El presidente anti-corrupción

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Jimmy Morales asumirá como presidente en enero del 2016, acompañado de altas expectativas ciudadanas. Contamos con que haga vida su lema “Ni corrupto, ni ladrón”.

El éxito en las urnas de Jimmy Morales, y las circunstancias que rodearon esta contienda electoral, traen a nuestra memoria el ascenso al poder de Jorge Serrano Elías en 1991. Serrano había competido por el cargo en 1985, obteniendo un tercer lugar, en tanto el candidato de FCN-Nación obtuvo el 68% de los votos válidos emitidos en la segunda vuelta sin jamás antes haber buscado la presidencia. Sin embargo, los votantes esperaban de Serrano lo que se espera de Morales y, en general, de las caras nuevas: innovación, eficiencia, transparencia, frescura, orden, resultados, y bienestar.

Siguiendo con la comparación, tanto Serrano como Morales se auto-identifican como hombres de fe. Cotidianamente, esperamos que quienes practican una religión cultiven las virtudes y renuncien a los vicios. Es posible que, tanto en las elecciones de 1990 como ahora, la carta religiosa sirviera al electorado como una especie de garantía respecto de las promesas de transparencia enarboladas durante la campaña.

El realismo exige que moderemos nuestras expectativas. Jimmy Morales no es un superhéroe ni un Mesías. Seguramente él ya dimensionó los obstáculos que enfrentará. Antes que cambiar la gente, es menester reescribir las reglas de juego. Morales hereda una burocracia permanente que lleva décadas intercambiando favores, buscando rentas, gorroneando y edificando murallas legales que aseguran la inamovilidad en sus puestos. Inclusive los asesores temporales se han atrincherado en sus plazas. Una abultada parte del presupuesto se destina al pago de salarios y a otros gastos de funcionamiento, dándole escaso espacio de maniobra a un nuevo líder. Además, para efectuar reformas de fondo, el presidente requerirá de la complicidad de legisladores pertenecientes a los partidos de oposición.

Por otra parte, los guatemaltecos hemos visto de primera mano cómo el poder trastorna a las personas. Tales transformaciones evocan al protagonista de la novela por Robert Louis Stevenson, el amistoso e inteligente científico Dr. Henry Jenkyll. Impensablemente, Jenkyll comete los peores crímenes cuando es dominado por su otra personalidad, Edward Hyde. ¿Cómo hará Jimmy Morales para evitar desarrollar un lado oscuro tipo Hyde? ¿Qué hará para desoír los cantos de sirena de aduladores que lo endiosarán, y para rechazar las ofertas de quienes pretendan usarlo para amasar fortunas personales? ¿Podrá frenar a los corruptos y los ladrones que tienden a gravitar hacia el sector político?

Además de pedir paciencia a los ciudadanos ansiosos por resultados inmediatos, Jimmy Morales hará bien aferrándose a la humildad. San Juan Pablo II afirmó una vez que “la superficialidad, el arribismo, aunque obtengan algún éxito inmediato, no constituyen sin embargo el auténtico bien del hombre y de la sociedad”.
Morales parece humilde cuando expresa gratitud y habla de compromiso. Las personas humildes obran según su conciencia, se interesan por buscar la verdad, evitan la presunción, reconocen sus errores y piden ayuda.

El carácter del presidente importa, pero de poco valdrá si no se identifica un norte claro y realizable para combatir la corrupción. La fórmula para ese efecto podría ser: a mayor libertad, menos corrupción. Se reducirán los niveles de contrabando y de corrupción entre más sencillos y claros sean los trámites administrativos, así como los impuestos y los procedimientos aduaneros. ¿Porqué? Simplemente porque es más fácil fiscalizar a las autoridades y porque el poder estará disperso. Los índices demuestran que los países con mayor libertad económica son también los más transparentes.

Metas modestas y realistas podrían suponer pequeños pero seguros pasos en la dirección correcta.

Este artículo fue publicado el 30 de noviembre del 2015 en la Revista Contra Poder y CEES.

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Corrupción en Guatemala y Venezuela

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La visita de empresarios venezolanos a Guatemala coincidió con el anuncio de las capturas por corrupción en la SAT y las aduanas. ¿Qué une estos eventos?

La compleja red de defraudación aduanera que involucra a funcionarios públicos nos sorprendió menos que la captura de veintiún personas por su presunta vinculación con La Línea, como se llama la organización criminal. No esperábamos ver a figuras como Omar Franco y Carlos Muñoz en esposas, pero todos sabíamos que dentro de la Superintendencia de Administración Tributaria (SAT) y las aduanas había corrupción. La Administración Pérez anunció que la combatiría. Se aprobó una nueva Ley Nacional de Aduanas en el 2013 y se ordenó a miembros del ejército y la PNC que vigilaran las operaciones en dichas entidades. Estas publicitadas medidas no obstante, millones de quetzales destinados al erario público se han desviado a cuentas personales; Acción Ciudadana describió la corrupción como una “enfermedad viral” a principios de año.

En paralelo, los venezolanos Marcel Granier y Luis Alfonso Herrera hablaron sobre la podredumbre dentro de su gobierno y la erosión de las libertades civiles de las cuales han sido testigos. En un panel foro organizado por la Universidad Francisco Marroquín, advirtieron que el trágico deterioro experimentado por Venezuela puede repetirse en cualquier nación latinoamericana. Granier, presidente y Gerente General de Radio Caracas Televisión (RCTV) y 1BC, ha vivido en carne propia la censura contra los medios de comunicación independientes por parte del represivo régimen bolivariano. Herrera, abogado y filósofo asociado al tanque de pensamiento CEDICE, describió cómo al irrespetar los derechos de propiedad privada, se violan también las otras libertades individuales.

Si en Venezuela falta papel de baño y otros insumos básicos, es realmente debido a la destrucción del mercado, así como a la lenta muerte de las instituciones republicanas y del Estado de Derecho. Herrera comentó que en Venezuela no hay expropiaciones enmarcadas por el derecho, sino expoliación antojadiza. Al identificar la democracia con programas redistributivos populistas, los gobiernos de Chávez y Maduro destruyeron la institucionalidad.

Explicaron los expositores que en un principio, la ciudadanía no se percató del peligro que corría. Unos permanecían apáticos a los abusos contra otros. Se adaptaban para mantener su estilo de vida. El viciado modus operandi va atrapando nuevos cómplices que por tener la cola machucada y por proteger sus intereses, no denuncian lo que ocurre ni promueven reformas. Además, las autoridades hacen gala de la legalidad de su ilegítimo actuar, ya que han ido cambiando la constitución y las leyes para hacer caber sus desmanes, al tiempo que criminalizan actos cotidianos, antes libres, como vender, comprar, opinar y educar.

Es famosa la frase de Lord Acton sobre la corrupción asociada con el poder absoluto, pero casi nunca se cita la oración siguiente: “Los grandes hombres casi siempre son malos hombres, aún cuando ejercen influencia y no autoridad; todavía más cuando agregas la tendencia de la certeza de la corrupción por la autoridad”. Mientras las complejas burocracias y los reglamentos permitan a las autoridades tomar posesión de bienes ajenos, no importa quién asuma el poder. Con probabilidad se corromperá. Los excesos en la SAT, las aduanas y en los despachos del gobierno revolucionario bolivariano no cesarán cuando los cargos sean ocupados por personas éticas. Hace falta implantar reglas que prohíban los abusos inclusive a los pícaros.

A mayor libertad, menos corrupción. Entre más sencillos y claros sean los impuestos y los trámites aduaneros, menos corrupción. ¿Porqué? Porque es más fácil fiscalizar a las autoridades y porque el poder está disperso.

Este artículo fue publicado en la edición electrónica de la Revista Contra Poder el 20 de abril del 2015.

Tomé la fotografía que acompaña este artículo en el Auditorio Juan Bautista Gutiérrez de la Universidad Francisco Marroquín, el miércoles 15, durante el Foro de Libertad de Expresión y Propiedad Privada organizado por el Centro Henry Hazlitt. Los panelistas que aparecen en la foto son Marcel Granier y Luis Alfredo Herrera, ambos de Venezuela.

El poder político

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Por un lado, el poder político se otorga y erige para garantizar los derechos básicos individuales, pero por el otro lado, puede ser utilizado contra aquellos a quienes debía proteger.

Los actores políticos no son los engranajes en una conspiración secreta ideada por un siniestro líder para controlar el mundo. Son personas falibles que negocian posiciones y aprovechan circunstancias particulares. Sin embargo, es innegable la existencia de individuos conspiradores y manipuladores que avanzan sus intereses mediante cuidadosos planes estratégicos. La representación más cruda de tal figura es el senador Frank Underwood, el protagonista de la serie de ficción original de Netflix, Casa de Cartas. El Senador Underwood es distinguido, educado y buen orador, pero sus ansias de poder lo llevan incluso a asesinar a otras personas en sangre fría. Viendo directamente a la cámara, Underwood comparte sus pensamientos íntimos con el televidente. Así, el implicado espectador sabe más que los actores en la trama, y sufre por quienes incluso le atribuyen buenos sentimientos al protagonista. “El camino hacia el poder está pavimentado de hipocresía y víctimas,” opina el susodicho secamente.

Acumular poder le brinda cada vez más herramientas a Underwood. Interponerse entre él y el poder es peligroso. Hasta sus colaboradores están constantemente en la cuerda floja. El senador pasa por encima tanto de quienes vislumbran su verdadera naturaleza, como de gente vulnerable y bondadosa, incapaz de concebir que existan víboras como él. Algunas veces sus métodos son claramente ilegales, pero otras veces se posiciona como defensor del orden público. Sus maquinaciones se enfundan en complejas leyes, pues sus conocimientos de la legislación y de la maquinaria política superan los de la mayoría.

La dura realidad es que en Guatemala también hay operadores políticos como Underwood. Aquí también se disfrazan como asuntos de interés público las riñas personales y las rivalidades ideológicas. Aquí también nos venden un discurso idealista para ocultar o maquillar intereses mezquinos. De vez en cuando leemos una noticia que nos consta es falsa. Conocemos a la persona, la organización o la empresa sobre quien penden serios cargos, desde desfalcos hasta trata de personas. La verdad es conocida solamente por un círculo íntimo, en tanto el público manifiesta alegría porque finalmente atraparon a un criminal o hicieron valer los derechos humanos.

Imagine la sensación de indefensión que embarga a un hipotético ciudadano honesto que ve descender sobre su propiedad o negocio a decenas de agentes armados o inspectores gubernamentales. Su diario quehacer se ve trastocado. Se llevan sus archivos y confiscan sus computadoras; lo arraigan e interceptan su celular. Se entera de qué lo acusan leyendo la prensa. Busca un abogado y empieza a dimensionar su peliaguda situación. La mayoría de sus amigos y conocidos le da la espalda, por temor o porque dudan de su integridad. Piensan que difícilmente perseguirían a alguien sin pruebas. Y es que le plantan evidencias y testigos falsos. Incluso le pueden montar un juicio internacional o amenazar a los familiares de muerte. Pisotean su dignidad y su nombre. El lector sabrá sustituir este ejemplo ficticio por casos reales.

En 1887, Lord Acton lo cantó claramente: “el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. El entramado de leyes y el sistema jurídico puede usarse para avanzar agendas personales o turbios intereses, inclusive al nivel internacional. Si puede ocurrir dentro de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), puede pasar en instancias nacionales e inferiores. Y no podemos luchar contra los abusos y las injusticias al menos que primeramente reconozcamos que es probable que nuestras reglas del juego incentiven conductas similares a la de Frank Underwood.

Este artículo fue publicado el 13 de junio del 2014 en la Revista Contra Poder y el CEES.

Foto: original de Intercollegiate Review.