¿Qué quieren los jóvenes?

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¿Qué exige la generación del milenio en materia política?

Un 53 por ciento de los nacidos entre 1981 y 2000 ve el socialismo con buenos ojos, según una encuesta realizada en Estados Unidos por las empresas Rupe y Reason, citada por Emily Ekins y Joy Pullman en un artículo para The Federalist. En contraste, sólo un cuarto de los mayores de 55 piensa igual, en parte porque conocen los horrores de los experimentos marxistas del siglo XX. Otra encuesta, levantada por YouGov, revela que el 43 por ciento de los menores de 30 años son partidarios del socialismo.

¿Los mileniales quieren, entonces, que los gobiernos asuman el control de los factores de producción? Eso es socialismo, ¿no? Planteada así la cuestión, los jóvenes contestan que no. Pullmann y Ekins afirman que “si los jóvenes tuvieran que pagar por todos los esquemas socialistas que aparentemente apoyan, su apoyo se evaporaría rápido.” Entre más ganan los mileniales, más odian que el gobierno se quede con una parte sustancial de sus ingresos.

Quizás resolvamos la paradoja analizando los adjetivos descriptivos de los mileniales. Diversos estudios cualitativos generan una amplia lista de características: son personas que sienten que tienen derecho a muchas cosas, de mente abierta, entusiastas, optimistas, flexibles, sofisticados, pragmáticos, vacilantes, renuentes a comprometerse con una postura ideológica, amantes de redes sociales, centrados en si mismos e inclusivos. A mi entender, algunos de estos epítetos son mutuamente excluyentes. No pocos jóvenes se ofenden al leerlos.

Sin embargo, el sentido de merecer, de tener derecho, sumado al afán por ser inclusivos, se traduce en un deseo de mejorar el bienestar propio y el de los demás. Ellos han sido programados con el chip de que pueden cambiar el mundo. Les gustan las empresas solidarias, movidas no sólo por el imán de las ganancias sino por una causa noble. De hecho, los empleadores en los países desarrollados notan que los mileniales renuncian a sus trabajos si éstos carecen de un sentido más alto que traer pan a la mesa. Según la revista Forbes, los mileniales han engrosado las filas del emprendimiento social: “El creciente énfasis en el bien de la sociedad está empoderando a los mileniales a balancear sus carreras profesionales con el karma…”. Curar el cáncer, terminar con el calentamiento global, el terrorismo y la pobreza son algunas de sus aspiraciones.

Por tanto, para ellos ser socialista es más o menos igual a ser una persona empática, alguien que se preocupa por el prójimo y el planeta. En ese sentido, no son tan egoístas como se les retrata. Quieren aportar soluciones distintas, innovadoras, a los problemas de su tiempo.

¿Son distintas las perspectivas políticas de los jóvenes en América Latina, en comparación con los jóvenes en Estados Unidos? Yo esperaría que nuestros jóvenes fueran más suspicaces de los gobiernos. Nuestras experiencias con el abuso del poder y la corrupción bastan para curar a cualquiera de la ilusión según la cual los políticos populistas, demagogos y socialistas son los llamados a palear los males de la sociedad.

He allí el dilema para los jóvenes que salieron a la plaza el año pasado. Saben que también ellos serían tragados por el sistema corruptor si tomaran las riendas del gobierno; los cambios sustanciales no vendrán desde la arena política. Para alcanzar el bienestar social que tanto anhelan, deben desoír las sirenas socialistas y promover más libertad económica, confiando así en que las personas saldrán adelante con su ingenio y trabajo arduo. La plaza tiene que generar propuestas de políticas públicas para restringir, no fortalecer, el control gubernamental sobre los medios de producción.

Este artículo fue publicado el 3 de junio del 2016 en la Revista Contra Poder y el CEES.

Crédito de foto para collage.

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O’Grady: periodista amante de la libertad

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Yo admiro a Mary Anastasia O’Grady por su honestidad intelectual, su sentido de ética y su gran corazón. Tiende a levantar olas todos los lunes a través de su columna, publicada en el prestigioso medio The Wall Street Journal.

El sábado 9 de mayo, Mary O’Grady se convirtió en la cuarta mujer en recibir un doctorado honoris causa de la Universidad Francisco Marroquín. Su nombre se suma así al de Bettina Bien Greaves, Jean Kirkpatrick y Deirdre McCloskey, quienes ya recibieron la distinción. La trayectoria de O’Grady demuestra a los estudiantes graduandos que los ideales de la libertad pueden moldear una carrera profesional exitosa.

Cada semana, Mary analiza la compleja situación económica y política de América Latina y Canadá. Consciente del impacto que pueden tener sus escritos en la región, es a la vez prudente y valiente. Evita simplificar la realidad, se esfuerza por comprender nuestras idiosincrasias y examina críticamente incluso las confesiones de los presidentes y de otros personajes poderosos a quienes tiene acceso directo.

Tres ejemplos concretos ilustran su estilo investigativo. Cuando el ex presidente de Honduras, Manuel Zelaya, violó la ley  y fue destituido por la Corte Suprema de Justicia y el Tribunal Superior Electoral, O’Grady fue una de las pocas voces estadounidenses que no etiquetó el suceso de golpe de estado. De hecho, criticó duramente a su propio gobierno por colocarse del lado de la impunidad en ese caso. Más recientemente, señaló cómo fondos malversados de Petrobras se invirtieron en la campaña presidencial de la reelecta Dilma Rousseff. El tercer ejemplo actual tiene que ver con su osado cuestionamiento de los intransigentes métodos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas (FARC) en las negociaciones con el gobierno: teme que la institucionalidad democrática en Colombia esté en peligro.

Cubrir el continente entero le brinda a Mary una panorámica visión de conjunto. De sus escritos emanan lecciones importantes. El Estado de Derecho es frágil. Se puede construir o destruir. Tienden a prosperar y a ser menos corruptos aquellos países que optan por respetar las garantías individuales y participar del comercio libre. Para Mary, es inaudito que alguien admire el modelo cubano-venezolano, porque el mismo ha acarreado pobreza, violencia y desesperanza para los habitantes de esas naciones, al tiempo que provoca estragos en los países vecinos que reproducen algunas políticas públicas socialistas. Acusa a los funcionarios de Estados Unidos de anteponer su interés personal y partidista a los intereses de los latinoamericanos, y consecuentemente cargarnos altos costos, a raíz de la guerra contra las drogas, la imposición de estrictas leyes anti-adopciones, y el trato a los migrantes, entre otras medidas.

Poco sorprende que Mary irrite a funcionarios y reporteros de izquierda, quienes la tildan dramáticamente de fascista, oligarca y conservadora. ¡No! Curiosamente, O’Grady llegó al periodismo por la puerta trasera. De Assumption College y Pace University recibió títulos en Inglés y Administración Financiera, respectivamente. Tras completar su maestría, invirtió más de diez años en el sector financiero, prestando sus servicios en las empresas Advest, Thomson McKinnon Securities y Merrill Lynch. Abandonó ese mundo en 1995 para incorporarse a The Wall Street Journal (WSJ), y tan sólo cuatro años más tarde fue ascendida a redactora de las páginas editoriales. Se ha hecho acreedora de varios premios a lo largo de su carrera periodística, entre ellos el Premio Thomas Jefferson de la Association of Private Enterprise Education (2009) y el Premio de la Libertad Walter Judd de The Fund of American Studies (2012). Mary es miembro de la Sociedad Mont Pelerin y del consejo directivo de Liberty Fund.

Hoy tenemos oportunidad de agradecer a Mary O’Grady los beneficios visibles e invisibles que ha generado para la región gracias a su trabajo.

Este artículo fue publicado el 8 de mayo del 2015 en Contra Poder y en CEES.

La foto es original de New Media, UFM.

 

 

 

 

 

 

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Que no se multipliquen los pobres

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Desde sus oficinas en Washington, D.C. o Paris, funcionarios planifican cómo reducir la pobreza eliminando a los pobres, a través de programas estatales de control de la natalidad. ¿Hacen bien?

No, afirmó categóricamente el economista Julian Simon hace ya treinta y cinco años: “los datos no demuestran que una tasa más alta de crecimiento de la población haga disminuir la tasa de crecimiento económico, sea en los países subdesarrollados o sea en los países desarrollados.”

Históricamente, aduce Simon, períodos de rápido crecimiento poblacional antecedieron épocas de crecimiento económico. El ingreso per cápita a nivel global se multiplicó rápidamente entre 1900 y el 2000, más de lo que jamás hubiera agrandado, justo cuando la población mundial se incrementó notablemente. Lo mismo aconteció más recientemente en Taiwan y Corea del Sur. En “5 mitos sobre la sobrepoblación”, Tony Daly relata que entre 1960 y 1980, la economía de Corea del Sur prosperó a una tasa promedio de 6.2% y la de Taiwán creció a 7%. Este sorprendente ritmo acelerado y sostenido de enriquecimiento, se precedió de un alza poblacional también notorio.

Por otra parte, los territorios más densamente poblados del mundo son relativamente ricos. Macao tiene 21,190 habitantes por kilómetro cuadrado y un Producto Interno Bruto (PIB) per cápita por encima de US$ 91 mil. Le sigue Mónaco, con 18,475 habitantes por kilómetro cuadrado y un PIB per cápita de US$ 163 mil. La lista de los espacios densamente poblados continúa con Singapur, Hong Kong, Gibraltar y el Vaticano: en ninguno el ingreso promedio es mísero. Por contraste, hay países despoblados que reportan un ingreso per cápita paupérrimo, como es el caso de Somalia, Zimbabue, Liberia y la República Democrática del Congo.

En dos platos, los países pobres no son pobres porque están excesivamente poblados, sino porque han adoptado un marco institucional poco conducente al crecimiento económico. Las personas necesitan oportunidades de trabajo y ventanas para el emprendimiento, una mayor inversión, así como justicia y seguridad, antes que reducir el tamaño de sus familias.

Todo apunta a que debemos dibujar la flecha causal en la dirección opuesta. Naturalmente disminuye el número de niños nacidos a cada mujer conforme mejoran tanto el nivel de vida de las personas como el índice de mortalidad infantil. Explica Julian Simon que “cuando la gente ve que son necesarios menos nacimientos para conseguir un tamaño determinado de familia, ajustan su fertilidad disminuyéndola.”

Por otra parte, el invierno demográfico es una preocupación global: la tasa de fertilidad ha decrecido en los países en vías de desarrollo tanto como en los países desarrollados. La tasa promedio de fertilidad en los países menos desarrollados, agregados, bajó de 5.7 en 1970, a 2.6 niños por mujer en edad de procrear en el 2013. En este espacio de tiempo, en África, América y Asia también bajaron las tasas de fertilidad: de 6.7,4 y 5.4, respectivamente, a 4.7, 2.1 y 2.2 bebés por mujer en el 2013. Para el año 2060, se estima que la tasa de fertilidad en casi todos los continentes se aproxime a 1.9 hijos por mujer, exceptuando a África, donde la tasa será de aproximadamente 2.5. Dado que la tasa de reposición es de 2.1 hijos por mujer, esto significa una despoblación sin precedentes.

La ironía revelada por estos datos es que los planes para controlar coercitivamente el crecimiento poblacional no sólo son inmorales, sino además resultan innecesarios. La política represiva de un hijo por mujer practicada en la China no es el único ejemplo abominable: se documentan casos de esterilizaciones involuntarias alrededor del mundo, sobre todo entre campesinos y minorías étnicas. En lugar de jugar a Dios, arrebatando a selectas personas la libertad de decidir el tamaño de su familia en pareja, deberíamos estar pensando cómo generar más riqueza.

Este artículo se publicó el 30 de enero del 2015 en la Revista Contra Poder y CEES.

¿Qué nos hace felices?

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¿A usted lo hace feliz poseer bienes materiales, sentirse amado y valorado, o ambas cosas? ¿Podría cuantificar cuán feliz es?

 A los científicos sociales les ha dado por estudiar y medir la felicidad. Existen dos esfuerzos interesantes:  el Índice de la Felicidad Mundial, auspiciado por la Organización de Naciones Unidas (ONU), y el Índice del Planeta Feliz, generado por la Fundación para la Nueva Economía (NEF).  Quizás ambos están influidos por el concepto ideado en 1972 por el rey de Bután como una contrapropuesta al Producto Interno Bruto:  la Felicidad Nacional Bruta.  El gobernante pretendía medir el desempeño de la economía doméstica con base en los valores espirituales del budismo, y no sólo en función de la prosperidad material.

La felicidad no es fácil de medir; lo demuestran las diferencias entre el índice de la ONU y la NEF.  Quienes diseñan el estudio revela los factores que ellos privilegian para ser dichosos.  NEF es una ONG alternativa que se fundó en 1986 para retar, desde una perspectiva ecológica-socialista, las prescripciones económicas de la G7.   Por lo tanto, el Índice del Planeta Feliz asigna una alta prioridad al daño que provocan los seres humanos en el ambiente.   Definen huella ambiental como “la medida de la cantidad de tierra, per cápita, requerida para sostener los patrones de consumo del país”.     Luce más complejo el índice de la ONU, pues combina tres tipos de encuesta para establecer cuáles son las emociones positivas, las emociones negativas y la satisfacción general con la vida.   Usan la escala de Cantril, por ejemplo, la cual requiere a las personas evaluar qué tan cerca o lejos se encuentran de su situación de vida ideal.

Guatemala ocupa la casilla 10 en el Índice del Planeta Feliz porque la huella ambiental es baja, la esperanza de vida en el país es relativamente alta y nuestra percepción de bienestar también es relativamente elevada.    En el Índice de Felicidad Mundial, Guatemala figura en el puesto 47 de 156 países.   Este punteo se explica, no tanto porque aquí se manifiesten bajos índices de corrupción, o porque seamos generosos, sino porque contamos con buenos soportes sociales y porque nos sentimos libres de tomar decisiones acerca de nuestras propias vidas.

Concluyen los autores del Índice de Felicidad Mundial que los países ricos sí están poblados por personas contentas, pero que la felicidad no depende sólo del ingreso económico.   A las personas nos interesa contar con el apoyo familiar y social, sentirnos personalmente libres y vivir en un entorno escasamente empañado por la corrupción.   En los países desarrollados, las mujeres tienden a ser más felices que los hombres.  El desempleo nos provoca tanta tristeza como la viudez o la separación.    Valoramos un buen ambiente laboral y un horario conveniente, tanto como una remuneración elevada.

Según una encuesta de Gallup levantada en el 2011, siete de los diez países más felices del mundo se ubican en América Latina.  Guatemala ocupó el séptimo lugar en este sondeo.  Me agradó la explicación provista por una vendedora de hierbas de Panamá a un reportero de The Telegraph:  “La vida es corta y no hay razón para estar tristes porque aún si fuéramos ricos, tendríamos problemas…Tenemos que reírnos de nosotros mismos.”

Las personas felices, además, guardan actitudes éticas, gozan de sanidad mental y establecen familias estables y matrimonios duraderos.    Las actitudes individuales respecto de lo trascendente, y respecto de valores como la honestidad, la confianza, la compasión y la justicia, entre otros, afectan los estados de ánimo.  En otras palabras, el creciente relativismo moral y la desintegración familiar evidente en gran parte del Occidente abona en contra del bienestar de sus habitantes.   ¡Protejamos a nuestras familias de esas modas!

Este artículo se publicó el 25 de octubre del 2013 en la Revista Contra Poder y CEES.