¿Qué pasa en Siria?

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Estruja el corazón la foto del cuerpecito ahogado de Aylan Kurdi, el niño sirio de tres años que huía de una cruenta y confusa guerra.

¿Porqué familias enteras se embarcan en precarias naves, arriesgando sus vidas? ¿Con qué sueñan, y de qué huyen? ¿Porqué se habla hoy de una crisis de refugiados de Siria?

Estas preguntas obtienen respuesta en “Una explicación: lo que debes saber sobre la crisis de refugiados de Siria”, por Joe Carter del Instituto Acton. Estamos frente a una de las migraciones más grandes desde la II Guerra Mundial, pues aproximadamente 11 millones de sirios, la mitad de la población total, han tenido que abandonar sus hogares desde que inició la guerra civil hace cuatro años. De éstos, 4 millones han buscado refugio fuera del territorio nacional, principalmente en Turquía y Líbano. La desgarradora foto de Aylan reavivó el debate en la Unión Europea sobre cómo manejar esta crisis humanitaria.

La guerra civil en Siria inició en abril del 2011 cuando miembros del ejército dispararon contra manifestantes que exigían la renuncia del Presidente Bashar al-Assad, del partido Ba’ath. El presidente se aferró al poder que su familia había controlado desde 1971. Las protestas callejeras se transformaron en una rebelión armada que cobró matices religioso-culturales. Assad pertenece a la minoritaria secta alaudita, una rama del islam chíi, que aglutina al 12% de la población, en tanto que el 70% de los sirios son sunitas y el 10% cristiano. Además, el conflicto atrajo a facciones de los países vecinos; líderes del Estado Islámico (ISIS) aprovecharon la guerra civil para expandirse de Irak a Siria. Luchando contra el gobierno, los rebeldes y los kurdos, ISIS logró dominar un territorio en el cuál ha instalado la ley Sharia.

Es una guerra de atrición cruenta y desmoralizante, según James Phillips, analista de asuntos de Oriente Medio para el Heritage Foundation. Los rebeldes han ganado experiencia, y cuentan con el patrocinio extranjero de la Liga Árabe, Turquía, Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña, entre otros. Por su parte, Venezuela, Corea del Norte, el partido Hezbolá, Rusia e Irán apoyan al gobierno. El bravucón de Assad perdió popularidad entre su secta, opina Phillips, y “mientras siga en el poder, Siria seguirá siendo un estado fallido y caótico dentro del cual Al Qaeda y otros grupos extremistas florecerán.”

“Ya no hay lugar seguro en Siria,” advirtió en abril el Patriarca Gregorios III de la Iglesia Católica Griega. Más de 1,000 sirios cristianos fueron asesinados en el 2014 y cientos de miles han sido desplazados. Hace menos de un siglo, la comunidad cristiana en Siria constituía el 30% de los habitantes del país. Y es que Siria tiene una tradición cristiana milenaria. Allí fue donde San Pablo se convirtió, camino a Damasco; aún existen personas que hablan la lengua de Jesús, el arameo.

A pesar de ser una minoría, los cristianos en Siria ocuparon cargos importantes en el gobierno en el pasado. El fundador del partido Ba’ath fue cristiano. Ahora, las lealtades de los cristianos están divididas entre grupos religiosos y seculares, aunque todos se enfrentan a ISIS y a agrupaciones islámicas extremistas. Algunos apoyan a las fuerzas de Assad, otros a grupos rebeldes como el Consejo Nacional Sirio. El Patriarca Gregorios opina que para los cristianos, el caos en que se sumió el país es incluso más dañino que la persecución religiosa de la cual son objeto.

Debe ser durísimo verse en la encrucijada de elegir entre dos males, siendo el mal menor dejar atrás un hogar para emprender una travesía incierta y temible por mar y tierra. Los migrantes sirios que han sobrevivido la odisea y hoy subsisten en una especie de limbo, en sobrepoblados campamentos de refugiados, sueñan con vivir en paz y libertad.

Este artículo fue publicado el 18 de septiembre del 2015 en la Revista Contra Poder y CEES.

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La etiqueta de genocidio

“Parece que el genocidio se ha convertido en la etiqueta que le clavas a tu peor enemigo, una perversa versión del Premio Nobel, parte de un arsenal retórico que te ayuda a vilificar a tus adversarios mientras aseguras la impunidad para tus aliados.”   Cuando leí la frase, casi me caigo de la silla:  ¡anillo al dedo para lo que sucede hoy en Guatemala! 

 

El autor de la frase es Mahmood Mamdami y se refiere al caso de Darfur. (“The Politics of Naming: Genocide, Civil War, Insurgency”)   Siendo un académico nacido en Uganda, de ascendencia hindú, Mamdami seguramente desconoce el “juicio del siglo” que se lleva contra el General Efraín Ríos Montt.

 

Tampoco debe saber Mamdami que la izquierda internacional, simpatizante de la guerrilla Marxista-Leninista, ha manejado el concepto de genocidio y terrorismo estatal por lo menos desde los años ochenta.  Autores como Susan Jonas (Guatemala, Tyranny on Trial, 1984) y organizaciones como North American Congress for Latin America (NACLA) tejieron un cuento de villanos y víctimas a su medida.  Los villanos son los ricos oligarcas, el desalmado ejército y el gobierno de Estados Unidos.  La víctima explotada es un granítico pueblo maya (no 23 etnias).   Esta sobre-simplificada óptica concibe a la insurgencia, no como una organización urbana y ladina, ni como una agrupación campesina u obrera, sino como un movimiento indígena, el cual finalmente adquirió “potencial revolucionario” en los años setenta. Escribe el ex funcionario de Human Rights Watch, Aryeh Neier, que “muchos países de América Latina experimentaron severas violaciones a los derechos humanos…pero el único país para el cual es apropiado usar la palabra genocidio…es Guatemala.”   Así, uno de los combatientes en la lucha por el poder político acusa al enemigo de genocida, y barre bajo la alfombra sus propios delitos.

 

Impresiona cuán difundida está dicha caricatura de nuestro pasado.  Para muestra un botón:  lo más revelador de la entrevista que le hace el periodista mexicano Jorge Ramos al Procurador de los Derechos Humanos, Jorge De León Duque, es el prejuicio que destila Ramos.  ¿Cómo pudieron los guatemaltecos finalmente domar a un genocida de la talla de Stalin, Hitler y Pol Pot?   A estas alturas, la “comunidad internacional” mira con suspicacia a quienes describimos una realidad más sucia y compleja: vivimos trágicos años de lucha fraticida en la cual compatriotas de diversas etnias, clases sociales y religiones, se polarizaron hacia dos polos ideológicos, mientras gente apolítica quedó atrapada en medio de ambos bandos.

 

Genocidio es lo que los turcos hicieron a más de un millón de armenios y los nazis hicieron a seis millones de judíos.   Vaciamos de contenido la palabra si empezamos a llamar así a todo conflicto armado.  Las guerras civiles son cruentas aunque su objeto sea el poder político; las ideas políticas también pueden provocar atrocidades.  Al maldiagnosticar nuestra historia y demonizar a sectores completos, ni servimos a la verdad, ni sanamos, ni nos encaminamos a un futuro más próspero para los guatemaltecos. 

Publicado en Siglo 21 el 3 de abril, 2013

La carta racial

Comparto la opinión de José Alejandro Arevalo: el conflicto armado en Guatemala se produjo en medio de la Guerra Fría y fue ideológico y fraticida.  La ideología política dividió a familias, aldeas, pueblos, religiones y más. No obstante, en estos días algunos columnistas y líderes sociales pretenden retratar nuestro pasado como una lucha entre ladinos e indígenas, negando la activa participación de unos y otros en la insurgencia y la contrainsurgencia, así como costos para los no combatientes de toda ascendencia étnica.

Según esta versión de los hechos, los indígenas constituyen un colectivo damnificado por el colectivo ladino.  Escribe Rigoberta Menchú (Siglo 21, 17-IV-2013): “oficiales o altas autoridades de aquel ejército…principalmente, oper[aron] de manera implacable contra el pueblo indígena.”  Cualquiera de los encajonados dentro de la clase-opresora es condenado por todo lo malo que ha acaecido a la clase-víctima desde la conquista, aunque hayan nacido en otros tiempos. Y sólo las víctimas pueden enarbolar el lenguaje de los derechos humanos y la paz.

Los miembros del grupo no pueden divagar de la mentalidad colectiva que les corresponde. Por ejemplo, para Irmalicia Velásquez (elPeriodico, 22-IV-2013) es intolerable que exintegrantes de la guerrilla e intelectuales de izquierda adviertan que en Guatemala no hubo genocidio.  Ahora considera a quienes antes eran de su bando, como la “elite minoritaria que ha controlado, ostentado y disfrutado con exclusividad los privilegios históricos que les ha asignado la blancura…”  La perspectiva racista la lleva a concluir que cualquier logro cosechado por el “blanco” es un privilegio obtenido “a costa de la explotación o la destrucción de…pobres o cobrizos.”  La continuada lucha para reivindicar a la raza se justifica con banderas de justicia y equidad, pero dos feos motivadores detrás son la envidia y el resentimiento.

Anne Wortham, una socióloga Afroamericana que creció en el segregado sur de Estados Unidos, explica que la mentalidad colectivista o la despersonalización nubla el criterio moral.  Pese al sufrimiento que la segregación ocasionó a su familia, su ética le impedía a ella llenarse de odio revanchista y expoliar a cualquier blanco, o al colectivo “blanco”.  Al enfocar a la persona y no agregados abstractos, reparamos inmediatamente que la persona concreta enfrente de nosotros no nos ha hecho daño y merece respeto sin importar su color.  Además, dice Wortham, ella sabe que su vida es de inconmensurable valor por el hecho de ser persona, su vida no vale porque encarna la raza ni en la medida que ostente poder.

No se puede construir una mejor sociedad, una sociedad más próspera, a partir de continuados atropellos al prójimo, menos si se cometen por el color de la piel.   Nos urge sustituir el racismo envidioso con la ética de Wortham.  Una sociedad multiétnica y pluricultural puede florecer sobre un conjunto de reglas de gana-gana, de libertad personal y garantías a los derechos individuales. 

Publicado en Siglo 21 el 24 de abril, 2013