Falsos dioses

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Las raíces cristianas definen al Occidente. La religiosidad de un pueblo no es dañina, afirma el historiador Christopher Dawson.

Esta semana el Instituto Fe y Libertad inaugura un seminario para discutir Los dioses de la revolución, una obra por Christopher Dawson (1889-1970). Bajo dirección del especialista en derecho constitucional, Jesús María Alvarado, los asistentes dedicaremos tres sesiones a analizar el último libro publicado por el historiador inglés. De hecho, Los dioses de la revolución salió a luz pública en 1972, dos años después de su muerte.

En Guatemala sabemos poco sobre Dawson, a pesar de la relevancia de sus escritos para cualquier país cristiano. Dawson ha sido descrito como el mejor historiador católico de Inglaterra. Gerald Rusello, del Centro de Recursos para la Educación Católica, opina que “fue probablemente el estudioso más penetrante de la relación entre religión y cultura que jamás ha escrito”. Cuando se convirtió al catolicismo en 1914, ya había completado estudios de historia y economía en Oxford. Publicó su primer libro en 1928: The Age of Gods. Sus biógrafos aducen que quedó inconclusa su ambición de redactar varios tomos sobre la civilización europea, desde la antigüedad hasta la era moderna. Quizás sus libros más conocidos, traducidos al español, son Progreso y Religión (1929) y The Making of Europe (1932), obra que en castellano se titula Los orígenes de Europa o Así se hizo Europa. Fue docente universitario en Exeter, Liverpool y Edimburgo. De 1958 a 1962, ocupó el puesto de catedrático titular de estudios católicos en la Universidad de Harvard.

Una hipótesis común es que la piedad popular perpetúa el retraso socio-económico en Guatemala. Algunos asumen el antagonismo entre fe y razón, o juzgan que la religiosidad promueve actitudes conformistas. Estas posturas son reformulaciones de aquella tesis renacentista, según la cual el arranque del progreso económico en Europa coincide con la superación de la oscura Edad Media. El cristianismo forjó la civilización occidental, subraya Dawson, pero su influjo fue positivo. Explica Rusello que para Dawson, “cuando la fe cristiana penetra una cultura,…inicia una regeneración espiritual que afecta no sólo la cultura material y externa, sino la constitución interior de sus miembros.”

Christopher Dawson es un historiador de las ideas. En Los dioses de la revolución, advierte que “se podría cometer el gran error de ignorar o minimizar la importancia del factor intelectual en la Revolución, como han hecho muchos historiadores modernos…Si vamos a negar la influencia del liberalismo en la Revolución Francesa, tendríamos que negar la influencia del comunismo en la revolución en Rusia.” Según Dawson, el cristianismo predomina sobre todas las ideas que han moldeado Occidente, pues es gracias a su filosofía que concebimos la evolución social como un proceso dinámico. Existe un plan divino para la humanidad del cual podemos o no estar conscientes, pero aún así, las personas organizan su convivencia con libertad. Una sola persona, como por ejemplo San Agustín o Santo Tomás de Aquino, pueden imprimir su sello a sociedades completas. El autor pretende recordarnos que un milenio de ideas cristianas ha calado hasta lo más hondo de la cultura europea.

Aunque tienen raíces cristianas, las doctrinas racionalistas y seculares, tanto la liberal como la socialista, intentan sustituir la fe cristiana. El problema es que cuando los movimientos seculares dejan de lado, o atrás, las creencias cristianas, tienen que rellenar el vacío con otros dioses. El grave peligro para nosostros es que las nuevas religiones de la raza, el proletariado, la “libertad, igualdad, fraternidad”, u otras más actuales, terminan subordinando al individuo al Estado.

Este artículo fue publicado el 15 de julio del 2016 en la Revista Contra Poder y el CEES.

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La crueldad anti-natalista

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El control gubernamental de la natalidad es una práctica coercitiva inmoral, e irónicamente, innecesaria.

La política del hijo único de la República Popular de China es el más espeluznante pero no el único experimento de control de la población. Provocó una prematura alegría la Comisión de Planificación Familiar de China cuando anunció, la semana pasada, que descontinuará el despiadado programa, una vez el parlamento ratifique la decisión en marzo del 2016. En realidad, las parejas chinas no serán libres de elegir el tamaño de sus familias, pues podrán procrear únicamente dos hijos.

Tomará tiempo dimensionar las trágicas secuelas psicológicas y sociológicas de esta práctica. Las mismas autoridades chinas estiman que se abortaron alrededor de 336 millones de bebés entre 1973 y 2013. A eso sumamos innumerables infanticidios y esterilizaciones obligadas. Mein Fong, la autora de Un hijo: el pasado y el futuro del experimento más radical de China, confesó a National Geographic que sintió que conversaba con un agente desalmado de la S.S. Nazi cuando entrevistó a una abortista. Esa mujer practicó más de 1,500 abortos forzados, muchos en embarazos avanzados, empero incongruentemente adoptó a un hijo en secreto, ilegalmente.

La China actual es un país de hombres solitarios. La preferencia por herederos varones redundó en el uso del aborto y el infanticidio para seleccionar el sexo del hijo único. El censo levantado en el 2010 reveló que hay por lo menos 34 millones más hombres que mujeres en ese país. Nacen 118 o 120 bebés varones por cada 100 hembras, estima la demógrafa experta en China, Andrea den Boer.

Condenar a miles de hombres a una soltería involuntaria tiene ramificaciones políticas. La población flotante de jóvenes causa graves problemas sociales, exacerbados por otra política pública que fomenta la urbanización. Los muchachos desocupados integran pandillas y redes criminales. Ha aumentado la violencia, los crímenes contra mujeres, el consumo de drogas y otros comportamientos antisociales. Aquí podría estallar la oposición armada al régimen comunista.

Debido al envejecimiento poblacional, el cambio en la política oficial no modificará el perfil demográfico de China en los siguientes treinta años, advierte la Dra. Boer. En el 2055, China tendrá más adultos mayores que América del Norte, Japón y Europa juntos. Al mismo tiempo, su población en edad productiva se encogerá peligrosamente debido a las bajas tasas de fertilidad.

Poco se menciona un costo adicional: el de sostener inmensas burocracias para monitorear la intimidad conyugal. La clave aquí es la coerción. El control de la población involucra la acción coercitiva, y se distingue de la planificación familiar que los esposos emprenden voluntariamente para espaciar a sus descendientes.

No solo el gobierno de China cruzó la frontera ética. Programas tendenciosos de educación sexual y el subsidio de anticonceptivos artificiales constituyen áreas grises, pero además algunos gobiernos inmoralmente ocultan a pacientes mujeres los efectos dañinos de ciertos anticonceptivos e incluso auspician esterilizaciones involuntarias. Frecuentemente son alentados por organizaciones internacionales, públicas y privadas, que suscriben la mentalidad alarmista acerca de la sobrepoblación.

Es irónico y doloroso que el control poblacional sea innecesario, pues las parejas naturalmente reducen su fertilidad conforme aumenta su nivel de vida. Explica Matt Ridley en El optimista racional: “Entre más interdependientes y ricos nos volvemos, más se estabiliza la población dentro de los límites de los recursos en el planeta.” En otras palabras, la mejor política para reducir la tasa de fertilidad de un país es aumentar el ámbito de libertad de las personas y asegurar el crecimiento de la economía.

Este artículo fue publicado el 6 de noviembre del 2015 por la Revista Contra Poder y CEES.

La imagen es adoptada de Chinese Posters.

La onda climática

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Reportan ansiedad en niños entre 7 y 11 años debido al temor que les producen los efectos del calentamiento global. ¿Es correcto asustarlos tanto?

Si las personas causamos un calentamiento global sin precedente histórico, y si debemos cambiar nuestros hábitos para salvar la Tierra, entonces es imperativo que tanto los adultos como los niños despertemos abruptamente. Se justificaría, entonces, vincular cada deslave, inundación, hambruna y otros desastres naturales con el cambio climático antropogénico, aún si nos falta evidencia. ¿Cómo se formó esta mentalidad? ¿Es realista?

Cuesta creer que hace tan sólo sesenta años, los climatólogos laboraban en la periferia del mundo científico: no eran populares ni recibían tantas subvenciones como ahora. La creciente moda climática es examinada en un nuevo trabajo de investigación por William N. Butos y Thomas J. McQuade, del Instituto Independiente. Como en otras facetas de nuestras vidas, en las ciencias también se producen ciclos de auge y decadencia en áreas específicas de investigación, afirman Butos y McQuade.

La teoría según la cual la acción humana provoca el calentamiento global cobró fuerza en la década de los noventa. Grandes jugadores, como agencias gubernamentales y el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), desencadenaron una gigantesca ola favorable al estudio de la hipótesis. Este caso se parece al de la eugenesia, que fue objeto de similar consideración en el pasado. Aquella ola se derrumbó cuando salieron a luz pública los macabros experimentos del régimen Nazi en busca de la “higiene racial”, mientras que el tsunami del cambio climático antropogénico aún no colapsa. La experimentación requerida tanto por la eugenesia como por el cambio climático es compleja; es difícil hacer pruebas precisas.

Para demostrar su punto, Butos y McQuade cuentan el número de artículos científicos sobre el tema publicados entre 1978 y 2014. El total de trabajos se incrementó de cero hasta el pico máximo de 35 mil trabajos en el 2010. Paralelamente, el gobierno de Estados Unidos hundió millones de dólares en la investigación científica sobre el clima a partir de 1978. Desde 1992 los montos destinados al tema ascienden a más de U.S.$ 1,550 millones anuales.

El IPCC es un formidable porrista. Emplea su grandísima influencia para difundir los estudios con los cuales comulga y también para guiar las investigaciones en la dirección deseada. Se ha convertido en un campeón de “las hipótesis plausibles más atractivas políticamente”, afirman los autores, ignorando y acallando los estudios que contradicen su versión de los hechos. Los científicos que se han desviado del supuesto “consenso” son tachados por la IPCC de ser negacionistas rebeldes.

El financiamiento estatal, a su vez, constituye una fuente consolidada de cuantiosas sumas de dinero. El gobierno posee además el poder para emitir regulaciones y cobrar impuestos. Junto con los científicos, grupos de interés de inversionistas en granjas eólicas o energía solar, entre otros, participan de un enredado tráfico de influencias que retroalimentan la noción del calentamiento global antropogénico.

Butos y McQuade concluyen que todo el revuelo descansa en tres supuestos no validados por la evidencia dura: que el impacto humano sobre el clima global es medible, que es caro y difícil adaptarnos al ritmo de los cambios climáticos y que los efectos del cambio son un negativo neto.

Butos y McQuade confían que vendrá un declive cuando sea innegable la disparidad entre la tesis dominante y la verdad. Este bajón puede acentuarse si la eficacia y conveniencia de los programas gubernamentales relacionados es cuestionada. Al final, la ciencia del clima sanará de sus excesos, así como la ciencia de la genética sobrevivió los excesos de la eugenesia.

Este artículo fue publicado el 16 de octubre del 2015 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

 

 

Que no se multipliquen los pobres

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Desde sus oficinas en Washington, D.C. o Paris, funcionarios planifican cómo reducir la pobreza eliminando a los pobres, a través de programas estatales de control de la natalidad. ¿Hacen bien?

No, afirmó categóricamente el economista Julian Simon hace ya treinta y cinco años: “los datos no demuestran que una tasa más alta de crecimiento de la población haga disminuir la tasa de crecimiento económico, sea en los países subdesarrollados o sea en los países desarrollados.”

Históricamente, aduce Simon, períodos de rápido crecimiento poblacional antecedieron épocas de crecimiento económico. El ingreso per cápita a nivel global se multiplicó rápidamente entre 1900 y el 2000, más de lo que jamás hubiera agrandado, justo cuando la población mundial se incrementó notablemente. Lo mismo aconteció más recientemente en Taiwan y Corea del Sur. En “5 mitos sobre la sobrepoblación”, Tony Daly relata que entre 1960 y 1980, la economía de Corea del Sur prosperó a una tasa promedio de 6.2% y la de Taiwán creció a 7%. Este sorprendente ritmo acelerado y sostenido de enriquecimiento, se precedió de un alza poblacional también notorio.

Por otra parte, los territorios más densamente poblados del mundo son relativamente ricos. Macao tiene 21,190 habitantes por kilómetro cuadrado y un Producto Interno Bruto (PIB) per cápita por encima de US$ 91 mil. Le sigue Mónaco, con 18,475 habitantes por kilómetro cuadrado y un PIB per cápita de US$ 163 mil. La lista de los espacios densamente poblados continúa con Singapur, Hong Kong, Gibraltar y el Vaticano: en ninguno el ingreso promedio es mísero. Por contraste, hay países despoblados que reportan un ingreso per cápita paupérrimo, como es el caso de Somalia, Zimbabue, Liberia y la República Democrática del Congo.

En dos platos, los países pobres no son pobres porque están excesivamente poblados, sino porque han adoptado un marco institucional poco conducente al crecimiento económico. Las personas necesitan oportunidades de trabajo y ventanas para el emprendimiento, una mayor inversión, así como justicia y seguridad, antes que reducir el tamaño de sus familias.

Todo apunta a que debemos dibujar la flecha causal en la dirección opuesta. Naturalmente disminuye el número de niños nacidos a cada mujer conforme mejoran tanto el nivel de vida de las personas como el índice de mortalidad infantil. Explica Julian Simon que “cuando la gente ve que son necesarios menos nacimientos para conseguir un tamaño determinado de familia, ajustan su fertilidad disminuyéndola.”

Por otra parte, el invierno demográfico es una preocupación global: la tasa de fertilidad ha decrecido en los países en vías de desarrollo tanto como en los países desarrollados. La tasa promedio de fertilidad en los países menos desarrollados, agregados, bajó de 5.7 en 1970, a 2.6 niños por mujer en edad de procrear en el 2013. En este espacio de tiempo, en África, América y Asia también bajaron las tasas de fertilidad: de 6.7,4 y 5.4, respectivamente, a 4.7, 2.1 y 2.2 bebés por mujer en el 2013. Para el año 2060, se estima que la tasa de fertilidad en casi todos los continentes se aproxime a 1.9 hijos por mujer, exceptuando a África, donde la tasa será de aproximadamente 2.5. Dado que la tasa de reposición es de 2.1 hijos por mujer, esto significa una despoblación sin precedentes.

La ironía revelada por estos datos es que los planes para controlar coercitivamente el crecimiento poblacional no sólo son inmorales, sino además resultan innecesarios. La política represiva de un hijo por mujer practicada en la China no es el único ejemplo abominable: se documentan casos de esterilizaciones involuntarias alrededor del mundo, sobre todo entre campesinos y minorías étnicas. En lugar de jugar a Dios, arrebatando a selectas personas la libertad de decidir el tamaño de su familia en pareja, deberíamos estar pensando cómo generar más riqueza.

Este artículo se publicó el 30 de enero del 2015 en la Revista Contra Poder y CEES.

Éxodo

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¿Se puede abordar el tema de la migración con tono objetivo y científico?

La mayoría de guatemaltecos cargamos nuestras discusiones sobre la migración de excesiva emoción, pues nuestras familias se ven afectadas directamente. Extrañamos a nuestros parientes que residen lejos, aunque les hablemos periódicamente y manden remesas. Algunos han perdido a seres queridos que probaron suerte viajando indocumentados hacia el Norte. Acusamos a los deportados retornados y a los recién llegados del campo de robarnos empleos y congestionar la ciudad. Las personas que van y vienen cambian nuestro entorno constantemente.

Éxodo, cómo la migración está cambiando nuestro mundo (2013), es el nuevo libro de Paul Collier, autor, economista y profesor en la Universidad de Oxford. Allí afirma que la discusión es delicada no solamente debido al tono íntimo que le inyectamos, sino por los matices políticos y raciales que tiñen los debates públicos. Persisten mentalidades racistas y xenofóbicas que se oponen a la inmigración de extraños a su terruño. Pero el racismo es como un costal tragalotodo, según Collier, porque perezosamente le achacamos causas y efectos que se deben propiamente a cuestiones de cultura, religión o niveles de ingreso. Carece de fundamento científico el supuesto que existen diferencias genéticas entre razas. Por tanto, el racismo no debe ser la clave para aceptar o repeler a extranjeros. En contraste, es legítimo evaluar el impacto de las migraciones en la cultura, pues ésta no es una herencia genética sino “un conjunto fluido de normas y hábitos con importantes consecuencias materiales”. Por ejemplo, no le da igual a los nativos de Inglaterra absorber a cientos de paquistanís que asimilan los estilos de vida británicos, que ver transformada su sociedad por patrones culturales dominantes, importados de Pakistán.

Collier sostiene que un estudio programático de la migración debe explorar los efectos para tres grupos poblacionales: los migrantes, los que se quedan atrás, y los que absorben o reciben inmigración. Su tesis principal es que quienes optan por movilizarse buscan modelos sociales exitosos. El “modelo social” abarca las instituciones, reglas, normas y organizaciones de un país. Los modelos sociales de los países más prósperos del planeta no son idénticos, aclara el autor, pero tienden a ser más funcionales que los modelos sociales en los países en vías de desarrollo.

Paremos oreja a este claro mensaje: un país de emigrantes, como el nuestro, es un país con un modelo social disfuncional. Para frenar el éxodo de compatriotas, debemos construir un Estado de Derecho sólido y estable. La calidad de nuestros mensajes internos ayudan a edificar la institucionalidad, y por tanto hemos de sustituir historias como “los chapines somos haraganes y corruptos” con alternativas como “somos emprendedores y topados”. Debemos contar con normas informales que reduzcan los índices de violencia y construyan confianza. La productividad mayor de los guatemaltecos emigrados en comparación con la de quienes permanecen aquí es atribuible a los incentivos que imperan sobre unos y otros. Collier lamenta que el movimiento de ideas y recursos hacia los países más pobres ha sido demasiado lento como para reducir la brecha entre países desarrollados y subdesarrollados.

El mejor futuro posible sería uno en el cual la economía mundial estuviera más integrada, con amplia libertad del intercambio, globalizando así la prosperidad y reduciendo el atractivo de migrar. “Aunque la migración internacional responde a la desigualdad mundial, no la cambia significativamente. Lo que guía la convergencia económica es la transformación de los modelos sociales que prevalecen en las sociedades más pobres,” concluye el autor.

Este artículo fue publicado el 9 de enero del 2015 en la Revista Contra Poder y CEES.

La foto de la carátula del libro es de http://ecx.images-amazon.com/images/I/41cKL2ZvLWL.jpg.

Un índice de los índices

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Nos desilusionamos cuando Guatemala ocupa uno de los últimos puestos en un ranking mundial, y nos alegramos cuando sale bien evaluada. ¿Qué tan acertados son los dictámenes de estas populares mediciones?

Los índices sirven para destilar lecciones sobre cómo sacar adelante a Guatemala. Mis favoritos son los dos índices de la libertad económica, elaborados por el Instituto Fraser y el Instituto Heritage conjuntamente con el Wall Street Journal, y el Índice Haciendo Negocios del Banco Mundial.

Sin embargo, no todos los índices son iguales, según una evaluación de índices realizada por The Economist (8-XI-14) con base en la investigación de Beth Simmons de la Universidad de Harvard y Judith Kelley de la Universidad de Duke. Ellas afirman que en los últimos veinte años se produjo una explosión de índices. Esto puede deberse al hecho que los números brindan un aparente respaldo a distintas causas. Como dijo Bill Gates una vez, si no puedes medir un fenómeno, no existe. Con el advenimiento del internet, se facilitó la difusión de las mediciones; unos estudios han sido citados millones de veces. Kelley y Simmons fijan el despegue a finales de la década de los setenta, con la introducción de dos o tres índices activos. Ya para el 2004, existía una centena. Y esa cifra se duplicó en diez años, aunque de los 200 instrumentos creados, cincuenta ya no están activos.

La cautela es necesaria, empero, porque la confiabilidad de los índices varía. Los mejores son meticulosos y cuidan la estandarización de múltiples indicadores de país en país, como sería el caso del índice educativo Programa para la Evaluación International de Alumnos de la OCDE, mejor conocido como PISA, por sus siglas en inglés. Pero algunos países no tienen la disposición o la capacidad de levantar estadísticas objetivas, o bien usan parámetros distintos para medir una misma cosa. Adicionalmente, no todo es cuantificable, por lo que se recurre a encuestas para aproximarse a asuntos como la felicidad, la democracia o la corrupción, por ejemplo.

Un vistazo a los índices de la felicidad en competencia, revela la subjetividad en el diseño de las fórmulas. El mismo país puede sobresalir en el Índice del Planeta Feliz y obtener una nota desfavorable en el Índice Mundial de la Felicidad. The Economist lo resume así: “seleccionar qué incluir en la fórmula con frecuencia significa tratar de aislar conceptos escurridizos e inyectar criterios subjetivos.”

Más interesante me pareció la observación de Kelley y Simmons respecto de la motivación para crear índices: más y más, los gobiernos, las ONGs y otros grupos de interés diseñan estas herramientas para lograr la aprobación de nuevas leyes o programas. Aquí ocurre lo que George Stigler previó para la regulación de la industria: una captura por parte del regulado. Stigler entrevió que aunque la regulación surge para controlar o restringir a la industria, ésta pronto aprende a emplear la regulación como un escudo protector de sus intereses. Los primeros índices pretendían ayudar a juzgar la conveniencia de ciertas políticas públicas, pero ahora los formuladores de políticas públicas usan las mediciones para apuntalar sus planes.

Un ejemplo es el informe sobre el tráfico de personas (TIP), el cual, según algunos observadores, es elaborado por el Departamento de Estado de Estados Unidos con base de datos poco confiables. The Economist señala que el índice se ha convertido en un arma de poder suave, porque excusa la remoción de la cooperación internacional y otras inversiones en los países que coloca en la lista negra.

En resumen, iniciativas bien intencionadas pueden premiar o castigar a países e individuos a partir de datos poco firmes. Como sucede en otros mercados competitivos, esperaríamos que prosperen únicamente los índices más exactos y veraces, y que sus lectores mantengamos un ojo crítico.

Este artículo fue publicado el 21 de noviembre del 2014 en la Revista Contra Poder y el CEES.

Foto propia de la portada del artículo de The Economist.

 

 

 

 

Coincidencias

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¿Qué tienen en común el acto de “votar con los pies”, con el de elegir funcionarios públicos? La visión de Gordon Tullock constituye un hilo conductor.

El pasado 4 de noviembre, Gordon Tullock falleció en Des Moines, Illinois, mientras sus compatriotas estadounidenses acudían a votar en las elecciones de medio término para seleccionar diputados, gobernadores y otros funcionarios. Días más tarde, se conmemoró el 25 aniversario de la caída del Muro de Berlín. Imagino a Tullock riéndose en el Cielo ante ambas coincidencias, pues por años estudió los mecanismos de votación y comparó distintos sistemas de gobierno. Más gusto le dará escuchar de varios admiradores que merecía ganar el Premio Nobel en Economía, por sus creativos aportes al análisis de las decisiones públicas, el análisis económico del derecho y la economía biológica.

Gordon Tullock ciertamente no se lamentó la imposibilidad de votar en esta ocasión, porque no acostumbraba hacerlo. Así lo admitió en un irreverente video que grabó en el 2008. Tullock intuía que las votaciones no siempre rinden resultados socialmente benéficos debido a la alineación de los incentivos que imperan sobre políticos y votantes. Emerge un resultado colectivo de la inyección de preferencias disímiles y obscurecidas. Las elecciones pueden dañar a ciertos grupos o a la sociedad en general. En su libro The Vote Motive (1976), Tullock plantea su principal preocupación respecto de las elecciones. Al abrazar nuestro rol de votante, concedemos cada vez más terreno a la política en detrimento de las decisiones que tomamos en el mercado. Cada viaje a la urna hace poco por revelar nuestras preferencias reales, en tanto cada acto de consumo en el mercado informa ampliamente al oferente y a otros compradores.

Este discernimiento es compatible con su endoso del federalismo y la descentralización, así como de la libertad para elegir dónde queremos vivir. En Government Failure: A Primer in Public Choice (2002), Tullock, junto con Arthur Seldon y Gordon Brady, escribió palabras claras sobre el Muro de Berlín: “Los lectores sin duda recuerdan que durante la Administración del Presidente Kennedy, Alemania del Este se despoblaba porque sus ciudadanos votaban con los pies. La respuesta de los comunistas fue el Muro de Berlín, que les permitía tener un sistema de gobierno vastamente inferior al que regía en Occidente y que al mismo tiempo hacía imposible a sus súbditos simplemente emigrar.”

Berlín se reunificó en 1989. Tres años antes, cobró protagonismo mundial el análisis económico de las decisiones públicas cuando recibió el Premio Nobel el coautor de Tullock en el libro El Cálculo del Consenso (1962), James M. Buchanan. En 1987, el Presidente Ronald Reagan lanzó su famoso reto a Mijaíl Gorbachev: “¡Tira ya el muro!” Si Ronald Reagan no estaba directamente familiarizado con la obra de Buchanan y Tullock, por lo menos compartía con estos dos autores la convicción sobre el peligro que encierran para los individuos los gobiernos centralizadores y altamente burocráticos.

En El nuevo federalismo (1995) Tullock resaltó los beneficios de permitir a las personas votar con los pies. Tullock favorecía unidades locales de gobierno por tres principales razones. Primero, porque la información entre gobernado y gobernante fluye mejor y a un costo menor. Segundo, porque el despilfarro y la corrupción se hacen más visibles y por tanto son más fiscalizables. Y tercero porque así el ciudadano puede optar vivir en función con la cantidad de impuestos que quiere pagar y los servicios públicos que desea recibir.

Gracias, Gordon Tullock, por derribar tantos muros intelectuales y exponer a generaciones presentes y futuras a un enfoque realista respecto de los procesos políticos.

Este artículo se publicó el 14 de noviembre en la Revista Contra Poder y CEES.

Foto del Mural de Economistas en el quinto nivel del Edificio Académico, UFM.