¡No más impuestos!

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¿Puede reponerse el Presidente Morales de esta equivocación? ¿Bajo qué extrañas condiciones puede una reforma tributaria ser popular?

¡No más impuestos! Así reaccionamos ante la inoportuna movida del Organismo Ejecutivo de promover una nueva reforma tributaria. Malinterpretaron el sentir popular los asesores de la Administración Morales-Cabrera, sobre todo los extranjeros que no pagan impuestos en Guatemala. Cuando se destapó la olla de grillos de la corrupción, nos asombró la ubicuidad de la pobredumbre; las estructuras están totalmente apolilladas. Elegir a un empresario honrado como presidente y llevar a juicio a unos cuantos sospechosos no impacta sobre el modus operandi de miles de burócratas. Los funcionarios actuales temerán parar en una situación similar a la que enfrentan los chivos expiatorios acusados, y quizás se cuiden un poco, pero las reglas del juego siguen facilitando prácticas inmorales. Repudiaremos cualquier aumento tributario mientras exista certeza que nuestras contribuciones serán malgastadas.

Los ponentes deben pensar que jamás es buen momento para proponer alzas tributarias, pues nadie quieren pagar impuestos. Quizás creen que pueden aplacar las voces enfurecidas con argumentos sobre las bondades de su propuesta, pero ésta básicamente recicla ideas viejas y juega con porcentajes en lugar de ser una reforma para limpiar, simplificar y armonizar el panorama impositivo. Quizás creen que no tienen capital político que perder, pero un exasperado pueblo puede volver a protestar y reclamar la renuncia de los actuales funcionarios. Dichos asesores deberían leer la obra del economista sueco Knut Wicksell (1851-1926), quien analizó los impuestos con un enfoque microeconómico, según el interés del contribuyente.

Wicksell concluyó que el tributario prefiere pagar lo mismo que recibe de vuelta en servicios gubernamentales. En otras palabras, los ingresos tributarios deben igualar al gasto público. Wicksell elaboró este planteamiento en una época durante la cual la nobleza dominaba el ámbito político tanto en Alemania como en Suecia. Los nobles gozaban de los beneficios de lo recaudado sin cargar con el costo. Por ejemplo, se cobraba un impuesto de hasta 200% al rapé (un tabaco que se aspira) o a las salchichas, bienes preferidos por la clase media. Wicksell fue lo suficientemente inteligente para reconocer que cuando la clase obrera asumiera el control, haría exactamente lo mismo, promoviendo impuestos que recayeran sobre una minoría rica.

Por ello, el economista insistió en la necesidad de limitar el poder político en lo que respecta al diseño y la aprobación de impuestos. Propuso que sólo se crearan impuestos para fines específicos y anunciados. Esto implica identificar las necesidades ciudadanas, evaluar los costos probables de satisfacerlas, y posteriormente proponer el tributo correspondiente. Las contribuciones por mejoras que pagamos a la municipalidad se apegan a esta visión. Para la aprobación de cada impuesto, se requeriría del voto favorable de una super-mayoría (Wicksell recomendaba usar la regla de la unanimidad), otorgada mediante consulta popular directa o por medio de nuestros representantes ante el Congreso. Así se evita la tiranía de la mayoría y la redistribución hacia grupos políticamente hábiles que extraen privilegios del gobierno. Finalmente, cada impuesto tendría una vida máxima de cinco años. Este sistema redundaría en una democracia vital, cuyo gobierno tendría funciones claramente delimitadas y gozaría de una envidiable credibilidad por corresponder a las preferencias de casi la totalidad de los ciudadanos.

Presidente Morales, mejor gaste su capital político proponiendo medidas wickselianas que aseguren mejores condiciones de vida a los guatemaltecos de aquí a futuro.

Este artículo fue publicado el 19 de agosto del 2016 en la Revista Contra Poder y CEES.

La fotografía de Knut Wicksell es adaptada del sitio http://www.eumed.net.

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Donaciones tóxicas

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¿Extraña coincidencia? Mientras el Presidente Jimmy Morales recomendaba a los guatemaltecos no depender de la caridad, un filántropo estadounidense nos sugería leer Toxic Charity.

El Presidente Jimmy Morales intercaló una advertencia sobre la caridad en su discurso pronunciado con ocasión del Te Deum Cristiano Evangélico. Dijo que quienes viven en extrema pobreza están menos sedientos de la ayuda extranjera que otros conciudadanos, acostumbrados a financiar sus actividades, total o parcialmente, con donativos. No emprendemos proyectos rentables y auto-sostenibles, sino gastamos (y a veces despilfarramos) fondos ajenos. En el camino, perdemos nuestra dignidad.

Coincidentemente, asistí a una reunión en la cual nos recomendaron un libro por Robert Lupton titulado Toxic Charity. La referencia fue dada por un hombre muy caritativo; un empresario estadounidense que desarrolló programas de inversión para aliviar la pobreza en Nicaragua. Lupton asegura que vivimos en la era de la compasión. Según el Charity Navigator, el sector caritativo de Estados Unidos ha crecido exponencialmente. Es una industria de U.S. $358 mil millones. Guatemala recibió en ayuda oficial para el desarrollo U.S. $ 387.9 millones en el 2014, U.S. $88.5 millones más que el año anterior. Y la tendencia en Estados Unidos se replica mundialmente, inclusive aquí. Guatemala es el país más solidario de América Latina, según un índice de caridad de Charities Aid Foundation.

No cabe duda que dar nos hace felices. Lupton agrega, “la industria de la compasión es casi universalmente aceptada como una empresa virtuosa y constructiva. Lo que es verdaderamente sorprendente es que sus resultados prácticamente no se examinan.” Después de trabajar con iglesias, agencias gubernamentales y empresarios, Lupton concluye que las buenas intenciones pueden incluso causar daño.

El libro citado da un ejemplo centroamericano: lo erogado por un grupo de universitarios cristianos que viajó al istmo para repintar un orfanato, hubiera cubierto el costo de pagar a dos pintores locales, contratar a dos maestros tiempo completo, y comprarle uniformes a todos los estudiantes del colegio.

Lupton aclara que no cuestiona las buenas motivaciones del donante, sino las consecuencias no intencionadas. Los viajes de servicio no empoderan a los destinatarios ni mejoran su calidad de vida de forma sostenida. No alivian la pobreza ni tampoco cambian la vida de los donantes para bien. Tienden, en cambio a “debilitar a los servidos, fomentar relaciones deshonestas, erosionar la ética de trabajo del beneficiario, e incrementar la dependencia.” El autor de Toxic Charity advierte que “la misericordia sin la justicia degenera en dependencia y un sentido de merecimiento”.

Es un error entrar en pánico de crisis frente a una carencia crónica, como el hambre. El autor aboga por que los programas caritativos busquen formar relaciones duraderas en paridad, basadas en la confianza mutua. Es preferible entablar relaciones comerciales que relaciones de dependencia: crear productores y no mendigos. A los destinatarios, recomienda “desintoxicarse de la ayuda y promover la empresarialidad y el libre comercio. Invertir en infraestructura. Asegurar préstamos razonables, no donativos.”

Dirigiéndose a la comunidad internacional, el Presidente Morales aclaró que no quería sonar mal agradecido. Yo entendí que su punto era similar al de Lupton. Los guatemaltecos tenemos que recobrar nuestra dignidad, asumiendo la responsabilidad por nuestro propio destino. Recuperar el control sobre el desarrollo conlleva balancear la auto-gestión, la descentralización y la desregulación con una apertura comercial de cara al resto del mundo. Porque en palabras de Jonathan Glennie, autor de libros de desarrollo, “lo más triste del mundo no es la pobreza; es la pérdida de dignidad.”

Este artículo fue publicado el 22 de enero del 2016 en la Revista Contra Poder y el CEES.

Año Nuevo, lucha nueva

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Una gran expectativa acompaña el inicio del año: ¿será el 2016 el año en que los guatemaltecos derrotemos al dragón llamado corrupción?

La ex Ministra de Finanzas de Nueva Zelanda, Ruth Richardson, estará en Guatemala a mediados de enero, coincidiendo su visita con la toma de posesión del nuevo presidente, Jimmy Morales. Nueva Zelanda es una buena referencia en materia de corrupción, ya que desde que arrancó el Índice de Percepción de Corrupción en 1995, consistentemente emerge como uno de los países más transparentes del mundo, si no el primero.

En la medición de Transparencia Internacional correspondiente al 2014, la última estadística disponible, Nueva Zelanda ocupa el segundo lugar con una calificación de 91. Guatemala se ubica en la casilla 115 de un total de 175 países, con un abismal punteo de 32. “Las comparaciones son odiosas”, dice la frase proverbial, y podríamos inventar excusas. Históricamente, Nueva Zelanda la tuvo fácil, porque su población de ovejas no corruptibles excedió el número de seres humanos. Además, las islas habitadas por los Maorí, se convirtieron en colonia inglesa en 1840, con lo cual heredaron un sistema de derecho consuetudinario y un gobierno parlamentario. Finalmente, es un país rico: su Producto Interno Bruto per cápita nominal de US$ 35,966, mientras el nuestro es de US$ 3,477.89.

Es cierto. Pero la trayectoria de ambos países pudo ser distinta. El profesor Daniel Treisman realizó una investigación que reveló que las ex colonias británicas tienen una especie de protección contra el embate de la corrupción, pero luego Reyer Gerlagh y Lorenzo Pellegrini concluyeron lo contrario. No todos los territorios con dicho pasado se salvan del embate de la corrupción.

Sí existe un demostrado vínculo entre economías abiertas y prósperas y la transparencia. Nueva Zelanda es la tercera economía más libre del mundo gracias a un conjunto de reformas liberalizadoras que Ruth Richardson contribuyó a implantar entre 1984 y 1994. La descripción que hace el Índice de la Libertad Económica de la economía nuevo zelandesa es envidiable. La piedra angular de la reforma económica de los ochenta y noventa fue la apertura comercial: una liberalización de comercio unilateral redundó en bajas barreras no arancelarias y un arancel promedio de 1.6 por ciento. Nueva Zelanda ocupa el segundo lugar en el Índice Internacional de Competitividad Tributaria. La carga tributaria es relativamente baja: la tasa máxima del impuesto sobre la renta para individuos es de 33% y para corporaciones es de 28%. El país es más competitivo por el hecho de no tasar las herencia o las ganancias de capital. El sector financiero es altamente competitivo. Un empresario puede fundar su negocio en un día, completando un único trámite; tanto los reglamentos para los negocios como el mercado laboral son flexibles. Adicionalmente, se eliminaron los subsidios agrícolas. Nueva Zelanda tiene los subsidios más bajo de cualquier país miembro de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y el sector agrario es ahora diversificado y competitivo.

Nueva Zelanda posee un fuerte Estado de Derecho. Garantiza la propiedad privada y la inviolabilidad de los contratos. El soborno es fuertemente castigado; las leyes velan porque los funcionarios públicos presten un servicio transparente. En su libro Making a Difference (1995), Richardson confiesa que “la práctica de la política en Nueva Zelanda se distingue por dos libertades—la libertad de la corrupción y la libertad de movimiento. Ni una sola vez encontré una violación de la primera.”

La lección es contundente: entre más simples y directas sean las trabas gubernamentales, más bajos son los incentivos para el chantaje, soborno y el abuso del poder para ganancia personal. Esa debe ser la estrategia de la Administración Morales.

Este artículo fue publicado el 8 de enero del 2016 en la Revista Contra Poder y el CEES.

El presidente anti-corrupción

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Jimmy Morales asumirá como presidente en enero del 2016, acompañado de altas expectativas ciudadanas. Contamos con que haga vida su lema “Ni corrupto, ni ladrón”.

El éxito en las urnas de Jimmy Morales, y las circunstancias que rodearon esta contienda electoral, traen a nuestra memoria el ascenso al poder de Jorge Serrano Elías en 1991. Serrano había competido por el cargo en 1985, obteniendo un tercer lugar, en tanto el candidato de FCN-Nación obtuvo el 68% de los votos válidos emitidos en la segunda vuelta sin jamás antes haber buscado la presidencia. Sin embargo, los votantes esperaban de Serrano lo que se espera de Morales y, en general, de las caras nuevas: innovación, eficiencia, transparencia, frescura, orden, resultados, y bienestar.

Siguiendo con la comparación, tanto Serrano como Morales se auto-identifican como hombres de fe. Cotidianamente, esperamos que quienes practican una religión cultiven las virtudes y renuncien a los vicios. Es posible que, tanto en las elecciones de 1990 como ahora, la carta religiosa sirviera al electorado como una especie de garantía respecto de las promesas de transparencia enarboladas durante la campaña.

El realismo exige que moderemos nuestras expectativas. Jimmy Morales no es un superhéroe ni un Mesías. Seguramente él ya dimensionó los obstáculos que enfrentará. Antes que cambiar la gente, es menester reescribir las reglas de juego. Morales hereda una burocracia permanente que lleva décadas intercambiando favores, buscando rentas, gorroneando y edificando murallas legales que aseguran la inamovilidad en sus puestos. Inclusive los asesores temporales se han atrincherado en sus plazas. Una abultada parte del presupuesto se destina al pago de salarios y a otros gastos de funcionamiento, dándole escaso espacio de maniobra a un nuevo líder. Además, para efectuar reformas de fondo, el presidente requerirá de la complicidad de legisladores pertenecientes a los partidos de oposición.

Por otra parte, los guatemaltecos hemos visto de primera mano cómo el poder trastorna a las personas. Tales transformaciones evocan al protagonista de la novela por Robert Louis Stevenson, el amistoso e inteligente científico Dr. Henry Jenkyll. Impensablemente, Jenkyll comete los peores crímenes cuando es dominado por su otra personalidad, Edward Hyde. ¿Cómo hará Jimmy Morales para evitar desarrollar un lado oscuro tipo Hyde? ¿Qué hará para desoír los cantos de sirena de aduladores que lo endiosarán, y para rechazar las ofertas de quienes pretendan usarlo para amasar fortunas personales? ¿Podrá frenar a los corruptos y los ladrones que tienden a gravitar hacia el sector político?

Además de pedir paciencia a los ciudadanos ansiosos por resultados inmediatos, Jimmy Morales hará bien aferrándose a la humildad. San Juan Pablo II afirmó una vez que “la superficialidad, el arribismo, aunque obtengan algún éxito inmediato, no constituyen sin embargo el auténtico bien del hombre y de la sociedad”.
Morales parece humilde cuando expresa gratitud y habla de compromiso. Las personas humildes obran según su conciencia, se interesan por buscar la verdad, evitan la presunción, reconocen sus errores y piden ayuda.

El carácter del presidente importa, pero de poco valdrá si no se identifica un norte claro y realizable para combatir la corrupción. La fórmula para ese efecto podría ser: a mayor libertad, menos corrupción. Se reducirán los niveles de contrabando y de corrupción entre más sencillos y claros sean los trámites administrativos, así como los impuestos y los procedimientos aduaneros. ¿Porqué? Simplemente porque es más fácil fiscalizar a las autoridades y porque el poder estará disperso. Los índices demuestran que los países con mayor libertad económica son también los más transparentes.

Metas modestas y realistas podrían suponer pequeños pero seguros pasos en la dirección correcta.

Este artículo fue publicado el 30 de noviembre del 2015 en la Revista Contra Poder y CEES.