La crueldad anti-natalista

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El control gubernamental de la natalidad es una práctica coercitiva inmoral, e irónicamente, innecesaria.

La política del hijo único de la República Popular de China es el más espeluznante pero no el único experimento de control de la población. Provocó una prematura alegría la Comisión de Planificación Familiar de China cuando anunció, la semana pasada, que descontinuará el despiadado programa, una vez el parlamento ratifique la decisión en marzo del 2016. En realidad, las parejas chinas no serán libres de elegir el tamaño de sus familias, pues podrán procrear únicamente dos hijos.

Tomará tiempo dimensionar las trágicas secuelas psicológicas y sociológicas de esta práctica. Las mismas autoridades chinas estiman que se abortaron alrededor de 336 millones de bebés entre 1973 y 2013. A eso sumamos innumerables infanticidios y esterilizaciones obligadas. Mein Fong, la autora de Un hijo: el pasado y el futuro del experimento más radical de China, confesó a National Geographic que sintió que conversaba con un agente desalmado de la S.S. Nazi cuando entrevistó a una abortista. Esa mujer practicó más de 1,500 abortos forzados, muchos en embarazos avanzados, empero incongruentemente adoptó a un hijo en secreto, ilegalmente.

La China actual es un país de hombres solitarios. La preferencia por herederos varones redundó en el uso del aborto y el infanticidio para seleccionar el sexo del hijo único. El censo levantado en el 2010 reveló que hay por lo menos 34 millones más hombres que mujeres en ese país. Nacen 118 o 120 bebés varones por cada 100 hembras, estima la demógrafa experta en China, Andrea den Boer.

Condenar a miles de hombres a una soltería involuntaria tiene ramificaciones políticas. La población flotante de jóvenes causa graves problemas sociales, exacerbados por otra política pública que fomenta la urbanización. Los muchachos desocupados integran pandillas y redes criminales. Ha aumentado la violencia, los crímenes contra mujeres, el consumo de drogas y otros comportamientos antisociales. Aquí podría estallar la oposición armada al régimen comunista.

Debido al envejecimiento poblacional, el cambio en la política oficial no modificará el perfil demográfico de China en los siguientes treinta años, advierte la Dra. Boer. En el 2055, China tendrá más adultos mayores que América del Norte, Japón y Europa juntos. Al mismo tiempo, su población en edad productiva se encogerá peligrosamente debido a las bajas tasas de fertilidad.

Poco se menciona un costo adicional: el de sostener inmensas burocracias para monitorear la intimidad conyugal. La clave aquí es la coerción. El control de la población involucra la acción coercitiva, y se distingue de la planificación familiar que los esposos emprenden voluntariamente para espaciar a sus descendientes.

No solo el gobierno de China cruzó la frontera ética. Programas tendenciosos de educación sexual y el subsidio de anticonceptivos artificiales constituyen áreas grises, pero además algunos gobiernos inmoralmente ocultan a pacientes mujeres los efectos dañinos de ciertos anticonceptivos e incluso auspician esterilizaciones involuntarias. Frecuentemente son alentados por organizaciones internacionales, públicas y privadas, que suscriben la mentalidad alarmista acerca de la sobrepoblación.

Es irónico y doloroso que el control poblacional sea innecesario, pues las parejas naturalmente reducen su fertilidad conforme aumenta su nivel de vida. Explica Matt Ridley en El optimista racional: “Entre más interdependientes y ricos nos volvemos, más se estabiliza la población dentro de los límites de los recursos en el planeta.” En otras palabras, la mejor política para reducir la tasa de fertilidad de un país es aumentar el ámbito de libertad de las personas y asegurar el crecimiento de la economía.

Este artículo fue publicado el 6 de noviembre del 2015 por la Revista Contra Poder y CEES.

La imagen es adoptada de Chinese Posters.

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¿Tejido o bebé?

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Trato de penetrar la mirada de la Doctora Gatter para comprender cómo duerme tranquila. ¿A qué hora desenchufó su conciencia y se deshumanizó?

Unos espeluznantes videos que paralizan el corazón circulan en las redes sociales. Mientras mastican ensalada y sorben vino, las doctoras Deborah Nucola y Mary Gatter, ambas altas ejecutivas de Planned Parenthood Federation of America (PPFA), negocian el precio de las partes de bebés abortados. Los videos fueron hechos por el Centro para el Progreso Médico, una oenegé que monitorea violaciones éticas en la medicina. El suceso interesa a los guatemaltecos porque estamos bajo presión internacional para legalizar el aborto, hasta ahora prohibido por mandato constitucional.

Las cámaras secretas captaron una realidad imposible de negar. La reacción de la presidenta de PPFA, Cecile Richards, constituye básicamente una admisión: obtienen el consentimiento de la madre (no del hijo) para cultivar restos humanos y donar “tejidos”. Richards agrega que no lucran de estas transacciones pero sí cobran por algunos de los costos asociados al proceso. El editorial del New York Times en defensa de Planned Parenthood afirma que la donación de tejidos es una actividad legal, voluntaria y que potencialmente salva vidas.

Me inclino por favorecer las transacciones voluntarias y el libre mercado, y en mis círculos intelectuales no es mal vista la posibilidad de crear mercados de órganos. No obstante la frase clave aquí es transacción voluntaria: el punto de partida de estas particulares negociaciones es la negación de la vida y la libertad de un ser humano, el bebé. Suenan absurdos los argumentos que obnubilan la humanidad del objeto intercambiado. Las doctoras hablan de corazones, pulmones, hígados y extremidades de personitas sin derecho alguno. Quedan al desnudo las palabras largamente utilizadas por la industria del aborto, como feto, embrión, tejido, espécimen o bodoque de células. Son eufemismos para apaciguar conciencias.

¿A qué viene el alboroto? Eso pregunta el director de Catholic World News (CWN), Philip Lawler. Si alguien nos amenaza con hacernos picadillo para luego vender nuestras partes, razona Lawler, nos ofendería más la primera parte de la ecuación que la segunda. Qué hacen con nuestro cuerpo muerto debiera preocuparnos poco; el primer principio es la inviolabilidad de la vida. Su punto es que ya sabíamos que Planned Parenthood desmembraba cuerpos humanos. La sociedad moderna se acostumbró a la idea de desechar bebés. Y sin embargo, prosigue Lawler, “los videos han corrido el velo y hemos divisado la realidad brutal, sangrienta, del aborto”. Las personas involucradas parecen respetables, “pero todos sabemos que algo está profundamente mal cuando personas respetables se comportan como buitres.”

¿Somos buitres? Según un reloj electrónico de abortos en el mundo, más de 1.3 mil millones de bebés han sido deliberadamente abortados desde 1980. Planned Parenthood es responsable por 6.8 millones de estas muertes desde 1970. No son pocas vidas…

Planned Parenthood es filial de la Federación Internacional para la Planificación Familiar (IPPF), la cual colabora con el Fondo de Población de las Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud (OMS), entre otras. Los gobiernos del mundo financian más de la mitad de su presupuesto global de US$125 millones anuales. Alrededor de la industria del aborto se ha construido un poderoso grupo de interés que corteja al poder político, cabildeando por legislación y subsidios. La rama política de la PPFA apoya las campañas de candidatos amigos de la institución. Ello explica porqué algunos senadores y congresistas no han dicho ni pío.

Los guatemaltecos debemos permanecer en guardia. Evitemos que este potente lobby nos desensibilice respecto de la humanidad del neonato y corroa nuestro sentido de familia.

Este artículo fue publicado el 31 de julio del 2015 en la Revista Contra Poder y CEES.

Luego de redactado el artículo, salió a luz otro video.

La fotografía es adaptada de un archivo personal.

 

 

¡Es un bebé!

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Cuando vio la fotografía de la duquesa Kate, sonriente, con su hijo George Alexander Louis en brazos, ¿pensó que ese bebé alguna vez fue algo que no fuera un bebé vivo?  ¿Fue en algún momento desde su concepción un girasol, una gallina, una “no persona” o una persona en potencia?

Los reporteros y camarógrafos aterrizaron en Londres provenientes de todas partes del mundo.  Se instalaron alrededor del Hospital St. Mary, aguardando el nacimiento de un nuevo heredero a la corona inglesa, el tercero en línea después de su abuelo Charles y su padre William.   Finalmente, el 22 de julio, se notificó a la Reina Isabel y luego al público en general que el esperado niño había arribado.  Gradualmente, nos alimentaron más datos: es varón, pesó 8 libras con 6 onzas, los australianos le obsequiaron un cocodrilo bebé y emitirán un sello postal en su honor.   En cientos de idiomas, los noticieros repiten su sonoro nombre, George Alexander Louis.  Pasan encuestas a complacidos ingleses: ¿Algún día ocupará el trono el principito George?  Sí, opina la mayoría.  En fin, la Casa de Windsor se ha peleado los titulares con la visita del Papa Francisco a Brasil, el fatídico accidente de tren cerca de Santiago de Compostela, y la creciente violencia en Egipto.

Incluso ha sido noticia el hecho que la primicia tenga alcance mundial, pues los corresponsales de diversas nacionalidades se preguntaron unos a otros porqué la realeza británica atrae la atención de franceses, kenianos, guatemaltecos y más.   La incógnita evoca reflexiones sobre la popularidad y relevancia de las distintas familias reales y la subsistencia de los regímenes monárquicos hasta el siglo XXI.

La cobertura del magno evento es además asombrosa porque se reconoció desde el inicio que en el vientre de Kate había un bebé.  Le llamaron niño o bebé.  ¡Y se alegraron por la buena nueva!  El sesgo pudo haber sido diametralmente opuesto, dadas las tendencias pro-abortistas de muchos de los reporteros y los medios que los emplean.   Imagine este titular, correspondiente al 3 de diciembre del año pasado, cuando la pareja reveló por primera vez el embarazo:   “Un producto concebido de Kate y William”.  También pudieron referirse a un bodoque de tejido, a una “no persona” o a una persona en potencia…Al fin y al cabo, sólo habían transcurrido 12 semanas de gestación.  Los periodistas tenían todavía 12 semanas más para preguntarse si George correría la suerte de los cientos de miles de fetos abortados anualmente en Gran Bretaña antes de la semana 24.  Tenían tiempo para evitar alusiones a su calidad de ser viviente humano.  Y, pasado el primer trimestre, podrían haber empleado sus términos preferidos: feto, embrión o células madre pluripotentes.

La escogencia de vocablos en este caso demuestra lo mucho que importan las palabras que usamos.  El lobby pro-aborto lo sabe, y ha inventando un sinfín de eufemismos:  “derecho a la salud reproductiva” y “terminación del embarazo” equivalen a decir aborto, pero suenan relativamente inocuos.  ¿Técnicamente, restar vida a un puñado de células es matar?  Cuando reconocemos que en el vientre materno hay una persona humana, viva, independiente de la madre, entonces notamos que se ajusta a la verdad el término asesinato.

El autor cristiano Eric Metaxas observa que estamos inmersos en una “guerra contra la santidad de la vida humana” que depende en gran medida del léxico seleccionado.  Recuerda que George Orwell lo llamó “lenguaje político”, pues “está diseñado para hacer que las mentiras parezcan verdades y el asesinato respetable, y para dar una apariencia de solidez al viento puro”.”   Concuerdo con Orwell y Metaxas que debemos esforzarnos por llamar las cosas por su nombre, y debemos  luchar por pensar y hablar la verdad.  La Guardia Real no rinde un tributo musical a cuanto niño viene al mundo, pero cada nueva vida humana nos debería maravillar.

Este artículo fue publicado el 2 de agosto en CEES y la revista Contra Poder.

La foto fue tomada del sitio Fetal Development

No queremos cuotas

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Por sus eufemismos y ambigüedades, parecen campos minados las dos convenciones que aprobó la 43 Asamblea General de la OEA la semana pasada en Antigua, Guatemala.   Hicieron bien Guatemala y Chile en poner reservas.    Las mujeres podríamos salir más damnificadas que beneficiadas de las políticas públicas predilectas por la comunidad política internacional.

En foros políticos se suele lamentar la reducida participación de mujeres en las empresas y las dependencias públicas.  La recién concluida Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA) no fue la excepción.   “Los Estados Partes se comprometen a formular y aplicar políticas que tengan por objetivo el trato equitativo y la generación de igualdad de oportunidades para todas las personas,”  reza el artículo 6 de la Convención Interamericana contra el Racismo, la Discriminación Racial y Formas Conexas de Intolerancia.  Sensatamente, la Administración Pérez Molina no firmó la convención, pero debemos permanecer alerta porque la presión internacional persistirá.

En estos ambientes, la cuota obligatoria es la política pública preferida.  Noruega, España, Islandia y Francia ya establecieron cuotas de género.  Algunos grupos cabildean para que la Unión Europea apruebe una directiva exigiendo que las mujeres ocupen el 40% de los cargos directivos en las empresas cuyas acciones se cotizan en la bolsa.   La principal justificación para dicha imposición es que ahora sólo 13% de dichos puestos son ejercidos por damas, y que el avance hacia la equidad es demasiado lento en ausencia de regulaciones.

Estas medidas bien intencionadas resultan perjudicando a sus supuestas beneficiarias.  Un estudio de la Universidad de Michigan (2011) concluyó que la aprobación de la ley en Noruega provocó una baja inmediata en el valor de las acciones de las empresas y un continuado declive en el tiempo.  La cuota significó “juntas directivas más jóvenes y menos experimentadas y un rendimiento operativo menor, consistente con directivas menos capaces.”  (webuser.bus.umich.edu/adittmar/NBD.SSRN.2011.05.20.pdf‎)  Tras analizar el mismo caso noruego, la autoproclamada feminista por la equidad, Christina Hoff Sommers, rechazó las cuotas de género porque son “denigrantes para la mujer, dañinas a las compañías, y una ofensa al sentido común.”  (www.aei.org/article/society-and-culture/the-case-against-gender-quotas/‎)

Imagine que se postulan cuatro candidatos a un cargo directivo en una empresa: tres hombres y una mujer.  La ley obliga a la empresa a contratarla a ella, aunque los tres hombres estén mejor preparados para desempeñar el trabajo.    Sus jefes y colegas resentirán el hecho de tener que emplearla, pues objetivamente no conviene a la compañía.  Peor aún: la persona contratada sabrá que no fue elegida por mérito propio.  Aunque eventualmente llegue a merecer aquello que obtuvo a la fuerza, el daño está hecho.  Las cuotas de género discriminan a los candidatos hombres y también a las féminas que pueden alcanzar la cima sin favores.

No importa cuan capaces sean las profesionales que entren al mercado, serán estigmatizadas por las cuotas.   Serán tratadas como beneficiarias de una ventaja inmerecida.   Conceder privilegios a unas mujeres no corrige los abusos cometidos contra otras personas en épocas pasadas; como repetían nuestras abuelas, dos males no hacen un bien.   Para colmo, las cuotas de género alimentan una insidiosa tesis: minusvaloran los aportes a la sociedad que realizan aquellas ciudadanas que no son políticas ni ejecutivas.  En la historia de la humanidad, han sido altamente productivas incontables mujeres anónimas, valientes y fuertes, aún cuando realizan labores no remuneradas.  No necesitamos ser vistas y oídas para impactar positivamente en nuestro medio.

La equidad obtenida a través del pesado mazo gubernamental es una engañosa canción de sirena, no sólo para la mujer, sino para la creciente lista de grupos que navegan bajo la bandera de víctimas.

Publicado el 14 de junio del 2013 en Contra Poder y en CEES.

La foto es de una manifestación pacífica frente al Hotel Casa Santo Domingo en Antigua, Guatemala, con motivo de la 43 Asamblea General de la OEA.  La foto circuló en facebook y la tomó una amiga anónima.

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Al poco tiempo de someter este artículo a publicación, me enteré que Christina Hoff S. acaba de publicar un nuevo libro, Freedom, Feminism and Why it Matters Today.  Quiere retomar el término feminismo.  Puede leer más al respecto en el Acton Institute Blog.