Acabar con la corrupción

Slide1
Las lecciones aprendidas en Polonia, tras su exitosa transición hacia un sistema abierto con libertad económica y política, pueden orientar nuestra propia lucha contra la corrupción.

La semana pasada, impartió conferencias en la Universidad Francisco Marroquín el economista responsable por el Milagro Polaco: Leszek Balcerowicz. Cuando en 1990 el gobernante comunista Wojciech Jaruzelski convocó a elecciones, el modelo centralizado y represivo se habían agotado. De esa cuenta, salió victorioso el líder de oposición y cabeza del sindicato Solidaridad, Lech Walesa. La Unión Soviética, entonces inmersa en la perestroika de Mijael Gorbachev, no estaba en capacidad de intervenir a su país satélite para frenar los cambios. Dicha secuencia de eventos llevó al Dr. Balcerowicz al despacho del primer ministro, donde laboró entre 1989 y 1991; posteriormente, fungió como ministro de finanzas y presidente del banco central. El equipo de Balcerowicz estuvo listo para aprovechar la oportunidad cuando se presentó. Podemos aprender de Polonia que conviene actuar rápido, perseverar, crecer y defender nuestras libertades.

Actuar rápido: El Plan Balcerowicz reemplazó velozmente la dictadura comunista con un sistema abierto y un Estado de Derecho. A Balcerowicz no le gusta que describan su plan como una “terapia de shock”, porque la frase tiene connotaciones negativas y médicas. Pero, pregunta el reformador, ¿porqué no hacer lo correcto si sabemos lo que debemos hacer? ¿Porqué hablamos del precio político de la reforma, y no del mayor costo implicado en seguir haciendo mal las cosas? Quienes se benefician del estatus quo, a costillas del resto de la sociedad, pretenden que temamos el cambio porque son ellos quienes tienen mucho que perder, explicó Balcerowicz.

Perseverar: Los reformadores polacos abolieron a la policía secreta y la censura. Eliminaron los controles de precios, los monopolios estatales y los subsidios al carbón, la electricidad y el petróleo. Combatieron la inflación, que ascendía a una tasa de 640% en 1989, logrando reducirla a 37.3% para 1993. Inicialmente, 1.1 millones de trabajadores del gobierno perdieron su empleo, pero Balcerowicz se mantuvo firme y no retrocedió. En tan sólo dos años, ya se habían creado más de 600,000 empresas privadas que generaron 1.5 millones de trabajos nuevos. Entre 1989 y 2000, el crecimiento económico anual de la economía polaca superó el crecimiento de las otras economías post-soviéticas.

Crecer: La prioridad para una economía en vías de desarrollo, particularmente si es pequeña, es crecer. Debemos abrir la economía al comercio internacional. Todos los países empezaron pobres y sin Estado Benefactor, incluyendo Suecia, subrayó Balcerowicz. Un país relativamente pobre no puede recetarse el lujo de montar y financiar onerosos programas estatales. Guatemala no logrará crecer si se empeña en sostener un pesado aparato benefactor.

A mayor libertad, menos corrupción: La búsqueda de rentas corrupta prospera en ambientes con excesivas regulaciones, secretividad y arbitrariedad. Entre menos obstáculos ponga el gobierno al mercado, menos corrupción incentivará. Balcerowicz nos advirtió que permaneciéramos en guardia porque hay dos tipos de amantes del estatismo: los grupos de interés y los intelectuales. Los primeros presionan por más intervención porque “les gusta el dinero ajeno”, mientras los segundos promueven doctrinas caducas. Entre paréntesis, el economista comentó que en Polonia no habían comunistas de verdad, y que muchos, como él, se afiliaron al partido porque era la única forma de estar en posición de hacer reformas desde adentro. La mala información es peor que la ignorancia, sentenció Balcerowicz. Aconsejó que en Guatemala la sociedad civil defienda celosamente la libertad frente a las presiones que ejercen los buscadores de rentas.

Este artículo fue publicado el 13 de noviembre del 2015 en la Revista Contra Poder y el CEES.

Leszek Balcerowicz recibió el Premio Milton Friedman en 2014 que otorga el Cato Institute. La foto es tomada de la presentación que hicieron en homenaje suyo.

Advertisements

Que no se multipliquen los pobres

Slide1
Desde sus oficinas en Washington, D.C. o Paris, funcionarios planifican cómo reducir la pobreza eliminando a los pobres, a través de programas estatales de control de la natalidad. ¿Hacen bien?

No, afirmó categóricamente el economista Julian Simon hace ya treinta y cinco años: “los datos no demuestran que una tasa más alta de crecimiento de la población haga disminuir la tasa de crecimiento económico, sea en los países subdesarrollados o sea en los países desarrollados.”

Históricamente, aduce Simon, períodos de rápido crecimiento poblacional antecedieron épocas de crecimiento económico. El ingreso per cápita a nivel global se multiplicó rápidamente entre 1900 y el 2000, más de lo que jamás hubiera agrandado, justo cuando la población mundial se incrementó notablemente. Lo mismo aconteció más recientemente en Taiwan y Corea del Sur. En “5 mitos sobre la sobrepoblación”, Tony Daly relata que entre 1960 y 1980, la economía de Corea del Sur prosperó a una tasa promedio de 6.2% y la de Taiwán creció a 7%. Este sorprendente ritmo acelerado y sostenido de enriquecimiento, se precedió de un alza poblacional también notorio.

Por otra parte, los territorios más densamente poblados del mundo son relativamente ricos. Macao tiene 21,190 habitantes por kilómetro cuadrado y un Producto Interno Bruto (PIB) per cápita por encima de US$ 91 mil. Le sigue Mónaco, con 18,475 habitantes por kilómetro cuadrado y un PIB per cápita de US$ 163 mil. La lista de los espacios densamente poblados continúa con Singapur, Hong Kong, Gibraltar y el Vaticano: en ninguno el ingreso promedio es mísero. Por contraste, hay países despoblados que reportan un ingreso per cápita paupérrimo, como es el caso de Somalia, Zimbabue, Liberia y la República Democrática del Congo.

En dos platos, los países pobres no son pobres porque están excesivamente poblados, sino porque han adoptado un marco institucional poco conducente al crecimiento económico. Las personas necesitan oportunidades de trabajo y ventanas para el emprendimiento, una mayor inversión, así como justicia y seguridad, antes que reducir el tamaño de sus familias.

Todo apunta a que debemos dibujar la flecha causal en la dirección opuesta. Naturalmente disminuye el número de niños nacidos a cada mujer conforme mejoran tanto el nivel de vida de las personas como el índice de mortalidad infantil. Explica Julian Simon que “cuando la gente ve que son necesarios menos nacimientos para conseguir un tamaño determinado de familia, ajustan su fertilidad disminuyéndola.”

Por otra parte, el invierno demográfico es una preocupación global: la tasa de fertilidad ha decrecido en los países en vías de desarrollo tanto como en los países desarrollados. La tasa promedio de fertilidad en los países menos desarrollados, agregados, bajó de 5.7 en 1970, a 2.6 niños por mujer en edad de procrear en el 2013. En este espacio de tiempo, en África, América y Asia también bajaron las tasas de fertilidad: de 6.7,4 y 5.4, respectivamente, a 4.7, 2.1 y 2.2 bebés por mujer en el 2013. Para el año 2060, se estima que la tasa de fertilidad en casi todos los continentes se aproxime a 1.9 hijos por mujer, exceptuando a África, donde la tasa será de aproximadamente 2.5. Dado que la tasa de reposición es de 2.1 hijos por mujer, esto significa una despoblación sin precedentes.

La ironía revelada por estos datos es que los planes para controlar coercitivamente el crecimiento poblacional no sólo son inmorales, sino además resultan innecesarios. La política represiva de un hijo por mujer practicada en la China no es el único ejemplo abominable: se documentan casos de esterilizaciones involuntarias alrededor del mundo, sobre todo entre campesinos y minorías étnicas. En lugar de jugar a Dios, arrebatando a selectas personas la libertad de decidir el tamaño de su familia en pareja, deberíamos estar pensando cómo generar más riqueza.

Este artículo se publicó el 30 de enero del 2015 en la Revista Contra Poder y CEES.

Envidia

frase-si-la-envidia-es-natural-en-los-hombres-mejor-que-ocultes-tu-prosperidad-y-asi-evitaras-provocar-tales-de-mileto-154173

¿Porque los dueños de una empresa, ubicada en la entrada de Amatitlán, pintaron en la pared la frase “Sin envidias, alegrémonos del bien ajeno”?

Cada vez que paso por allí reflexiono sobre el grave daño que la envidia provoca en el interior de la persona y en la sociedad. La envidia juega un papel en las actitudes contra el emprendimiento y la creación de riqueza. Es el motor para la expoliación, la usurpación, las políticas redistributivas y la demagogia populista. ¿Cuánto bien habrá hecho esa empresa, tan sólo con difundir esa frase? ¿Y porqué la clase política en el país persiste en actitudes contrarias a la lección impartida?

El vicio de la envidia cobra nuevo protagonismo mundial junto con la desigualdad económica, uno de los nuevos mantras de la política internacional. En un artículo titulado “Envidia en la era de la desigualdad” (Spectator, 29-X-14), Samuel Gregg advierte que la potente mezcla de la envidia con la preocupación por la desigualdad “encamina a las políticas públicas hacia rumbos que no son ni económicamente sensatos ni políticamente sabios.” En el fondo, opina Gregg, evidencia una insatisfacción con los resultados que produce el proceso de mercado. Por otra parte, revela desconfianza y recelo entre grupos sociales o etnias.

Gregg aconseja afinar el lenguaje cuando abordamos el tema. No es lo mismo pobreza que desigualdad, ni tampoco es lo mismo ser desigual en ingresos que ser desigual en riqueza, educación o en acceso a tecnología. Tirar números al aire tampoco ayuda: la comparación entre el ingreso promedio de un obrero y el de un puñado de gerentes multimillonarios es poco realista, porque la verdadera brecha es menor cuando comparamos al asalariado con los miles y miles de gerentes cuya remuneración es más modesta.

Existe una desigualdad económica que es reflejo de la condición humana, de la diversidad de talentos naturales, y por tanto no es injusta. No es producto de privilegios y protecciones mercantilistas ni de prácticas ilícitas. Unos trabajan más, arriesgan más y asumen más responsabilidades que otros. La recompensa a su esfuerzo no vulnera a los demás. Además, en sistemas dinámicos el patrimonio familiar crece y cae a lo largo del tiempo.

Gregg estima que lo peor que podemos hacer es confundir igualdad política con igualdad económica. Los sistemas políticos participativos deben otorgar un trato parejo a todos los ciudadanos. Opina el filósofo francés Pierre Manent, citado por Gregg, que “las democracias gravitan hacia una fascinación por producir la igualdad total porque los sistemas democráticos obligan a todos a relacionarse unos con otros a través del medio de la igualdad democrática.” Llegamos a aspirar una igualdad material que choca con la realidad a nuestro alrededor, y por ende empezamos a resentir y envidiar el bien ajeno.

La tentación de igualar el ingreso a la fuerza, utilizando el Gobierno para despojar a unos de sus bienes y darlos a otros, es acentuada por dicha ilusión igualitaria en la política. Ya no sólo queremos ser iguales ante la Ley, sino iguales en posesiones. Gregg relata que Alexis de Tocqueville notó el fenómeno cuando viajó a Estados Unidos para evaluar su sistema democrático, y propuso tres posibles soluciones para moderar el vicio de la envidia. Primero, debemos asumir responsabilidad por forjar nuestro propio futuro. Segundo, los candados constitucionales deben evitar que el poder gubernamental se instrumentalizarse para servir impulsos envidiosos. El autor francés sabía que en ausencia de esos controles, los legisladores se plegarían a las demandas por la equidad. Y finalmente, las normas éticas y religiosas deben prevenirnos contra el peligro que encierra la envidia, no sólo para nuestro interior, sino para la cooperación social. Los guatemaltecos tenemos mucho que hacer en este campo.

Este artículo fue publicado el 28 de noviembre del 2014 en la Revista Contra Poder y el CEES.

 

Acuerdo del Manifestante

ByBGmbiCMAA_B9i

Imitemos a Martin Luther King, quien dijo “no dudamos en llamar ejército a nuestro movimiento. Pero era un ejército especial, sin más que su sinceridad por suministros, ningún uniforme más que su determinación, ningún arsenal más que su fe, ninguna moneda más que su conciencia.”

¿Qué pasó en Los Pajoques, San Juan Sacatepéquez, el 19 y 20 de septiembre? Los medios reportan un trágico saldo: por lo menos ocho personas muertas, varias de ellas pertenecientes a la familia Pajoc Guamuche; otras personas hospitalizadas con heridas y quemaduras; cinco vehículos y tres casas incendiadas. Aunque los aterrorizados habitantes de la aldea se niegan a dar informaciones, algunos medios publicaron que un altercado respecto de la construcción de la planta cementera San Gabriel y el Anillo Regional detonó la violencia. La organización Convergencia por los Derechos Humanos afirmó que trabajadores de Cementos Progreso provocaron el incidente, pero el comunicado oficial de la empresa no sólo condena los hechos sino que afirma que las familias de sus colaboradores son las víctimas en este caso.

Aparentemente, nadie quiere asumir responsabilidad del atropello. Ninguna causa justifica a un tropel enmascarado prender fuego a familias completas, e impedir el ingreso a rescatistas que pudieran haber salvado unas de las vidas en peligro. Acierta el Ministro de Gobernación, Mauricio López Bonilla, cuando declara que “el Gobierno está a favor de las marchas, del derecho de petición ciudadana, pero no de los actos vandálicos y de violencia.” El Gobierno debe hacer valer los derechos básicos de los guatemaltecos, entre ellos el derecho a la vida y la propiedad. Quienes agreden a sus conciudadanos merecen el calificativo de terroristas, no manifestantes.

Este incidente nos obliga a replantear los límites a la protesta y la libertad de expresión. Carece de legitimidad cualquier movimiento que emplea medios barbáricos. Como demostraron Martin Luther King, Mahatma Gandhi, Lech Walesa y otros líderes de protestas sociales, son más exitosas las agrupaciones que cuidan la legitimidad de sus métodos y de sus metas, y ello implica necesariamente renunciar a la violencia.

Propongo que los guatemaltecos nos obliguemos unos a otros a suscribir el siguiente Acuerdo del Manifestante:

  1. No mataré ni heriré a mis enemigos o amigos. No los atacaré con navajas o machetes, no los quemaré vivos, no los asesinaré con armas de fuego. No les lanzaré piedras, palos, granadas o bombas.
  2. No atentaré contra la propiedad privada. No invadiré terrenos y no destruiré viviendas, vehículos, negocios, puestos de venta, siembras, ganado, ni otros bienes. No toleraré el vandalismo.
  3. No cometeré actos vandálicos contra la propiedad gubernamental, incluyendo municipalidades, carreteras, puentes, puertos y más.
  4. No robaré. No me apropiaré de las pertenencias del prójimo, ni consentiré que una manifestación o protesta sirva de excusa para saquear casas o comercios.
  5. No extorsionaré a mis compatriotas para financiar mis actividades.
  6. No emplearé amenazas para obligar a las personas a abandonar su hogar, su trabajo o su pacífico estilo de vida.
  7. No mentiré. Me haré responsable de mis actos. Evitaré exagerar, distorsionar, encubrir o de otras formas falsear los hechos para avanzar mi causa. Renunciaré al cobarde anonimato. Recurriré al debate sano para persuadir a la ciudadanía de mi postura.
  8. Evitaré provocar disturbios sociales o sembrar el miedo en lugares públicos como estadios o cines, sobre todo si mi provocación es mediante un lenguaje que alienta un odio divisivo. Una turba irreflexiva y fuera de control es mi peor pesadilla.
  9. No pondré obstáculos a la libre locomoción de mis compatriotas. Mis manifestaciones no provocarán pérdidas económicas, daños al bienestar o a la vida de otras personas.
  10. Pediré que se castigue con todo el peso de la ley cualquier acto delictivo, aunque sus autores lo comentan en nombre de mi causa.

Este artículo fue publicado el viernes 26 de septiembre del 2014 en la revista Contra Poder y el CEES.

La foto fue tomada del sitio http://twadl.com/Guatemala/Pajoques/1/.

 

 

 

 

La Guatemala soñada

IMG_0206

Muchas personas se hicieron o se están haciendo a sí mismos, con penas y glorias, visión y esfuerzo. ¿Cuáles instituciones allanan el camino de los guatemaltecos soñadores?

Sueño con una Guatemala en la cual cada persona tiene la oportunidad para prosperar o florecer. Ese florecimiento requiere hacerse uno mismo, con esfuerzo, emprendiendo un proyecto de vida que nos potencia. Aunque contemos con escasos recursos, nos toque enfrentar tremendos obstáculos o equivoquemos el camino, nada se asemeja a la posibilidad de trazar responsablemente nuestra ruta única e irrepetible.

El concepto es ilustrado por el politólogo australiano Kenneth Minogue (1930-2013), recordado por su libro La mente liberal, publicado en 1963. Minogue explica que “jamás podríamos producir un cristal si colocamos mecánicamente las moléculas individuales del cual está compuesto. Pero podemos crear las condiciones bajo las cuales el cristal se formará a si mismo…Similarmente, podemos crear las condiciones bajo las cuales un organismo biológico crecerá y se desarrollará.” Ciertas instituciones políticas, económicas y sociales inhiben el desarrollo personal y otras lo desencadenan. Algunos han tenido que migrar hacia arreglos institucionales menos restrictivos para poder conquistar sus metas. Otros sortean complejas barreras.

De allí que la principal condición para que se produzca el florecimiento humano es la libertad personal. Las instituciones sociales, económicas y políticas deben reconocer que somos agentes morales capaces de entrar en relaciones voluntarias, responsables y productivas; de formar familias, asociaciones y negocios. En las sociedades libres es imposible predeterminar los resultados o garantizar ingresos equiparables; sin embargo la evidencia muestra que a mayor libertad, mayor creatividad y bienestar.

Esta visión contrasta con la visión redistributiva que apunta a imponer resultados desde arriba. La ingeniería social, que dicho sea de paso es utópica, reduce nuestra dignidad en lugar de valorizarla, porque nos trata como algo menos que agentes morales. Sin mérito de nuestra parte, ofrece dotarnos de educación, salud, vivienda, trabajo y más. Todo en idénticas cantidades y calidades, todo dispuesto por benefactores en ejercicio del poder. Suena justo…y cómodo. ¡Qué tentador es dejarnos ir, extendiendo una mano dependiente! Pero ello nos roba la satisfacción de elegir y pilotear nuestra nave; de crear valor y cosechar frutos merecidos. Por otra parte, previo a repartir bienes y servicios, el ingeniero social tuvo que confiscar recursos, incluso para suministrar aquello que rotula como “gratuito”.

¿Por qué es más popular la visión redistributiva que la visión del florecimiento humano? Saltan a luz por lo menos cuatro razones. Primero, los políticos prefieren los modelos que aumentan su poder, y bajo este esquema, los planificadores incluso fijan nuestras preferencias. Segundo, le creímos a quienes nos prometieron que la ayuda externa nos sacaría de pobres. No recapacitamos que el desarrollo no brotará espontáneamente de las dádivas mientras las instituciones domésticas sean defectuosas. Tercero, inventamos que los servicios estatales asociados con el Estado Benefactor son precursores o precondiciones para el progreso. Pero los países desarrollados empezaron a crecer antes de contar con masivos sistemas de educación, salud, previsión social y más; de hecho, demandamos estos servicios luego de experimentar una mejora en nuestros niveles de vida. Finalmente, tenemos prejuicios pesimistas respecto del talento y empuje del guatemalteco, creyéndonos demasiado ineptos o mediocres como para asumir la responsabilidad que conlleva la libertad. Los ejemplos de éxito en diferentes campos y niveles sociales nos tendría que dentro de cada guatemalteco yace un potencial a punto de manifestarse.

Este artículo se publicó el 12 de septiembre del 2014 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

La foto es mía, tomada en el Museo de Arqueologuía en La Aurora, Guatemala.

 

Un padre habla sobre la pobreza

IMG_1091

¿Ama a los pobres quien desea que sigan sumidos en la miseria? ¿Cómo ayudamos realmente al indigente?

El sacerdote jesuita James Schall es, sin duda, el profesor de la Universidad de Georgetown más famoso de nuestra era. Ya era una leyenda cuando yo estudié allí. Antes de retirarse en diciembre del 2012, había dado clases por más de 35 años y publicado arriba de treinta libros. La pobreza es un tema que le interesa. En 1990, apareció su libro Religión, Riqueza y Pobreza. Y en el 2013, causó revuelo con su artículo ¿Aman la pobreza los cristianos?, difundido por la revista electrónica Catholic World Report.

Las ideas de Schall son relevantes para Guatemala por dos razones. Por un lado, la lucha contra la miseria es prioritaria en este país, y por otro lado, incumbe a las personas de fe. Los cristianos guatemaltecos nos sentimos obligados a vivir la caridad y a exigir medidas gubernamentales para remediar la problemática. Nos conviene atender las advertencias del sacerdote jesuita si deseamos tener un impacto positivo y coherente con nuestros principios.

Los cristianos cometemos un error colosal al suponer que la pobreza es causada por una mala distribución de los bienes existentes, dictamina Schall. En una entrevista concedida a Ray Nothstine de Religion and Liberty, Schall afirma que “el mero hecho que algunos tienen más que otros se toma, equivocadamente, como una señal de injusticia”. Cuando la meta es repartir el haber presente con miras a igualar los ingresos, entonces el actor protagónico es el redistribuidor por excelencia: el gobierno.

Paradójicamente, “los gobiernos pueden ser la agencia más responsable de aumentar la pobreza,” subraya Schall a su entrevistador. Ello ocurre incluso cuando proclaman combatirla, porque con sus actos matan las fuentes que generan abundancia. En lugar de obtener una equidad en prosperidad, nos empobrecen, con el agravante que simultáneamente crece el poder estatal y se reduce el sentido de responsabilidad personal.

Serviríamos mejor al necesitado si entendiéramos cómo producir riqueza. “Al pobre realmente no le sirve que le amemos a él o a su pobreza, si no sabemos cómo no ser pobres,” escribe Schall. Los cristianos “tenemos que entender la ganancia, los mercados y la innovación que permiten a la persona, con sus propios esfuerzos, salir de su pobreza.” Los habitantes de los países más prósperos empezaron paupérrimos y encontraron la fórmula para progresar. De esa cuenta, prosigue Schall, debemos rechazar las ideologías modernas que aprisionan a los pobres mediante instituciones y costumbres que frenan la creación de riqueza.

No fuimos puestos en la Tierra para languidecer, inertes e inútiles, en la pobreza.  Al contrario, estamos llamados a trabajar, a ser creativos y descubrir por propia cuenta el sentido trascendente de nuestras vidas. Pienso que esta reflexión encapsula la dramática lección de Schall: el principal obstáculo para paliar la pobreza hoy es  “la idea que todos deberíamos ser pobres en nombre del cristianismo…”. La solución a nuestros problemas no está en obligar a todos a tomar un voto de pobreza. El voto de pobreza religioso, eminentemente voluntario, persigue invertir la vida en oración, reflexión y trabajo. Jamás buscó la miseria generalizada, sino evidenciar que la completa absorción por el mundo material no brinda felicidad. En medio de la abundancia se puede vivir el desprendimiento, así como destinar los bienes materiales a fines nobles y buenos. El hombre se puede salvar independientemente de su entorno social, pero eso no le impide laborar en pro de una comunidad más humana, bella y próspera.

Schall nos obliga a examinar nuestras motivaciones y obras: ¿Yo promuevo la generación de riqueza o la perpetuación de la pobreza?

Este artículo fue publicado el viernes 21 de marzo del 2014 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

La foto es propia, tomada de una obra colaborativa expuesta de la Bienal de Venecia, 2013.

 

¡Avance la libertad!

photo-43

Ya salió la edición 2014 del Índice de Libertad Económica.  ¿Qué nos enseña respecto del avance de la libertad en Guatemala?

Hace veinte años, la Fundación Heritage, basada en Washington, D.C., y el prestigioso periódico The Wall Street Journal se aliaron para producir un índice de libertad económica. Cuando empezaron, la noción de hacer comparaciones cuantitativas entre naciones sonaba descabellada. Y es que los números siempre son limitados. ¿Cómo sabemos que los factores evaluados son determinantes, y que no se excluye de la fórmula algún dato importante? ¿Son equiparables las estadísticas generadas en cada nación? Con el tiempo, los investigadores han ido afinando su herramienta. Han surgido otras mediciones enfocadas en las libertades civiles y políticas, la libertad de prensa, el desarrollo humano, la felicidad, la percepción de corrupción y más. Las investigaciones se complementan entre sí y nutren una viva discusión académica. En última instancia, contar con estos índices y con la serie de datos a través de dos décadas resulta útil para economistas, periodistas, formuladores de políticas públicas y políticos.

¿Cómo le fue a Guatemala este año? Ocupamos la casilla 83 de 186 países, y la casilla 17 en la lista regional de 29 países latinoamericanos y caribeños. Nuestro punteo es 61.2, levemente arriba del promedio mundial y regional. Los autores reflexionan que “a lo largo del la historia de veinte años del índice, la libertad económica de Guatemala ha permanecido mayormente estancada”. Esta realidad se evidencia en una gráfica que coteja nuestro avance contra el promedio anual desde 1995. Mientras que de 1995 hasta el 2003 nuestro rendimiento fue visiblemente superior, en años sucesivos se niveló y no ha logrado distanciarse del promedio mundial.

Del año pasado para ahora, Guatemala mejoró levemente en seis de los diez rubros evaluados. Estos incluyen la libertad para hacer negocios, invertir y comerciar. También ascendieron los indicadores de política monetaria, laboral y de corrupción política. Sin embargo, una expansión del gasto público y de la carga tributaria se unen a precarios derechos de propiedad para reducir la libertad económica de los guatemaltecos. Las victorias en la lucha por la transparencia son insuficientes. Persisten serios problemas, sobre todo en el sector de justicia, empañado por la corruptela y la ineficiencia, así como por la intimidación de jueces, fiscales y testigos. El país carece de un verdadero Estado de Derecho. Llama la atención que, al nivel global, también cayeron por 0.3 puntos, cada uno, los indicadores para Estado de Derecho, derechos de propiedad y corrupción.

El principal logro se obtuvo en la reducción de la tramitología para aprobar nuevos negocios, realidad reflejada en el índice Haciendo Negocios del Banco Mundial. No obstante, los inversionistas extranjeros pueden experimentar dificultades sorteando las trabas regulatorias y legales existentes.

Los países más libres experimentan un rápido crecimiento económico. Sus servicios de salud y educación son de calidad. Reducen a un ritmo mayor los niveles de pobreza. Protegen con mayor eficacia el ambiente.  Sus habitantes tienen ingresos per cápita más altos y gozan de bienestar.

¿Qué hicieron otros países para salir del hoyo? Conviene estudiar la trayectoria de dos países con mentalidad reformadora: Chile y las Islas Mauricio.  Ocupan el séptimo y octavo lugar en la lista mundial, y son los dos países en vías de desarrollo que más éxito han cosechado en estos años.  Fortalecieron sus instituciones, cuentan con buena gobernanza y redujeron el crimen.

Vivimos en la época más próspera de la historia de la humanidad, y realmente no hay motivo por el cual Guatemala no pueda convertirse en el próximo milagro económico.

—–

Este artículo fue publicado el 24 de enero del 2014 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

La foto es propia, de una instalación titulada “Full Body Scan”, por Guo-Qiang Cai (2013). La escogí porque trata sobre la seguridad y el peligro, así como la vulnerabilidad del individuo, tanto frente al crimen como los servicios de seguridad.  Me pareció ilustrativo de los incentivos que enfrentan los inversionistas en un país con un Estado de Derecho débil, con corrupción y ausencia de derechos de propiedad.