Totalitarismo, fascismo y violencia en Venezuela

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La censura es el primer paso del totalitarismo. Un gobierno que ambiciona controlar la información que llega a sus ciudadanos cercena los derechos humanos y la libertad. 

Nicolás Maduro tan sólo perpetúa las restricciones a la liberta de prensa iniciadas por Hugo Chávez en Venezuela. El último zarpazo del gobierno bolivariano es haber sacado del aire la señal del canal colombiano NTN24 mientras éste cubría la noticia de las multitudinarias protestas callejeras llevadas a cabo la semana pasada. No emitió previamente un aviso oficial. Simplemente, Maduro dispuso que NTN24 es un canal “anti-bolivariano” y “fascistoide” que promueve un golpe de estado en Venezuela.  Acusó al expresidente de Colombia, Álvaro Uribe, de apoyar financieramente a quienes lo quieren derrocar.

Venezuela ocupa el lugar 118 de 180 países en el índice de libertad de prensa de Reporteros Sin Fronteras, y el puesto 168 de 196 en el índice generado por Freedom House. Éste último declara al país “no libre”, en tanto Reporteros sin Fronteras sentencia: “El espacio audiovisual nacional está sometido casi por completo al Poder Ejecutivo y a sus cadenas.” Las autoridades sostienen que la Ley de Responsabilidad Social en Radio, Televisión y Medios Electrónicos (Resorte), reformada en el 2010, es garante de la libertad de expresión, pero los comunicadores opinan que propicia la autocensura y otorga al gobierno el poder de juzgar la idoneidad de los contenidos. Con descaro, el director de la Comisión Nacional de Telecomunicaciones, William Castillo, afirmó que existe libertad de prensa siempre y cuando no se publiquen críticas al gobierno.

El mundo se enteró de la realidad venezolana a través de videos caseros que circulan en las redes sociales. La represión violenta de la policía y los grupos paramilitares  contra manifestantes universitarios quedó grabada. ¿Pueden verse estas noticias dentro del país? ¿Tomarán represalias contra quienes divulgan estas escenas?

La retórica del totalitarismo es irónica. Nicolás Maduro usa el insulto “fascista” contra sus críticos, pero a él le calza mejor la etiqueta. El fascismo suele definirse como un nacionalismo autoritario que recurre a la militarización de la sociedad, promueve la veneración del estado y enfatiza el ultra-nacionalismo.

Debemos retomar las advertencias que nos hicieron George Orwell, Hannah Arendt y Karl Jaspers, entre otros autores, sobre el totalitarismo.  Sus mensajes siguen siendo pertinentes aunque escribieron en un contexto histórico distinto.  El engaño posibilitó el triunfo del totalistarismo en Alemania, reflexionó Jaspers en 1963. El totalitarismo “promete todas las cosas a todos los hombres”, afirma Jaspers. Formalmente se apega a las leyes y a la Constitución pero las vacía de contenido. Aprovecha luego el rompimiento con el orden para ofrecerse como la salvación.

Además, afirma Jaspers, es difícil de detectar pues luce muchas máscaras ideológicas, como el comunismo, el socialismo y el fascismo, sin ser ninguna de ellas.  “Es como una maquinaria que se arranca a sí misma sin que sus operadores estén plenamente conscientes de lo que están poniendo en marcha.” Muchos observadores confiaban que el pueblo alemán era demasiado inteligente y culto como para caer en el totalitarismo, pero no fue así.  Advierte Jaspers que todos los pueblos deben librarse de ese auto-engaño:  lo ocurrido en muchos países europeos puede pasar en cualquier lugar.

Se resiste el totalitarismo con información veraz y persuasión pacífica. Se empieza por respetar la libertad de prensa, porque como bien dijo Ludwig von Mises: “Es vano luchar contra el totalitarismo adoptando métodos totalitarios…el primer requisito para un orden social mejor es el retorno a la irrestricta libertad de pensamiento y expresión.”

Este artículo se publicó el 21 de febrero del 2014 en la revista Contra Poder y en el CEES.

 

 

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Peligra la libertad de prensa

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Escribió Ludwig von Mises que “la libertad sólo puede ser ganada por hombres incondicionalmente comprometidos con los principios de la libertad.  El primer requisito para un mejor orden social es el retorno a una irrestricta libertad de pensamiento y de expresión.” 

Esta historia ilustra una alarmante realidad.  Cuentan que Pancho Sales era un aclamado reportero de El Globo Vigilante, un ficticio matutino latinoamericano. Pancho había avergonzado a sucesivos gobiernos con sus reportajes sobre cuestionables programas y servicios estatales, abusos de poder y corrupción.   Un buen día, sus cuentas bancarias amanecieron congeladas.  Allanaron su oficina y su hogar buscando evidencia para acusarlo de un delito inventado.  Regaron rumores sobre su vida privada.  El presidente de turno salió en la televisión acusándolo de evadir impuestos y de ser un mentiroso, ladrón y traidor a la patria; además, solicitó al Congreso aprobar un proyecto de ley que subrepticiamente le permitiría censurar a los medios de comunicación.  Bajo presión, los anunciantes retiraron sus pautas publicitarias de El Globo Vigilante.  Luego, amigos del partido reinante ofrecieron comprar el matutino.  Finalmente, se llevaron a Pancho a media noche y lo metieron a la cárcel sin explicarle el motivo de su captura.

En la obscuridad de su celda, el cabizbajo Pancho entendió que su profesión estaba bajo acecho del gobierno en muchos países latinoamericanos.   En su mente se agolparon imágenes del presidente de Ecuador, Rafael Correa, demandando a El Universo y despedazando con furia un ejemplar de La Hora;  de Nicolás Maduro, mandamás de Venezuela, denunciando de manipulación a la “prensa burguesa”; de Cristina Fernández de Argentina, hablando de nacionalizar a los medios privados.   En algunos países se intentaba aprobar una “ley mordaza” como la que está vigente en Ecuador, así como leyes para debilitar financieramente a medios noticiosos.   Pancho se recordó del informe de la Comisión Investigadora de Atentados a Periodistas (Ciap) de la Federación Latinoamericana de Periodistas (Felap) y lloró de nuevo a 45 colegas suyos asesinados en el 2012; México, Brasil y Honduras encabezaron la lista con 17, 10 y 9 periodistas fallecidos, respectivamente.    Nuestro amigo Sales suspiró, agradeciendo a Dios el hecho de seguir con vida.

Son demasiados los periodistas que atraviesan situaciones similares a la de Pancho Sales.  Reporteros Sin Fronteras elabora un índice de libertad de prensa que compara a 179 países.   La medición es generada a partir de encuestas sobre el clima de independencia, pluralismo, auto-censura y transparencia, tanto en medios tradicionales como electrónicos, entre otros factores.  Este año, Costa Rica, ubicada en la casilla 18, es la única nación iberoamericana con una clasificación libre.   Uruguay ocupa la casilla 27 y El Salvador, la 38.  A través de los años, el posicionamiento de Guatemala ha fluctuado desde un bajísimo ranking de 106, en el 2010,  hasta un mediocre 66, en el 2004.

Claro está que también en el gremio periodístico hay conglomerados poderosos y actores ideologizados o faltos de ética.  Pero la historia de Pancho Sales nos enseña que el poder de la voz y de la pluma palidecen frente al poder coercitivo del Estado.  La libertad de prensa es una cara de la libertad que amerita ser tratada como absoluta, defendida hasta el extremo y preciada sobre otros valores, así nos gusten las opiniones de los demás conciudadanos o no.  Los mejores antídotos contra excesos cometidos tanto por reporteros como por gobernantes son un mercado informático verdaderamente competitivo y libre, y un Estado de Derecho funcional que lo apuntale.  En un debate limpio aflora la verdad y se delata la mentira.  Como advirtió George Washington hace siglos, “si nos quitan la libertad de expresión, entonces, tontos y silenciados, nos podrán llevar como ovejas al matadero”.

Este artículo fue publicado el 30 de agosto del 2013 en CEES y la Revista Contra Poder.  La foto de George Washington tomada del sitio History fue adaptada para una presentación.