Oda a la libertad

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Las antorchas que recorren el país cada 15 de septiembre son símbolo tanto de la iluminación intelectual y espiritual, como de la libertad.

¿Asimilaron los próceres centroamericanos los mensajes liberales del Barón Montesquieu, Adam Smith y Thomas Jefferson, entre otros pensadores de la Ilustración? A continuación, cuatro advertencias hechas por liberales clásicos que nuestros antepasados quizás desestimaron, pero que esta generación de guatemaltecos debe atender urgentemente.

1. Los abusos del poder son intolerables. Desligarnos de la monarquía no nos blindó contra los autoritarismos abusivos. De Montesquieu aprendimos las bondades de separar y balancear los poderes del Estado. Él advirtió en El espíritu de las leyes (1748) que “cuando los poderes legislativo y ejecutivo se hallan reunidos en una misma persona o corporación, entonces no hay libertad, porque es de temer que el monarca o el senado hagan leyes tiránicas para ejecutarlas del mismo modo…Así sucede también cuando el poder judicial no está separado del poder legislativo y del ejecutivo. Estando unido al primero, el imperio sobre la vida y la libertad de los ciudadanos sería arbitrario, por ser uno mismo el juez y el legislador y, estando unido al segundo, sería tiránico, por cuanto gozaría el juez de la fuerza misma que un agresor.” Hoy vemos a representantes electos, como Nicolás Maduro, transformarse en dictadores, deformar las constituciones, controlar a los jueces e imponer leyes tiránicas. ¡Opongámonos tajantemente a tales prácticas!

2. El gasto público no se debe desbordar. “Coloco la economía como la primera y más importante virtud, y la deuda pública como el mayor peligro a temer,” escribió Thomas Jefferson. Vio claramente que perdemos nuestra libertad cuando los gobernantes contraen excesivas obligaciones. Adam Smith concluyó lo mismo: “no hay mayor impertinencia y, por lo tanto, presunción, en reyes y ministros, que pretender velar por la economía de las personas privadas para limitar sus gastos ya que ellos mismos, reyes y ministros, son siempre y sin excepción alguna, los más grandes derrochadores en la sociedad.” A Q.79.7 mil millones asciende la propuesta de presupuesto nacional más grande de nuestra historia, para el 2017, sin ancla en los ingresos correspondientes. ¡Pongámosle freno a la deuda pública!

3. Los impuestos son saqueo legal, en el peor de los casos, afirmó Frédéric Bastiat. Constituyen una transacción cuando el tributario transfiere su riqueza al gobierno a cambio de servicios púbicos. Sin embargo, algunos usan el mecanismo legal y coercitivo para vivir a costa de otros, y eso es inmoral. El hambre por más impuestos crecerá conforme aumentan los egresos, adivinó Jefferson. Previó que tasarán “nuestra carne y bebida, nuestra necesidad y nuestra comodidad, nuestro trabajo y nuestra diversión. Si podemos prevenir que el gobierno gaste lo que las personas ahorran, bajo pretexto de cuidar por ellas, entonces ellas serán felices.”

4. A mayor libertad, mayor crecimiento económico. Cuando Adam Smith dimensionó las secuelas dañinas del proteccionismo mercantilista, abogó por un marco institucional de paz, impuestos moderados y “una tolerable administración de justicia”. Un hábitat dentro del cual las personas pueden mejorar su propia condición, trabajando honestamente. La libertad comercial debe traspasar las fronteras nacionales, coincidió Bastiat con punzante humor: “Hay hombres al acecho a lo largo de toda la frontera, armados hasta los dientes, con el encargo de crear dificultades para el trasiego de bienes de un país a otro. Se llaman agentes aduaneros.” ¡Abrámonos completamente al libre comercio!
La libertad no es meramente un valor anticuado y romántico, o un quetzal surcando el cielo azul. Es un requisito para el florecimiento humano.

Este artículo fue publicado el 14 de septiembre del 2016 en la Revista Contra Poder y CEES.

Privado, privatización

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Es un error común, pero nefasto, satanizar lo privado.

Prendí el radio mientras conducía. No logré identificar a la voz masculina que hablaba por Radio María, por lo cual me referiré a él respetuosamente como La Voz. La parte de su locución que alcancé escuchar sigue rondando mi mente. Es malo convertirnos en católicos “privados”, y practicar la fe encerrados en nuestra habitación, dijo La Voz. Accedí con la cabeza. ¿Cómo no compartir el tesoro y la alegría de la fe con quienes nos rodean? Los creyentes damos testimonio de la Buena Nueva mediante la persuasión y el ejemplo. Pensé en los gobiernos que prohíben los crucifijos y otras manifestaciones de religiosidad en aras de la separación entre la Iglesia y el Estado. Coartan la libertad religiosa de sus ciudadanos al llevar a un extremo malsano dicha separación.

Estas cavilaciones me alejaron del argumento desarrollado por La Voz. Hemos privatizado la religión, se quejó vehementemente, y pretenden privatizar la tierra, las hidroeléctricas y las minas….Algunos quieren las cosas privadas, prosiguió La Voz, para disfrute personal, para negárselas a otros, por egoísmo. Pero Jesucristo y la tierra son para todos, y hemos de tenerlos en comunidad…en comunismo. Moví la cabeza en triste desacuerdo.

¿Conoce Usted la película de terror La mancha voraz, de 1958? La Mancha era una plasma depredadora sin forma, sin corazón y sin mente. Supuestamente, era superior a los seres humanos. ¿Se aproximará la Mancha al ser ideal de La Voz? ¿Debemos vaciarnos, y sepultar nuestras particularidades para vivir en comunión con otros? No lo creo. Dios ama a cada persona única e irrepetible. Para fraguar nuestro camino de salvación, debemos crecer en vida interior. Si no hacemos esa carpintería hacia adentro, no podemos darnos a los demás con generosidad. Al no tener nada que dar, la Mancha destruía. Así, ese rato a solas con Dios, frente al oratorio o en nuestra habitación, no es necesariamente sinónimo de individualismo.

Poseer bienes tampoco nos transforma ipso facto en codiciosos y ensimismados idólatras de lo material. La Constitución Pastoral Gaudium et Spes recoge la postura tradicional de la Iglesia a favor de la propiedad privada. Ésta “contribuye a la expresión de la persona y le ofrece ocasión de ejercer su función responsable en la sociedad y en la economía…La propiedad privada…asegura a cada cual una zona absolutamente necesaria para la autonomía personal y familiar y debe ser considerada como ampliación de la libertad humana.” (71) En cierto modo, la generosidad depende de la libertad y la propiedad privada, porque no podemos ceder voluntariamente aquello que no nos pertenece. Carece de mérito moral repartir bienes ajenos o comunales.

La propiedad privada es un instrumento social adecuado para asegurar el racional y óptimo uso de los bienes que Dios puso a disposición universal de la humanidad. Samuel Gregg lo expresa así: “la propiedad privada es un medio normativo para realizar el principio del uso común de los bienes”. La propiedad privada desarrolla nuestra autonomía y personalidad. Nos incentiva a trabajar, y a ser creativos y productivos.

La Voz podría sostener que los propietarios automáticamente dañan al prójimo. Ocurre lo contrario. Las personas productivas emplean su condición de dueños para proveer a los demás de alimentos, ropa, zapatos, ollas, electricidad y más. Satisfacen nuestras necesidades básicas. Los regímenes comunistas entorpecen esta dinámica de mercado, mutuamente beneficiosa.

Finalmente, los derechos de propiedad claramente definidos garantizan la paz. Sólo cuando sabemos quién tiene derecho a qué podemos encontrar una solución a los conflictos de interés entre los miembros de la comunidad.

Este artículo fue publicado el 22 de julio del 2016 en la Revista Contra Poder y el CEES.

La fotografía fue adaptada de este sitio. No es original.

Falsos dioses

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Las raíces cristianas definen al Occidente. La religiosidad de un pueblo no es dañina, afirma el historiador Christopher Dawson.

Esta semana el Instituto Fe y Libertad inaugura un seminario para discutir Los dioses de la revolución, una obra por Christopher Dawson (1889-1970). Bajo dirección del especialista en derecho constitucional, Jesús María Alvarado, los asistentes dedicaremos tres sesiones a analizar el último libro publicado por el historiador inglés. De hecho, Los dioses de la revolución salió a luz pública en 1972, dos años después de su muerte.

En Guatemala sabemos poco sobre Dawson, a pesar de la relevancia de sus escritos para cualquier país cristiano. Dawson ha sido descrito como el mejor historiador católico de Inglaterra. Gerald Rusello, del Centro de Recursos para la Educación Católica, opina que “fue probablemente el estudioso más penetrante de la relación entre religión y cultura que jamás ha escrito”. Cuando se convirtió al catolicismo en 1914, ya había completado estudios de historia y economía en Oxford. Publicó su primer libro en 1928: The Age of Gods. Sus biógrafos aducen que quedó inconclusa su ambición de redactar varios tomos sobre la civilización europea, desde la antigüedad hasta la era moderna. Quizás sus libros más conocidos, traducidos al español, son Progreso y Religión (1929) y The Making of Europe (1932), obra que en castellano se titula Los orígenes de Europa o Así se hizo Europa. Fue docente universitario en Exeter, Liverpool y Edimburgo. De 1958 a 1962, ocupó el puesto de catedrático titular de estudios católicos en la Universidad de Harvard.

Una hipótesis común es que la piedad popular perpetúa el retraso socio-económico en Guatemala. Algunos asumen el antagonismo entre fe y razón, o juzgan que la religiosidad promueve actitudes conformistas. Estas posturas son reformulaciones de aquella tesis renacentista, según la cual el arranque del progreso económico en Europa coincide con la superación de la oscura Edad Media. El cristianismo forjó la civilización occidental, subraya Dawson, pero su influjo fue positivo. Explica Rusello que para Dawson, “cuando la fe cristiana penetra una cultura,…inicia una regeneración espiritual que afecta no sólo la cultura material y externa, sino la constitución interior de sus miembros.”

Christopher Dawson es un historiador de las ideas. En Los dioses de la revolución, advierte que “se podría cometer el gran error de ignorar o minimizar la importancia del factor intelectual en la Revolución, como han hecho muchos historiadores modernos…Si vamos a negar la influencia del liberalismo en la Revolución Francesa, tendríamos que negar la influencia del comunismo en la revolución en Rusia.” Según Dawson, el cristianismo predomina sobre todas las ideas que han moldeado Occidente, pues es gracias a su filosofía que concebimos la evolución social como un proceso dinámico. Existe un plan divino para la humanidad del cual podemos o no estar conscientes, pero aún así, las personas organizan su convivencia con libertad. Una sola persona, como por ejemplo San Agustín o Santo Tomás de Aquino, pueden imprimir su sello a sociedades completas. El autor pretende recordarnos que un milenio de ideas cristianas ha calado hasta lo más hondo de la cultura europea.

Aunque tienen raíces cristianas, las doctrinas racionalistas y seculares, tanto la liberal como la socialista, intentan sustituir la fe cristiana. El problema es que cuando los movimientos seculares dejan de lado, o atrás, las creencias cristianas, tienen que rellenar el vacío con otros dioses. El grave peligro para nosostros es que las nuevas religiones de la raza, el proletariado, la “libertad, igualdad, fraternidad”, u otras más actuales, terminan subordinando al individuo al Estado.

Este artículo fue publicado el 15 de julio del 2016 en la Revista Contra Poder y el CEES.

Nuestro futuro, según Gianca

 

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Sumo mis gotas al caudaloso río de emotivas despedidas a Giancarlo Ibárgüen (1963-2016), pues fue un referente intelectual y un ejemplo de vida para mí, desde que trabamos amistad hace más de 35 años.

Giancarlo falleció el miércoles 9 de marzo, tras llevar con elegancia la esclerosis lateral amiotrófica (ELA). Muchos guatemaltecos y extranjeros le han rendido tributos, perfilando a un amigo y mentor que brilló por su inteligencia, humildad, valentía, integridad, optimismo y visión de futuro. Fue un motor incansable propulsado por el ideal de la libertad. ¿Cómo portaremos su antorcha? Ante tanto alboroto, ¿desearán las autoridades de turno ajustar su gestión a la visionaria misión de este sabio compatriota?

La última pregunta arrancaría una cariñosa mirada de desaprobación de Gianca, porque lo incomodaban los cumplidos y porque no se estilaba como asesor político o patriota, aunque amó a Guatemala. Él no creía en las fronteras políticas que separan artificialmente a las personas. Y, si al final de su vida recibió homenajes, seguramente esperaba que ellos avanzaran su misión de vida. En ese espíritu quijotesco, me atrevo a esbozar tres grandes lineamientos que Gianca nos legó para redirigir el rumbo del país (y de la humanidad).

Primero, Gianca nos pediría que confiáramos en la persona: somos capaces de elegir lo que más nos conviene a nosotros mismos y a nuestros seres queridos. ¡Laissez faire, sin atropellar la dignidad humana! Las personas libres innovan, invierten, construyen, emprenden e intercambian en un juego de suma positiva. Constituye una fatal arrogancia suponer que unos pocos poseen el conocimiento suficiente para controlar las vidas de los demás.

Segundo, Gianca insistiría en el resguardo de los derechos de propiedad privada como un medio imprescindible para vivir con responsabilidad y libertad. Su propuesta de usufructuar el espectro radioeléctrico a través de subastas imparciales resultó efectivísima, porque aclara quién tiene derecho a hacer qué con el espectro. Podríamos abordar de forma similar el subsuelo, el agua y otros bienes que la Constitución pone en manos del Estado. Definir y garantizar los derechos de propiedad privada reduciría la conflictividad que ahora se vive por actividades mineras, el uso de los ríos y lagos, y más.

Tercero, Gianca creía en la competencia. Admiraba a los emprendedores que detectan oportunidades donde nadie más las ve. Gustaba hablar de las bondades de la disrupción, porque cuando estamos abiertos al cambio se puede mejorar. Recomendaba poner a competir a las unidades administrativas (municipalidades y ciudades), dejándolas ensayar con reglas particulares para atraer a diversos pobladores. La descentralización, y sobre todo la descentralización fiscal, fueron dos de sus causas en los noventa. Más recientemente, abogó por ciudades libres porque acelerarían la detección de buenas prácticas en la administración pública y la aplicación de la justicia.

Por las mismas razones, Giancarlo sugirió a las autoridades en el Ministerio de Educación facilitar un sistema plural donde coexistieran los colegios acreditados, con colegios no acreditada por el ministerio. Imaginaba una Guatemala con abundante oferta educativa para todos los gustos, cara y barata, tradicional y vanguardista, formal y de garaje. Asimismo, recomendaba abolir la colegiación obligatoria para profesionales. El mercado distingue entre la excelencia y la mediocridad más ágilmente que los burócratas.

Aplicando la libertad, la propiedad y la competencia como principios elementales, Giancarlo recomendó soluciones a otros problemas como la conservación de los recursos ambientales, la guerra contra las drogas, los sistemas de justicia y policíacos, y más.

Descansa en paz, Gianca, reconfortado en la certeza que libraste la buena batalla. Intercede por quienes seguimos luchando por todo lo que siembre la paz.

Este artículo fue publicado el 18 de marzo del 2016 por la Revista Contra Poder y el CEES.

 

¡Discriminación!

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¿Qué significa para Usted igualdad, discriminación, y derechos humanos?

En el 2003, Jon Hammer entabló una demanda contra el Club Canino de América por discriminación contra su perro pura raza, un Spaniel de Bretaña llamado Spooner. El reglamento de dicho club fija como estándar de belleza para esa raza una cola de menos de cuatro pulgadas, natural o cortada. La cola de Spooner medía diez pulgadas. Ante la corte de Nueva York, Hammer acusó al club de incitar la crueldad contra los animales. El Club Canino de América y sus defensores respondieron que sus parámetros de belleza perruna no constituían una crueldad, como tampoco lo es remover las garras a los gatos.

La jueza desestimó la demanda de Hammer por considerar que ningún crimen había sido cometido. El demandante admitió no estar dispuesto a cumplir los requerimientos del club canino; reconoció además que la organización demandada no mutila ni hiere a perros de forma cruel.

Más que analizar los derechos de las plantas y los animales, me gustaría examinar el asunto de la discriminación. Hammer consideró que Spooner era víctima de una injusticia porque un atributo físico le impedía ganar un concurso de belleza. Él expuso su anhelo de un premio para su mascota en términos de un derecho adquirido, y negado. ¿Es este caso emblemático de los excesos que hoy se cometen en aras de erradicar la discriminación? ¿Estamos dispuestos a atropellar la libertad del prójimo, y a aguar el concepto de “derechos” humanos?

Otro ejemplo es la nueva disposición de la Universidad de Vanderbilt según la cual las organizaciones estudiantiles están obligadas a permitir a cualquier persona acceder a cargos de gobierno dentro de su agrupación. So pretexto de combatir la discriminación ideológica, en Vanderbilt un ateo puede exigir presidir un club cristiano y un misógino puede hacer cabeza en una comunidad feminista. Tish Harrison, afiliada a InterVarsity, una de las entidades perjudicadas por el dictamen, explica que todos son bienvenidos en su grupo, pero que los líderes deben albergar creencias ortodoxas cristianas. Harrison opina que lejos de fomentar un entorno plural, la universidad cerró espacios a personas con convicciones definidas que no se conforman con una ideología relativista políticamente correcta.

Ana y Beto jamás unificarán criterio si ella cree firmemente que los extraterrestres son diabólicos y él sostiene que son seres angelicales. Sin pensar o actuar de forma igual, Ana y Beto pueden intercambiar bienes, suscribir contratos y coexistir armoniosamente. El problema comienza cuando Ana acusa a Beto de discriminarla por no invitarla a su casa, darle un empleo o venderle un pastel. Es peor si recurre al Estado para obligar a Beto a hacer su voluntad, porque está en “su derecho”. De repente Beto se convirtió en un monstruoso discriminador. Basta con que Ana argumente que su esencia como persona es materialmente su creencia, y que lo que le acontece atenta contra su convicción.

En libertad, muchas personas nos ofenderán con sus opiniones y conductas. Coexistirán los Donald Trumps xenofóbicos con los neo-nazis antisemitas y los comunistas. Una sociedad verdaderamente libre no es inmune a los conflictos de interés ni a ciertos tipos de sana discriminación: es por definición diversa y desigual.

Los creyentes en la libertad individual tenemos que despertar: quienes promueven la coacción para sambutirnos sus preferencias, no están de nuestro lado, aunque usen nuestro lenguaje. Conviene hacer un concienzudo trabajo para resucitar la concepción clásica del derecho natural, y reafirmar claras reglas de propiedad. Rescatemos el magistral discernimiento encapsulado en la frase de Benito Juárez: “el respeto al derecho ajeno es la paz”.

Este artículo fue publicado el 10 de julio del 2015 en la Revista Contra Poder y el CEES.

800 años de libertades constitucionales

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La Magna Carta de Inglaterra fue suscrita el 15 de junio de 1215. Por vez primera, un contrato social, una Ley, estaba por encima del poder temporal y de los hombres. 

Celebramos el 800 aniversario de la constitución inglesa debido a su impacto en la sociedad moderna. La Magna Charta Libertatum asentó, quizás por vez primera, la libertad individual. Cuenta Daniel Hannan, representante británico ante el parlamento europeo, que el acuerdo se pactó a orillas de un río al sur de Inglaterra, en Runnymede. (The Wall Street Journal, 29-V-2015) Los obispos y nobles que obligaron al rey Juan sin Tierra (Sans-Terre) a reconocer las libertades a los hombres libres (free men) querían afianzar sus privilegios. Los nobles, que constituían apenas la séptima parte de la población, ya poseían derechos: el rey los reconoció. Juan se comprometió a no confiscar sus bienes y a no encarcelar ni matar a alguien sin que antes fuera juzgado por sus pares. Es decir que no usaría más su poder para inventar reglas a su antojo.

La llamaron Magna Carta por su extensión y no por su trascendencia, ignorada por sus autores. Sin embargo, gracias a esa histórica renuncia al uso del poder arbitrario, quienes hoy vivimos en regímenes políticos abiertos y constitucionales contamos, en mayor o menor grado, con periódicos no censurados, la igualdad ante la ley, derechos de propiedad reconocidos y garantizados, habeas corpus, elecciones regulares, libertad de religión y de culto, libertad de asociación, contratos inviolables, y juicios en tribunales.

La constitución adquirió nuevas dimensiones tras la colonización de América, pues los ingleses que arribaron al Nuevo Mundo reinterpretaron su alcance. Los británicos sostenían que la Magna Carta colocaba al parlamento por encima del monarca, mientras que en las nuevas colonias se asumió la primacía de la Ley sobre el parlamento y el rey. En 1687, William Penn explicó que este documento distinguía a los ingleses del resto del mundo, porque en la mayoría de naciones, “el príncipe es la Ley, su palabra decapita a cualquiera, promulga impuestos, o confisca la tierra de un hombre…”. Los ingleses nacen con derechos fundamentales, agrega Penn, pues tienen libertades de las cuales no pueden ser privados sin su consentimiento.

Hannan hace hincapié en un hecho ignorado: la revolución americana contra la corona era esencialmente patriótica. Cuando exigían que debían contar con representación en el parlamento como una condición previa al cobro de impuestos, los rebeldes reafirmaban sus libertades plasmadas en la Magna Carta. Era el Rey Jorge III quien se había apartado del espíritu de la constitución, y por consiguiente, merecía la etiqueta de tirano.

La Magna Carta no inventó la libertad, ni fundó la primera democracia, ni fue la primera constitución. Ya los egipcios y los sumarios habían codificado leyes y los griegos habían experimentado con la democracia. Su originalidad descansa en caracterizar la libertad de la persona como superior y anterior al Estado, en amarrar la libertad con la propiedad privada, y en afirmar la “libertad bajo la ley”.

Tomemos nota, guatemaltecos. Las manifestaciones cívicas comulgan con el sentir de la Magna Carta inglesa pues rechazamos la tiranía: el uso arbitrario del poder para robar y confiscar nuestros tributos y bienes. Nuestra Constitución, que dista mucho de ser perfecta, no es la causa de la deleznable corrupción. Los voraces corruptos más bien desacatan la legalidad, nublados por sus poderío temporal. No nos dejemos robar este momento. De una Asamblea Nacional Constituyente integrada por diputados partidistas podemos esperar cualquier cosa, menos una constitución de principios generales, abstractos e impersonales. No le demos cancha a agendas que devalúen nuestra constitución y reduzcan nuestras libertades, en lugar de fortalecerlas.

Este artículo fue publicado el 5 de junio del 2015 en la Revista Contra Poder y CEES.

La ilustración fue tomada del sitio http://www.ip-watch.org/weblog/wp-content/uploads/2015/04/magna-carta.jpg 

NOTA: una mejor alternativa es la reforma parcial de la constitución para el sistema de justicia, la Propuesta de Acuerdos de Seguridad (PAS). ¡Examínela!

 

Para combatir la corrupción

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Los miembros de La Línea sindicados de defraudación aduanera no serán los últimos oficiales corruptos, al menos que cambien las reglas del juego.

Las protestas pacíficas en la Plaza de la Constitución y en las redes sociales demuestran la urgencia que imprimimos al combate de la corrupción. Muchos guatemaltecos respaldarían la imagen evocada por Robert Cooter, profesor de derecho en Berkeley: la podredumbre actúa como las termitas que se carcomen los fundamentos de una casa desde adentro.

Guatemala no es el único país en vías de desarrollo que enfrenta una titánica batalla para mejorar en transparencia. Los investigadores describen una especie de triángulo infernal: la pobreza, las deficientes políticas públicas y las instituciones precarias tienden a incrementar la corrupción. Son parte del triángulo los poderes discrecionales, el robo y despilfarro producto de la inestabilidad del sistema, así como las autoridades “capturadas” por complejas estructuras de crimen organizado. Hasta la economía informal puede ser una reacción contra engorrosas regulaciones; los ciudadanos solamente logran mantenerse a flote infringiendo las reglas y pagando mordidas. No es que los países pobres sean más corruptos que los ricos, per se, pues existen ejemplos de países desarrollados con elevados índices de corrupción como Italia. La explicación más probable es la conjunción de malas políticas con letargo económico.

La corrupción no es una enfermedad incurable en los países pobres, pues dentro de una misma nación coexisten instituciones respetadas y contaminadas. En la India, señala Cooter, las elecciones son tan limpias como las de países desarrollados, y existen organizaciones, como la corte suprema de justicia y la agencia espacial, que gozan de buena reputación. Sin embargo, se produce el saqueo en los programas que subsidian alimentos para los pobres.

El mal no se corrige incrementando el poder en manos de los funcionarios públicos, pasando más regulaciones y leyes, o contratando a un batallón de fiscalizadores para controlar a quienes controlan a los agentes aduaneros. La termita corrosiva puede reproducirse tanto en gobiernos débiles como fuertes y grandes. Basta recordar los excesos confiscatorios del régimen del dictador Mugabe en Zimbabue para percatarnos que la solución va en dirección contraria.

¿Qué debemos hacer? Tres soluciones emergen del análisis hecho por economistas y abogados. La primera es desregular—entre más libres son las economías, más crean riqueza y por ende, disminuye la corrupción. Se recaudan más impuestos en contextos prósperos y, en consecuencia, los funcionarios públicos son mejor pagados. Los gobiernos cuentan con recursos para combatir el crimen y asegurar la certeza del castigo. Así, el oficial rechaza la mordida por temor a ser detectado y ajusticiado, y perder un buen empleo. Por otra parte, tanto las malas leyes como la tolerancia a los actos delictivos reducen el respeto a la legalidad; nos hacen desconfiar de los demás y del sistema.

Segundo, los marcos regulatorios y las burocracias pueden competir unos con otros. Los funcionarios públicos tendrán menos incentivos de ser corruptos o tolerar la corrupción cuando vean que el distrito político vecino está prosperando gracias a su transparencia.

Finalmente, podemos romper el vínculo de confianza entre quien pide la mordida y quien la paga. Ambos se benefician si su intercambio pasa inadvertido. Pero si se recompensa suficientemente al oficial por delatar al corruptor, o al extorsionado por delatar al oficial, entonces se destruye la confianza entre ambos. Tenderán a desdeñar el acto corrupto porque les cuesta caro.

En suma, los esfuerzos por combatir la corrupción pasan por remover los obstáculos al crecimiento económico e incrementar el costo de actos perversos.

Este artículo fue publicado el 22 de mayo del 2015 en la Revista Contra Poder y en el CEES.