La ética y el terrorismo

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A una civilización de Occidente acomplejada se le dificulta enfrentar el terrorismo barbárico.

La violencia contra civiles en Paris confrontó al Occidente con el terror absoluto, otra vez. El principal sospechoso de planificar los ataques, Abdelhamid Abaaoud, es un marroquí con pasaporte belga, miembro del Estado Islámico, quien se coló por entre los dedos de la policía de Bélgica. De hecho, la justicia belga lo condenó in abstentia a 20 años de prisión por liderar una red de reclutamiento para el yihad. Él aparentemente se encuentra en Siria, desde donde coordinó los múltiples ataques del 13 de noviembre.*

El joven Abaaoud, de 27 años, le pone cara al terrorismo moderno. Células pequeñas de radicales emplean medios ilegales e inmorales para perpetuar actos aleatorios que matan a inocentes. Son guerreros disciplinados y comprometidos, como lo demuestran los yihadistas suicidas, irrespetuosos de las reglas para la guerra. De allí que se condene el terrorismo como algo esencialmente malvado e injustificable. En palabras del profesor Peter Simpson, “una obra mala ejecutada por personas malas no puede ser justificada ni por la religión, ni por sus supuestas motivaciones.” Y la responsabilidad de estos actos desalmados debe depositarse a los pies de los atacantes, no de las víctimas o sus gobernantes. Por mucho que los regímenes políticos de Occidente, en este caso Francia, cometieran atropellos e injusticias contra los países árabes a lo largo de la historia, este tipo de respuesta vengativa se aparta claramente de la conducta ética.

¿Cómo debe responder el mundo civilizado frente a estos ataques terroristas? Existe un relativo consenso que los gobiernos tienen la grave obligación moral de proteger a ciudadanos inocentes. En el combate contra el terrorismo, explica el autor de International Ethics, Mark Amstutz, no funcionan el diálogo o la disuasión, por lo cual se recurre a estrategias defensivas y ofensivas. Unas buscan reducir la vulnerabilidad de las comunidades susceptibles de ser asaltadas, y las otras buscan destruir las redes operativas y el poder económico de los grupos terroristas. El anterior jefe del Partido Liberal de Canadá, Michael Ignatieff, identifica el dilema que maneja Occidente: “libramos una guerra cuyo premio esencial es preservar la identidad de la sociedad liberal misma, y evitar convertirnos en aquello que terroristas creen que somos.” Perdemos nuestra superioridad moral cuando se utilizan métodos que no son respetuosos de la dignidad humana y del Estado de Derecho.

¡Cero tolerancia con el terrorismo! Es engañosa esta exclamación que pretende reconfortarnos, sobre todo hoy que nos dolemos por cientos de muertos y heridos en Paris. Pero la mayoría de personas no estamos dispuestas a calzar cualquier costo para acabar con el terrorismo, sobre todo si la lucha antiterrorista transforma nuestras sociedades libres en regímenes represivos. Ya son bastante invasivas las escuchas, las redadas, los arrestos preventivos, las investigaciones policíacas, la censura y auto-censura periodística, la intolerancia a ciertas etnias y prácticas religiosas y las limitaciones a la libre locomoción. Además, existen costos económicos, difíciles de dimensionar, que resultan de impedir el libre intercambio entre las regiones y de desviar recursos de usos productivos hacia sistemas privados y públicos de protección y vigilancia. ¿Y qué decir del costo elevadísimo de sembrar el odio y alimentar la desconfianza entre personas de buena voluntad?

En este momento, es crucial que revaloremos los principios judeo-cristianos de libertad y respeto al individuo sobre los cuales se edificó la civilización occidental, para no perder de vista aquello que no debe arrebatarnos el brutal terrorismo del Estado Islámico.

Este artículo fue publicado el 20 de noviembre del 2015 en la Revista Contra Poder y el CEES.

*Este artículo fue publicado antes de que se conociera que las autoridades francesas le dieron muerte en un operativo después del atentado, en Paris.

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Dios y el odio

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La organización terrorista Estado Islámico (EI) se ha fortalecido financiera y militarmente tras años de zozobra en Iraq y Siria. El sufrimiento de sus víctimas no musulmanas es atroz.

Tras ver imágenes de la persecución contra cristianos y yazidistas en Iraq, me invadió un deseo fuertísimo de rescatarlos. No de bombardear objetivos estratégicos del Estado Islámico de Iraq y Siria (ISIS por sus siglas en inglés) o Estado Islámico (EI ó IS), como hizo Estados Unidos. Imaginé un milagroso manto protector que envolvía a las familias perseguidas y las depositaba en un lugar idílico donde pudieran recuperarse en cuerpo y alma de sus traumáticas vivencias. Fuentes creíbles como Catholic Online, CNN, MSN y The New York Times, entre otros, describen actos y publican imágenes que ningún estómago tolera: hombres crucificados, mujeres secuestradas, niñas obligadas a contraer matrimonio con terroristas y miles de personas de toda edad desterrados de su patria ancestral. Un líder prominente de la comunidad caldea, Mark Arabo, comentó en CNN y a otras agencias noticiosas que en un parque de Mosul, ISIS colocó cabezas de niños decapitados.

Los sucesos recientes confirman que el poder y la coerción le hacen daño a la religión. ¿Qué deidad pediría a sus seguidores cometer actos brutales que deshumanizan tanto al verdugo como a la víctima? Solamente un dios tiránico, caprichoso, desamorado o vengativo aprobaría de la usurpación violenta del poder por unas personas, para tomar esclavos, reprimir y subyugar a otros seres humanos. ¿Qué tan real es una conversión cuando ésta se procura apuntando el fusil a la cara del supuesto converso, u obligando a menores a contraer nupcias? Como señaló el Papa Francisco respecto de lo ocurrido en Iraq, “no se lleva el odio en nombre de Dios”.

Ciertamente esta deidad ni siquiera cabe en la cabeza de los perseguidos. Para los cristianos, la libertad, y por ende la libertad religiosa, es querida por Dios. Él quiere que lo adoremos voluntariamente, con nuestra inteligencia y corazón. Benedicto XVI escribió que “la libertad está en el origen de la libertad moral. En efecto, la apertura a la verdad y al bien, la apertura a Dios, enraizada en la naturaleza humana, confiere a cada hombre plena dignidad, y es garantía del respeto pleno y recíproco entre las personas.”

Tristemente, la ciudad de Mosul, la antigua Nínive receptiva al mensaje profético de Jonás, se vació de todos sus habitantes no musulmanes. Los yihadistas suní pertenecientes a ISIS tomaron la ciudad en junio de este año y emitieron el ultimátum a las minorías étnicas y religiosas: tienen hasta el 19 de julio para convertirse al islam, huir o enfrentar la muerte. Los cristianos o nazarenos vieron como marcaban sus casas con la letra N. La seña recuerda el sello amarillo con la estrella de David que marcó a los judíos durante el régimen nacional-socialista de Adolf Hitler. Y evidentemente, la crisis humanitaria se agrava conforme pasan las semanas.

La comunidad cristiana en Iraq era una de las más antiguas del mundo y contaba con aproximadamente 1.4 millones de miembros en el 2003, de los cuales aproximadamente 35,000 vivían en Mosul. Constituían el 5% de la población total del país. La mayoría de los cristianos iraquís eran asirios y hablaban el idioma de Jesucristo, el arameo. Ya para el 2013, el estimado había descendido a 450,000 cristianos, producto de la Guerra en Iraq. Los católicos caldeos conformaban el grupo más grande entre los cristianos y habitaban principalmente en Bagdad, Basra, Mosul, Erbil y Kirkuk. Adicionalmente, más de 50,000 yazidistas, que practican una antigua religión pre-musulmana, huyeron por las montañas. A su vez, los cristianos de Siria, orgullosos de haber aportado a la Iglesia al primer pontífice, Simón Pedro, también han tenido que huir de su país a raíz de la guerra civil, dejando detrás solamente una sombra de lo que antes fueron.

Este artículo fue publicado el 15 de agosto del 2014 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

La foto es mía.  La tomé en el Museo del Louvre.  Este león es parte de un muro de ladrillos que adornó la vía procesional entre el templo de Marduk y la Puerta de Ishtar, de la antigua Babilonia, en la actual Iraq.  Algunos historiadores señalan que 4,000 años antes del florecimiento de Grecia y Roma, ya existía una civilización formal en estas tierras.