Año Nuevo, lucha nueva

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Una gran expectativa acompaña el inicio del año: ¿será el 2016 el año en que los guatemaltecos derrotemos al dragón llamado corrupción?

La ex Ministra de Finanzas de Nueva Zelanda, Ruth Richardson, estará en Guatemala a mediados de enero, coincidiendo su visita con la toma de posesión del nuevo presidente, Jimmy Morales. Nueva Zelanda es una buena referencia en materia de corrupción, ya que desde que arrancó el Índice de Percepción de Corrupción en 1995, consistentemente emerge como uno de los países más transparentes del mundo, si no el primero.

En la medición de Transparencia Internacional correspondiente al 2014, la última estadística disponible, Nueva Zelanda ocupa el segundo lugar con una calificación de 91. Guatemala se ubica en la casilla 115 de un total de 175 países, con un abismal punteo de 32. “Las comparaciones son odiosas”, dice la frase proverbial, y podríamos inventar excusas. Históricamente, Nueva Zelanda la tuvo fácil, porque su población de ovejas no corruptibles excedió el número de seres humanos. Además, las islas habitadas por los Maorí, se convirtieron en colonia inglesa en 1840, con lo cual heredaron un sistema de derecho consuetudinario y un gobierno parlamentario. Finalmente, es un país rico: su Producto Interno Bruto per cápita nominal de US$ 35,966, mientras el nuestro es de US$ 3,477.89.

Es cierto. Pero la trayectoria de ambos países pudo ser distinta. El profesor Daniel Treisman realizó una investigación que reveló que las ex colonias británicas tienen una especie de protección contra el embate de la corrupción, pero luego Reyer Gerlagh y Lorenzo Pellegrini concluyeron lo contrario. No todos los territorios con dicho pasado se salvan del embate de la corrupción.

Sí existe un demostrado vínculo entre economías abiertas y prósperas y la transparencia. Nueva Zelanda es la tercera economía más libre del mundo gracias a un conjunto de reformas liberalizadoras que Ruth Richardson contribuyó a implantar entre 1984 y 1994. La descripción que hace el Índice de la Libertad Económica de la economía nuevo zelandesa es envidiable. La piedra angular de la reforma económica de los ochenta y noventa fue la apertura comercial: una liberalización de comercio unilateral redundó en bajas barreras no arancelarias y un arancel promedio de 1.6 por ciento. Nueva Zelanda ocupa el segundo lugar en el Índice Internacional de Competitividad Tributaria. La carga tributaria es relativamente baja: la tasa máxima del impuesto sobre la renta para individuos es de 33% y para corporaciones es de 28%. El país es más competitivo por el hecho de no tasar las herencia o las ganancias de capital. El sector financiero es altamente competitivo. Un empresario puede fundar su negocio en un día, completando un único trámite; tanto los reglamentos para los negocios como el mercado laboral son flexibles. Adicionalmente, se eliminaron los subsidios agrícolas. Nueva Zelanda tiene los subsidios más bajo de cualquier país miembro de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y el sector agrario es ahora diversificado y competitivo.

Nueva Zelanda posee un fuerte Estado de Derecho. Garantiza la propiedad privada y la inviolabilidad de los contratos. El soborno es fuertemente castigado; las leyes velan porque los funcionarios públicos presten un servicio transparente. En su libro Making a Difference (1995), Richardson confiesa que “la práctica de la política en Nueva Zelanda se distingue por dos libertades—la libertad de la corrupción y la libertad de movimiento. Ni una sola vez encontré una violación de la primera.”

La lección es contundente: entre más simples y directas sean las trabas gubernamentales, más bajos son los incentivos para el chantaje, soborno y el abuso del poder para ganancia personal. Esa debe ser la estrategia de la Administración Morales.

Este artículo fue publicado el 8 de enero del 2016 en la Revista Contra Poder y el CEES.

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¿Somos millonarios, como Santa Claus?

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“Mama, ¿Santa Claus es millonario?” Mi hijo menor me miró atento, esperando una respuesta. Afortunadamente, sonreí y guardé silencio un rato, porque sus posteriores elucubraciones me deleitaron.

Mi hijo razonó que sólo un millonario podría adquirir y fabricar regalos para todos los niños del mundo en Nochebuena. Esta deducción deja bien parado a Papá Noel. Si asumimos según la tradición que Santa es mágico, entonces el acto de producir y distribuir regalos no conlleva costos de oportunidad, pues Santa puede hacer lo que se le antoje, prácticamente sin costo. Su gesto es generoso pero no tanto como lo sería si fuera millonario. Dado que Santa es reconocido por sus virtudes, sólo llegaría a amasar una fortuna a través de actividades económicas lícitas, satisfaciendo necesidades ajenas. Haría un doble bien como empresario y como filántropo. Y valdría más el gesto de repartir juguetes, porque encajaría con la verdadera definición de generosidad. La noción de un Papá Noel empresario enseñaría a los niños que cuesta trabajo conseguir y conservar nuestros ingresos, y que únicamente podemos disponer de los bienes que nos pertenecen.

Entretenida con estas fantasiosas reflexiones, revisé los periódicos y leí sobre la veloz aprobación de un abultado presupuesto gubernamental de Q70 mil 600 millones para el 2015. He aquí, pensé, una tercera y menos loable forma de ser “Santa”: financiar diversidad de gastos tras despojar a unos de sus bienes cobrando impuestos y contrayendo deuda pública. ¿Qué mérito hay en este tipo de transferencias? No son fruto de un trabajo productivo; los gobernantes no reparten sus propios ahorros. Se distribuyen “derechos”, no regalos, reclamados por beneficiarios despistados y poco agradecidos. La mística de gana-pierde bajo la cual opera la maquinaria estatal dista mucho del mágico gana-gana del Polo Norte, así como del positivo escenario dentro del cual transacciones libres de coacción generan riqueza.

Sin embargo, pareciera que un espíritu mágico invadió el Congreso el pasado 27 de noviembre. Tomó únicamente cuatro horas a los partidos opositores, usualmente en pugna, aprobar el Presupuesto del 2015. De ejecutarse completo, el gobierno gastará en un año el equivale a la totalidad del salario mínimo anual de casi 2 millones de guatemaltecos. ¿Estaremos los guatemaltecos tan embobados por el encanto navideño, que nos es indiferente el precio pagado por cada voto favorable al contubernio? Ascendió a Q. 500 mil por diputado, según Prensa Libre, ¿y dónde está la indignación generalizada? ¿Qué fórmulas matemáticas hechiceras permitirán a las autoridades cubrir el incremento presupuestario? ¿Realmente se recaudará más si se cobran nuevos impuestos a la telefonía fija y móvil, al cemento y la minería? ¿Será conveniente crecer la deuda pública emitiendo bonos y prestando más plata a organismos internacionales?

El saco de juguetes de Santa-Gobierno crece inexorablemente. El presupuesto gubernamental se duplicó en ocho años: del 2001 al 2009. En el 2009, nos alarmó la aprobación del presupuesto más grande de nuestra historia hasta entonces: Q 49 mil 713 millones. El ritmo de crecimiento del presupuesto se aceleró pues únicamente transcurrieron cinco años desde entonces.

Este fenómeno no es exclusivo a Guatemala o a esta era. En 1609, un sorprendido Juan de Mariana, sacerdote español, notaba que el presupuesto de la corte española era cuatro veces mayor que el de 1429, y que se había triplicado en 45 años, desde 1564. William Niskanen (1971) muestra que existe una tendencia al crecimiento del gobierno, y consecuentemente, del gasto público.

Si Guatemala fuera el Polo Norte y los gobernantes fueran Santa, sería innecesario limitar el gasto público. En la vida real, tanto gobernantes como gobernados debemos guardar mesura y detener esta tendencia al alza mediante una clara y funcional constitución fiscal.

Este artículo fue publicado el 5 de diciembre en la Revista Contra Poder y en CEES.

La foto fue adaptada de https://openclipart.org/image/800px/svg_to_png/1956/johnny-automatic-santa-and-his-bag.png

 

¿Es Usted un malvado empresario?

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¿Se siente culpable?  ¿Lo han acusado de ser como Rico McPato, avaro y egoísta, o de ser uno de esos buscadores de rentas-mercantilistas, que usan los privilegios estatales para satisfacer sus intereses, a costillas de los demás?  ¡No todos encarnan estos estereotipos!

Por eso, considero una verdadera joya la publicación por el Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, La vocación del líder empresarial, una reflexión. (Septiembre, 2012)  Conjuntamente con otras dos entidades, dicho consejo pontificio organizó un seminario para evaluar cómo deben vivir la caridad los empresarios, los profesionales y los profesores universitarios; allí consensuaron este texto.

El documento contiene cuatro enunciados poderosos: 1) el trabajo profesional es vocacional, 2) el trabajo nos hace co-creadores con Dios, 3) ponemos en práctica y promovemos las virtudes dentro del mercado y la empresa, y 4) la sociedad y el Estado deben apoyar a las empresas.

“La vocación del empresario es un genuino llamamiento humano y cristiano.  Difícilmente puede sobreestimarse su importancia en la vida de la Iglesia y en el mundo económico, ” leemos en el punto seis del documento.  Dicho de otra forma, es camino de santidad un trabajo, un negocio o una profesión cuando se vive como vocación,  con sentido cristiano.

Lo que es más, la creatividad y la innovación propias de la actividad empresarial continúan desarrollando y completando “la obra del Creador”.  El proceso creativo genera riqueza, es un juego de suma positiva, que no perjudica a unos para elevar a otros. (40)  De allí que se deba organizar la producción para lograr nuevos avances científicos y nuevas tecnologías.

“Las empresas tienen potencial para ser una gran fuerza de bien en cualquier sociedad.” (9)  Una empresa bien gestionada contribuye al bienestar material y espiritual de los empleados y sus familias, porque fomenta el ejercicio de las virtudes como la justicia, la disciplina, la sabiduría y la solidaridad.  Cuando los mercados están estructurados con base en la libertad, la creatividad, la verdad, y la fidelidad a los compromisos, los líderes empresariales sirven al prójimo y al bien común.

“La Iglesia reconoce el papel legítimo de la ganancia como indicador del correcto funcionamiento de la empresa.  Cuando una empresa obtiene beneficios, generalmente implica que los factores de producción han sido empleados de forma correcta y que las necesidades humanas han sido satisfechas de forma apropiada.” (51)

¿Qué requiere una empresa de la sociedad y del Estado, según esta reflexión?  La empresa florece en un entorno que garantice “el estado de derecho, el derecho de propiedad, la competencia libre y abierta” (36).   Es más:  “cuando estos elementos del bien común están ausentes o no funcionan correctamente, las empresas sufren las consecuencias.”  ¡Son elementos del bien común la propiedad y la competencia libre!

La vocación del líder empresarial amerita una lectura cuidadosa.  Lo encontrará aquí: http://www.pcgp.it/dati/2012-10/15-999999/Vocacion%20esp.pdf

Publicado el 22 de mayo de 2013 en Siglo 21  y también en el sitio del Instituto Acton Argentina

La ilustración fue alterada especialmente para esta página, la versión original la obtuve de esta página: http://m.theglobeandmail.com/arts/wacky-witticisms-from-the-webiverse/article4403572/?service=mobile