Oda a la libertad

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Las antorchas que recorren el país cada 15 de septiembre son símbolo tanto de la iluminación intelectual y espiritual, como de la libertad.

¿Asimilaron los próceres centroamericanos los mensajes liberales del Barón Montesquieu, Adam Smith y Thomas Jefferson, entre otros pensadores de la Ilustración? A continuación, cuatro advertencias hechas por liberales clásicos que nuestros antepasados quizás desestimaron, pero que esta generación de guatemaltecos debe atender urgentemente.

1. Los abusos del poder son intolerables. Desligarnos de la monarquía no nos blindó contra los autoritarismos abusivos. De Montesquieu aprendimos las bondades de separar y balancear los poderes del Estado. Él advirtió en El espíritu de las leyes (1748) que “cuando los poderes legislativo y ejecutivo se hallan reunidos en una misma persona o corporación, entonces no hay libertad, porque es de temer que el monarca o el senado hagan leyes tiránicas para ejecutarlas del mismo modo…Así sucede también cuando el poder judicial no está separado del poder legislativo y del ejecutivo. Estando unido al primero, el imperio sobre la vida y la libertad de los ciudadanos sería arbitrario, por ser uno mismo el juez y el legislador y, estando unido al segundo, sería tiránico, por cuanto gozaría el juez de la fuerza misma que un agresor.” Hoy vemos a representantes electos, como Nicolás Maduro, transformarse en dictadores, deformar las constituciones, controlar a los jueces e imponer leyes tiránicas. ¡Opongámonos tajantemente a tales prácticas!

2. El gasto público no se debe desbordar. “Coloco la economía como la primera y más importante virtud, y la deuda pública como el mayor peligro a temer,” escribió Thomas Jefferson. Vio claramente que perdemos nuestra libertad cuando los gobernantes contraen excesivas obligaciones. Adam Smith concluyó lo mismo: “no hay mayor impertinencia y, por lo tanto, presunción, en reyes y ministros, que pretender velar por la economía de las personas privadas para limitar sus gastos ya que ellos mismos, reyes y ministros, son siempre y sin excepción alguna, los más grandes derrochadores en la sociedad.” A Q.79.7 mil millones asciende la propuesta de presupuesto nacional más grande de nuestra historia, para el 2017, sin ancla en los ingresos correspondientes. ¡Pongámosle freno a la deuda pública!

3. Los impuestos son saqueo legal, en el peor de los casos, afirmó Frédéric Bastiat. Constituyen una transacción cuando el tributario transfiere su riqueza al gobierno a cambio de servicios púbicos. Sin embargo, algunos usan el mecanismo legal y coercitivo para vivir a costa de otros, y eso es inmoral. El hambre por más impuestos crecerá conforme aumentan los egresos, adivinó Jefferson. Previó que tasarán “nuestra carne y bebida, nuestra necesidad y nuestra comodidad, nuestro trabajo y nuestra diversión. Si podemos prevenir que el gobierno gaste lo que las personas ahorran, bajo pretexto de cuidar por ellas, entonces ellas serán felices.”

4. A mayor libertad, mayor crecimiento económico. Cuando Adam Smith dimensionó las secuelas dañinas del proteccionismo mercantilista, abogó por un marco institucional de paz, impuestos moderados y “una tolerable administración de justicia”. Un hábitat dentro del cual las personas pueden mejorar su propia condición, trabajando honestamente. La libertad comercial debe traspasar las fronteras nacionales, coincidió Bastiat con punzante humor: “Hay hombres al acecho a lo largo de toda la frontera, armados hasta los dientes, con el encargo de crear dificultades para el trasiego de bienes de un país a otro. Se llaman agentes aduaneros.” ¡Abrámonos completamente al libre comercio!
La libertad no es meramente un valor anticuado y romántico, o un quetzal surcando el cielo azul. Es un requisito para el florecimiento humano.

Este artículo fue publicado el 14 de septiembre del 2016 en la Revista Contra Poder y CEES.

Resentimiento y desarrollo

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El resentimiento es un veneno y un mal consejero para el diseño de políticas públicas.

“Aquel ya solamente en tuc-tucs se desplaza”, “¿Viste cómo puso de coqueto su comedor la Fulana?”, “¡Quién diría que iba a pegar su negocio!”. Podemos leer las tres opiniones anteriores con tono de admiración o con un tono envidioso y resentido. El bien ajeno nos puede alegrar y estimular, o amargar. Tristemente, la segunda reacción es común. Además de enfermar al que así se siente, puede ser móvil de acciones y hasta de políticas públicas empobrecedoras en el largo plazo.

Resentir es revivir, una y otra vez, un enojo o malestar. “El resentimiento es como tomar un veneno y esperar que se muera la otra persona,” sentenció con humor Malachy G. McCourt, un actor, escritor y político irlandés-estadounidense. Coincide con este criterio el filósofo alemán Max Scheler, quien describe el resentimiento como “una autointoxicación psíquica”. Una persona puede hacer o dejar de hacer algo que objetivamente me ofende, pero también puedo exagerar o imaginar el mal causado. No podemos controlar los actos de los demás, pero sí podemos esforzarnos por dominar nuestras reacciones, a fin de evitar envenenarnos nosotros mismos. Recomiendan los psicólogos alinear nuestra voluntad e inteligencia, para no dar cabida a la afrenta, perdonar y olvidar.

Es tiempo que los guatemaltecos desterremos dos resentimientos: el racial y el anti-empresarial. ¿Cómo podemos catapultar hacia delante a nuestra sociedad pluricultural, plurilingüe y multiétnica, partiendo de la desconfianza mutua? ¿Cuánto acuerdo productivo hemos dejado pasar, por asumir, sin evidencia alguna, que la contraparte es aprovechada, racista, vengativa, malintencionada o deshonesta? ¿Es realista o sano rotular a los pequeños, medianos y grandes emprendedores como seres voraces y codiciosos, que se benefician a nuestra costa?

Somos inocentes de los crímenes cometidos hace cinco siglos: han nacido casi veinte generaciones de guatemaltecos desde 1542. Paralelamente, todo actor económico incursiona en un juego de suma positiva, el mercado, que es ciego e imparcial. Al mercado le es indiferente nuestra ascendencia, estatus social, nivel educativo y más. La creación de riqueza puede ser desencadenada por el arduo trabajo y la creatividad de cualquier sujeto esforzado. Si producimos bienes y servicios demandados por consumidores libres, y suscribimos contratos voluntarios, entonces nuestros actos no vulneran los derechos del prójimo. Cuando cooperamos socialmente y en paz, nos conducimos como personas responsables en igualdad de derechos. Aceptamos las consecuencias de nuestros propios actos y respondemos de nuestras faltas. El respeto a la vida, a la libertad y a la propiedad enmarca nuestro proceder. Constituye un obstáculo al progreso la noción de que la propiedad privada es un artilugio para la explotación, y peor aún, que necesitamos una revolución para abolir dicha institución social. Incluso quienes hoy aspiran llegar a adquirir propiedad se benefician de que este derecho sea fielmente garantizado y reconocido. El florecimiento humano parte del acceso libre a los mercados, a los contratos, a los empleos y a la propiedad.

En contraste, apilamos injusticia sobre injusticia cuando tomamos a la fuerza lo que pertenece a otros, aún cuando nos justificamos, y revestimos la medida con el lenguaje florido de la “redistribución social”, “carga tributaria progresiva”, o “justa retribución”. El gobierno ostenta el poder monopólico de coaccionar adultos, y mal hacemos como ciudadanos cuando aceptamos que ese poder sea abusado con el objetivo de destruir lo que otros han construido, violar el derecho ajeno o dar rienda suelta al resentimiento.

Este artículo fue publicado el 9 de septiembre del 2016 en la Revista Contra Poder y CEES.

El collage es un compuesto de varias fotos modificadas, basado en este dibujo.

Guatemala arde

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¿Podemos los guatemaltecos convivir en paz, aquí, en este pedazo de tierra que compartimos? ¿De qué depende?

Dejan muertos los motines en las cárceles y los ataques armados en Chimaltenango, Suchitepéquez, Boca del Monte y otras ciudades. Turbas armadas invaden propiedades privadas en Villa Nueva, Izabal, y quién sabe dónde más; operan con impunidad. Comunidades huyen del crimen organizado en el Triángulo Norte, advierte insightcrime.org. El Instituto Nacional de Ciencias Forenses de Guatemala (Inacif) afirma que el primer trimestre del 2016 se registraron más muertes violentas que en el mismo período del año anterior. La Hora informa que Guatemala se ubica en la sexta casilla de 133, por la violencia registrada en el país, según el Índice de Progreso Social 2016. Guatemala corre peligro grave.

Frente a esta realidad, a veces nos sentimos como Nerón, quien supuestamente tocó el violín mientras Roma ardía en llamas, en julio del año 64. Los historiadores aclaran que Nerón no tocó el violín, un instrumento inventado en el siglo XI, ni ignoró el incendio. Quiso atender la crisis, pero ningún gesto sirvió para recuperar la confianza de sus súbditos. El emperador pasó a la historia como el inescrupuloso tirano que ciertamente fue.

¿Ignoro yo la crisis nacional, si uso este espacio semanal para reseñar un libro? Se trata de un libro titulado Economía para Sacerdotes (2016) que fue escrito por dos extranjeros, los filósofos argentinos Gabriel Zanotti y Mario Šilar. No lo creo, porque nos haría un inmenso bien asimilar las joyas de sabiduría contenidas en este texto hoy, cuando Guatemala arde. Me terminé de convencer de ello tras compartir la semana pasada con el Dr. Šilar, quien visitó nuestro país para impartir una serie de clases y conferencias.

La actividad económica, tal y como la describen Zanotti y Šilar, es un antídoto contra la violencia. Cuando Juan y Pedro llegan a un acuerdo voluntario, es porque ambos perciben ventajas de intercambiar. Ni Juan ni Pedro tienen incentivo de imponer su voluntad al otro con machetes, palos o pistolas. Todo lo contrario: el bienestar del prójimo es bien visto, sin envidias ni resentimientos. Los mercados libres son ciegos a las diferencias étnicas e ideológicas, a los títulos académicos y a las conexiones políticas. Cualquiera puede descubrir oportunidades, emprender, trabajar duro y crear riqueza. Incluso los que pueblan la “periferia” y los asalariados, que dicho sea de paso, nada tiene de malo ser empleado. Los forasteros que vienen a invertir y a comerciar nos hacen bien; quienes vienen a instigar pleitos y revoluciones, nos empobrecen. “Hay en la economía, verdaderamente, una auténtica opción preferencial por el pobre,” concluyen Zanotti y Šilar.

El título del libro es engañoso, pues los autores no conversan exclusivamente con sacerdotes. Se dirigen a aquellas personas que anhelan el progreso pacífico pero no terminan de comprender la actividad económica. “El texto supone abordar en clave diáfana problemas que requieren, para su mejor comprensión, de la sistematización de una cierta conceptografía (vocabulario específico y técnico) propia del análisis económico,” aclaran los autores.

Subrayan una y otra vez que nuestra participación en el mercado no riñe necesariamente con la ética. Los seres humanos no somos ángeles. Por ello, conviene edificar arreglos institucionales “que permitan a los agentes adoptar conductas responsables y prudentes”. Conviene contar con una “constitución limitante del poder, que obligue al gobierno al respeto a los derechos personales”. Sobre todo, el respeto al orden espontáneo, a los contratos y a la propiedad legítimamente adquirida.

Entre más guatemaltecos abracen estas lecciones, menos probabilidades tenemos de caer en manos de tiranos y criminales violentos.

Este artículo fue publicado el 2 de septiembre del 2016 en la Revista Contra Poder y el CEES.

La foto de Mario Silar presentando su libro fue tomada por Ramón Parellada.

Demasiada competencia

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La competencia que es excesiva es la competencia por regular y regular y regular cada faceta de nuestras vidas.

La semana pasada concluyeron las audiencias convocadas por la Comisión de Economía y Comercio Exterior del Congreso de la República para analizar la iniciativa de Ley de Competencia. Dicen que Guatemala es el único país en América Latina que aún no cuenta con semejante ley. Además, prometimos a la Unión Europea aprobarla. Es tal la presión que perdemos de vista el grave peligro de caer en la doble regulación, la redundancia y la turbiedad que generará confusión, corrupción y abusos.

Es un mal hábito afirmar que “no tenemos una ley ” para enmarcar esta o aquella actividad, cuando normas vigentes ya regulan la materia. Cada nueva iniciativa tendría que pasar un doble colador. Primero, la propuesta debe ser superior al ordenamiento vigente en calidad y claridad. La Constitución prohíbe los monopolios en el artículo 130, y el Código de Comercio contiene protecciones a la libre competencia. ¿Necesitamos otros 178 artículos para demarcar cómo competir unos con otros?

Segundo, los ponentes deben justificar los costos asociados con las nuevas disposiciones. Cada despacho estatal creado representa una carga adicional para los tributarios. Aquí se instituye una Superintendencia de Competencia con poderes discrecionales para castigar al actor económico que a su juicio es insuficientemente competitivo. El costo de mantener un nuevo despacho se suma a los costos ocultos, inmedibles, que impondrá a miles de emprendimientos susceptibles de ser sancionados.

¿Por qué, si el proyecto dice defender la competencia libre, tiene detractores liberales? Pues, pese a su nombre y a su poética prosa pro-libertad, la Ley de Competencia entorpecería la dinámica del mercado. Esa ha sido la experiencia con las leyes anti-monopolio y de competencia desde la aprobación en 1890 de la Ley Sherman en Estados Unidos. El profesor del derecho Sylvester Petro (1917-2007) afirma que las leyes anti-monopolio, tanto las federales como las estatales, restringen en lugar de preservar la competencia. Ello se debe a dudosas interpretaciones y a malas decisiones administrativas. Además, comportan subsidios que protegen a negocios ineficientes. La competencia de mercado es el resultado de la adecuada protección de los derechos de propiedad privada y de la inviolabilidad de los contratos, subraya Petro.

El mercado verdaderamente libre es un proceso cambiante. Crecen las empresas cuyos administradores son capaces y responden a las preferencias de los consumidores. En cualquier momento, sus competidores existentes y potenciales podrían robarles participación de mercado.

Si tenemos que tener una ley debido a la insistente presión extranjera, los diputados podrían aprobar una Ley de Competencia con tan solo cuatro artículos. Ellos servirían para reafirmar: los derechos de propiedad privada, la inviolabilidad de los contratos, la libertad de entrada a cualquier oferente, y finalmente, la ilegalidad de los monopolios artificiales creados, sostenidos y protegidos por el gobierno.

La Administración Morales-Cabrera y la Octava Legislatura debe despertar al hecho que, al abrirse tantos frentes y proponer tantos distintos cambios a las reglas del juego, alimentan una intolerable incertidumbre. La Ley de Competencia se suma a decenas de iniciativas, algunas de las cuales también abordan temas de envergadura, como la Ley de Aguas. Se acompaña de la amenaza de una cara reforma tributaria, una feroz persecución penal de personas sospechosas de evasión fiscal, una nula defensa de la propiedad privada, una deteriorada infraestructura vial, baja en la inversión extranjera directa, y más. Daños graves a la economía guatemalteca se traducirán en reveses políticos para los gobernantes de turno.

Este artículo fue publicado el 12 de agosto del 2016 por la Revista Contra Poder y CEES.

La fotografía es de una planta parásita que puede terminar matando a la planta de la cual obtiene sus nutrientes, porque la excesiva regulación en lugar de proteger, mata.

Pobreza crónica

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Si mucho, los pobres necesitan apoyo para emprender e insertarse en un proceso productivo que les permita asir firmemente el timón de su propio destino.
Guatemala es el país con más pobreza crónica en América Latina, dice el titular de Siglo Veintiuno del lunes 1 de agosto. Golpea: no queremos tener ese récord. Las personas que son crónicamente pobres lo han sido durante por lo menos cuatro años, y quizás lo sean siempre. Es una categoría distinta del pobre “transitorio”, que puede entrar y salir de la pobreza o convertirse en clase media. La lamentable estadística proviene del estudio Los olvidados, pobreza crónica en América Latina y el Caribe (2015), realizado por Renos Vakis, Jamele Rigolini y Leonardo Luccheti para el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento del Banco Mundial.

Fue duro enterarnos que la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOVI) del 2014, detectó un amento en la pobreza total, y una exacerbación de la pobreza extrema. Ahora nos dicen que nuestra pobreza es crónica.

El desesperanzador cuadro que pintan los datos y los reporteros guatemaltecos contrasta con el tono francamente optimista del estudio por Vakis, Rigolini y Luccheti. Ellos hablan de una “década exitosa” y del “resultado más impresionante en reducción de la pobreza en la región”. El continente está a punto de tener más habitantes de clase media que habitantes vulnerables.

Guatemala no tiene porqué ser el patito feo de América Latina. Si vencieron el demonio de la pobreza algunas economías que antes fueron centralmente planificadas, como la de China, país que aferrado al totalitarismo político, nosotros también podemos hacerlo.

Sin embargo, es importante cambiar nuestra forma de pensar sobre los indigentes. Debemos enterrar de una vez por todas dos ideas erróneas. En primer lugar, salvo algunos hippies y bohemios, la mayoría de los pobres no prefieren vivir como viven. Algunos socialistas idealizan la vida de campo y quisieran retroceder a una apacible época pre-Revolución Industrial, o incluso pre colonial. Quieren ver paisajes con pintorescas chozas, sin láminas ni blocs, pobladas por indígenas en trajes típicos que subsisten autárquicamente. En la vida real, las innovaciones que aumentan la productividad en los sectores agrícola e industrial y que crean empleos asalariados, ayudan a los guatemaltecos y sus familias. El romanticismo nostálgico los daña.

En segundo lugar, la pobreza no es una falla de mercado. Según esta tesis, el sistema capitalista excluye, margina y hasta condena a la miseria a un desvalido grupo social, como si fuera una desalmada bestia que se alimenta de pobres para beneficio de unos privilegiados ricos. No solamente Carlos Marx vio la pobreza como una consecuencia inevitable o estructural del capitalismo; los economistas de bienestar, menos radicales, caen en la misma lógica. Concluyen que los gobiernos y la cooperación internacional deben rescatar al pobre, cual héroes.

El Banco Mundial y muchos economistas de desarrollo ya descartaron estas dos ideas nefastas. Gracias a William Easterly y a otros ex burócratas desencantados con los resultados cosechados por décadas de aplicar el modelo de ayuda externa, el tono de las publicaciones dentro los organismos internacionales es abiertamente revisionista: tenemos que implantar estrategias novedosas. Reconocen que el mercado saca a los pobres de pobres, no así la cooperación internacional ni los programas estatales redistributivos. Excepto cuando se producen catástrofes que claman por ayuda humanitaria, ahora se enfatiza el desarrollo, no la redistribución. Los programas fracasados tendían a dirigirse a desvalidos objetos de caridad. Ahora, aconsejan tratar al pobre como un par o un socio, pues aunque carezca de educación formal o abundantes medios materiales, sí es capaz de trazarse metas y florecer.

Este artículo fue publicado el 5 de agosto en la Revista Contra Poder y el CEES.

¡Ganó Brexit!

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Los sorprendidos eurócratas predicen el caos total, luego de que los votantes británicos optaran por desvincular a su país de la Unión Europea.

La mayoría de los más de 30 millones de votantes que acudieron a las urnas el 23 de junio prefirió “Brexit” (el amalgama de Britain y exit, o salida) a permanecer dentro de la Unión Europea (UE). ¿Se hizo haraquiri el Reino Unido, o saldrá fortalecido en un futuro próximo?

Confunde el hecho que coaliciones multipartidistas y variopintas abogaron por cada alternativa. Ambos bandos mezclaron argumentos válidos con cantaletas populistas. El Reino Unido es el primer estado-nación en retirarse del grupo de ahora 27 países. Únicamente los habitantes de Groenlandia, un territorio danés, habían tomado similar determinación en 1982. Brexit generó incertidumbre. Desató un pánico financiero que podría ceder frente a la lenta transición. Pasarán meses antes de que se nombre al sucesor de David Cameron, quien renunció al cargo de primer ministro luego de protagonizar una campaña por permanecer dentro de la UE. Al sucesor corresponderá iniciar el proceso separatista, invocando el artículo 50 del Tratado de Lisboa. Pero el gobierno británico podría también desacatar el mandato, convocar a otro referendo y arrastrar los pies. La futura relación entre Gran Bretaña y la UE será negociada con la burocracia en Bruselas: permisos, barreras, regulaciones, impuestos y más serán minuciosamente discutidos en los años venideros. No sabemos qué sapo-culebra saldrá de esas pláticas.

En contraste, la victoria del Brexit refleja claramente el descontento ante la situación económica y las tendencias migratorias. Los británicos consideran excesiva la inmigración neta a su país, estimada en 330,000 durante el 2015 por Migration Watch UK. Aunque la población islámica ya superó los 3 millones y el Islam es la segunda religión más practicada en Inglaterra, el asunto es más económico que religioso, racial o cultural. La evidencia es escasa, pero los británicos asocian el desempleo con el influjo de personas desde la UE. Adicionalmente, en el 2015 el Reino Unido aportó US $ 17.25 mil millones de dólares al presupuesto de la UE, pero solamente recibió de vuelta US $ 5.97 mil millones en inversiones. La UE es vista como un impedimento costoso para decidir sobre asuntos nacionales apremiantes. La popular frase de la campaña pro salida, “toma control”, lo resume acertadamente.

La teoría del Public Choice se inclina por reducir el tamaño del grupo elector para tomar decisiones en democracia. Por eso he promovido la descentralización y el fortalecimiento del poder local. La cercanía de un representante con sus votantes mejora las perspectivas de que responda a sus preferencias. Desde la lejana Bruselas, llegan noticias de escándalos de la corrupción, el despilfarro y la ineficiencia que plagan a la burocracia supranacional de alrededor de 170,000 funcionarios. Nick Cosgrove, un analista de Open Europe, dice que los eurócratas impactan la vida del europeo promedio regulando desde la electricidad hasta los alimentos, pese a no ser “electos y no responder a los ciudadanos ordinarios”.

Devolver el poder de decisión a los políticos británicos no necesariamente constituye un rechazo al libre comercio. Gran Bretaña difícilmente cerrará sus puertas a Europa, su principal mercado, o al resto del mundo. Constituir un mercado único sin fronteras fue el propósito expreso de organizar la UE; le tomó décadas convertirse en un mercado altamente regulado y protegido vis-a-vis otros continentes. Inglaterra ya practicaba la apertura comercial desde antes de 1999. Luego de Brexit, Gran Bretaña podrá negociar acuerdos bilaterales de libre comercio más ágilmente que la UE.

Ante todo, Brexit es un histórico grito para contener el prepotente dominio de una pesada y paralizante eurocracia.

Este artículo fue publicado el 8 de julio del 2016 en la Revista Contra Poder y CEES.

**Luego de publicarse este artículo, Therese May fue electa como Primer Ministro en sustitución de David Cameron.

¿Qué ofrece el socialismo?

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En Guatemala, vemos pancartas o pintas callejeras con frases como “Cada generación necesita su revolución”, “Alto al saqueo del país” y “El pueblo manda”.

Los manifestantes socialistas gritan no al capitalismo y al empresariado, rechazando la minería y las hidroeléctricas, así como la palma africana, el azúcar y otras agroindustrias. Odian al ejército y, últimamente, a las iglesias.

La mentalidad socialista se debate entre el romanticismo y un brutal naturalismo. Las personas con un buen corazón lloran la suerte de niños malnutridos e ignorantes, de pacientes no tratados y de ancianos abandonados. Ofende la imagen de un soldado traicionero que comete “genocidio” contra su propia gente. La literatura socialista transforma la relación entre el empleador y el empleado en una lacerante esclavitud para el trabajador. Hasta la familia se interpreta como un escenario patriarcal para explotar a la mujer y a los hijos. Recogiendo trozos de verdad, estos lentes analíticos llevan a algunos a concluir que sólo destruyendo las instituciones sociales y económicas es posible superar la lucha de clases.

Sin embargo, ¿cuáles son los principios que sustentan el socialismo? ¿Cómo funciona una sociedad en la cual el Estado controla o regula la producción , la distribución y el intercambio de los bienes y servicios? Lawrence Reed, el presidente de la Fundación para la Educación Económica (FEE), un tanque de pensamiento estadounidense, destila cinco ideas medulares al enfoque socialista.

El primer síndrome del socialismo, escribe Reed, es la tendencia a pasar leyes para “curar” cualquier deficiencia diagnosticada. Los reguladores se empeñan en corregir lo que las personas libres hacemos mal, según su criterio. Tienen tal confianza en el intervencionismo estatal que incluso aprueban leyes para corregir el efecto de leyes anteriores, cuyas consecuencias negativas no fueron previstas. Las leyes son sinónimo de coerción. Implican el cobro de más impuestos para sustentar burocracias reguladoras, y penas fuertes para los infractores del voluminoso cuerpo legislativo.

El segundo principio es que el Gobierno debe darnos cosas. Reed nos recuerda que el gobierno sólo puede redistribuir lo que previamente quitó a alguien más. Siempre deberíamos hacernos las preguntas: ¿De qué bolsillo viene esto que me ofrece el Gobierno? ¿Y qué me quita a mí? Algo muy distinto a este mecanismo coercitivo es la transferencia voluntaria de bienes entre particulares.

El tercer principio es la evasión de la responsabilidad personal. Nuestros problemas ya no son nuestros, sino de la sociedad, y por ende el Gobierno está llamado a resolverlos. Nos brinda empleo y vivienda; mantiene a nuestros hijos. “Cuando las personas pierden su espíritu de independencia e iniciativa, su confianza en sí mismas, se convierten en barro en manos de tiranos y déspotas,” escribe Reed.

El cuarto principio es el complejo del sabelotodo. Quienes hacen gobierno creen saber lo que más nos conviene, y luego nos obligan a obrar de acuerdo a su visión. Los gobernantes incluso se empeñan en prohibir a los ciudadanos emprender proyectos que ellos no pensaron antes, o porque sus planes no están regulados.

Finalmente, el veneno de la envidia y la codicia de la riqueza ajena se convierte en la gasolina de la maquinaria redistributiva. Jamás reconocen los derechos de aquellos ciudadanos que clasifican en la clase de “los ricos”. Advierte Reed que “las civilizaciones se han desmoronado bajo el peso de la envidia y la falta de respeto a la propiedad que ella conlleva.”

La filosofía liberal supera al socialismo porque es regenerativa, motivante y creativa, mientras los cinco principios socialistas apelan a bajos instintos humanos, como la pereza, la dependencia y la destrucción. Concuerdo con Lawrence Reed: no tenemos que seguir la ruta socialista. No es inevitable.

Este artículo fue publicado el 24 de junio del 2016 en la Revista Contra Poder y el CEES.

La fotografía NO ES PROPIA; fue tomada de este blog.