El comunicado de la Conferencia Episcopal

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La humanidad aprendió cómo generar el progreso y el florecimiento personal, pero se interponen en el camino complejos obstáculos políticos, legales e ideológicos. ¿Cómo podemos los guatemaltecos crear un entorno pacífico, libre y próspero?

El comunicado de la Conferencia Episcopal de Guatemala titulado “Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia”, emitido el 1 de julio, invita a los fieles laicos a analizar algunos preocupantes problemas nacionales. El comunicado está compuesto por un listado de siete dilemas, seguido de seis propuestas de acción, que giran en torno a los patrones recientes de migración, el desempleo, la violencia, el elevado costo de la energía eléctrica y las medicinas, los disturbios por la minería y, en el ámbito jurídico, el abuso a los amparos.

Al estudiar el documento salta a la vista que los problemas sociales son, en el fondo, problemas económicos. ¡Qué importante es comprender cómo funcionan los mercados! Además, las situaciones descritas por los obispos presentan aristas legales y políticas: el conjunto de reglas que enmarca la actividad económica afecta los resultados cosechados.

Considero que la Conferencia Episcopal pone el dedo en la llaga al enfocarse en la necesidad de generar más y mejores condiciones para prosperar. La única vía para salir del pozo de la pobreza es generando riqueza. Cuando los guatemaltecos confronten una amplia oferta de trabajos, las tasas de desempleo y subempleo descenderán, y la sana competencia pujará los salarios para arriba. No arriesgaremos la vida y la unidad familiar migrando a tierras lejanas en busca de oportunidades. En palabras del sacerdote Robert Sirico, “la creación y la conquista de un empleo remunerado acaba con el círculo vicioso de la dependencia y empieza el círculo virtuoso de la participación en la economía de mercado. Los trabajos son el mejor programa anti-pobreza en el mundo.”

El trabajo es una vocación, no un castigo, predica la Iglesia Católica. El trabajo nos dignifica, así cosechemos café, procesemos metales o desarrollemos software. Como pastores, los sacerdotes comparten la desesperación de los padres cuando no pueden proveer el sustento a sus familias. Es preciso reconocer el valor de la creatividad, el ahorro y la inversión que facultan al empresario crear empleos. Debemos potenciar las relaciones laborales contractuales, cordiales y claras, dentro de un mercado abierto y dinámico, al tiempo que evitamos las políticas y leyes que entrampan el surgimiento de nuevas plazas. La Conferencia Episcopal señala acertadamente que “la migración solo disminuiría si en el país crecieran las oportunidades de ingreso, se facilitara mayor inversión de capital y se dieran políticas públicas orientadas no solo al gasto público, al derroche clientelar o a la corrupción pura y dura sino al favorecimiento de generación de empleos productivos.”

La infraestructura energética contribuye a atraer la inversión. De allí que los obispos se pronuncien a favor de las hidroeléctricas. La violencia, en cambio, ahuyenta el emprendimiento económico. Siendo el combate al crimen una tarea prioritaria del gobierno, “la enorme debilidad del Estado en todo el sistema de justicia” queda evidenciada por los índices altos de violencia en Guatemala. No se originaron en la región dos fuertes lastres—la guerra contra las drogas y las maras—pero cabe admitir que lejos de producir la paz, las estrategias gubernamentales adoptadas a la fecha para resolver estos males han cobrado vidas y causado más zozobra. Caminaremos en la dirección correcta si se convence a la ciudadanía que los linchamientos, los bochinches, los ataques a la propiedad ajena y otros medios violentos aumentan, no reducen, la conflictividad.

Pese a nuestros graves problemas, como los obispos, yo albergo la esperanza de vivir en una sociedad que propicie el florecimiento de toda persona humana.

Este artículo fue publicado el 11 de julio del 2014 en la Revista Contra Poder y en CEES.

La foto es mía.

 

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Walmart contra Starbucks

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Es común ilustrar lo malo y lo bueno del capitalismo refiriéndose a empresas como Walmart y Starbucks, respectivamente. ¿Ha escuchado usted estas comparaciones, a veces falsas?

Recién leí dos notas en Internet de procedencia distinta que reflejan ese sentir. El almacén Walmart ha sido acusado de ser un voraz monopolio multinacional que atiende mal al cliente, cobra precios injustos y trata mal al empleado. En cambio, Starbucks tiene la reputación de ser un negocio pequeño y familiar que se preocupa por el ambiente, el empleado y el comensal. Starbucks aboga por las causas sociales de moda; Walmart aparentemente no. Ambas apreciaciones son inexactas, como veremos a continuación.

¿Qué características separan a los buenos de los malos empresarios? Mi abuelo solía decir que en el mercado, las personas deben hacer como las campanas: dan-dan-dan. En un entorno competitivo, el consumidor recompensa a quien identifica correctamente sus necesidades y las sirve. El emprendimiento, la inversión y el trabajo honrado mediante el cual se producen y comercian bienes y servicios lícitos, por tanto, no son automáticamente censurables. Las transacciones de compra-venta y los contratos que son voluntarios y transparentes, por definición, excluyen la coacción o el engaño. Los abusos monopólicos y los privilegios artificiales se evitan liberando la entrada al mercado y la salida del mismo; todo agente económico está así sujeto al rigor de la competencia.

Hay que jugar limpio: importa la responsabilidad con que los individuos asumen las consecuencias de sus actos a lo largo del proceso productivo. No obstante, la opinión pública se fija en el tamaño de la empresa o en actos periféricos. Se piensa que si el negocio es grande, seguramente hay gato encerrado. Pero si hace donaciones o financia bellas campañas publicitarias, es noble. Por alguna razón, hoy se admira más a quien dona parte de sus utilidades, que a quien reinvierte en la ampliación del negocio, aunque crear plazas de trabajo redunde en mayores beneficios sociales que regalar cosas.

Estas preconcepciones afloran en el artículo “El papá corporativo” por Timothy Egan, del New York Times, para citar un ejemplo. Egan compara a Walmart con Starbucks para desprestigiar a la primera. Los hechos, sin embargo, revelan que tanto Walmart como Starbucks califican como corporaciones gigantes y que el trato al empleado es similar en ambas empresas. Starbucks tiene tres veces más tiendas que Walmart, 151,000 empleados de tiempo completo y genera anualmente alrededor de $15 mil millones en ingresos. Walmart tiene 1.7 millones de empleados y el año pasado sus ganancias superaron los $17 mil millones. Por otra parte, circula en Internet la columna de Egan con anotaciones en rojo hechas por un ejecutivo de Walmart, aclarando, entre otras cosas, que las acusaciones de explotación al trabajador son falsas.

Starbucks deslumbra a Egan con su reciente ofrecimiento de “invertir” en becas universitarias gratuitas para cualquier empleado. En realidad, ofrecen a los empleados la posibilidad de asignarse cursos en línea con la Universidad Estatal de Arizona (ASU) a precios subsidiados. Joe Carter, autor de “Coffee and Cronyism”, revela algo que Egan calla, y es que Starbucks no pondrá un centavo. Los contribuyentes estadounidenses sufragarán los gastos, a través de ayudas federales directas a ASU. Starbucks se atribuye una ayuda que no le costó nada, sentencia Carter. Egan tampoco menciona el programa de becas de Walmart, que es más flexible y funciona desde el 2010. ¡Ahh! ¿Y porqué Starbucks apoya un salario mínimo federal elevado? Podrían pagar más por su cuenta, pero la legislación eliminaría a competidores pequeños y medianos del mercado, agrega Carter. Aprovecharse del poder estatal para sacar ventaja es jugar sucio—amerita la etiqueta de mercantilismo y no capitalismo.

Este artículo fue publicado el 4 de julio de 2014 en la Revista Contra Poder y en CEES.