Las empresas privadas: ¿hacen bien?

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Incorporar a las empresas privadas dentro de la convivencia política y cívica representó un reto para la era moderna.

En “El bien que hacen las empresas”, Robert G. Kennedy argumenta que deberíamos poner más atención a los aportes que hacen las empresas a la vida en sociedad. Kennedy, profesor de filosofía y administración de empresas en la Universidad de Santo Tomás en Minnesota, nos aclara que la actividad comercial es tan antigua como el ser humano. No obstante, la empresa privada es un invento más reciente, pues adquirió el carácter de una organización o un sistema formal. Para empezar un negocio, hace falta inversión y también una clientela interesada en adquirir lo producido.

Es prácticamente imposible dimensionar lo disruptivas que fueron las empresas en sus inicios. Con su vitalidad y dinamismo, desataron la movilidad social y retaron la organización social feudal. Los marcos mentales de la época no tenían palabras para describir el fenómeno. Los escritores asociados con la Escuela de Salamanca, quizás porque tenían que atender las inquietudes éticas de fieles empresarios, estudiaron a fondo las ganancias, los intereses, la propiedad y otros aspectos de la actividad mercantil. Concluyeron que el comercio es un instrumento para promover la justicia y un vehículo para mejorar las condiciones de vida de la humanidad. En opinión de Kennedy, sin embargo, no comprendieron del todo que las empresas contribuyen a crear riqueza: “la Iglesia continuó viendo la actividad empresarial como posiblemente teñida por la avaricia y permanecieron insensibles a las posibilidades revolucionarias de la creación de riqueza.”

Solamente se combate la pobreza creando riqueza, pero a la fecha muchos religiosos sospechan del concepto de riqueza. Incluso filósofos griegos como Platón sostuvieron que es malo acumular dinero en exceso de las necesidades reales o percibidas de la persona. Cuando la persona centra su atención en amasar bienes materiales, olvida o desatiende preocupaciones morales y espirituales. La persona podría incluso dudar de la providencia divina si sus metas son el poder, el placer, la comodidad o el afán de blindarse contra las tempestades terrenales. Sin embargo, la Iglesia en ningún momento ha predicado que todos debemos permanecer pobres ni tampoco que debemos ambicionar ser pobres. No condena la prosperidad.

La prosperidad pueden contribuir al bien de la persona y de la sociedad, sobre todo cuando se emplean medios lícitos para alcanzarla. El buen trabajador se ejercita en virtudes más allá de la laboriosidad, pues para sacar adelante una empresa hacen falta honestidad, valentía, orden y otros hábitos virtuosos. Él cosecha frutos de su trabajo honrado y ético haciendo crecer la riqueza total disponible a la sociedad. Mejora su condición sirviendo a otros, no a costillas de los demás. Mi abuelo solía decir que los empresarios hacen como las campanas, “dan, dan, dan…”, porque el mercado premia a quienes mejor identifican y atienden la necesidad ajena.

Por otra parte, la empresa es una comunidad de personas, como lo es la familia y otras asociaciones voluntarias. Quien emprende no es un lobo solitario: es un ser social que conforma una comunidad. Los miembros del grupo se potencian unos a otros cuando el ambiente dentro del negocio es de mutuo respeto. Es cierto que algunas malas personas pueblan las empresas, pero ello no opaca el bien que hacen las empresas legítimas a los inversionistas, los empleados y los clientes. Según Kennedy, estas organizaciones contribuyen al bien común. No hace falta cargar a la empresa con responsabilidades extraordinarias que pudieran distraerla de su cometido original, pues su principal contribución a la sociedad es desempeñar con excelencia las tareas para las cuales fue diseñada.

Este artículo fue publicado el 27 de marzo del 2015 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

 

 

 

 

 

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¿Es Usted un malvado empresario?

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¿Se siente culpable?  ¿Lo han acusado de ser como Rico McPato, avaro y egoísta, o de ser uno de esos buscadores de rentas-mercantilistas, que usan los privilegios estatales para satisfacer sus intereses, a costillas de los demás?  ¡No todos encarnan estos estereotipos!

Por eso, considero una verdadera joya la publicación por el Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, La vocación del líder empresarial, una reflexión. (Septiembre, 2012)  Conjuntamente con otras dos entidades, dicho consejo pontificio organizó un seminario para evaluar cómo deben vivir la caridad los empresarios, los profesionales y los profesores universitarios; allí consensuaron este texto.

El documento contiene cuatro enunciados poderosos: 1) el trabajo profesional es vocacional, 2) el trabajo nos hace co-creadores con Dios, 3) ponemos en práctica y promovemos las virtudes dentro del mercado y la empresa, y 4) la sociedad y el Estado deben apoyar a las empresas.

“La vocación del empresario es un genuino llamamiento humano y cristiano.  Difícilmente puede sobreestimarse su importancia en la vida de la Iglesia y en el mundo económico, ” leemos en el punto seis del documento.  Dicho de otra forma, es camino de santidad un trabajo, un negocio o una profesión cuando se vive como vocación,  con sentido cristiano.

Lo que es más, la creatividad y la innovación propias de la actividad empresarial continúan desarrollando y completando “la obra del Creador”.  El proceso creativo genera riqueza, es un juego de suma positiva, que no perjudica a unos para elevar a otros. (40)  De allí que se deba organizar la producción para lograr nuevos avances científicos y nuevas tecnologías.

“Las empresas tienen potencial para ser una gran fuerza de bien en cualquier sociedad.” (9)  Una empresa bien gestionada contribuye al bienestar material y espiritual de los empleados y sus familias, porque fomenta el ejercicio de las virtudes como la justicia, la disciplina, la sabiduría y la solidaridad.  Cuando los mercados están estructurados con base en la libertad, la creatividad, la verdad, y la fidelidad a los compromisos, los líderes empresariales sirven al prójimo y al bien común.

“La Iglesia reconoce el papel legítimo de la ganancia como indicador del correcto funcionamiento de la empresa.  Cuando una empresa obtiene beneficios, generalmente implica que los factores de producción han sido empleados de forma correcta y que las necesidades humanas han sido satisfechas de forma apropiada.” (51)

¿Qué requiere una empresa de la sociedad y del Estado, según esta reflexión?  La empresa florece en un entorno que garantice “el estado de derecho, el derecho de propiedad, la competencia libre y abierta” (36).   Es más:  “cuando estos elementos del bien común están ausentes o no funcionan correctamente, las empresas sufren las consecuencias.”  ¡Son elementos del bien común la propiedad y la competencia libre!

La vocación del líder empresarial amerita una lectura cuidadosa.  Lo encontrará aquí: http://www.pcgp.it/dati/2012-10/15-999999/Vocacion%20esp.pdf

Publicado el 22 de mayo de 2013 en Siglo 21  y también en el sitio del Instituto Acton Argentina

La ilustración fue alterada especialmente para esta página, la versión original la obtuve de esta página: http://m.theglobeandmail.com/arts/wacky-witticisms-from-the-webiverse/article4403572/?service=mobile