La onda climática

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Reportan ansiedad en niños entre 7 y 11 años debido al temor que les producen los efectos del calentamiento global. ¿Es correcto asustarlos tanto?

Si las personas causamos un calentamiento global sin precedente histórico, y si debemos cambiar nuestros hábitos para salvar la Tierra, entonces es imperativo que tanto los adultos como los niños despertemos abruptamente. Se justificaría, entonces, vincular cada deslave, inundación, hambruna y otros desastres naturales con el cambio climático antropogénico, aún si nos falta evidencia. ¿Cómo se formó esta mentalidad? ¿Es realista?

Cuesta creer que hace tan sólo sesenta años, los climatólogos laboraban en la periferia del mundo científico: no eran populares ni recibían tantas subvenciones como ahora. La creciente moda climática es examinada en un nuevo trabajo de investigación por William N. Butos y Thomas J. McQuade, del Instituto Independiente. Como en otras facetas de nuestras vidas, en las ciencias también se producen ciclos de auge y decadencia en áreas específicas de investigación, afirman Butos y McQuade.

La teoría según la cual la acción humana provoca el calentamiento global cobró fuerza en la década de los noventa. Grandes jugadores, como agencias gubernamentales y el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), desencadenaron una gigantesca ola favorable al estudio de la hipótesis. Este caso se parece al de la eugenesia, que fue objeto de similar consideración en el pasado. Aquella ola se derrumbó cuando salieron a luz pública los macabros experimentos del régimen Nazi en busca de la “higiene racial”, mientras que el tsunami del cambio climático antropogénico aún no colapsa. La experimentación requerida tanto por la eugenesia como por el cambio climático es compleja; es difícil hacer pruebas precisas.

Para demostrar su punto, Butos y McQuade cuentan el número de artículos científicos sobre el tema publicados entre 1978 y 2014. El total de trabajos se incrementó de cero hasta el pico máximo de 35 mil trabajos en el 2010. Paralelamente, el gobierno de Estados Unidos hundió millones de dólares en la investigación científica sobre el clima a partir de 1978. Desde 1992 los montos destinados al tema ascienden a más de U.S.$ 1,550 millones anuales.

El IPCC es un formidable porrista. Emplea su grandísima influencia para difundir los estudios con los cuales comulga y también para guiar las investigaciones en la dirección deseada. Se ha convertido en un campeón de “las hipótesis plausibles más atractivas políticamente”, afirman los autores, ignorando y acallando los estudios que contradicen su versión de los hechos. Los científicos que se han desviado del supuesto “consenso” son tachados por la IPCC de ser negacionistas rebeldes.

El financiamiento estatal, a su vez, constituye una fuente consolidada de cuantiosas sumas de dinero. El gobierno posee además el poder para emitir regulaciones y cobrar impuestos. Junto con los científicos, grupos de interés de inversionistas en granjas eólicas o energía solar, entre otros, participan de un enredado tráfico de influencias que retroalimentan la noción del calentamiento global antropogénico.

Butos y McQuade concluyen que todo el revuelo descansa en tres supuestos no validados por la evidencia dura: que el impacto humano sobre el clima global es medible, que es caro y difícil adaptarnos al ritmo de los cambios climáticos y que los efectos del cambio son un negativo neto.

Butos y McQuade confían que vendrá un declive cuando sea innegable la disparidad entre la tesis dominante y la verdad. Este bajón puede acentuarse si la eficacia y conveniencia de los programas gubernamentales relacionados es cuestionada. Al final, la ciencia del clima sanará de sus excesos, así como la ciencia de la genética sobrevivió los excesos de la eugenesia.

Este artículo fue publicado el 16 de octubre del 2015 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

 

 

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¿Opinión política o ciencia?

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En 1764, el químico sueco Torbern Olof Bergman, intuyó lo difícil que es atinarle a la verdad y comprender la obra natural: “Mediante diligente examen, poco a poco logramos pelar las capas más gruesas, pero rara vez liberamos el núcleo completamente, con lo cual debemos quedar satisfechos con pocos conocimientos incompletos.”

En el ciberespacio circula un memorando elaborado por científicos alemanes preocupados por faltas a la ética profesional en la meteorología y la climatología. Su reclamo es que la exploración científica se ha desvirtuado y politizado. El último párrafo resume su preocupación: “Debemos desear, en general, y también en nuestro campo académico, regresar a la práctica internacional científica que se ve libre de las preconcepciones y las opiniones prejuiciosas pétreas. Ello debe incluir la libertad para presentar resultados científicos (naturalmente bien fundamentados) aún cuando éstos no corresponden con la opinión dominante (por ejemplo, los requisitos del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático–IPCC).”

El primero en publicar el memo parece ser el bloguero Pierre Gosselin. Se describe a si mismo como un estadounidense radicado en Europa, apasionado por el debate climático. Explica su cometido en el clarísimo subtítulo de su blog Notrickzone: “No estoy aquí para adorar lo que se sabe, sino para cuestionarlo”. Los signatarios del memo y el profesor que lo filtró están atemorizados. El contenido de su manifiesto fue diluido y maquillado previo a aparecer en las páginas de la Sociedad Alemana de Meteorólogos; por eso colaron la versión no censurada en las redes sociales. A su vez, Gosselin se abstuvo de revelar sus nombres.

¿Cuál es el saber adorado en este caso? Es el “consenso del CO2”, según el cual el calentamiento global es producido por emisiones humanas de CO2. Los signatarios del memo afirman que la postura se ha convertido en dogma. Describen cómo el planteamiento se formó “democráticamente” en la opinión pública, pero ahora se hace valer dictatorialmente, a la fuerza. Quienes insinúan que no hay consenso o exploran hipótesis alternas son una amenaza para los científicos alineados y para los políticos que esgrimen la doctrina como una bandera, tanto dentro de los gobiernos nacionales como de los organismos internacionales. Ridiculización, despido y la imposibilidad de publicar su obra son algunas consecuencias para los profesionales que nadan contracorriente.

El caso del meteorólogo sueco Lennart Bengtsson influyó sobre los redactores del memo. Bengtsson pasó de recibir premios por su trabajo pionero en la predicción numérica del clima, al repudio por haberse afiliado a la Fundación sobre la Política del Calentamiento Global (GWPF), una organización disidente. Renunció a la GWPF a las pocas semanas porque “no esperaba tanta presión mundial de una comunidad a cual estuve cercano durante toda mi vida activa”. Una revista académica se negó a publicar su artículo: los alineados sostienen que contenía errores y deficiencias, pero los escépticos dicen que fue porque presentaba evidencia contra el dogma. El mismo Bengtsson emitió un comunicado al respecto: “No creo que exista un sistemático encubrimiento de la evidencia científica sobre el cambio climático o que el trabajo por académicos se “suprima deliberadamente”, como sugiere el periódico Times en primera plana. Me preocupa la tendencia más amplia que la ciencia gradualmente está siendo influida por opiniones políticas”.

La corrección política impone un lenguaje, unas ideas y una agenda. Engendra la autocensura y la mediocridad. Su espíritu es autoritario y sus soberbios guardianes practican el bullying, aunque se retraten como custodios de los derechos humanos y la tolerancia. Aquellos académicos que quieren avanzar sus disciplinas y aproximarse a la verdad, tienen que luchar para no contaminarse con este veneno, cultivando la virtud de la humidad y un solemne respeto por su profesión y la libertad personal.

Este artículo fue publicado el 24 de mayo del 2014 por la Revista Contra Poder y el CEES.

La foto que ilustra el artículo no es original, es un collage de fotos alusivos al artículo en el Times que provocó la controversia sobre Bengtsson.

 

Un Congreso desfasado

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El Congreso de la República está desfasado.  El 5 de septiembre, 92 diputados votaron a favor de la nueva Ley Marco para regular la Reducción de la Vulnerabilidad, la Adaptación Obligatoria ante los Efectos del Cambio Climático y la Mitigación de Gases de Efecto Invernadero.  Tal gesto hubiera encajado con un discurso popular hace siete años, pero no hoy.

Cuando daba de qué hablar la película sobre el calentamiento global del ex Vicepresidente Al Gore, Una verdad incómoda (2006), este decreto hubiera sido aplaudido.  Sin embargo, justo en estos días se divulgaron estudios que contradicen la principal justificación de esta normativa.

El cuarto considerando de la iniciativa de ley 4139, ahora el decreto 7-2013, afirma “que es universalmente reconocido que el calentamiento global es un fenómeno real…”.   ¡Ejem, ejem!  Es sumamente controversial, no universalmente admitida, la hipótesis según la cual aumenta la temperatura global.   La tesis sí fue una vaca sagrada y los científicos que osaban discrepar eran relegados, pero actualmente los bandos están más balanceados y libran una agitada batalla intelectual.  Ambas facciones escudriñan las mediciones presentes y cuestionan las predicciones futuras, sobre todo las emanadas del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), brazo de la ONU y abanderado del lobby climático.  Unos niegan que el calentón sea producto de la actividad humana, privilegiando como explicación las causas naturales.

Los mismos sondeos de la NASA, despacho estatal desde donde James Hansen lanzó la primera voz de alarma en 1988, muestran que la temperatura promedio mundial ha permanecido estable por casi veinte años.   Lo que es real, afirma The Global Warming Policy Foundation, es que la temperatura está estancada.  Pero hay más.  El Observatorio Pulkovo en San Petersburgo, Rusia, anunció que inicia una era glaciar.  Ya en el 2011 nos habían informado que la Sociedad de Astrónomos de América preveía un período de inactividad solar, similar al que se vivió entre 1645 y 1715, lo cual provocaría un ambiente más frío.  Y un informe, nada más y nada menos que del IPCC, constata que el período de enfriamiento no terminará sino hasta mediados de siglo.

El cuarto considerando de nuestra nueva ley afirma también que: “Guatemala es particularmente vulnerable a los efectos adversos del cambio climático, de los cuales tendrá que soportar una carga anormal y desproporcionada, con lo que se prevé el aumento de la magnitud y periodicidad de fenómenos naturales tales como tormentas y  amenazas de sequías…”   Un reportaje del 2 de septiembre de la prestigiosa National Geographic sostiene que a pesar de las predicciones anteriores, un nuevo modelo computarizado, el de mejor calidad que se haya desarrollado hasta la fecha, revela que el cambio climático contribuye a resguardar las costas americanas sobre el Atlántico de los huracanes.   Aunque la región centroamericana presentara un cuadro distinto al descrito por Barnes y compañía para América del Norte, el estudio demuestra que sobre la materia todavía hay mucha tela que cortar.

Por otra parte, en la Exposición de Motivos se enumeran algunas acciones y los compromisos que el Gobierno ya ha asumido desde 1995 relativos al cambio climático.  Las autoridades competentes no requerían de una nueva ley para ejecutar programas o educar a la población al respecto.  Entonces, ¿porqué aprobar esta legislación ahora?  ¿Será para canalizar dinero, codiciado por diferentes buscadores de rentas,  hacia un nuevo Fondo Nacional de Cambio Climático? ¿O para luego poder acusar a agricultores e industriales de afectar adversamente el clima con sus actividades productivas?  ¿O para obligar al Ministerio de Minas a elaborar un Plan Nacional de Energía que fortalezca la postura anti-minería?   Debemos evitar caer en el jueguito que politiza a la ciencia para satisfacer intereses sectoriales, y enfocarnos en soluciones sensatas y realistas a nuestros problemas.

Este artículo fue publicado el 13 de septiembre en la Revista Contra Poder y en el CEES.

Consultar el sitio de RED RANA para más información sobre este y otros temas ambientales.