o si se vive en el área rural o urbana. (Determinantes del Crecimiento Económico, Población y Familia: El Caso Guatemala (2007)) Sus resultados son un espejo de estudios realizados en otros países, pero tales discernimientos son hechos a un lado. Es políticamente incorrecto señalar las estadísticas que demuestran que los niños criados dentro de la estructura familiar tradicional tienden a tener cubiertas sus necesidades básicas, rinden mejor en la escuela, son más estables emocionalmente, y cometen menos crímenes. Nos inhibimos de afirmar que dichos infantes tienen mejores prospectos de florecer y llegar a ser ciudadanos sanos, productivos y emprendedores.

Lo que es más, numerosas caricaturas, libros, canciones y Memes de Internet inducen a la juventud a rechazar a la familia. Algunos jóvenes opinan que casarse por amor es imposible o ridículo; serán felices si permanecen solteros y “libres”, y miserables si contraen matrimonio. Se minusvalora la maternidad. Los defensores de la familia tradicional son tildados de ignorantes, intolerantes o absolutistas, y son acusados de querer imponer sus prejuicios retrógrados a otros.

Quizás quienes quieren destruir a la familia, se rebelan también contra la naturaleza humana; erróneamente conciben las fronteras naturales como limitantes de su libertad. Es contraproducente obligar a las personas a contraer matrimonio y formar una familia, pero también es tristísimo que algunos se priven de los gozos de la vida familiar debido a este clima social.

Una marcha por la vida y la familia comunicará a la juventud que mucho depende de la permanencia de la institución ancestral y que vale la pena luchar por ella.

Este artículo fue publicado el 9 de mayo del 2014 en la Revista Contra Poder y el CEES.

Foto propia.