Advertencia desde Venezuela

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Venezuela es una catástrofe, admite un profesor de la Universidad de Harvard. Los socialistas tienen que enfrentar la realidad.

En una entrevista publicada por El/Interés el 11 de junio, Ricardo Hausmann sentencia: “He trabajado en alrededor de 59 países y nunca he visto una [situación] como la que Venezuela está enfrentando en 2016. Esto es lo peor que he visto, un colapso en tantas dimensiones y con un costo social de tal magnitud que no tiene similitudes históricas.” La apreciación de Hausmann es creíble, no sólo porque dirige el Centro para el Desarrollo Internacional de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy en Harvard, sino porque es venezolano. Fungió como Ministro de Planificación por un año, durante el segundo mandato de Carlos Andrés Pérez.

Según Hausmann, el gobierno revolucionario bolivariano intentó hacerlo todo; sustituyó, en lugar de acompañar, a la sociedad civil. El gobierno se arrogó la producción de petróleo, alimentos, acero, azúcar, cemento, educación, salud, y un larguísimo etcétera. Sin embargo, “para eso existe el mercado, la iniciativa privada,” afirma Hausmann. No llevan culpa los enemigos extranjeros o el destino. Continúa el entrevistado: “No es que nos cayó una plaga, la crisis fue creada por error tras error, estupidez tras estupidez, crimen tras crimen…” La reconstrucción del país pasa por descartar el modelo socialista y restaurar el mercado libre.

¡Escuchemos la advertencia! Guatemala atraviesa una crisis política sin precedente. El combate a la corrupción ha desnudado un aparato público enfermo. La disyuntiva es cambiar el sistema, pero el cambio genera incertidumbre. La “limpieza” emprendida por el Ministerio Público y la CICIG acarrea costos políticos, sociales y económicos. La inversión y la actividad económica se contraerá si grandes y pequeñas empresas se sienten amenazadas. ¿Qué procede? Se han formulado dos prescripciones opuestas: la socialista y la liberal.

Los socialistas dicen que nuestro disfuncional sistema es el engendro de las élites empresariales que explotan al pueblo y corrompen a los benignos servidores públicos. Hace unos meses, los movimientos de izquierda literalmente pidieron romper el orden constitucional y suspender elecciones, para asumir ellos el control político. Atizan el fuego de la crisis, acentúan vacíos institucionales, desprestigian al ejército y a los empresarios, y fomentan el odio entre pobres y ricos. Si lograran su objetivo, convocarían una Asamblea Nacional Constituyente para redactar una constitución siguiendo el modelo chavista. Estatizarían las hidroeléctricas, las minas, los bancos, las fincas y muchísimos otros negocios. Nos despeñaríamos en el mismo precipicio suicida que los venezolanos.

La propuesta liberal propone una reforma de la cosa pública que edifique el Estado de Derecho y garantice los derechos básicos y universales a la vida, la libertad y la propiedad. Distingue la actividad empresarial libre, competitiva y legítima, de las prácticas mercantilistas que buscan rentas artificiales explotando el poder gubernamental. Lejos de dañarnos unos a otros, quienes a diario participamos en el mercado cooperamos pacíficamente; el mercado es un fenómeno social tan natural como insustituible. Los liberales quisieran cambiar el sistema para asegurar que tanto los gobernantes como los gobernados respondamos a leyes claras, generales, estables, justas y de aplicación ecuánime. Queremos seguridad en nuestros derechos para emprender, florecer, intercambiar, crear riqueza y salir de pobres.

Los guatemaltecos que hemos aplaudido el combate a la corrupción, incluyendo a quienes salieron a manifestar a la “plaza”, debemos velar porque las demandas públicas no sean capturadas por consignas socialistas. No los dejemos conducirnos por un camino empobrecedor.

Este artículo fue publicado el 17 de junio del 2016 en la Revista Contra Poder y el CEES.

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Identidad latinoamericana

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¿Existe una identidad o unos compromisos comunes que unen a Estados Unidos y América Latina?

El reto es planteado por una amiga historiadora estadounidense. Mi primera respuesta, quizás cliché, fue que los procesos de colonización diferentes rinden distintas identidades. John H. Elliott defiende esta tesis en su libro Imperios del Mundo Atlántico. Contrasta a dos figuras emblemáticas: Hernán Cortés y Chistopher Newport. El conquistador español logra en 1519 hacer un traslado del poder imperial de Montezuma a la Corona Española. El marinero inglés es empleado de una compañía privada y arriba en 1606 en pos de aventura. El encuentro con avanzadas civilizaciones indígenas en el continente americano acarreó consecuencias chocantes; produjo una catástrofe demográfica debido a enfermedades y conflictos, pero también suscitó un debate sobre los derechos de los salvajes, considerados seres humanos e hijos de Dios. Además, los conquistadores se garantizaron tributos y mano de obra mediante el sistema de encomienda. Al Norte, las tribus indias fueron dejadas al margen del proceso colonizador; no aportaron tributos ni mano de obra. Los dueños de las grandes plantaciones importaron campesinos contratados y esclavos.

Relevante a la pregunta inicial es la relativa fuerza del poder político de las monarquías. Según Elliott, el fuerte imperio español en el Nuevo Mundo duró tres siglos e instauró una identidad compleja, anclada en unas leyes, una burocracia, un idioma y una religión. En contraste, la debilidad de la dinastía Estuardo y el arraigado derecho consuetudinario permitieron una colonización libre y plural.

Con Elliott descartamos la construcción de una identidad americana común durante la época colonial. El siguiente paso es escudriñar los movimientos de independencia. Se adelanta Estados Unidos con su proclama de 1776, que junto con la revolución francesa de 1789, influye sobre el pensamiento libertador en América Latina. El rechazo a la tiranía y los ideales republicanos pudieran ser dos conceptos compartidos. ¿Pero será que en el Norte y el Sur empleamos los términos tiranía, república, indepencia y liberalismo en el mismo sentido?

Nos recuerda Carlos Sabino, en El Amanecer de la Libertad, que la independencia vino a las diversas colonias españolas cargada de matices, luchas por el poder y debates ideológicos. Ya para 1826, el republicanismo lucía ser el sistema político preferido por los libertadores. Observa Sabino que los latinoamericanos no nos deshicimos del tirano, pues pronto emergieron las dictaduras caudillistas, frecuentemente opresivas. Sabino detecta en nuestra evolución política un fenómeno cíclico entre dictadura y caos.

Otro debate propio de la época concierne a los conservadores y los liberales. ¿Qué querría conservar un estadounidense, en contraposición a un hispanoamericano, en el siglo XIX? ¿Y de qué querrían liberarse? Irónicamente, algunos antepasados nuestros quisieron conservar reglas y tradiciones monárquicas anteriores a la liberal Constitución de Cádiz (1812). Otros pretendían reemplazar a la élite gobernante sin alterar las estructuras sociales.

El liberalismo y el afán del progreso pegó también, y antes, en el Viejo Continente. Sin embargo, no pareció florecer en tierras hispanohablantes el ideario clásico liberal con la contundencia con que figura en textos por James Madison, Thomas Jefferson y otros fundadores de la patria estadounidense. La defensa de la propiedad privada, la inviolabilidad de los contratos y otras nociones imprescindibles para el buen funcionamiento del mercado figuran poco en los textos latinoamericanos.

En resumen, el republicanismo parece ser el único eslabón entre América Latina y Estados Unidos.

Este artículo fue publicado el 21 de agosto del 2015 en la Revista Contra Poder y el CEES.

 

Siglos de mercantilismo

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Nos cuestan caro las etiquetas mal empleadas. Cometen un grave error quienes etiquetan como capitalismo o liberalismo al sistema económico vigente—mercantilista—caracterizado por la competencia política y el privilegio del Estado.

Me intrigaron dos reacciones a la columna “Los libertarios chapines” por Federico Bauer (2-IV-14). Un lector escribió “los libertarios sólo ven el interés de ellos mismos”, y otro agregó que “el libre mercado beneficia a un grupúsculo de oligarcas nada más, y qué decir de la corrupción económica gubernamental y privada que no permite el gran despegue y desarrollo del país.” Quienes defendemos al mercado libre haremos pocos amigos mientras persista la creencia que protegemos intereses para enriquecernos a costillas de los demás.

Comparto la segunda opinión: es odioso un régimen que otorga prerrogativas a los allegados al poder político y a los corruptos. Efectivamente, el exceso de trabas impiden el bienestar. Sin embargo, el sistema existente se denomina mercantilismo o crony capitalism, es decir, capitalismo entre amiguetes; no es liberalismo o capitalismo a secas.

América Latina sigue siendo mercantilista, explican Hernando de Soto y Enrique Ghersi en El Otro Sendero (1986). Llevamos siglos tratando de hacer funcionar el mismo modelo, condenándonos irónicamente a la pobreza. Adam Smith, padre de la economía, escribió La Riqueza de las Naciones (1776) precisamente para resaltar los peligros de las estructuras mercantilistas de la Europa colonial. Nuestros gobiernos ya no son monarquías ansiosas de acumular metales preciosos, pero sí son maquinarias burocráticas que dirigen detalladamente los procesos económicos, concediendo permisos para operar negocios, organizando gremios-carteles o creando monopolios artificiales que restringen la competencia. Además, la cámara legislativa diseña leyes y regulaciones en anticipación de todas las posibles eventualidades en la vida social y económica de los ciudadanos, a tal grado que las personas no pueden dar un paso sin asesoría jurídica, y un abogado no puede conocer la totalidad de las leyes en el país.

El uso y abuso del poder gubernamental es vital al mercantilismo. La ganancia de uno es la pérdida de otro porque nos encajonamos en un esquema redistributivo de suma cero. Sale adelante el que mejor juega política, no el más productivo. Sospecho que los críticos de Bauer se aferrarían al engranaje actual, pero repartirían las tajadas del pastel a sectores sociales distintos. ¿Podríamos hablar de un mercantilismo socialista, o son las propuestas socialistas por definición mercantilistas? Yo preferiría transitar hacia un Estado de Derecho donde impere la igualdad ante la ley. Es el marco propicio para el florecimiento de un mercado imparcial, sin restricciones de entrada ni salida, que genere riqueza. El crecimiento económico vendrá cuando se establezcan escenarios de gana-gana basados en transacciones no coactivas.

Según De Soto y Ghersi, el mercantilismo europeo se derrumbó debido al incremento de la actividad económica informal, un fenómeno que también hoy es notorio. Las migraciones hacia las urbes, la innovación y creatividad de los nuevos empresarios y comerciantes urbanos, y el desacato al orden legal del momento, condujeron a la inestabilidad política y eventualmente a la violencia. Ante estos cambios, España, Francia y Rusia vivieron soluciones sangrientas, mientras que Inglaterra gestó una solución pacífica. En 1825, por ejemplo, las leyes británicas permitieron a cualquiera operar un negocio lícito. Inglaterra incorporó a la población productiva al sistema político y económico formal, y se convirtió en la primera potencial mundial. Es palpable la inestabilidad social y el agotamiento del modelo económico latinoamericano vigente, pero tristemente, la prosperidad nos seguirá eludiendo hasta que aprendamos a distinguir entre mercantilismo y libre mercado.

Este artículo fue publicado el 11 de abril del 2014 por la revista Contra Poder y por el CEES.

La imagen se titula English Ships at Bristol y fue tomada de http://www.landofthebrave.info/mercantilism.htm