Privado, privatización

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Es un error común, pero nefasto, satanizar lo privado.

Prendí el radio mientras conducía. No logré identificar a la voz masculina que hablaba por Radio María, por lo cual me referiré a él respetuosamente como La Voz. La parte de su locución que alcancé escuchar sigue rondando mi mente. Es malo convertirnos en católicos “privados”, y practicar la fe encerrados en nuestra habitación, dijo La Voz. Accedí con la cabeza. ¿Cómo no compartir el tesoro y la alegría de la fe con quienes nos rodean? Los creyentes damos testimonio de la Buena Nueva mediante la persuasión y el ejemplo. Pensé en los gobiernos que prohíben los crucifijos y otras manifestaciones de religiosidad en aras de la separación entre la Iglesia y el Estado. Coartan la libertad religiosa de sus ciudadanos al llevar a un extremo malsano dicha separación.

Estas cavilaciones me alejaron del argumento desarrollado por La Voz. Hemos privatizado la religión, se quejó vehementemente, y pretenden privatizar la tierra, las hidroeléctricas y las minas….Algunos quieren las cosas privadas, prosiguió La Voz, para disfrute personal, para negárselas a otros, por egoísmo. Pero Jesucristo y la tierra son para todos, y hemos de tenerlos en comunidad…en comunismo. Moví la cabeza en triste desacuerdo.

¿Conoce Usted la película de terror La mancha voraz, de 1958? La Mancha era una plasma depredadora sin forma, sin corazón y sin mente. Supuestamente, era superior a los seres humanos. ¿Se aproximará la Mancha al ser ideal de La Voz? ¿Debemos vaciarnos, y sepultar nuestras particularidades para vivir en comunión con otros? No lo creo. Dios ama a cada persona única e irrepetible. Para fraguar nuestro camino de salvación, debemos crecer en vida interior. Si no hacemos esa carpintería hacia adentro, no podemos darnos a los demás con generosidad. Al no tener nada que dar, la Mancha destruía. Así, ese rato a solas con Dios, frente al oratorio o en nuestra habitación, no es necesariamente sinónimo de individualismo.

Poseer bienes tampoco nos transforma ipso facto en codiciosos y ensimismados idólatras de lo material. La Constitución Pastoral Gaudium et Spes recoge la postura tradicional de la Iglesia a favor de la propiedad privada. Ésta “contribuye a la expresión de la persona y le ofrece ocasión de ejercer su función responsable en la sociedad y en la economía…La propiedad privada…asegura a cada cual una zona absolutamente necesaria para la autonomía personal y familiar y debe ser considerada como ampliación de la libertad humana.” (71) En cierto modo, la generosidad depende de la libertad y la propiedad privada, porque no podemos ceder voluntariamente aquello que no nos pertenece. Carece de mérito moral repartir bienes ajenos o comunales.

La propiedad privada es un instrumento social adecuado para asegurar el racional y óptimo uso de los bienes que Dios puso a disposición universal de la humanidad. Samuel Gregg lo expresa así: “la propiedad privada es un medio normativo para realizar el principio del uso común de los bienes”. La propiedad privada desarrolla nuestra autonomía y personalidad. Nos incentiva a trabajar, y a ser creativos y productivos.

La Voz podría sostener que los propietarios automáticamente dañan al prójimo. Ocurre lo contrario. Las personas productivas emplean su condición de dueños para proveer a los demás de alimentos, ropa, zapatos, ollas, electricidad y más. Satisfacen nuestras necesidades básicas. Los regímenes comunistas entorpecen esta dinámica de mercado, mutuamente beneficiosa.

Finalmente, los derechos de propiedad claramente definidos garantizan la paz. Sólo cuando sabemos quién tiene derecho a qué podemos encontrar una solución a los conflictos de interés entre los miembros de la comunidad.

Este artículo fue publicado el 22 de julio del 2016 en la Revista Contra Poder y el CEES.

La fotografía fue adaptada de este sitio. No es original.

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Corrupción en Guatemala y Venezuela

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La visita de empresarios venezolanos a Guatemala coincidió con el anuncio de las capturas por corrupción en la SAT y las aduanas. ¿Qué une estos eventos?

La compleja red de defraudación aduanera que involucra a funcionarios públicos nos sorprendió menos que la captura de veintiún personas por su presunta vinculación con La Línea, como se llama la organización criminal. No esperábamos ver a figuras como Omar Franco y Carlos Muñoz en esposas, pero todos sabíamos que dentro de la Superintendencia de Administración Tributaria (SAT) y las aduanas había corrupción. La Administración Pérez anunció que la combatiría. Se aprobó una nueva Ley Nacional de Aduanas en el 2013 y se ordenó a miembros del ejército y la PNC que vigilaran las operaciones en dichas entidades. Estas publicitadas medidas no obstante, millones de quetzales destinados al erario público se han desviado a cuentas personales; Acción Ciudadana describió la corrupción como una “enfermedad viral” a principios de año.

En paralelo, los venezolanos Marcel Granier y Luis Alfonso Herrera hablaron sobre la podredumbre dentro de su gobierno y la erosión de las libertades civiles de las cuales han sido testigos. En un panel foro organizado por la Universidad Francisco Marroquín, advirtieron que el trágico deterioro experimentado por Venezuela puede repetirse en cualquier nación latinoamericana. Granier, presidente y Gerente General de Radio Caracas Televisión (RCTV) y 1BC, ha vivido en carne propia la censura contra los medios de comunicación independientes por parte del represivo régimen bolivariano. Herrera, abogado y filósofo asociado al tanque de pensamiento CEDICE, describió cómo al irrespetar los derechos de propiedad privada, se violan también las otras libertades individuales.

Si en Venezuela falta papel de baño y otros insumos básicos, es realmente debido a la destrucción del mercado, así como a la lenta muerte de las instituciones republicanas y del Estado de Derecho. Herrera comentó que en Venezuela no hay expropiaciones enmarcadas por el derecho, sino expoliación antojadiza. Al identificar la democracia con programas redistributivos populistas, los gobiernos de Chávez y Maduro destruyeron la institucionalidad.

Explicaron los expositores que en un principio, la ciudadanía no se percató del peligro que corría. Unos permanecían apáticos a los abusos contra otros. Se adaptaban para mantener su estilo de vida. El viciado modus operandi va atrapando nuevos cómplices que por tener la cola machucada y por proteger sus intereses, no denuncian lo que ocurre ni promueven reformas. Además, las autoridades hacen gala de la legalidad de su ilegítimo actuar, ya que han ido cambiando la constitución y las leyes para hacer caber sus desmanes, al tiempo que criminalizan actos cotidianos, antes libres, como vender, comprar, opinar y educar.

Es famosa la frase de Lord Acton sobre la corrupción asociada con el poder absoluto, pero casi nunca se cita la oración siguiente: “Los grandes hombres casi siempre son malos hombres, aún cuando ejercen influencia y no autoridad; todavía más cuando agregas la tendencia de la certeza de la corrupción por la autoridad”. Mientras las complejas burocracias y los reglamentos permitan a las autoridades tomar posesión de bienes ajenos, no importa quién asuma el poder. Con probabilidad se corromperá. Los excesos en la SAT, las aduanas y en los despachos del gobierno revolucionario bolivariano no cesarán cuando los cargos sean ocupados por personas éticas. Hace falta implantar reglas que prohíban los abusos inclusive a los pícaros.

A mayor libertad, menos corrupción. Entre más sencillos y claros sean los impuestos y los trámites aduaneros, menos corrupción. ¿Porqué? Porque es más fácil fiscalizar a las autoridades y porque el poder está disperso.

Este artículo fue publicado en la edición electrónica de la Revista Contra Poder el 20 de abril del 2015.

Tomé la fotografía que acompaña este artículo en el Auditorio Juan Bautista Gutiérrez de la Universidad Francisco Marroquín, el miércoles 15, durante el Foro de Libertad de Expresión y Propiedad Privada organizado por el Centro Henry Hazlitt. Los panelistas que aparecen en la foto son Marcel Granier y Luis Alfredo Herrera, ambos de Venezuela.

Pan, circo y televisores regalados

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Si el gobierno le abriera las puertas de un comercio de par en par, ¿entraría a saquear mercancías, a sabiendas que hurta? ¿Es excusa suficiente la necesidad percibida?

“Pan y circo” es el lema de quien heredó el gobierno de Hugo Chávez en Venezuela, Nicolás Maduro.   Aparentemente, cosechar votos es el fin último del socialismo del Siglo XXI.  Maduro hará cualquier cosa, por disparatada que sea, para aferrarse al poder.  Cuando se percató de la rápida erosión de su caudal electoral, en vísperas de unas cruciales elecciones municipales programadas para el 8 de diciembre, decidió ofertar equipos electrónicos y electrodomésticos a precios irreales.  Intervino militarmente los comercios privados, entre ellos la cadena Daka, y encarceló a más de cien empresarios.  Los acusó de cobrar precios excesivos, así como de especulación y usura.

“¡Qué nada quede en los anaqueles, ya basta!”  espetó Maduro en un mensaje televisado.  En el mejor de los casos, se formaron largas colas pues, a precios prácticamente regalados, aún los opositores del régimen querían adquirir televisores, máquinas de coser o refrigeradores.   Pero como era de esperar, las turbas saquearon tiendas en Valencia, Naguanagua y otros sitios, frente a las narices de indiferentes guardias e indignados espectadores que filmaban el hurto.  Los saqueadores ya ni siquiera pagaron los bajos precios fijados por el gobierno.  Vista objetivamente, la medida estatal sólo puede calificarse de robo.  El gobierno de Maduro trascendió las etiquetas de populismo y socialismo: es, ni más ni menos, una vil cleptocracia.

¿Porqué Maduro pierde popularidad?  Precisamente por haber destruido otros sectores económicos de la misma forma que desmanteló el comercio de electrónica y electrodomésticos.    Maduro tiene que ofrecer circo porque en Venezuela literalmente ya no hay pan, acota Mary O’Grady de The Wall Street Journal.  Escasean diversos artículos básicos: leche, harina, aceite, papel sanitario y otros.   La escasez está vinculada con la hiperinflación.  Venezuela mantiene un férreo control de cambios que cotiza cada dólar estadounidense a 6.3 bolívares.  Sin embargo, la mayoría de comerciantes no consigue dólares al tipo de cambio oficial y debe recurrir al mercado negro, a 10 veces el valor oficial, alrededor de 60 bolívares por dólar.   Los precios de mercado reflejan dicha realidad, la inestabilidad y los costos impuestos por otras arbitrariedades.

El descalabro económico en este país petrolero, antes próspero, se debe a una mala administración estatal, controles gubernamentales excesivos, la persecución del sector privado y una desbordada tasa de inflación anual que supera el 54%.  Según The Economist, Venezuela tiene la moneda más sobrevaluada de toda la región.   Nicolás Maduro, ex conductor de camionetas y sindicalista, maneja la grave crisis atacando a la iniciativa privada y violando los derechos de propiedad.   Dicen que ya tiene en la mira a las ventas de ropa y de autos.   Sigue así los pasos de su mentor:  durante sus catorce años de gobierno, Chávez expropió o se apoderó de más de mil compañías.

El presidente de la Federación de Cámaras y Asociaciones de Comercio y Producción de Venezuela (Fedecámaras), Jorge Roig, opina que no puede triunfar en Venezuela un modelo que fracasó mundialmente.  El país ocupa el puesto 181 de 189 países en el Índice de Hacer Negocios del Banco Mundial.   Más de 4,700 empresas han desaparecido por nacionalización o quiebra.  “La tasa de mortalidad de los negocios continuará”, dice Roig.   A Maduro se le escapa la relevancia de la libertad de los mercados,  la inviolabilidad de los derechos de propiedad y de contrato.   Por ello la gloriosa revolución bolivariana, el supuesto paraíso que instauraría el socialismo del siglo XXI, es un infierno invivible.

Este artículo se publicó el 22 de noviembre del 2013 en la revista Contra Poder y en el CEES.

Collage elaborado con fotografías tomadas de distintas fuentes noticiosas electrónicas.