Correo público versus privado

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Circulan tres mitos sobre los servicios públicos de correo que ameritan una respuesta.

Mito 1: El abrupto cierre de El Correo de Guatemala, S.A. demuestra que es malo privatizar los servicios públicos. Si jamás se hubiera concesionado el servicio postal, ningún contrato caducaría, pero ese hecho dice poco sobre las bondades o defectos de la privatización. Para ser precisos, aquí no se liberalizó el mercado. El gobierno tampoco se lavó las manos de distribuir cartas y paquetes. En 1998, se concesionó un monopolio a International Post Service (IPS), extensión de la empresa estatal Canada Post. El gobierno de Guatemala siguió siendo el último responsable, en parte porque es miembro de la Unión Postal Universal (UPU) de la ONU, y los países miembros se obligan a prestar el servicio bajo ciertas condiciones.

El 18 de mayo amanecieron cerradas las agencias de El Correo porque el Congreso de la República no aprobó la prórroga del contrato. Colocó a la empresa en un limbo legal. El gobierno tampoco convocó oportunamente a una licitación para contratar a otro operador, ni empezó a retomar los bienes de la empresa. La gerencia de El Correo forzó al gobierno a convocar una mesa de diálogo en la que participaron ellos, el Ministerio de Comunicaciones, Infraestructura y Vivienda (Micivi), y la Dirección General de Correos y Telégrafos (DGCT); allí se negoció la reapertura temporal del servicio.

Mito 2: Los guatemaltecos salimos perdiendo con la concesión a El Correo. El servicio gubernamental antes de 1998 era pésimo. La Administración General de Correos era una organización burocrática deficitaria con equipo anticuado. Las cartas se perdían, o llegaban a su destino dañadas y hasta meses o años tarde. Se robaban las remesas. En ese tiempo, alrededor de 2,000 empleados manejaban 50 millones de piezas de correo al año, más o menos lo que Canada Post administraba en un día. Tan poca confianza nos merecía el servicio, que a partir de la década de los setenta, surgieron varias empresas de courier, paquetería, mensajería y carga que satisfacían la demanda insatisfecha.

Según cifras oficiales, entre junio del 2004 y el 2015, El Correo movió casi 452 millones de piezas, aproximadamente 35 millones anuales. El canon por la concesión significó ingresos de Q69.4 millones para el Estado. No obstante los reclamos contra El Correo y las multas que le cargan las autoridades, seguramente el saldo neto de la concesión fue positivo.

Mito 3: Ocurrirá una catástrofe si dejamos morir la empresa estatal. Las convenientes comunicaciones electrónicas han reducido el uso del correo tradicional. Si el correo físico no muere, deberá reconfigurarse, y eso requiere visión emprendedora. Personeros de la Dirección General de Correos y Telégrafos admiten que no pueden hacerse cargo del servicio de correo ahora, pero además, recibirían un negocio que ya no es rentable, según declaraciones anónimas de los empleados de El Correo. El volumen anual que maneja El Correo ha descendido desde el 2011. ¿Conviene embarcar al gobierno en una aventura que generará nuevas deudas?

En tanto, los consumidores contamos con numerosas empresas privadas que prestan servicios de correo, incluso en áreas remotas. Hace dos décadas se estimaba que entre el 60 y el 80 por ciento de la demanda nacional se confiaba a servicios privados, incluyendo, por cierto, importantes documentos oficiales del Estado. Es innegable que los oferentes privados en Guatemala no sólo hacen un buen trabajo, sino contribuyen al bienestar de las familias guatemaltecas y a la productividad del país.

Guatemala podría convertirse en el segundo país, después de Nueva Zelanda, en desregular el mercado. La UPU puede hacer berrinche, pero es viable un futuro sin un proveedor público del servicio postal.

Este artículo fue publicado el 27 de mayo del 2016 en la Revista Contra Poder y el CEES.

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¿Y ahora?

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¿Hacia dónde debe orientar su atención la ciudadanía?

Los memes y los mensajes breves, chistosos y sesudos, jugaron un papel determinante en estas elecciones generales. La frase #No le toca, por ejemplo, se convirtió en una auténtica cantaleta que caló en la opinión pública, contribuyendo a torpedear la candidatura presidencial de Manuel Baldizón. Los memes acompañaron la labor del Ministerio Público y las investigaciones de la CICIG; unificaron criterio respecto de la necesidad de pedir la renuncia del binomio compuesto por Roxana Baldetti y Otto Pérez Molina y motivaron la participación ciudadana en las protestas pacíficas. Los ciudadanos que ríen con los mensajes y los comparten con sus amistades se sienten empoderados y victoriosos, y creo que con razón. Luce ser una operación casera y descentralizada, un fenómeno espontáneo sin dirección central ni agenda oculta.

Entre los mensajes que celebran los logros cosechados, se eleva implícita, o explícita, la pregunta: ¿y ahora qué? Se me viene a la mente uno que decía algo así como: “ahora que ya fregamos a Roxana, Otto y Manuel, ¿a quién le toca?” El tono es crudo y un tanto agresivo, pero creo que encapsula una duda bastante generalizada: ¿hacia qué causas debe canalizarse esta energía ciudadana? ¿Qué hemos de promover de aquí en adelante? La dinámica consiste en lanzar globitos al aire para ver cuáles cautivan la imaginación y se popularizan, pero pienso que hay por lo menos tres temas prioritarios que merecen atención.

Primero, vale la pena subrayar el realismo frente al sistema político participativo. Los memes nos quitaron el velo romántico respecto del juego democrático. Es importante no pedir peras al olmo: la administración pública jamás funcionará como un perfecto relojito suizo ni estará siempre poblada por heroicos, desinteresados y omni-competentes ángeles. Tampoco se transformará de la noche a la mañana. Las expectativas ciudadanas deben mantenerse dentro del marco de lo factible. Las reformas a la Ley Electoral y de Partidos Políticos (LEPP) tienen que partir de premisas realistas para que realmente constituyan mejoras, para que impidan que los seres humanos imperfectos que incursionan en la arena política nos hagan daño desde sus posiciones de poder.

Segundo, la ciudadanía puede ser propositiva respecto del combate a la corrupción. Debemos mantener el dedo en la yaga y seguir presionando a la clase política para transparentar la gestión pública, para que nuestros representantes y funcionarios electos rindan cuentas de una forma regular y eficiente. Por ejemplo, para gobiernos locales existen proyectos como www.opengov.com, una empresa que lleva la contabilidad a municipalidades y les permite acceder a las redes sociales para entablar una relación más directa con la ciudadanía. Chapinizar esta fórmula, y buscar otras innovaciones similares, puede agilizar el proceso de limpiar la casa gubernamental.

Tercero, el futuro o la futura presidente de Guatemala debe sentirse en deuda con el votante en la mediana, más que con grupos de interés, ideologías radicales o financistas. Ninguna otra elección en nuestra historia ha hecho tan visible al votante. Si el futuro presidente siente que se debe en primer lugar a una ciudadanía cuya prioridad es la lucha contra la corrupción, entonces quizás tenga miedo de operar turbiamente. Medirá sus decisiones según el barómetro de esa multitudinaria opinión pública que se ofende al ver cómo se rellenan los bolsillos con los tributos del pueblo y exige justicia para quienes abusan del poder temporal que nosotros les delegamos.

Una versión levemente modificada de este artículo fue publicada el 25  de septiembre del 2015 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

La solución es emprender

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Aceptemos el reto: lograr que un mayor número de los guatemaltecos soñando con emprender, se lancen al agua y creen negocios estables.
Guatemala es un país de emprendedores, y eso es bueno. El emprendedor identifica con ojo clínico las necesidades insatisfechas de los demás. Detecta en ellas una oportunidad de crecimiento, y a pesar de la incertidumbre, invierte arduas horas de trabajo, así como ahorros propios y ajenos. Es usual que este personaje persevere sin desfallecer ante el fracaso, y sigua innovando hasta triunfar. Lo admiramos porque su productividad crea riqueza y mejora la sociedad. La pregunta clave es: ¿Cómo logramos que más emprendimientos fructifiquen y prendan el motor de la economía?
Dos estudios distintos pero coincidentes nos brindan algunas luces: el Reporte Nacional de Emprendimiento GEM para el 2014-2015 y la serie Poverty Cure. El GEM ofrece una radiografía de la situación actual en Guatemala. Permite evaluar los avances conquistados por el país en comparación con otros países y a través del tiempo, dado que el estudio se ha realizado por seis años consecutivos. Al igual que GEM, la documental Poverty Cure reconoce el valor del emprendimiento para aliviar la pobreza mundial. Poverty Cure analiza las instituciones socio-económicas y políticas que estimulan o desalientan la actividad económica.
Según el GEM, Guatemala tiene una alta tasa de emprendimiento temprano si se le compara con el resto de la región latinoamericana. Los guatemaltecos menores de 35 años protagonizan el 60% de los emprendimientos en etapa temprana. De estos, 43% arranca con menos de Q. 10 mil quetzales de capital. La mayoría de iniciativas se orientan al consumo: su producción demanda una reducida inversión en tecnología y no transforma significativamente el producto ofertado. El emprendimiento en Guatemala tiende a ser auto-empleo. Algunas personas cierran el negocio cuando acceden a un puesto seguro en el mercado laboral formal, o emprenden para complementar un salario. Desde el 2009, más de la mitad de los nuevos negocios son puestos en marcha por mujeres. Idealmente, un negocio se establece y crece con el paso de los años, generando empleos e ingresos constantes, pero no todos los nuevos negocios en Guatemala llegan a esta etapa.
Un discernimiento medular de la investigación elaborada por el equipo del GEM queda plasmado en una gráfica que revela una tasa mayor de emprendimiento en economías en vías de desarrollo que en economías desarrolladas. Se retrata así a quienes emprenden por necesidad, desde la pobreza y a veces desde la informalidad, porque otras vías alternas de subsistencia les resultan menos accesibles.
Leer el estudio del GEM trae a la memoria un mensaje subyacente a la serie Poverty Cure: es un mito que los pobres son perezosos, dependientes y poco creativos. Al contrario, el verdadero problema reside en las reglas del juego paternalistas que desestiman sus potenciales aportes a los mercados globales.
Más que clamar por caridad o subsidios, los guatemaltecos deberíamos exigir la posibilidad de trabajar con libertad de entrada y salida en mercados dinámicos, tanto nacionales como internacionales. Ello implica derrumbar barreras, simplificar regulaciones y mejorar el acceso al crédito. Segundo, necesitamos una adecuada protección de nuestras vidas y propiedad. El estudio del GEM corrobora las conclusiones de otros estudios: la corrupción, las extorsiones y una defectuosa y lenta defensa de nuestros más básicos derechos en las cortes del sistema obstaculizan y encarecen el desarrollo de la empresarialidad. Finalmente, requerimos una cultura que reivindique y premie la innovación, el ahorro, la laboriosidad, la responsabilidad, la honestidad y todas las demás virtudes necesarias para prosperar en un mercado libre.

Este artículo fue publicado el viernes 17 de julio del 2015 en la Revista Contra Poder y el CEES.

La ilustración es propiedad de la UFM y muestra un detalle del Lienzo Q que narra la conquista de Guatemala.  El lienzo contiene escenas de comercio.

¿Porqué no acepta la verdad?

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Quienes actuaron sobre la base de las apocalípticas predicciones poblacionales de Paul Ehrlich se arrepienten, pero el daño que hicieron y hacen es irreparable.

Es inaudito que muchas ONGs y organizaciones internacionales, como la Organización de Estados Americanos, sigan trabajando sobre la base de un mito: la sobrepoblación. Ahora disfrazan su meta un poco más, desde que un estudio publicado por la Organización de Naciones Unidas (ONU), una de las entidades más alarmistas en el pasado, confesara que la población crece a un ritmo menor del temido, y que va en pique en buena parte del mundo Occidental. Ahora argumentan que el control de la natalidad, así como la legalización del aborto y la eutanasia, son necesarios para frenar un excesivo consumo de recursos naturales o para garantizar la autonomía de la mujer.

Entre tanto, demógrafos y ambientalistas honestos han renunciado a sus convicciones antinatalistas. La notable excepción es el gurú del movimiento: Paul Ehrlich. Él causó furor en 1968 cuando publicó su panfleto, La Bomba Poblacional. El movimiento Cero Crecimiento Poblacional nació a raíz del éxito de su mensaje terrorífico y regó sus teorías por todo el mundo. La historia del movimiento es detallada en un documental producido por el New York Times, un periódico centro-izquierda que tiró la toalla respecto al supuesto de la sobrepoblación hace dos años. Interpreto este documental como una explicación de su loable cambio de rumbo.

Los seguidores del entomólogo Paul Ehrlich eran “creyentes verdaderos”, afirma Adrienne Germain, ella misma una creyente. Germain y otro discípulo converso, Stewart Brand, dan declaraciones impactantes en el video. Los creyentes verdaderos temían que la Tierra pronto sería destruida por humanos, señala Germain, ex presidenta de la Coalición Internacional para la Mujer. Incluso el Presidente Richard Nixon promovió el control de la natalidad, tras convencerse que la humanidad se ahogaría debido a un exceso de personas, tráfico, crimen y contaminación.

En el video aparece el biólogo Stewart Brand de joven, afirmando que las personas deberían tener menos y mejores bebés. (Nótese el tono eugenístico del comentario.) Brand retaba a quienes emprendían un tercer embarazo a hacer una huelga de hambre para sufrir en carne propia lo que padecerían otros, presuntamente más “responsables”, a causa de su excesiva reproducción. Brand se ha retractado públicamente porque pasaron 44 años y las catástrofes predichas por Ehrlich no se materializaron.

¿Cuándo admitirá Ehrlich que falló su teoría? Confrontado con esta pregunta en el documental, el científico responde condescendientemente. Es un desvergonzado, porque dice que erró en “cosas pequeñas”, tal y como anunciar el fin de la India o de Inglaterra: predicciones para nada pequeñas. Ehrlich reconoce que Inglaterra no cesó de existir en el 2000, como él pronosticó, pero que “sólo han pasado 14 años”, como si diera igual una década más o una década menos. “La gente no entiende que el tiempo para el ecologista puede ser muy distinto al tiempo para la persona promedio.”

Ehrlich destila desdén por los humanos: nos ve como bestias desordenadas que banquetean y se reproducen sin límite. Nos compara con bolsas de basura. “La idea de que cada mujer debe tener cuantos bebés desee es, para mí, una idea exactamente como aquella según la cual todos deben tener permiso de tirar cuántas bolsas de basura quieran al jardín del vecino.” Para Ehrlich, nuestra mera existencia compromete la sostenibilidad del planeta. No ve que creamos, resolvemos, y producimos. Su solución sigue siendo las hambrunas, preferiblemente diseñadas para afectar las comunidades que menos le agradan, el aborto y la esterilización coercitiva de los egoístas y los tontos.

Guatemala debe renunciar a las políticas recomendadas por este charlatán porque son basura.

Este artículo fue publicado el 12 de junio del 2015 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

 

 

 

 

Y la mejor película del año es…

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¿Cómo se escoge a los ganadores de los Premios Óscar? Se utiliza el método de rondas múltiples o instantáneas.

Televidentes en más de cien países sintonizan anualmente la transmisión en vivo de la ceremonia en la cual se anuncian los ganadores del Premio Óscar. ¡El histórico concurso suma ya 87 entregas! La audiencia estadounidense en el 2015 fue menor que en años anteriores, pero aún así, 37.3 millones vieron el fastuoso espectáculo. Este es en sí un logro, dado que la primera edición, en 1929, se llevó a cabo en el Hotel Roosevelt con la asistencia de 270 personas.

La Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas inventó el premio al mérito (Academy Award) para realzar la imagen de la industria cinematográfica. Los interesados en competir por una estatuilla Óscar someten un formulario a los organizadores, quienes generan un especie de “ayuda memoria” que lista a todos los concursantes. Uno de los principales requisitos para optar a un galardón es que algún teatro de Los Ángeles haya exhibido la producción por siete días consecutivos durante el año calendario fijado por la Academia. En la mayoría de categorías, el premio es un reconocimiento entre pares: los directores seleccionan al mejor director y los técnicos del sonido a la mejor banda sonora. La película triunfadora es elegida entre los 6,124 miembros de la Academia.

Los concursantes cabildean a los electores con todo menos “incentivos inapropiados”; los bombardean con publicidad y les obsequian proyecciones privadas y ejemplares de películas. Los nominados para las distintas categorías surgen de los votos emitidos por los miembros de la Academia, principalmente por vía electrónica. Empleados de la empresa PricewaterhouseCoopers tamizan estos votos y elaboran una papeleta con los finalistas nominados por categoría. Luego se establece un plazo de dos semanas para rellenar las papeletas. El secreto extremo rodea a los dos personeros de PricewaterhouseCoopers encargados de escudriñar los resultados y elaborar los famosos sobres que contienen los nombres de los ganadores.

El método de elección por rondas múltiples o instantáneas (Instant Run-off Voting) es utilizado para seleccionar tanto a los nominados como al largometraje premiado. Recurrieron a este nuevo sistema en el 2009, luego de que se ampliara el número de finalistas a más de cinco, porque destila satisfactoriamente el gusto generalizado. En lugar de marcar una única casilla en la papeleta, los votantes deben ordenar sus preferencias de la más favorecida a la menos favorecida.

En la primera ronda, se tabulan las películas según la primera preferencia. Si ninguna película logra captar el 50 por ciento del voto, entonces se descarta la película menos votada. Pero la voz de quienes preferían esta opción eliminada sigue siendo escuchada, pues su voto se asigna hacia su segunda preferencia. Digamos que José votó en primer lugar por Whiplash y en segundo lugar por American Sniper. Si Whiplash es la película menos votada, entonces el voto de José se suma a los votos por America Sniper. Este proceso se repite hasta que una película obtenga el 50 por ciento de los votos. En resumen, el largometraje ganador gustó a la mayoría de los votantes aunque no haya sido su favorito.

La bondad de las rondas instantáneas es que los votantes revelan sus preferencias reales: no tienen incentivo de falsear sus gustos por temor a tirar a la basura su voto en una producción poco taquillera, ni de castigar a un concursante que les desagrada. Además, opciones de bajo presupuesto tienen más probabilidad de competir que si se utilizara otro sistema.

Este método de elección también sirve para mejorar los resultados de ciertas contiendas políticas. Así se elige a los diputados en Australia y algunas elecciones provinciales en Canadá.

Este artículo fue escrito para publicar el 6 de marzo del 2015 en la Revista Contra Poder.

 

 

¿Somos millonarios, como Santa Claus?

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“Mama, ¿Santa Claus es millonario?” Mi hijo menor me miró atento, esperando una respuesta. Afortunadamente, sonreí y guardé silencio un rato, porque sus posteriores elucubraciones me deleitaron.

Mi hijo razonó que sólo un millonario podría adquirir y fabricar regalos para todos los niños del mundo en Nochebuena. Esta deducción deja bien parado a Papá Noel. Si asumimos según la tradición que Santa es mágico, entonces el acto de producir y distribuir regalos no conlleva costos de oportunidad, pues Santa puede hacer lo que se le antoje, prácticamente sin costo. Su gesto es generoso pero no tanto como lo sería si fuera millonario. Dado que Santa es reconocido por sus virtudes, sólo llegaría a amasar una fortuna a través de actividades económicas lícitas, satisfaciendo necesidades ajenas. Haría un doble bien como empresario y como filántropo. Y valdría más el gesto de repartir juguetes, porque encajaría con la verdadera definición de generosidad. La noción de un Papá Noel empresario enseñaría a los niños que cuesta trabajo conseguir y conservar nuestros ingresos, y que únicamente podemos disponer de los bienes que nos pertenecen.

Entretenida con estas fantasiosas reflexiones, revisé los periódicos y leí sobre la veloz aprobación de un abultado presupuesto gubernamental de Q70 mil 600 millones para el 2015. He aquí, pensé, una tercera y menos loable forma de ser “Santa”: financiar diversidad de gastos tras despojar a unos de sus bienes cobrando impuestos y contrayendo deuda pública. ¿Qué mérito hay en este tipo de transferencias? No son fruto de un trabajo productivo; los gobernantes no reparten sus propios ahorros. Se distribuyen “derechos”, no regalos, reclamados por beneficiarios despistados y poco agradecidos. La mística de gana-pierde bajo la cual opera la maquinaria estatal dista mucho del mágico gana-gana del Polo Norte, así como del positivo escenario dentro del cual transacciones libres de coacción generan riqueza.

Sin embargo, pareciera que un espíritu mágico invadió el Congreso el pasado 27 de noviembre. Tomó únicamente cuatro horas a los partidos opositores, usualmente en pugna, aprobar el Presupuesto del 2015. De ejecutarse completo, el gobierno gastará en un año el equivale a la totalidad del salario mínimo anual de casi 2 millones de guatemaltecos. ¿Estaremos los guatemaltecos tan embobados por el encanto navideño, que nos es indiferente el precio pagado por cada voto favorable al contubernio? Ascendió a Q. 500 mil por diputado, según Prensa Libre, ¿y dónde está la indignación generalizada? ¿Qué fórmulas matemáticas hechiceras permitirán a las autoridades cubrir el incremento presupuestario? ¿Realmente se recaudará más si se cobran nuevos impuestos a la telefonía fija y móvil, al cemento y la minería? ¿Será conveniente crecer la deuda pública emitiendo bonos y prestando más plata a organismos internacionales?

El saco de juguetes de Santa-Gobierno crece inexorablemente. El presupuesto gubernamental se duplicó en ocho años: del 2001 al 2009. En el 2009, nos alarmó la aprobación del presupuesto más grande de nuestra historia hasta entonces: Q 49 mil 713 millones. El ritmo de crecimiento del presupuesto se aceleró pues únicamente transcurrieron cinco años desde entonces.

Este fenómeno no es exclusivo a Guatemala o a esta era. En 1609, un sorprendido Juan de Mariana, sacerdote español, notaba que el presupuesto de la corte española era cuatro veces mayor que el de 1429, y que se había triplicado en 45 años, desde 1564. William Niskanen (1971) muestra que existe una tendencia al crecimiento del gobierno, y consecuentemente, del gasto público.

Si Guatemala fuera el Polo Norte y los gobernantes fueran Santa, sería innecesario limitar el gasto público. En la vida real, tanto gobernantes como gobernados debemos guardar mesura y detener esta tendencia al alza mediante una clara y funcional constitución fiscal.

Este artículo fue publicado el 5 de diciembre en la Revista Contra Poder y en CEES.

La foto fue adaptada de https://openclipart.org/image/800px/svg_to_png/1956/johnny-automatic-santa-and-his-bag.png

 

Un índice de los índices

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Nos desilusionamos cuando Guatemala ocupa uno de los últimos puestos en un ranking mundial, y nos alegramos cuando sale bien evaluada. ¿Qué tan acertados son los dictámenes de estas populares mediciones?

Los índices sirven para destilar lecciones sobre cómo sacar adelante a Guatemala. Mis favoritos son los dos índices de la libertad económica, elaborados por el Instituto Fraser y el Instituto Heritage conjuntamente con el Wall Street Journal, y el Índice Haciendo Negocios del Banco Mundial.

Sin embargo, no todos los índices son iguales, según una evaluación de índices realizada por The Economist (8-XI-14) con base en la investigación de Beth Simmons de la Universidad de Harvard y Judith Kelley de la Universidad de Duke. Ellas afirman que en los últimos veinte años se produjo una explosión de índices. Esto puede deberse al hecho que los números brindan un aparente respaldo a distintas causas. Como dijo Bill Gates una vez, si no puedes medir un fenómeno, no existe. Con el advenimiento del internet, se facilitó la difusión de las mediciones; unos estudios han sido citados millones de veces. Kelley y Simmons fijan el despegue a finales de la década de los setenta, con la introducción de dos o tres índices activos. Ya para el 2004, existía una centena. Y esa cifra se duplicó en diez años, aunque de los 200 instrumentos creados, cincuenta ya no están activos.

La cautela es necesaria, empero, porque la confiabilidad de los índices varía. Los mejores son meticulosos y cuidan la estandarización de múltiples indicadores de país en país, como sería el caso del índice educativo Programa para la Evaluación International de Alumnos de la OCDE, mejor conocido como PISA, por sus siglas en inglés. Pero algunos países no tienen la disposición o la capacidad de levantar estadísticas objetivas, o bien usan parámetros distintos para medir una misma cosa. Adicionalmente, no todo es cuantificable, por lo que se recurre a encuestas para aproximarse a asuntos como la felicidad, la democracia o la corrupción, por ejemplo.

Un vistazo a los índices de la felicidad en competencia, revela la subjetividad en el diseño de las fórmulas. El mismo país puede sobresalir en el Índice del Planeta Feliz y obtener una nota desfavorable en el Índice Mundial de la Felicidad. The Economist lo resume así: “seleccionar qué incluir en la fórmula con frecuencia significa tratar de aislar conceptos escurridizos e inyectar criterios subjetivos.”

Más interesante me pareció la observación de Kelley y Simmons respecto de la motivación para crear índices: más y más, los gobiernos, las ONGs y otros grupos de interés diseñan estas herramientas para lograr la aprobación de nuevas leyes o programas. Aquí ocurre lo que George Stigler previó para la regulación de la industria: una captura por parte del regulado. Stigler entrevió que aunque la regulación surge para controlar o restringir a la industria, ésta pronto aprende a emplear la regulación como un escudo protector de sus intereses. Los primeros índices pretendían ayudar a juzgar la conveniencia de ciertas políticas públicas, pero ahora los formuladores de políticas públicas usan las mediciones para apuntalar sus planes.

Un ejemplo es el informe sobre el tráfico de personas (TIP), el cual, según algunos observadores, es elaborado por el Departamento de Estado de Estados Unidos con base de datos poco confiables. The Economist señala que el índice se ha convertido en un arma de poder suave, porque excusa la remoción de la cooperación internacional y otras inversiones en los países que coloca en la lista negra.

En resumen, iniciativas bien intencionadas pueden premiar o castigar a países e individuos a partir de datos poco firmes. Como sucede en otros mercados competitivos, esperaríamos que prosperen únicamente los índices más exactos y veraces, y que sus lectores mantengamos un ojo crítico.

Este artículo fue publicado el 21 de noviembre del 2014 en la Revista Contra Poder y el CEES.

Foto propia de la portada del artículo de The Economist.