Resentimiento y desarrollo

slide1

El resentimiento es un veneno y un mal consejero para el diseño de políticas públicas.

“Aquel ya solamente en tuc-tucs se desplaza”, “¿Viste cómo puso de coqueto su comedor la Fulana?”, “¡Quién diría que iba a pegar su negocio!”. Podemos leer las tres opiniones anteriores con tono de admiración o con un tono envidioso y resentido. El bien ajeno nos puede alegrar y estimular, o amargar. Tristemente, la segunda reacción es común. Además de enfermar al que así se siente, puede ser móvil de acciones y hasta de políticas públicas empobrecedoras en el largo plazo.

Resentir es revivir, una y otra vez, un enojo o malestar. “El resentimiento es como tomar un veneno y esperar que se muera la otra persona,” sentenció con humor Malachy G. McCourt, un actor, escritor y político irlandés-estadounidense. Coincide con este criterio el filósofo alemán Max Scheler, quien describe el resentimiento como “una autointoxicación psíquica”. Una persona puede hacer o dejar de hacer algo que objetivamente me ofende, pero también puedo exagerar o imaginar el mal causado. No podemos controlar los actos de los demás, pero sí podemos esforzarnos por dominar nuestras reacciones, a fin de evitar envenenarnos nosotros mismos. Recomiendan los psicólogos alinear nuestra voluntad e inteligencia, para no dar cabida a la afrenta, perdonar y olvidar.

Es tiempo que los guatemaltecos desterremos dos resentimientos: el racial y el anti-empresarial. ¿Cómo podemos catapultar hacia delante a nuestra sociedad pluricultural, plurilingüe y multiétnica, partiendo de la desconfianza mutua? ¿Cuánto acuerdo productivo hemos dejado pasar, por asumir, sin evidencia alguna, que la contraparte es aprovechada, racista, vengativa, malintencionada o deshonesta? ¿Es realista o sano rotular a los pequeños, medianos y grandes emprendedores como seres voraces y codiciosos, que se benefician a nuestra costa?

Somos inocentes de los crímenes cometidos hace cinco siglos: han nacido casi veinte generaciones de guatemaltecos desde 1542. Paralelamente, todo actor económico incursiona en un juego de suma positiva, el mercado, que es ciego e imparcial. Al mercado le es indiferente nuestra ascendencia, estatus social, nivel educativo y más. La creación de riqueza puede ser desencadenada por el arduo trabajo y la creatividad de cualquier sujeto esforzado. Si producimos bienes y servicios demandados por consumidores libres, y suscribimos contratos voluntarios, entonces nuestros actos no vulneran los derechos del prójimo. Cuando cooperamos socialmente y en paz, nos conducimos como personas responsables en igualdad de derechos. Aceptamos las consecuencias de nuestros propios actos y respondemos de nuestras faltas. El respeto a la vida, a la libertad y a la propiedad enmarca nuestro proceder. Constituye un obstáculo al progreso la noción de que la propiedad privada es un artilugio para la explotación, y peor aún, que necesitamos una revolución para abolir dicha institución social. Incluso quienes hoy aspiran llegar a adquirir propiedad se benefician de que este derecho sea fielmente garantizado y reconocido. El florecimiento humano parte del acceso libre a los mercados, a los contratos, a los empleos y a la propiedad.

En contraste, apilamos injusticia sobre injusticia cuando tomamos a la fuerza lo que pertenece a otros, aún cuando nos justificamos, y revestimos la medida con el lenguaje florido de la “redistribución social”, “carga tributaria progresiva”, o “justa retribución”. El gobierno ostenta el poder monopólico de coaccionar adultos, y mal hacemos como ciudadanos cuando aceptamos que ese poder sea abusado con el objetivo de destruir lo que otros han construido, violar el derecho ajeno o dar rienda suelta al resentimiento.

Este artículo fue publicado el 9 de septiembre del 2016 en la Revista Contra Poder y CEES.

El collage es un compuesto de varias fotos modificadas, basado en este dibujo.

Advertisements

Guatemala arde

2016-08-25-photo-00000009

¿Podemos los guatemaltecos convivir en paz, aquí, en este pedazo de tierra que compartimos? ¿De qué depende?

Dejan muertos los motines en las cárceles y los ataques armados en Chimaltenango, Suchitepéquez, Boca del Monte y otras ciudades. Turbas armadas invaden propiedades privadas en Villa Nueva, Izabal, y quién sabe dónde más; operan con impunidad. Comunidades huyen del crimen organizado en el Triángulo Norte, advierte insightcrime.org. El Instituto Nacional de Ciencias Forenses de Guatemala (Inacif) afirma que el primer trimestre del 2016 se registraron más muertes violentas que en el mismo período del año anterior. La Hora informa que Guatemala se ubica en la sexta casilla de 133, por la violencia registrada en el país, según el Índice de Progreso Social 2016. Guatemala corre peligro grave.

Frente a esta realidad, a veces nos sentimos como Nerón, quien supuestamente tocó el violín mientras Roma ardía en llamas, en julio del año 64. Los historiadores aclaran que Nerón no tocó el violín, un instrumento inventado en el siglo XI, ni ignoró el incendio. Quiso atender la crisis, pero ningún gesto sirvió para recuperar la confianza de sus súbditos. El emperador pasó a la historia como el inescrupuloso tirano que ciertamente fue.

¿Ignoro yo la crisis nacional, si uso este espacio semanal para reseñar un libro? Se trata de un libro titulado Economía para Sacerdotes (2016) que fue escrito por dos extranjeros, los filósofos argentinos Gabriel Zanotti y Mario Šilar. No lo creo, porque nos haría un inmenso bien asimilar las joyas de sabiduría contenidas en este texto hoy, cuando Guatemala arde. Me terminé de convencer de ello tras compartir la semana pasada con el Dr. Šilar, quien visitó nuestro país para impartir una serie de clases y conferencias.

La actividad económica, tal y como la describen Zanotti y Šilar, es un antídoto contra la violencia. Cuando Juan y Pedro llegan a un acuerdo voluntario, es porque ambos perciben ventajas de intercambiar. Ni Juan ni Pedro tienen incentivo de imponer su voluntad al otro con machetes, palos o pistolas. Todo lo contrario: el bienestar del prójimo es bien visto, sin envidias ni resentimientos. Los mercados libres son ciegos a las diferencias étnicas e ideológicas, a los títulos académicos y a las conexiones políticas. Cualquiera puede descubrir oportunidades, emprender, trabajar duro y crear riqueza. Incluso los que pueblan la “periferia” y los asalariados, que dicho sea de paso, nada tiene de malo ser empleado. Los forasteros que vienen a invertir y a comerciar nos hacen bien; quienes vienen a instigar pleitos y revoluciones, nos empobrecen. “Hay en la economía, verdaderamente, una auténtica opción preferencial por el pobre,” concluyen Zanotti y Šilar.

El título del libro es engañoso, pues los autores no conversan exclusivamente con sacerdotes. Se dirigen a aquellas personas que anhelan el progreso pacífico pero no terminan de comprender la actividad económica. “El texto supone abordar en clave diáfana problemas que requieren, para su mejor comprensión, de la sistematización de una cierta conceptografía (vocabulario específico y técnico) propia del análisis económico,” aclaran los autores.

Subrayan una y otra vez que nuestra participación en el mercado no riñe necesariamente con la ética. Los seres humanos no somos ángeles. Por ello, conviene edificar arreglos institucionales “que permitan a los agentes adoptar conductas responsables y prudentes”. Conviene contar con una “constitución limitante del poder, que obligue al gobierno al respeto a los derechos personales”. Sobre todo, el respeto al orden espontáneo, a los contratos y a la propiedad legítimamente adquirida.

Entre más guatemaltecos abracen estas lecciones, menos probabilidades tenemos de caer en manos de tiranos y criminales violentos.

Este artículo fue publicado el 2 de septiembre del 2016 en la Revista Contra Poder y el CEES.

La foto de Mario Silar presentando su libro fue tomada por Ramón Parellada.

¡No más impuestos!

slide1

¿Puede reponerse el Presidente Morales de esta equivocación? ¿Bajo qué extrañas condiciones puede una reforma tributaria ser popular?

¡No más impuestos! Así reaccionamos ante la inoportuna movida del Organismo Ejecutivo de promover una nueva reforma tributaria. Malinterpretaron el sentir popular los asesores de la Administración Morales-Cabrera, sobre todo los extranjeros que no pagan impuestos en Guatemala. Cuando se destapó la olla de grillos de la corrupción, nos asombró la ubicuidad de la pobredumbre; las estructuras están totalmente apolilladas. Elegir a un empresario honrado como presidente y llevar a juicio a unos cuantos sospechosos no impacta sobre el modus operandi de miles de burócratas. Los funcionarios actuales temerán parar en una situación similar a la que enfrentan los chivos expiatorios acusados, y quizás se cuiden un poco, pero las reglas del juego siguen facilitando prácticas inmorales. Repudiaremos cualquier aumento tributario mientras exista certeza que nuestras contribuciones serán malgastadas.

Los ponentes deben pensar que jamás es buen momento para proponer alzas tributarias, pues nadie quieren pagar impuestos. Quizás creen que pueden aplacar las voces enfurecidas con argumentos sobre las bondades de su propuesta, pero ésta básicamente recicla ideas viejas y juega con porcentajes en lugar de ser una reforma para limpiar, simplificar y armonizar el panorama impositivo. Quizás creen que no tienen capital político que perder, pero un exasperado pueblo puede volver a protestar y reclamar la renuncia de los actuales funcionarios. Dichos asesores deberían leer la obra del economista sueco Knut Wicksell (1851-1926), quien analizó los impuestos con un enfoque microeconómico, según el interés del contribuyente.

Wicksell concluyó que el tributario prefiere pagar lo mismo que recibe de vuelta en servicios gubernamentales. En otras palabras, los ingresos tributarios deben igualar al gasto público. Wicksell elaboró este planteamiento en una época durante la cual la nobleza dominaba el ámbito político tanto en Alemania como en Suecia. Los nobles gozaban de los beneficios de lo recaudado sin cargar con el costo. Por ejemplo, se cobraba un impuesto de hasta 200% al rapé (un tabaco que se aspira) o a las salchichas, bienes preferidos por la clase media. Wicksell fue lo suficientemente inteligente para reconocer que cuando la clase obrera asumiera el control, haría exactamente lo mismo, promoviendo impuestos que recayeran sobre una minoría rica.

Por ello, el economista insistió en la necesidad de limitar el poder político en lo que respecta al diseño y la aprobación de impuestos. Propuso que sólo se crearan impuestos para fines específicos y anunciados. Esto implica identificar las necesidades ciudadanas, evaluar los costos probables de satisfacerlas, y posteriormente proponer el tributo correspondiente. Las contribuciones por mejoras que pagamos a la municipalidad se apegan a esta visión. Para la aprobación de cada impuesto, se requeriría del voto favorable de una super-mayoría (Wicksell recomendaba usar la regla de la unanimidad), otorgada mediante consulta popular directa o por medio de nuestros representantes ante el Congreso. Así se evita la tiranía de la mayoría y la redistribución hacia grupos políticamente hábiles que extraen privilegios del gobierno. Finalmente, cada impuesto tendría una vida máxima de cinco años. Este sistema redundaría en una democracia vital, cuyo gobierno tendría funciones claramente delimitadas y gozaría de una envidiable credibilidad por corresponder a las preferencias de casi la totalidad de los ciudadanos.

Presidente Morales, mejor gaste su capital político proponiendo medidas wickselianas que aseguren mejores condiciones de vida a los guatemaltecos de aquí a futuro.

Este artículo fue publicado el 19 de agosto del 2016 en la Revista Contra Poder y CEES.

La fotografía de Knut Wicksell es adaptada del sitio http://www.eumed.net.

Privado, privatización

Slide1

Es un error común, pero nefasto, satanizar lo privado.

Prendí el radio mientras conducía. No logré identificar a la voz masculina que hablaba por Radio María, por lo cual me referiré a él respetuosamente como La Voz. La parte de su locución que alcancé escuchar sigue rondando mi mente. Es malo convertirnos en católicos “privados”, y practicar la fe encerrados en nuestra habitación, dijo La Voz. Accedí con la cabeza. ¿Cómo no compartir el tesoro y la alegría de la fe con quienes nos rodean? Los creyentes damos testimonio de la Buena Nueva mediante la persuasión y el ejemplo. Pensé en los gobiernos que prohíben los crucifijos y otras manifestaciones de religiosidad en aras de la separación entre la Iglesia y el Estado. Coartan la libertad religiosa de sus ciudadanos al llevar a un extremo malsano dicha separación.

Estas cavilaciones me alejaron del argumento desarrollado por La Voz. Hemos privatizado la religión, se quejó vehementemente, y pretenden privatizar la tierra, las hidroeléctricas y las minas….Algunos quieren las cosas privadas, prosiguió La Voz, para disfrute personal, para negárselas a otros, por egoísmo. Pero Jesucristo y la tierra son para todos, y hemos de tenerlos en comunidad…en comunismo. Moví la cabeza en triste desacuerdo.

¿Conoce Usted la película de terror La mancha voraz, de 1958? La Mancha era una plasma depredadora sin forma, sin corazón y sin mente. Supuestamente, era superior a los seres humanos. ¿Se aproximará la Mancha al ser ideal de La Voz? ¿Debemos vaciarnos, y sepultar nuestras particularidades para vivir en comunión con otros? No lo creo. Dios ama a cada persona única e irrepetible. Para fraguar nuestro camino de salvación, debemos crecer en vida interior. Si no hacemos esa carpintería hacia adentro, no podemos darnos a los demás con generosidad. Al no tener nada que dar, la Mancha destruía. Así, ese rato a solas con Dios, frente al oratorio o en nuestra habitación, no es necesariamente sinónimo de individualismo.

Poseer bienes tampoco nos transforma ipso facto en codiciosos y ensimismados idólatras de lo material. La Constitución Pastoral Gaudium et Spes recoge la postura tradicional de la Iglesia a favor de la propiedad privada. Ésta “contribuye a la expresión de la persona y le ofrece ocasión de ejercer su función responsable en la sociedad y en la economía…La propiedad privada…asegura a cada cual una zona absolutamente necesaria para la autonomía personal y familiar y debe ser considerada como ampliación de la libertad humana.” (71) En cierto modo, la generosidad depende de la libertad y la propiedad privada, porque no podemos ceder voluntariamente aquello que no nos pertenece. Carece de mérito moral repartir bienes ajenos o comunales.

La propiedad privada es un instrumento social adecuado para asegurar el racional y óptimo uso de los bienes que Dios puso a disposición universal de la humanidad. Samuel Gregg lo expresa así: “la propiedad privada es un medio normativo para realizar el principio del uso común de los bienes”. La propiedad privada desarrolla nuestra autonomía y personalidad. Nos incentiva a trabajar, y a ser creativos y productivos.

La Voz podría sostener que los propietarios automáticamente dañan al prójimo. Ocurre lo contrario. Las personas productivas emplean su condición de dueños para proveer a los demás de alimentos, ropa, zapatos, ollas, electricidad y más. Satisfacen nuestras necesidades básicas. Los regímenes comunistas entorpecen esta dinámica de mercado, mutuamente beneficiosa.

Finalmente, los derechos de propiedad claramente definidos garantizan la paz. Sólo cuando sabemos quién tiene derecho a qué podemos encontrar una solución a los conflictos de interés entre los miembros de la comunidad.

Este artículo fue publicado el 22 de julio del 2016 en la Revista Contra Poder y el CEES.

La fotografía fue adaptada de este sitio. No es original.

Captura, no cooptación

Slide1
La Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) bautiza sus casos con nombres sugerentes, pero ¿qué es cooptación?

Los guatemaltecos nos hemos acostumbrado a leer noticias sobre los casos investigados por la CICIG. Éstos portan nombres llamativos, como Caso negociantes de salud, La Línea, La Cooperacha, Impunidad y Defraudación, Corrupción TCQ, y el sonado Caso Cooptación del Estado de Guatemala.

Cabe preguntar, ¿cómo se coopta a un Estado? Un amigo exclamó recientemente que la palabra no significa lo que por ella entienden el comisionado Iván Velásquez y la prensa. Efectivamente, el Diccionario de la Real Academia dice que cooptar es “llenar las vacantes que se producen en el seno de una corporación mediante el voto de los integrantes de ella.” Wikipedia ilustra esta definición. El primer ejemplo refiere a un período particular durante el imperio romano, cuando los emperadores podían adoptar como hijo (cooptado) al hombre que elegían para sucederles. La segunda instancia es el ascenso a un grado superior por oficiales de las Fuerzas Armadas, el cual ocurre por cooptación.

Empero la CICIG acusan a los ex mandatarios Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti de liderar una red criminal que se enriqueció ilícitamente tras “cooptar el poder”. Conformaron una compleja “maquinaria de lavado de activos” desde que el Partido Patriota empezó a hacer campaña. En inglés, una acepción del vocablo “coopt” alude a tomar algo como propio. Justo eso hicieron los integrantes de esta mafia gobernante. Pero en español, sus actividades serían mejor descritas como captura y no cooptación.

La teoría de la captura es atribuida al economista de la Universidad de Chicago, George Stigler. Ganó el premio Nobel en 1982 precisamente por investigar el efecto de las regulaciones públicas en la estructura de la industria. Stigler encontró que los regulados, supuestos perjudicados por la regulación, realmente se benefician de ella. Contrario a nuestras expectativas, las trabas diseñadas por funcionarios dañan a los consumidores. Los regulados incluso cabildean a los legisladores para que aprueben leyes que elevan el costo de entrada a sus respectivos mercados, garantizándoles así condiciones casi monopólicas. La comisión que regula los taxis de Washington, D.C., por ejemplo, es un regulador capturado. Su fin es garantizar “una experiencia en taxi segura, cómoda, eficiente y barata en vehículos bien equipados”, pero en la práctica protege los intereses de las compañías de taxis. Han obligado al servicio Uber a cobrar hasta cinco veces más que un taxi para prevenir que sus cómodos vehículos compitan con el servicio tradicional.

La CICIG sostiene que Pérez Molina, Baldetti y sus amiguetes, muchos de los cuales ocupaban cargos públicos, eran simultáneamente dueños o controlaban empresas, asociaciones y cuentas bancarias hacia las cuales trasladaban fondos públicos. Lo dramático de esta red es que la captura ocurre desde dentro del foro político, pues fue orquestada por políticos y no por empresarios mercantilistas o corruptos.

Es cierto que los gobernantes inescrupulosos que abusan del poder político atraen a figuras corrompibles, pero también arrastran a partícipes reacios. Ahora, la difícil tarea del Organismo Judicial es separar a la hierba verdaderamente mala, de las personas que siempre hubieran preferido una dinámica transparente.

No es razonable suponer que cualquier ciudadano que interactúa con políticos es responsable de captura. Acusar de corruptores a cientos de ciudadanos, de forma indiscriminada, provocará una costosa desaceleración de la economía nacional. El costo de dejar atrás ese turbio juego al cual nos habíamos acostumbrados no debe exceder el beneficio de institucionalizar una interacción civilizada, basada en la honradez y demás virtudes.

Este artículo fue publicado el 1 de julio del 2016 en la Revista Contra Poder y CEES.

¿Qué ofrece el socialismo?

MELS - Graffiti

En Guatemala, vemos pancartas o pintas callejeras con frases como “Cada generación necesita su revolución”, “Alto al saqueo del país” y “El pueblo manda”.

Los manifestantes socialistas gritan no al capitalismo y al empresariado, rechazando la minería y las hidroeléctricas, así como la palma africana, el azúcar y otras agroindustrias. Odian al ejército y, últimamente, a las iglesias.

La mentalidad socialista se debate entre el romanticismo y un brutal naturalismo. Las personas con un buen corazón lloran la suerte de niños malnutridos e ignorantes, de pacientes no tratados y de ancianos abandonados. Ofende la imagen de un soldado traicionero que comete “genocidio” contra su propia gente. La literatura socialista transforma la relación entre el empleador y el empleado en una lacerante esclavitud para el trabajador. Hasta la familia se interpreta como un escenario patriarcal para explotar a la mujer y a los hijos. Recogiendo trozos de verdad, estos lentes analíticos llevan a algunos a concluir que sólo destruyendo las instituciones sociales y económicas es posible superar la lucha de clases.

Sin embargo, ¿cuáles son los principios que sustentan el socialismo? ¿Cómo funciona una sociedad en la cual el Estado controla o regula la producción , la distribución y el intercambio de los bienes y servicios? Lawrence Reed, el presidente de la Fundación para la Educación Económica (FEE), un tanque de pensamiento estadounidense, destila cinco ideas medulares al enfoque socialista.

El primer síndrome del socialismo, escribe Reed, es la tendencia a pasar leyes para “curar” cualquier deficiencia diagnosticada. Los reguladores se empeñan en corregir lo que las personas libres hacemos mal, según su criterio. Tienen tal confianza en el intervencionismo estatal que incluso aprueban leyes para corregir el efecto de leyes anteriores, cuyas consecuencias negativas no fueron previstas. Las leyes son sinónimo de coerción. Implican el cobro de más impuestos para sustentar burocracias reguladoras, y penas fuertes para los infractores del voluminoso cuerpo legislativo.

El segundo principio es que el Gobierno debe darnos cosas. Reed nos recuerda que el gobierno sólo puede redistribuir lo que previamente quitó a alguien más. Siempre deberíamos hacernos las preguntas: ¿De qué bolsillo viene esto que me ofrece el Gobierno? ¿Y qué me quita a mí? Algo muy distinto a este mecanismo coercitivo es la transferencia voluntaria de bienes entre particulares.

El tercer principio es la evasión de la responsabilidad personal. Nuestros problemas ya no son nuestros, sino de la sociedad, y por ende el Gobierno está llamado a resolverlos. Nos brinda empleo y vivienda; mantiene a nuestros hijos. “Cuando las personas pierden su espíritu de independencia e iniciativa, su confianza en sí mismas, se convierten en barro en manos de tiranos y déspotas,” escribe Reed.

El cuarto principio es el complejo del sabelotodo. Quienes hacen gobierno creen saber lo que más nos conviene, y luego nos obligan a obrar de acuerdo a su visión. Los gobernantes incluso se empeñan en prohibir a los ciudadanos emprender proyectos que ellos no pensaron antes, o porque sus planes no están regulados.

Finalmente, el veneno de la envidia y la codicia de la riqueza ajena se convierte en la gasolina de la maquinaria redistributiva. Jamás reconocen los derechos de aquellos ciudadanos que clasifican en la clase de “los ricos”. Advierte Reed que “las civilizaciones se han desmoronado bajo el peso de la envidia y la falta de respeto a la propiedad que ella conlleva.”

La filosofía liberal supera al socialismo porque es regenerativa, motivante y creativa, mientras los cinco principios socialistas apelan a bajos instintos humanos, como la pereza, la dependencia y la destrucción. Concuerdo con Lawrence Reed: no tenemos que seguir la ruta socialista. No es inevitable.

Este artículo fue publicado el 24 de junio del 2016 en la Revista Contra Poder y el CEES.

La fotografía NO ES PROPIA; fue tomada de este blog.

Advertencia desde Venezuela

Slide1
Venezuela es una catástrofe, admite un profesor de la Universidad de Harvard. Los socialistas tienen que enfrentar la realidad.

En una entrevista publicada por El/Interés el 11 de junio, Ricardo Hausmann sentencia: “He trabajado en alrededor de 59 países y nunca he visto una [situación] como la que Venezuela está enfrentando en 2016. Esto es lo peor que he visto, un colapso en tantas dimensiones y con un costo social de tal magnitud que no tiene similitudes históricas.” La apreciación de Hausmann es creíble, no sólo porque dirige el Centro para el Desarrollo Internacional de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy en Harvard, sino porque es venezolano. Fungió como Ministro de Planificación por un año, durante el segundo mandato de Carlos Andrés Pérez.

Según Hausmann, el gobierno revolucionario bolivariano intentó hacerlo todo; sustituyó, en lugar de acompañar, a la sociedad civil. El gobierno se arrogó la producción de petróleo, alimentos, acero, azúcar, cemento, educación, salud, y un larguísimo etcétera. Sin embargo, “para eso existe el mercado, la iniciativa privada,” afirma Hausmann. No llevan culpa los enemigos extranjeros o el destino. Continúa el entrevistado: “No es que nos cayó una plaga, la crisis fue creada por error tras error, estupidez tras estupidez, crimen tras crimen…” La reconstrucción del país pasa por descartar el modelo socialista y restaurar el mercado libre.

¡Escuchemos la advertencia! Guatemala atraviesa una crisis política sin precedente. El combate a la corrupción ha desnudado un aparato público enfermo. La disyuntiva es cambiar el sistema, pero el cambio genera incertidumbre. La “limpieza” emprendida por el Ministerio Público y la CICIG acarrea costos políticos, sociales y económicos. La inversión y la actividad económica se contraerá si grandes y pequeñas empresas se sienten amenazadas. ¿Qué procede? Se han formulado dos prescripciones opuestas: la socialista y la liberal.

Los socialistas dicen que nuestro disfuncional sistema es el engendro de las élites empresariales que explotan al pueblo y corrompen a los benignos servidores públicos. Hace unos meses, los movimientos de izquierda literalmente pidieron romper el orden constitucional y suspender elecciones, para asumir ellos el control político. Atizan el fuego de la crisis, acentúan vacíos institucionales, desprestigian al ejército y a los empresarios, y fomentan el odio entre pobres y ricos. Si lograran su objetivo, convocarían una Asamblea Nacional Constituyente para redactar una constitución siguiendo el modelo chavista. Estatizarían las hidroeléctricas, las minas, los bancos, las fincas y muchísimos otros negocios. Nos despeñaríamos en el mismo precipicio suicida que los venezolanos.

La propuesta liberal propone una reforma de la cosa pública que edifique el Estado de Derecho y garantice los derechos básicos y universales a la vida, la libertad y la propiedad. Distingue la actividad empresarial libre, competitiva y legítima, de las prácticas mercantilistas que buscan rentas artificiales explotando el poder gubernamental. Lejos de dañarnos unos a otros, quienes a diario participamos en el mercado cooperamos pacíficamente; el mercado es un fenómeno social tan natural como insustituible. Los liberales quisieran cambiar el sistema para asegurar que tanto los gobernantes como los gobernados respondamos a leyes claras, generales, estables, justas y de aplicación ecuánime. Queremos seguridad en nuestros derechos para emprender, florecer, intercambiar, crear riqueza y salir de pobres.

Los guatemaltecos que hemos aplaudido el combate a la corrupción, incluyendo a quienes salieron a manifestar a la “plaza”, debemos velar porque las demandas públicas no sean capturadas por consignas socialistas. No los dejemos conducirnos por un camino empobrecedor.

Este artículo fue publicado el 17 de junio del 2016 en la Revista Contra Poder y el CEES.