Falsos dioses

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Las raíces cristianas definen al Occidente. La religiosidad de un pueblo no es dañina, afirma el historiador Christopher Dawson.

Esta semana el Instituto Fe y Libertad inaugura un seminario para discutir Los dioses de la revolución, una obra por Christopher Dawson (1889-1970). Bajo dirección del especialista en derecho constitucional, Jesús María Alvarado, los asistentes dedicaremos tres sesiones a analizar el último libro publicado por el historiador inglés. De hecho, Los dioses de la revolución salió a luz pública en 1972, dos años después de su muerte.

En Guatemala sabemos poco sobre Dawson, a pesar de la relevancia de sus escritos para cualquier país cristiano. Dawson ha sido descrito como el mejor historiador católico de Inglaterra. Gerald Rusello, del Centro de Recursos para la Educación Católica, opina que “fue probablemente el estudioso más penetrante de la relación entre religión y cultura que jamás ha escrito”. Cuando se convirtió al catolicismo en 1914, ya había completado estudios de historia y economía en Oxford. Publicó su primer libro en 1928: The Age of Gods. Sus biógrafos aducen que quedó inconclusa su ambición de redactar varios tomos sobre la civilización europea, desde la antigüedad hasta la era moderna. Quizás sus libros más conocidos, traducidos al español, son Progreso y Religión (1929) y The Making of Europe (1932), obra que en castellano se titula Los orígenes de Europa o Así se hizo Europa. Fue docente universitario en Exeter, Liverpool y Edimburgo. De 1958 a 1962, ocupó el puesto de catedrático titular de estudios católicos en la Universidad de Harvard.

Una hipótesis común es que la piedad popular perpetúa el retraso socio-económico en Guatemala. Algunos asumen el antagonismo entre fe y razón, o juzgan que la religiosidad promueve actitudes conformistas. Estas posturas son reformulaciones de aquella tesis renacentista, según la cual el arranque del progreso económico en Europa coincide con la superación de la oscura Edad Media. El cristianismo forjó la civilización occidental, subraya Dawson, pero su influjo fue positivo. Explica Rusello que para Dawson, “cuando la fe cristiana penetra una cultura,…inicia una regeneración espiritual que afecta no sólo la cultura material y externa, sino la constitución interior de sus miembros.”

Christopher Dawson es un historiador de las ideas. En Los dioses de la revolución, advierte que “se podría cometer el gran error de ignorar o minimizar la importancia del factor intelectual en la Revolución, como han hecho muchos historiadores modernos…Si vamos a negar la influencia del liberalismo en la Revolución Francesa, tendríamos que negar la influencia del comunismo en la revolución en Rusia.” Según Dawson, el cristianismo predomina sobre todas las ideas que han moldeado Occidente, pues es gracias a su filosofía que concebimos la evolución social como un proceso dinámico. Existe un plan divino para la humanidad del cual podemos o no estar conscientes, pero aún así, las personas organizan su convivencia con libertad. Una sola persona, como por ejemplo San Agustín o Santo Tomás de Aquino, pueden imprimir su sello a sociedades completas. El autor pretende recordarnos que un milenio de ideas cristianas ha calado hasta lo más hondo de la cultura europea.

Aunque tienen raíces cristianas, las doctrinas racionalistas y seculares, tanto la liberal como la socialista, intentan sustituir la fe cristiana. El problema es que cuando los movimientos seculares dejan de lado, o atrás, las creencias cristianas, tienen que rellenar el vacío con otros dioses. El grave peligro para nosostros es que las nuevas religiones de la raza, el proletariado, la “libertad, igualdad, fraternidad”, u otras más actuales, terminan subordinando al individuo al Estado.

Este artículo fue publicado el 15 de julio del 2016 en la Revista Contra Poder y el CEES.

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Corrupción, cultura y diplomacia

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La corrupción es un crimen que daña a la sociedad. Así opina el nuevo embajador de Estados Unidos en Guatemala, Todd Robinson, quien se comprometió a apoyar esfuerzos por combatir este fenómeno.

La anterior afirmación aparece en una entrevista que le hizo Prensa Libre (3-XI-14) al Embajador Robinson. Él tiene experiencia conviviendo con dicho mal, pues residió en países con un posicionamiento poco halagador en el Índice de Percepción de Corrupción, el cual analizó 177 países en el 2013: Italia (69), El Salvador (83), Colombia (94), Bolivia (106), Albania (116), y República Dominicana (123). Además, ya laboró en Guatemala, empatada en el puesto 123 con República Dominicana. Lamentablemente Robinson no especifica cómo solucionaría el flagelo de la corrupción.

¿Están conectados el bienestar, la corrupción y la cultura? Recientemente, abordamos la cuestión durante la presentación del sexto episodio del documental Poverty Cure. Las sociedades poseen capital cultural, según Poverty Cure. Las personas exhiben conductas virtuosas, ahorran, innovan y emprenden, en contextos sociales donde existe la confianza mutua y se respetan los contratos, la propiedad privada y el imperio de la Ley, entre otros. Las culturas cerradas y desconfiadas, o con mentalidad de víctima pordiosera, tienden a permanecer subdesarrolladas. Es lógico asumir que habrá más corrupción en las segundas.

Pero el Barómetro Global de Corrupción, una encuesta levantada a 114,000 personas en 107 países, muestra que la corrupción aumenta en todas partes del mundo, aún en países libres, con un Estado de Derecho mejor cimentado y economías prósperas. Alejandro Chafuen, columnista de Forbes y experto en estos temas, escribe que desde hace años Estados Unidos y la Europa Occidental están creciendo a un ritmo menor que países con peores indicadores de corrupción. Chafuen advierte que esta tendencia “está afectando varias de las instituciones esenciales para construir el Estado de Derecho en una sociedad libre.”

Algunos lectores pensarán que la tendencia mundial imita la historia guatemalteca, en cuya cultura arraiga la corrupción desde hace décadas. Tanta evidencia negativa nos podría sumir en la desesperanza determinista, o bien llevar a la fatal conclusión que poco nos beneficiaría fortalecer el Estado de Derecho o promover la libertad económica. El documental de Poverty Cure nos presenta una cara de la moneda más alentadora: las personas (y las culturas) cambian. Quizás sean más las historias de horror que las historias de éxito, pero existen organizaciones, comunidades y despachos públicos que se han vuelto más transparentes. Individuos y agrupaciones, sobre todo de índole religiosa, han motivado a otras personas para que salgan adelante haciendo gala de laboriosidad, esfuerzo, perseverancia y honradez.

Es preciso además reorientar las políticas públicas. Estamos tan acostumbrados a pensar que el Gobierno es la madre de todas las soluciones a nuestros problemas, que perdemos de vista los males que emanan de él. Las instituciones más desprestigiadas al nivel mundial son precisamente aquellas asociadas con el ejercicio del poder. El Barómetro Global revela que los partidos políticos y los policías son los peor percibidos, seguidos de los jueces, los diputados y los burócratas. Más de la mitad de los entrevistas consideran que estos cuerpos se han vuelto más corruptos en dos años.

Cabría recordar la advertencia que hacía el economista Gary Becker: la criminalidad es cuestión incentivos. A veces excesivos trámites y regulaciones, y la prevalencia de entes estatales corruptos, invitan en lugar de desalentar conductas turbias entre los ciudadanos. Tirarle más fondos al sistema perverso no resolverá la cuestión al menos que se opere un cambio tal que los premios de ser corrupto palidezcan ante los castigos, y que los castigos sean certeros.

Este artículo fue publicado el viernes 7 de noviembre del 2014 en la Revista Contra Poder y el CEES.

La fotografía es una imagen tomada del sitio de la organización Transparencia Internacional e ilustra los países con problemas de percepción de corrupción en los partidos políticos, según la encuesta Barómetro Global del 2013. (Ver enlace arriba)