¿Qué es un Jubileo?

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Asociamos la paz y la amistad con las fiestas navideñas, pero este año el sentimiento dominante debe ser la alegría, subrayada por el inició del Año de la Misericordia el pasado 8 de diciembre.

Este artículo intenta explicar en qué consiste un año santo o un jubileo, y qué beneficios podemos cosechar de dicha celebración. En una bula emitida el 11 de abril, el Papa Francisco anunció la convocatoria del Jubileo Extraordinario de la Misericordia. El pontífice nos invita a reflexionar con mayor intensidad sobre las implicaciones de un Dios que es Amor, como lo resumió Juan el evangelista. El Dios cristiano es amoroso, y “la misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia”, escribe Francisco. Nos debe impulsar a ser mejores personas la gratitud y el amor que inspira Dios-Amor.

Grito de alegría es lo que significa la raíz latina de la palabra jubileo, iubilum. También se traza una línea etimológica del término hebreo yobel, un macho cabrío. Los judíos solían anunciar el año jubilar sonando un shofar, o cuerno de cordero, en Yom Kipur, el día de la expiación y del perdón. Cada cincuenta años, los judíos celebraban un año jubilar o sabático: se dejaba sin arar la tierra, se restituían propiedades a quienes las habían perdido y se liberaba a los esclavos, entre otras cosas. El Papa Bonifacio VIII convocó al primer año jubilar en la Iglesia Católica en 1300, y resolvió celebrar jubileos ordinarios cada siglo. Años más tarde, pretendiendo que cada generación viviera por lo menos un año jubilar, se determinó que fueran cada 25 años. Los jubileos constituyen una invitación a retornar a la vida de fe mediante el perdón y la reconciliación.

El año santo recién inaugurado es el número 65 de los jubileos extraordinarios celebrados por la Iglesia Católica al día de hoy. El anterior tuvo lugar en el 2000. El 24 de diciembre de 1999, San Juan Pablo II se arrodilló para rezar en el umbral de la Puerta Santa recién abierta, inaugurando el Gran Jubileo que conmemoró los dos mil años (más o menos) de la venida de Jesucristo al mundo.

La apertura y el cierre de la Puerta Santa en San Pedro, y luego en las designadas basílicas y catedrales alrededor del mundo, se ha convertido en el acto simbólico de los años jubilares. Quienes libremente atravesemos estas puertas, aceptamos conscientemente a Dios y buscamos el auxilio de Su gracia. Pasamos del peligro al lugar seguro. Al abrir la puerta Francisco pronunció las siguientes palabras: “Es esta la puerta del Señor: Por ella entrarán los justos. Abridme las puertas de la justicia: Entraré para dar gracias al Señor. Por tu gran misericordia, entraré en tu casa, Señor: Me postraré hacia tu templo santo”.

El Papa Francisco ha expresado su temor de que ciertos sucesos violentos, como los atentados terroristas en París, son “piezas” de una tercera guerra mundial que se da por pedazos. Un mundo sacudido por la confrontación puede tomar fuerzas de recentrar la vista en el mensaje y ejemplo de vida de Jesucristo. Obviamente, siendo Dios y Hombre, Jesús lo hizo todo bien, como dice San Marcos. Heridos por el pecado, a nosotros nos cuesta mucho más obrar como debemos, pero no por ello dejamos de esforzarnos por imitar a Jesucristo. Alegra saber que Dios no nos rechaza; nos recibe con brazos abiertos cada vez que corremos de vuelta a buscarlo. La reconciliación con Dios a través del sacramento de la penitencia o la confesión nos permite recomenzar una y otra vez. Nuestro paso por esta tierra es, en resumidas cuentas, una continua lucha por alcanzar la perfección. Además, aprendemos a perdonar a quienes nos han hecho daño.

Aún los no creyentes sacarán provecho de leer detenidamente los escritos alusivos al año santo, porque el mensaje de perdón, reconciliación y misericordia pueden ayudar a familias, amigos y sociedades enteras a vivir en paz.

Este artículo fue publicado el 18 de diciembre del 2015 en la Revista Contra Poder y el CEES.

La foto es el logotipo oficial del Jubileo de la Misericordia.

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Guatemala y la Inmaculada en 1855

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La Inmaculada Concepción ha sido una fiesta grande en Guatemala por más de 150 años.  Resulta grato leer sobre la primera celebración, en 1855, cuando se proclamó el dogma. Desde un inicio imbuimos la festividad de amor mariano y un innegable sabor guatemalteco.  

El ahora Beato Pío IX confirmó una creencia de siglos mediante la constitución Ineffabilis Deus de 1854: la Virgen María, “en el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios…fue preservada inmune de toda mancha de culpa original.” Si analizamos las prácticas religiosas en la historia, notamos que ya para el siglo V, los fieles en Oriente conmemoraban el nacimiento de la Virgen María. La arqueología parece confirmar la tradición según la cual María nació en Jerusalén, justo donde se erigió la Iglesia de Santa Ana, actualmente bajo administración francesa. Dado que su natalicio se celebraba el 8 de septiembre, en 1476 Sixto IV fijó la fecha de la Inmaculada Concepción nueve meses después.

A Pío IX, nacido Giovanni Maria Mastai-Ferretti, hombre culto y de ideas liberales, le tocó transitar hacia una Iglesia moderna desligada del poder terrenal. En 1868, convocó al Concilio Vaticano I, donde se estableció la doctrina de la infalibilidad papal. Las sesiones se suspendieron en 1870 porque Roma fue anexada por el Reino de Italia y los Estados Papales dejaron de existir. Ningún otro Vicario de Cristo ha hecho cabeza por más años; su pontificado duró 31 años, 7 meses y 23 días. Publicó 32 encíclicas  y fue el primer papa fotografiado. Le tocó un tiempo convulsionado, dentro del cual la solemne misa del 8 de diciembre de 1854 luce como un grato parón.

Entre cantos en latín y griego, el pontífice invocó al Espíritu Santo y leyó el anuncio con emoción. Luego coronó una imagen de la Virgen.  Esa noche, Roma festejó con conciertos de música clásica. Se iluminaron las cúpulas del Vaticano y del Capitolio.   Nuestro país fue representado por el presbítero doctor Bernardo Piñol y Aycinena, quien ya para entonces había sido nombrado obispo de Nicaragua.

Portando la bula para entregar al arzobispo, Piñol retornó al país a principios de julio de 1855. Cabe notar que tan sólo habían transcurrido nueve meses desde la firma del Concordato, el 10 de octubre de 1854, suscrito por Pío IX y el Presidente Rafael Carrera para normar las relaciones entre la Iglesia y el gobierno. A escasos once días de establecer el concordato, Rafael Carrera había sido proclamado presidente vitalicio.

En este contexto se organizó rápidamente la celebración para dar a conocer la buena nueva en Guatemala. Todo quedó inmortalizado en un folleto que publicó el Arzobispo García y que es citado por el historiador Agustín Estrada Monroy. Resulta absolutamente encantador, y predecible, el hecho que en por lo menos dos ocasiones “la ciudad estalló en una cohetería ensordecedora”, según relata Estrada Monroy, antes y después de la misa celebrada el domingo 22 de julio. Además, sonaron todos los campanarios desde las cinco de la mañana. Dispararon salvas de artillería en los fuertes de San José y Matamoros, y en la Plaza de Armas.

El detalle más conmovedor fue que los vecinos limpiaron “escrupulosamente” las calles y decoraron sus casas con flores, al punto que “la ciudad entera pareció estar cubierta de un inmenso jardín primaveral”. Colocaron las flores una vez había repicado la gran campana de la Catedral, luego de que se anunciara la bula formalmente. Dentro de la catedral, los fieles se arrodillaron cuando Piñol leyó la definición dogmática.

El edicto se imprimió y la fiesta se difundió por todo el país hasta merecer el nombre de “Día Clásico de Guatemala”. Tras fallecer su esposa en 1855, Rafael Carrera donó sus joyas a una imagen de la Inmaculada Concepción en la Catedral, y ésta recibió el apelativo de “Primera Dama de la Nación”.

Este artículo fue publicado el 6 de diciembre del 2013, en vísperas de la Quema del Diablo, en la revista Contra Poder y en el CEES.

Foto de la imagen de la Inmaculada Concepción en la Catedral Metropolitana en la ciudad de Guatemala, 2013.