Pobreza crónica

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Si mucho, los pobres necesitan apoyo para emprender e insertarse en un proceso productivo que les permita asir firmemente el timón de su propio destino.
Guatemala es el país con más pobreza crónica en América Latina, dice el titular de Siglo Veintiuno del lunes 1 de agosto. Golpea: no queremos tener ese récord. Las personas que son crónicamente pobres lo han sido durante por lo menos cuatro años, y quizás lo sean siempre. Es una categoría distinta del pobre “transitorio”, que puede entrar y salir de la pobreza o convertirse en clase media. La lamentable estadística proviene del estudio Los olvidados, pobreza crónica en América Latina y el Caribe (2015), realizado por Renos Vakis, Jamele Rigolini y Leonardo Luccheti para el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento del Banco Mundial.

Fue duro enterarnos que la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOVI) del 2014, detectó un amento en la pobreza total, y una exacerbación de la pobreza extrema. Ahora nos dicen que nuestra pobreza es crónica.

El desesperanzador cuadro que pintan los datos y los reporteros guatemaltecos contrasta con el tono francamente optimista del estudio por Vakis, Rigolini y Luccheti. Ellos hablan de una “década exitosa” y del “resultado más impresionante en reducción de la pobreza en la región”. El continente está a punto de tener más habitantes de clase media que habitantes vulnerables.

Guatemala no tiene porqué ser el patito feo de América Latina. Si vencieron el demonio de la pobreza algunas economías que antes fueron centralmente planificadas, como la de China, país que aferrado al totalitarismo político, nosotros también podemos hacerlo.

Sin embargo, es importante cambiar nuestra forma de pensar sobre los indigentes. Debemos enterrar de una vez por todas dos ideas erróneas. En primer lugar, salvo algunos hippies y bohemios, la mayoría de los pobres no prefieren vivir como viven. Algunos socialistas idealizan la vida de campo y quisieran retroceder a una apacible época pre-Revolución Industrial, o incluso pre colonial. Quieren ver paisajes con pintorescas chozas, sin láminas ni blocs, pobladas por indígenas en trajes típicos que subsisten autárquicamente. En la vida real, las innovaciones que aumentan la productividad en los sectores agrícola e industrial y que crean empleos asalariados, ayudan a los guatemaltecos y sus familias. El romanticismo nostálgico los daña.

En segundo lugar, la pobreza no es una falla de mercado. Según esta tesis, el sistema capitalista excluye, margina y hasta condena a la miseria a un desvalido grupo social, como si fuera una desalmada bestia que se alimenta de pobres para beneficio de unos privilegiados ricos. No solamente Carlos Marx vio la pobreza como una consecuencia inevitable o estructural del capitalismo; los economistas de bienestar, menos radicales, caen en la misma lógica. Concluyen que los gobiernos y la cooperación internacional deben rescatar al pobre, cual héroes.

El Banco Mundial y muchos economistas de desarrollo ya descartaron estas dos ideas nefastas. Gracias a William Easterly y a otros ex burócratas desencantados con los resultados cosechados por décadas de aplicar el modelo de ayuda externa, el tono de las publicaciones dentro los organismos internacionales es abiertamente revisionista: tenemos que implantar estrategias novedosas. Reconocen que el mercado saca a los pobres de pobres, no así la cooperación internacional ni los programas estatales redistributivos. Excepto cuando se producen catástrofes que claman por ayuda humanitaria, ahora se enfatiza el desarrollo, no la redistribución. Los programas fracasados tendían a dirigirse a desvalidos objetos de caridad. Ahora, aconsejan tratar al pobre como un par o un socio, pues aunque carezca de educación formal o abundantes medios materiales, sí es capaz de trazarse metas y florecer.

Este artículo fue publicado el 5 de agosto en la Revista Contra Poder y el CEES.

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Donaciones tóxicas

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¿Extraña coincidencia? Mientras el Presidente Jimmy Morales recomendaba a los guatemaltecos no depender de la caridad, un filántropo estadounidense nos sugería leer Toxic Charity.

El Presidente Jimmy Morales intercaló una advertencia sobre la caridad en su discurso pronunciado con ocasión del Te Deum Cristiano Evangélico. Dijo que quienes viven en extrema pobreza están menos sedientos de la ayuda extranjera que otros conciudadanos, acostumbrados a financiar sus actividades, total o parcialmente, con donativos. No emprendemos proyectos rentables y auto-sostenibles, sino gastamos (y a veces despilfarramos) fondos ajenos. En el camino, perdemos nuestra dignidad.

Coincidentemente, asistí a una reunión en la cual nos recomendaron un libro por Robert Lupton titulado Toxic Charity. La referencia fue dada por un hombre muy caritativo; un empresario estadounidense que desarrolló programas de inversión para aliviar la pobreza en Nicaragua. Lupton asegura que vivimos en la era de la compasión. Según el Charity Navigator, el sector caritativo de Estados Unidos ha crecido exponencialmente. Es una industria de U.S. $358 mil millones. Guatemala recibió en ayuda oficial para el desarrollo U.S. $ 387.9 millones en el 2014, U.S. $88.5 millones más que el año anterior. Y la tendencia en Estados Unidos se replica mundialmente, inclusive aquí. Guatemala es el país más solidario de América Latina, según un índice de caridad de Charities Aid Foundation.

No cabe duda que dar nos hace felices. Lupton agrega, “la industria de la compasión es casi universalmente aceptada como una empresa virtuosa y constructiva. Lo que es verdaderamente sorprendente es que sus resultados prácticamente no se examinan.” Después de trabajar con iglesias, agencias gubernamentales y empresarios, Lupton concluye que las buenas intenciones pueden incluso causar daño.

El libro citado da un ejemplo centroamericano: lo erogado por un grupo de universitarios cristianos que viajó al istmo para repintar un orfanato, hubiera cubierto el costo de pagar a dos pintores locales, contratar a dos maestros tiempo completo, y comprarle uniformes a todos los estudiantes del colegio.

Lupton aclara que no cuestiona las buenas motivaciones del donante, sino las consecuencias no intencionadas. Los viajes de servicio no empoderan a los destinatarios ni mejoran su calidad de vida de forma sostenida. No alivian la pobreza ni tampoco cambian la vida de los donantes para bien. Tienden, en cambio a “debilitar a los servidos, fomentar relaciones deshonestas, erosionar la ética de trabajo del beneficiario, e incrementar la dependencia.” El autor de Toxic Charity advierte que “la misericordia sin la justicia degenera en dependencia y un sentido de merecimiento”.

Es un error entrar en pánico de crisis frente a una carencia crónica, como el hambre. El autor aboga por que los programas caritativos busquen formar relaciones duraderas en paridad, basadas en la confianza mutua. Es preferible entablar relaciones comerciales que relaciones de dependencia: crear productores y no mendigos. A los destinatarios, recomienda “desintoxicarse de la ayuda y promover la empresarialidad y el libre comercio. Invertir en infraestructura. Asegurar préstamos razonables, no donativos.”

Dirigiéndose a la comunidad internacional, el Presidente Morales aclaró que no quería sonar mal agradecido. Yo entendí que su punto era similar al de Lupton. Los guatemaltecos tenemos que recobrar nuestra dignidad, asumiendo la responsabilidad por nuestro propio destino. Recuperar el control sobre el desarrollo conlleva balancear la auto-gestión, la descentralización y la desregulación con una apertura comercial de cara al resto del mundo. Porque en palabras de Jonathan Glennie, autor de libros de desarrollo, “lo más triste del mundo no es la pobreza; es la pérdida de dignidad.”

Este artículo fue publicado el 22 de enero del 2016 en la Revista Contra Poder y el CEES.

¿Qué pasará en Cuba?

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Por primera vez desde 1980, una oficial de alto rango de Estados Unidos visitará Cuba para discutir cambios en las políticas migratorias entre ambos países.

Acostumbrados a décadas de una tensa coexistencia entre Cuba y Estados Unidos, nos cuesta asimilar los viajes a la isla de la Sra. Roberta Jacobson y de una delegación de representantes del Congreso del Partido Demócrata, liderada por el veterano Patrick Leahy de Vermont. Más nos extraña enterarnos que Raúl Castro liberó a 53 prisioneros políticos como paso previo a la “normalización” de relaciones entre ambos países. Aún resuenan en nuestros oídos las consignas de los manifestantes cubano-americanos en la Pequeña Habana, en Miami: Obama es un traidor, coreaban, porque concedió a los hermanos Castro lo que ellos pedían, a cambio de la liberación del prisionero Alan Gross. Mientras tanto, los simpatizantes de la izquierda celebraron el acuerdo. Pero, como escribe la bloguera Yoani Sánchez, el hito histórico se produjo “sin gritos de “viva Cuba libre”, ni botellas descorchadas. La vida nos escamotea ese punto de inflexión que guardaríamos para siempre en el calendario.” Para Yoani, faltó el desenlace definitivo; los discursos de ambos bandos sonaron a capitulación.

¿Es éste el principio del final para la dictadura castrista? Esa es la expectativa entre líneas del escrito de Yoani Sánchez. Es lo que muchos observadores esperamos ocurra una vez fluyan más remesas, más comunicaciones y más bienes y servicios de Estados Unidos hacia la isla. De hecho, la maniobra Obama-Castro pone en evidencia dos hipótesis contrarias. Algunos creen que para provocar el colapso del modelo comunista es preciso excluir a Cuba del mercado estadounidense y de círculos diplomáticos. Otros creen que una mayor apertura logrará el mismo objetivo. Parece ganar terreno la segunda hipótesis, pues el mundo lleva más de 53 años anticipando la implosión que produciría el ostracismo.

La resiliencia de la dinastía castrista es un fenómeno complejo, y guarda las claves para predecir el futuro. Por un lado, el rígido control dictatorial obedece a factores geográficos y a la brutal violencia que aplica el régimen contra los opositores. Los disidentes han sido hostigados, vapuleados y encarcelados. Las pocas iniciativas de reforma política que han surgido, como el proyecto Varela del 2002, fueron aplastadas. Tras años de límites para la libre asociación y expresión, ¿podrán emerger un sistema político libre y abierto?

Por otra parte, la economía se mantuvo merced a subsidios y ayudas provenientes de Rusia, Venezuela, China y algunas naciones europeas, así como de Estados Unidos. ¡Así es! Desde la presidencia de Bill Clinton, Cuba recibe más alimentos, bienes humanitarios y medicinas de Estados Unidos que de sus demás socios comerciales. A partir del 2009, se relajaron los límites a las remesas y viajes, de tal suerte que las remesas ascienden a entre $1.4 y $2 millardos anuales.

Una Cuba libre seguirá eludiéndonos al menos que allí se autorice y garantice la propiedad privada. ¿Comprenderán este hecho personalidades como Jacobson, Leahy y compañía? Yo lo dudo. Actualmente el gobierno administra la mayoría de los medios de producción. Contrata casi el 90 por ciento de la mano de obra en la isla. Desde 1995, los inversionistas extranjeros debe invertir en empresas controladas por el gobierno. No basta con aprobar algunas cooperativas y dispersos negocios por cuenta propia. Los estudios demuestran que la estatización de la propiedad propicia la corrupción, pues los actos delictivos de burócratas y ciudadanos conciernen impersonales bienes estatales. Sin propiedad privada y un Estado de Derecho, la movida Obama-Castro podría brindar más oportunidades a la privilegiada clase política, mientras el pueblo sigue esperando el momento propicio para descorchar la botella.

Este artículo se publicó el 23 de enero del 2015 en la Revista Contra Poder y CEES.

Curando la pobreza

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Tener un corazón para los pobres no basta. Debemos acompañar la compasión con una reflexión económicamente sensata sobre cómo se genera prosperidad y bienestar.

La serie titulada Poverty Cure se lanzó formalmente en Guatemala ayer. Esta serie consta de seis documentales  que exploran a fondo las causas de la pobreza, así como las soluciones más eficaces. Es un material audiovisual de alta calidad técnica producido por Acton Media, una división del Instituto Acton para el estudio de la religión y la libertad. El lanzamiento fue coauspiciado por la Universidad Francisco Marroquín y el Instituto Acton Argentina,  el cual estuvo representado por dos de sus directivos, el Dr. Gabriel Zanotti y la Licda. Cecilia de Vásquez Ger.

Han surgido innumerables iniciativas para paliar la pobreza a lo largo de los años. Miles de ONGs y agrupaciones religiosas y seculares tienden una mano a los indigentes. Los gobiernos buscan atender a sus ciudadanos necesitados, y los países desarrollados mantienen millonarios programas de cooperación internacional. Organismos multinacionales como la Organización de Naciones Unidas (ONU) administran estudios y proyectos. Se estima que la ayuda humanitaria global asciende a más de U.S.$ 17 millardos anuales, sin contar la cooperación bilateral y multilateral para el desarrollo. A la luz de este activismo, conviene formular preguntas serias: ¿Hemos acertado en el diagnóstico del mal? ¿Estamos ganando la batalla?

Poverty Cure nos invita a replantearnos la pobreza y a confrontar realidades duras. Algunas iniciativas que nacen de magníficas intenciones realmente empeoran la condición de los pobres. El donante se siente bien consigo mismo al realizar una obra de caridad, y por ello no verifica el impacto de sus acciones. Por ejemplo, luego del genocidio de Ruanda, los feligreses de unas iglesias protestantes de Atlanta empezaron a enviar huevos gratis a una comunidad afuera de Kigali. Inundaron la comunidad de huevos y quebraron al empresario local que había invertido sus escasos ahorros en gallinas ponedoras. Cuando los bienhechores de Atlanta descontinuaron el envío de huevos, los ruandeses estaban peor que antes porque ya no contaban con una producción local. Así, debemos resistir el impulso de hacer algo por el mero hecho de actuar, ya que nuestros proyectos pueden tener consecuencias imprevistas negativas.

El documental también rebate el estereotipo del pobre como un ser irremediablemente desvalido y  limitado. Andreas Widmer, cofundador de una entidad empresarial no lucrativa, SEVEN Fund, admite en el cuarto video: “Me frustra la idea de que pobreza significa vivir con menos de $1.00 ó $2.00 dólares diarios.” Agrega Herman Chinery-Hesse, un emprendedor de Ghana, que los africanos no son estúpidos. Lo que ocurre es que no logran poner sus talentos al servicio de los mercados mundiales porque se les excluye de las redes de intercambio, productividad, crédito, Internet, educación y más.  Los pobres se superan cuando las instituciones políticas y económicas en sus respectivos países son abiertas. Al menesteroso no hay que abandonarlo, marginarlo ni sobreprotegerlo; más bien, debe poder conectarse con otros en círculos productivos.

Esta colección de audiovisuales es útil para académicos, líderes religiosos, políticos, periodistas y empresarios interesados en promover el desarrollo. El sitio www.povertycure.org también es un invaluable recurso, pues Poverty Cure es más que un documental: es una red que aglutina a más de 200 socios individuales y corporativos de 143 países.  Estos socios ya estaban convencidos que los pobres son personas dotadas de dignidad, más que objetos o experimentos, y ahora, gracias a la plataforma que les provee Acton, pueden explorar cómo dar rienda suelta al espíritu de emprendimiento en el mundo.

Este artículo fue publicado el 7 de marzo del 2014 en la revista Contra Poder y en el CEES.