Captura, no cooptación

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La Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) bautiza sus casos con nombres sugerentes, pero ¿qué es cooptación?

Los guatemaltecos nos hemos acostumbrado a leer noticias sobre los casos investigados por la CICIG. Éstos portan nombres llamativos, como Caso negociantes de salud, La Línea, La Cooperacha, Impunidad y Defraudación, Corrupción TCQ, y el sonado Caso Cooptación del Estado de Guatemala.

Cabe preguntar, ¿cómo se coopta a un Estado? Un amigo exclamó recientemente que la palabra no significa lo que por ella entienden el comisionado Iván Velásquez y la prensa. Efectivamente, el Diccionario de la Real Academia dice que cooptar es “llenar las vacantes que se producen en el seno de una corporación mediante el voto de los integrantes de ella.” Wikipedia ilustra esta definición. El primer ejemplo refiere a un período particular durante el imperio romano, cuando los emperadores podían adoptar como hijo (cooptado) al hombre que elegían para sucederles. La segunda instancia es el ascenso a un grado superior por oficiales de las Fuerzas Armadas, el cual ocurre por cooptación.

Empero la CICIG acusan a los ex mandatarios Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti de liderar una red criminal que se enriqueció ilícitamente tras “cooptar el poder”. Conformaron una compleja “maquinaria de lavado de activos” desde que el Partido Patriota empezó a hacer campaña. En inglés, una acepción del vocablo “coopt” alude a tomar algo como propio. Justo eso hicieron los integrantes de esta mafia gobernante. Pero en español, sus actividades serían mejor descritas como captura y no cooptación.

La teoría de la captura es atribuida al economista de la Universidad de Chicago, George Stigler. Ganó el premio Nobel en 1982 precisamente por investigar el efecto de las regulaciones públicas en la estructura de la industria. Stigler encontró que los regulados, supuestos perjudicados por la regulación, realmente se benefician de ella. Contrario a nuestras expectativas, las trabas diseñadas por funcionarios dañan a los consumidores. Los regulados incluso cabildean a los legisladores para que aprueben leyes que elevan el costo de entrada a sus respectivos mercados, garantizándoles así condiciones casi monopólicas. La comisión que regula los taxis de Washington, D.C., por ejemplo, es un regulador capturado. Su fin es garantizar “una experiencia en taxi segura, cómoda, eficiente y barata en vehículos bien equipados”, pero en la práctica protege los intereses de las compañías de taxis. Han obligado al servicio Uber a cobrar hasta cinco veces más que un taxi para prevenir que sus cómodos vehículos compitan con el servicio tradicional.

La CICIG sostiene que Pérez Molina, Baldetti y sus amiguetes, muchos de los cuales ocupaban cargos públicos, eran simultáneamente dueños o controlaban empresas, asociaciones y cuentas bancarias hacia las cuales trasladaban fondos públicos. Lo dramático de esta red es que la captura ocurre desde dentro del foro político, pues fue orquestada por políticos y no por empresarios mercantilistas o corruptos.

Es cierto que los gobernantes inescrupulosos que abusan del poder político atraen a figuras corrompibles, pero también arrastran a partícipes reacios. Ahora, la difícil tarea del Organismo Judicial es separar a la hierba verdaderamente mala, de las personas que siempre hubieran preferido una dinámica transparente.

No es razonable suponer que cualquier ciudadano que interactúa con políticos es responsable de captura. Acusar de corruptores a cientos de ciudadanos, de forma indiscriminada, provocará una costosa desaceleración de la economía nacional. El costo de dejar atrás ese turbio juego al cual nos habíamos acostumbrados no debe exceder el beneficio de institucionalizar una interacción civilizada, basada en la honradez y demás virtudes.

Este artículo fue publicado el 1 de julio del 2016 en la Revista Contra Poder y CEES.

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¿Qué pasará en Cuba?

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Por primera vez desde 1980, una oficial de alto rango de Estados Unidos visitará Cuba para discutir cambios en las políticas migratorias entre ambos países.

Acostumbrados a décadas de una tensa coexistencia entre Cuba y Estados Unidos, nos cuesta asimilar los viajes a la isla de la Sra. Roberta Jacobson y de una delegación de representantes del Congreso del Partido Demócrata, liderada por el veterano Patrick Leahy de Vermont. Más nos extraña enterarnos que Raúl Castro liberó a 53 prisioneros políticos como paso previo a la “normalización” de relaciones entre ambos países. Aún resuenan en nuestros oídos las consignas de los manifestantes cubano-americanos en la Pequeña Habana, en Miami: Obama es un traidor, coreaban, porque concedió a los hermanos Castro lo que ellos pedían, a cambio de la liberación del prisionero Alan Gross. Mientras tanto, los simpatizantes de la izquierda celebraron el acuerdo. Pero, como escribe la bloguera Yoani Sánchez, el hito histórico se produjo “sin gritos de “viva Cuba libre”, ni botellas descorchadas. La vida nos escamotea ese punto de inflexión que guardaríamos para siempre en el calendario.” Para Yoani, faltó el desenlace definitivo; los discursos de ambos bandos sonaron a capitulación.

¿Es éste el principio del final para la dictadura castrista? Esa es la expectativa entre líneas del escrito de Yoani Sánchez. Es lo que muchos observadores esperamos ocurra una vez fluyan más remesas, más comunicaciones y más bienes y servicios de Estados Unidos hacia la isla. De hecho, la maniobra Obama-Castro pone en evidencia dos hipótesis contrarias. Algunos creen que para provocar el colapso del modelo comunista es preciso excluir a Cuba del mercado estadounidense y de círculos diplomáticos. Otros creen que una mayor apertura logrará el mismo objetivo. Parece ganar terreno la segunda hipótesis, pues el mundo lleva más de 53 años anticipando la implosión que produciría el ostracismo.

La resiliencia de la dinastía castrista es un fenómeno complejo, y guarda las claves para predecir el futuro. Por un lado, el rígido control dictatorial obedece a factores geográficos y a la brutal violencia que aplica el régimen contra los opositores. Los disidentes han sido hostigados, vapuleados y encarcelados. Las pocas iniciativas de reforma política que han surgido, como el proyecto Varela del 2002, fueron aplastadas. Tras años de límites para la libre asociación y expresión, ¿podrán emerger un sistema político libre y abierto?

Por otra parte, la economía se mantuvo merced a subsidios y ayudas provenientes de Rusia, Venezuela, China y algunas naciones europeas, así como de Estados Unidos. ¡Así es! Desde la presidencia de Bill Clinton, Cuba recibe más alimentos, bienes humanitarios y medicinas de Estados Unidos que de sus demás socios comerciales. A partir del 2009, se relajaron los límites a las remesas y viajes, de tal suerte que las remesas ascienden a entre $1.4 y $2 millardos anuales.

Una Cuba libre seguirá eludiéndonos al menos que allí se autorice y garantice la propiedad privada. ¿Comprenderán este hecho personalidades como Jacobson, Leahy y compañía? Yo lo dudo. Actualmente el gobierno administra la mayoría de los medios de producción. Contrata casi el 90 por ciento de la mano de obra en la isla. Desde 1995, los inversionistas extranjeros debe invertir en empresas controladas por el gobierno. No basta con aprobar algunas cooperativas y dispersos negocios por cuenta propia. Los estudios demuestran que la estatización de la propiedad propicia la corrupción, pues los actos delictivos de burócratas y ciudadanos conciernen impersonales bienes estatales. Sin propiedad privada y un Estado de Derecho, la movida Obama-Castro podría brindar más oportunidades a la privilegiada clase política, mientras el pueblo sigue esperando el momento propicio para descorchar la botella.

Este artículo se publicó el 23 de enero del 2015 en la Revista Contra Poder y CEES.

La igualdad de ingresos

 

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“El progreso requiere trabajo,” concluye el Informe de Desarrollo Humano del Programa de las Naciones Unidas (PNUD). ¿Qué tipo de trabajo? ¿Qué pasa si invertimos tiempo y dinero en las políticas públicas equivocadas?

He pasado días dándole vueltas al titular “Desigualdad impide desarrollo nacional”, de Prensa Libre del 25 de julio. La única forma de interpretar esta frase es que seríamos ricos si fuéramos iguales. Cosa que a mí no me cuadra. Lo que es más, el artículo le pone monto: según el Informe de Desarrollo Humano del Programa de Naciones Unidas (PNUD), “Guatemala pierde 33 por ciento de desarrollo humano, debido a la desigualdad existente…”

Comparto la aspiración manifiesta del informe del PNUD. Quisiera ver el día en que todos los guatemaltecos gocen de un cómodo nivel de ingresos económicos, buena salud y educación. Pero podemos caer en errores empobrecedores si nos conformamos con una superficial lectura del informe o del titular citado. Podríamos concluir que, siendo la igualdad condición necesaria para el progreso, entonces debemos repartir el ingreso nacional en partes iguales inventando una especie de “cheque de la igualdad”. Si el Producto Interno Bruto per cápita es de $2,340.78 (Banco Mundial), entonces habría que despojar de “sus excesos” a todos los guatemaltecos que ganan más que el promedio, y repartir la diferencia entre quienes ganan menos. Según esta lógica, el país empezaría a prosperar cuando cada uno tenga en su haber exactamente la misma cantidad de quetzales.

Algunos de los beneficiarios invertirían sabiamente su “cheque de la igualdad” pero otros lo desaprovecharían, porque como dice el refrán, lo que viene fácil, fácil se va. Además, como sociedad asumiríamos el millonario costo de la burocracia requerida para ejecutar el plan. En todo caso, la igualdad de ingreso duraría escasos minutos porque cada uno actuaría de tal forma que haríamos emerger nuevas diferencias. El totalitarismo es el único sistema que intenta imponer la igualdad económica permanente. Y los regímenes totalitarios, como Corea del Norte, igualan a sus habitantes en la pobreza, no la riqueza.

Lo que realmente impide el desarrollo son los obstáculos a la creación de la riqueza. Mientras todas las personas tengan acceso a los círculos de intercambio y productividad, no nos debería inquietar que unos cosechen más que otros mediante su trabajo lícito. En muchos sentidos, la desigualdad es positiva. La riqueza es creada por millares de personas con desiguales talentos, preferencias, información y circunstancias que concurren a un mercado en desequilibrio, el cual, operando libremente, genera oportunidades de gana-gana.

Lograr un crecimiento económico de doble dígito: esa debería ser la meta de país. Tal ritmo de crecimiento significaría más y mejores oportunidades de empleo, más y mejores incentivos para capacitarse y educarse, y más recursos disponibles para invertir en servicios de salud preventiva y curativa. Y es que los servicios de educación y salud son bienes económicos; la calidad y cantidad de los mismos también aumentan dentro de un contexto competitivo y abierto. Es tiempo de explorar nuevas y mejores formas de prestar dichos servicios.

Esta prescripción alterna exige eliminar los obstáculos de entrada y salida del mercado. Y a esto apunta el informe del PNUD. Explica el resumen ejecutivo del informe que las “vulnerabilidades estructurales” emergen en aquellos sistemas donde existen barreras que impiden a ciertas personas y grupos acceder a “sus derechos y escogencias”. Estas barreras derivan de prácticas socio-culturales y de estructuras de poder, es decir, son legales y políticas. El mercantilismo se caracteriza por dar un trato desigual a los ciudadanos; los allegados al poder acceden a privilegios vedados a otros. Estas prebendas y preferencias son las que tenemos que abolir para alcanzar el desarrollo que tanto anhelamos.

Este artículo fue publicado el 1 de agosto del 2014 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

Información, mercado y política

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Cuando la Casa de los Comunes del Reino Unido decretó la estatización de los faros, en 1834, los diputados emitieron un reporte justificando su decisión. El reporte es tan actual hoy como hace 180 años: los políticos alrededor del mundo siguen dictando este discurso.

Los diputados británicos explicaron en 1834 que tenían que confiscar los faros*, primero para imponer la homogeneización de las tarifas y las reglas. Cuando cada inversionista que construye y opera un faro establece su propio régimen de cobro a los navegantes, reina el caos y la confusión. Segundo, los diputados adujeron que los servidores públicos toman mejores decisiones que los agentes privados. Fijan políticas uniformes con base en información completa, y por tanto cosechan resultados eficientes y evitan naufragios y tragedias. Tercero, los dueños privados buscan cobrar altas tarifas movidos por su afán de lucro, pero conviene a la nación atraer más barcos, cobrando un impuesto bajo, o incluso eliminando el cobro. ¿Cómo no van a preferir los navíos atracar en costas inglesas, si pueden hacerlo gratuitamente?

Este ejemplo histórico revela porqué el discurso político nos conquista. El político nos ablanda susurrando: descanse tranquilo, porque yo vengo a cargar su yugo y velar por sus intereses, que conozco perfectamente. La alternativa a su suave promesa es asumir la responsabilidad y las consecuencias de las decisiones propias, lo cual luce más oneroso.

Es un espejismo, ya que no se reducen los costos al trasladar las decisiones del plano económico al plano político. En ambos campos se asignan recursos escasos. La autoridad central que construye y opera los faros eroga millones de libras esterlinas, pero distribuye los gastos entre miles de tributarios. En el mercado quien compra un artículo lo paga directamente, pero en el mercado político el pago queda diluido, oculto o diferido. Estudios en distintos países han revelado, por ejemplo, que las escuelas privadas tienen costos inferiores a las escuelas gubernamentales por niño atendido, pero el estudiante dentro del aparato público cree que le atienden gratuitamente porque nunca se deletrea el costo real de sus estudios. Aunque se conocen mecanismos más eficaces para surtir servicios a personas de escasos recursos, se perpetúan programas y proyectos ineficientes.

Una falacia subyacente al razonamiento de los congresistas británicos se relaciona con la información. Centralizar las decisiones en un ente oficial centraliza la generación de datos. Idealmente, los especialistas gubernamentales tendrían acceso a todo conocimiento, pero en la práctica es evidente que los tecnócratas no necesariamente saben más que los actores económicos. De hecho, el monopolio estatal mata una importante fuente de información: el sistema de precios producto del voluntario intercambio entre oferentes y demandantes. En ausencia de un dinámico y libre sistema de precios, se seca la retroalimentación sobre las preferencias y la demanda de bienes y servicios. Un tecnócrata que intenta proveer bienes públicos a la sociedad pronto constata que no logra discernir a ciencia cierta, por muchas encuestas que levante, qué producir, en qué cantidades y a qué precio.

La falta de innovación y de creatividad es otra grave pérdida que asume la sociedad como resultado de la centralización y la estatización del servicio. El aparente caos de la diversidad trae consigo la posibilidad de comparar métodos administrativos y productos de variada calidad. Los faros que prestan una excelente atención pronto son imitados y hasta superados por competidores. Se motiva la mejora en la prestación de los servicios y la introducción de nuevas tecnologías. En cambio, los entes monopólicos gubernamentales operan con base en la tecnología existente al momento de centralizar, pues carecen de incentivos para experimentar.

Ciento ochenta años más tarde, uno pensaría que los ciudadanos seríamos capaces de resistir a los cantos de sirenas políticos.

*El comunicado oficial de la Casa de los Comunes es citado por Ronald Coase en su épico artículo The Lighthouse in Economics (1974).

Este artículo fue publicado el 25 de julio del 2014 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

 

 

 

El comunicado de la Conferencia Episcopal

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La humanidad aprendió cómo generar el progreso y el florecimiento personal, pero se interponen en el camino complejos obstáculos políticos, legales e ideológicos. ¿Cómo podemos los guatemaltecos crear un entorno pacífico, libre y próspero?

El comunicado de la Conferencia Episcopal de Guatemala titulado “Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia”, emitido el 1 de julio, invita a los fieles laicos a analizar algunos preocupantes problemas nacionales. El comunicado está compuesto por un listado de siete dilemas, seguido de seis propuestas de acción, que giran en torno a los patrones recientes de migración, el desempleo, la violencia, el elevado costo de la energía eléctrica y las medicinas, los disturbios por la minería y, en el ámbito jurídico, el abuso a los amparos.

Al estudiar el documento salta a la vista que los problemas sociales son, en el fondo, problemas económicos. ¡Qué importante es comprender cómo funcionan los mercados! Además, las situaciones descritas por los obispos presentan aristas legales y políticas: el conjunto de reglas que enmarca la actividad económica afecta los resultados cosechados.

Considero que la Conferencia Episcopal pone el dedo en la llaga al enfocarse en la necesidad de generar más y mejores condiciones para prosperar. La única vía para salir del pozo de la pobreza es generando riqueza. Cuando los guatemaltecos confronten una amplia oferta de trabajos, las tasas de desempleo y subempleo descenderán, y la sana competencia pujará los salarios para arriba. No arriesgaremos la vida y la unidad familiar migrando a tierras lejanas en busca de oportunidades. En palabras del sacerdote Robert Sirico, “la creación y la conquista de un empleo remunerado acaba con el círculo vicioso de la dependencia y empieza el círculo virtuoso de la participación en la economía de mercado. Los trabajos son el mejor programa anti-pobreza en el mundo.”

El trabajo es una vocación, no un castigo, predica la Iglesia Católica. El trabajo nos dignifica, así cosechemos café, procesemos metales o desarrollemos software. Como pastores, los sacerdotes comparten la desesperación de los padres cuando no pueden proveer el sustento a sus familias. Es preciso reconocer el valor de la creatividad, el ahorro y la inversión que facultan al empresario crear empleos. Debemos potenciar las relaciones laborales contractuales, cordiales y claras, dentro de un mercado abierto y dinámico, al tiempo que evitamos las políticas y leyes que entrampan el surgimiento de nuevas plazas. La Conferencia Episcopal señala acertadamente que “la migración solo disminuiría si en el país crecieran las oportunidades de ingreso, se facilitara mayor inversión de capital y se dieran políticas públicas orientadas no solo al gasto público, al derroche clientelar o a la corrupción pura y dura sino al favorecimiento de generación de empleos productivos.”

La infraestructura energética contribuye a atraer la inversión. De allí que los obispos se pronuncien a favor de las hidroeléctricas. La violencia, en cambio, ahuyenta el emprendimiento económico. Siendo el combate al crimen una tarea prioritaria del gobierno, “la enorme debilidad del Estado en todo el sistema de justicia” queda evidenciada por los índices altos de violencia en Guatemala. No se originaron en la región dos fuertes lastres—la guerra contra las drogas y las maras—pero cabe admitir que lejos de producir la paz, las estrategias gubernamentales adoptadas a la fecha para resolver estos males han cobrado vidas y causado más zozobra. Caminaremos en la dirección correcta si se convence a la ciudadanía que los linchamientos, los bochinches, los ataques a la propiedad ajena y otros medios violentos aumentan, no reducen, la conflictividad.

Pese a nuestros graves problemas, como los obispos, yo albergo la esperanza de vivir en una sociedad que propicie el florecimiento de toda persona humana.

Este artículo fue publicado el 11 de julio del 2014 en la Revista Contra Poder y en CEES.

La foto es mía.

 

Guatemala recibe a George Gilder

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George Gilder, apasionado del avance tecnológico, economista, inversionista y autor, recibirá el doctorado honoris causa de la Universidad Francisco Marroquín el 3 de mayo.

El último libro por George Gilder, Knowledge and Power (Conocimiento y Poder, 2013), causó revuelo por reivindicar al conocimiento como el protagonista de la economía. “La riqueza es esencialmente conocimiento,” afirma categóricamente el autor. Gilder saltó a la fama en los años ochenta tras publicar Riqueza y Pobreza. Su endoso de la teoría de la economía del lado de la oferta (Supply-side economics) gustó a la Administración Reagan. Gilder ha explorado la tensión latente entre el cambio y la estabilidad, así como la coerción y la libertad. Dos cosas me atrajeron cuando revisaba artículos sobre su obra. Primero, Gilder experimentó una revelación que transmite con sencillez a otros, respecto de la creación del conocimiento enriquecedor. Segundo, no tiene empacho en desafiar la corrección política del momento para resaltar la importancia de la familia.

George Gilder explica que cada transacción económica equivale a un intercambio de conocimientos diferenciados. Cuando Jorge le compra un frasco de aspirinas a su farmaceuta Juan, consciente e inconscientemente ambos hacen acopio de muchísimos datos que los llevan al acuerdo. Nos distingue del humano neandertal, no la mayor disponibilidad de recursos naturales, sino la acumulación y el acceso a la información. Con el tiempo aprendemos a hacer las cosas con mayor eficiencia, abaratando los costos e innovando.

Para Gilder, el conocimiento más valioso es aquel que nos sorprende y redirige la economía en direcciones insospechadas. Usa adjetivos como desordenada, disruptiva, sorpresiva e indeterminada para describir la información. “Y la entropía es libertad para elegir,” subraya. “Este discernimiento está en el centro de la teoría de información del capitalismo.”

Ahora bien, el conocimiento requiere de un canal o conductor confiable para ser diseminado y transformado. ¿Alguna vez fabricó Usted un teléfono con dos latas unidas por una pita? Cuando nos colocábamos la lata sobre el oído, escuchábamos ruidos distorsionantes pero también la voz del amigo que se comunicaba con nosotros. El empresario sabe distinguir entre los datos sorprendentes y valiosos, los ruidos distractores, y el aparato mismo. Dicho en otras palabras, para generar conocimientos disruptivos, es necesario un transmisor poco disruptivo.

Tanto la espontaneidad como el orden confluyen en el mercado para capitalizar el conocimiento. Son portadores instituciones como los límites constitucionales, los derechos de propiedad y la disciplina personal. Al igual que James M. Buchanan, Gilder opina que dichos portadores o reglas de tránsito no surgieron espontáneamente en la historia, sino que derivan de un liderazgo político inspirado y auto-restrictivo. Pero, haciendo eco de Friedrich Hayek, advierte que cualquier esfuerzo por centralizar o predeterminar el conocimiento son vanos y retardan la innovación y la creación de riqueza.

Eso nos trae a la segunda idea que me impresionó. Gilder opina que la familia tradicional es uno de los pilares estables, uno de los conductores de “baja entropía”, de los cuales brota el conocimiento creador de riqueza. La paternidad nos hace virtuosos y nos obliga a ser confiables. Los hijos nos dan un sentido de futuro y de largo plazo. Cuando la familia se destruye, nos volvemos cortoplacistas. En una entrevista que concedió al Instituto Acton, Gilder reconoce las raíces religiosas de la institución. Una cultura cimentada en raíces cristianas pone al centro a la familia y aspira a “lo bello, lo bueno, lo verdadero”, en tanto a juicio de Gilder, la cultura secular es corrupta y depravada.

¡Bienvenido a Guatemala, George Gilder! Sus discernimientos académicos son bien recibidos aquí.

Este artículo fue publicado el 2 de mayo del 2014 en la Revista Contra Poder y en CEES.

Foto del sitio New Media donde puede encontrar la conferencia dictada por Gilder.