Mentalidad garrafón

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¿Es constructiva la iniciativa “Ley marco para el manejo integral, sostenible y eficiente, de los recursos hídricos en Guatemala”, del Ministerio de Ambiente y Recursos Naturales (MARN)?

Imagine a la madre de una familia numerosa que tiene un garrafón de agua. El garrafón es irreemplazable, por lo que la madre debe racionar el contenido para que dure. A la hora de la comida, sirve cantidades iguales en los vasos de sus chiquillos. No quiere ser acusada de favoritismo hacia una de sus crías. Ahora imagine que un hijito travieso extrae agua del garrafón para que su patito plástico chapotee en una palangana. La disgustada madre exclamará que ese uso del recurso es superfluo y contrario al interés familiar. Les prohibirá a los hijos acercarse al recurso: ella es la monarca del garrafón y autora de un plan maestro de su uso.

Las sucesivas iniciativas de ley de aguas en Guatemala tienden a abrazar esta mentalidad garrafón. Parten de la premisa que estamos peligrosamente cerca de agotar el recurso hídrico, aunque sorpresivamente, esta iniciativa admite que “no llega a utilizarse ni la décima parte del potencial hídrico del país”. En realidad, no estamos consumiendo el último garrafón a nuestra disposición.

Además, los legisladores asumen que los guatemaltecos somos niñitos traviesos e irresponsables en nuestros patrones de consumo. Crean un Czar del agua, quien, cual mamá vigilante, controla centralizadamente el recurso. Esperan que el Czar posea, como la madre, un genuino interés por el bienestar de cada uno de los ciudadanos, por el “interés público o social”. Además, debe ser omnisciente de todo lo relativo al agua en el país: debe levantar un inventario exhaustivo, asignar permisos, decidir si el “balance” de un recurso hídrico es inestable, racionar el bien en tiempos de sequía, planificar la recuperación de recursos comprometidos, y más. El MARN incluso puede declarar “cerrada la fuente para nuevos aprovechamientos”.

Según esta iniciativa de ley, Mamá Gobierno tendrá que basar sus decisiones en tres criterios: eficiencia, equidad y sostenibilidad. Sin embargo, las madres no distribuyen el recurso calculando qué hijo destinará el bien al uso más productivo, o quién paga más. La eficiencia es el resultado de permitir que usuarios compitan por el recurso. Cuando una única autoridad centraliza la toma de decisiones, opera a ciegas respecto de la demada real, con lo cuál es prácticamente imposible saber si asigna eficientemente el agua o no. Sus elementos de juicio serán planes políticos estáticos. Por técnicos y científicos que sean los estudios esbozados por personeros del MARN, son incapaces de reflejar las preferencias de miles de usuarios.

El proyecto de ley es interesante porque crea la figura del czar pero simultáneamente favorece la figura de comités de cuenca para la gobernanza del recurso. Es un paso en la dirección correcta. No habría entonces un monarca, sino habrían varias organizaciones integradas con representantes del gobierno y con usuarios del agua. Por un lado, estos comités compitirían unos con otros evidenciando buenas prácticas. Por el otro lado, tomarían decisiones ajustadas a las particulariedades de su respectiva cuenca. Para que funcionen estas organizaciones comunitarias locales, escribió la premio Nobel Elinor Ostrom, los comités de cuenca deben estar basados en tradiciones locales. Deben adoptar reglas apropiadas a la localidad. Además, debe definir claramente los límites a los usuarios y fijar las sanciones que aplicarán a quienes violen las reglas.

Es más probable que los integrantes de estos comités se preocupen por conservar el bien, en comparación con un plenipotenciario Czar nacional, pues sus vidas se verán directamente beneficiadas por un manejo racional del agua de su comunidad. Además, tienen mejores posibilidades de dirimir conflictos entre usos alternativos.

Este artículo fue publicado el 13 de mayo del 2016 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

SOS para el basurero

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Las primeras lluvias del invierno provocaron un nuevo derrumbe en el basurero de las zona 3, el pasado 27 de abril, alrededor de las 14:00 horas.

Se siguieron días de angustia. Los socorristas y bomberos lucharon por rescatar a una cantidad indefinida de personas, muchas de las cuales habían ingresado ilegalmente al relleno. Las fuentes noticiosas reportan entre cuatro y siete fallecidos, y aproximadamente quince heridos.

Resulta demasiado familiar la tragedia. En el 2012, cuatro recicladores, incluyendo un niño de 10 años, murieron buscando desechos en áreas prohibidas. En el 2008, el relleno sanitario cobró cuatro vidas. El año anterior dos camiones recolectores, junto con una mujer, fueron tragados por toneladas de basura. Cada víctima del basurero es un ser humano único e irrepetible: cada uno tiene nombre, anhelos truncados y familiares que lloran su partida.

Asesores de la cooperación japonesa predijeron que el vertedero colapsaría en el 2002, pero sigue operando. La Muni protege a los “guajeros” con guantes, mascarillas y botas, y desincentiva el ingreso de los niños. El Alcalde Arzú está presionado desde los polos extremos: por un lado, se clama por el cierre definitivo del basurero; por el otro, se exige perpetuar el estatus quo. Es alto el costo político de clausurarlo, de no hacer nada, y de implementar un proyecto público nuevo. Una salida podría ser autorizar la apertura de nuevos rellenos privados que compitan con el actual. El gobierno tendría que cuidar de no limitar la inversión privada mediante excesivas regulaciones y una cargante tramitología. Una vez existan diversas opciones, se puede sistemáticamente resolver los múltiples problemas en la zona 3.

Los guajeros desempeñan un trabajo tan peligroso como necesario: recuperan materiales reciclables con valor de mercado. Suelen hacerlo con más eficiencia que los costosos programas europeos, donde la máquina computarizada hace las veces del recurso humano. Los recicladores poseen un conocimiento práctico sobre los diferentes tipos de plástico, cartones, metales y demás desechos, y sobre su fluctuante precio.

Pese a la amenaza de muerte que se cierne sobre ellos, los recicladores frenan el cambio. Temen transformaciones que los dejen sin el sustento que obtienen mediante sus particulares conocimientos y destrezas. Están organizados como grupo de presión y usan su peso político. Asumo que una negociación con ellos requerirá mostrarles beneficios mayores a futuro, como por ejemplo, si son socios de los nuevos emprendimientos.

La falta de recursos financieros también se soluciona abriendo oportunidades a operadores privados, como han hecho municipalidades alrededor del mundo. Los inversionistas particulares aportan visiones innovadoras y nuevas tecnologías. Un curioso ejemplo exitoso es el basurero privado de Creedmoor, Texas, cuyos dueños combinan la recolección de 3,000 toneladas de basura diaria con un zoológico de animales exóticos. La reserva es el empleador más grande y el contribuyente más importante de Creedmoor. De hecho, la mayoría de rellenos sanitarios de Texas son operados por particulares y cosechan ganancias.

Sería preferible crear un entorno competitivo en lugar de conceder monopolios artificiales. Así, más de un inversor prestará un servicio de calidad, a buen precio, cuidando no despilfarrar. Habría que alinear los incentivos para que velen por la sanidad en los procesos en la planta, así como por las externalidades que impacten sobre el ambiente y las aguas aledañas.

Señor Alcalde: no lo tiene que hacer todo usted, ni tiene que dejar de hacer lo que ya hace…puede abrir la puerta a las alternativas particulares y así conseguir mejoras en el basurero de la zona 3 y en nuevos vertederos más modernos y eficientes.

Este artículo fue publicado el 6 de mayo del 2016 en la Revista Contra Poder y el CEES.

La fotografía no es original; fue adaptada de este sitio.

¿Monopolios de Gobierno?

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¿Cómo sería Guatemala si las fincas, hidroeléctricas, minas, agua, bancos y otras empresas fueran propiedad del gobierno?

Algunas organizaciones, con tendencia socialista, quisieran legislar para debilitar o abolir la propiedad privada. Asumen que si los recursos estuvieran en manos del Gobierno, nadie carecería de nada. Sustituirían el sistema de precios por una redistribución basada en criterios políticos, no económicos, según las necesidades percibidas de los gobernados. O asegurarían precios subsidiados. Esa es la equidad imaginada.

En la vida real, el comunismo a gran escala fracasa en alcanzar el sueño. Entre los países más pobres del mundo destacan aquellos que optaron por modelos socialistas, como Mozambique, Eritrea y Corea del Norte. Los países con precarios derechos de propiedad también sufren: Venezuela, Bangladesh y Burundi, para mencionar algunos ejemplos.

Si el Gobierno se abrogara la propiedad monopólica del agua, o de las hidroeléctricas, o de las minas, una institución pública centralizada repartiría una cantidad racionada de agua, electricidad o minerales. Las tarjetas de raciones—tres onzas de arroz, dos horas de luz eléctrica— son característica de las economías centralmente planificadas. Excepcionalmente, el Gobierno nos dejaría producir bienes usufructuando pedazos de tierra, cedidos mediante permiso especial, pudiendo rescindirse el acuerdo en cualquier momento. Se crearían incentivos perversos, tanto para los usuarios como para los funcio- narios públicos. Los favorecidos con permisos temporales tendrían el incentivo de sobreexplotar los recursos durante los últimos años de su permiso; no les interesaría el futuro.

Cargaríamos a los funcionarios públicos con tres imposibles. Primero, tendrían que ser omniscientes conocedores de la disponibilidad de los recursos y de los procesos de producción. Segundo, los obligaríamos a deponer sus intereses personales. Y tercero, tendrían que ser de piedra para resistir presiones. ¡Tendrían el plenipotenciario poder de decidir quién accede a los insumos básicos, necesarios para sostener la vida! Ocurriría lo que sucedía con las líneas telefónicas en décadas pasadas: las conseguían quienes eran parientes y amigos de los gerentes de la empresa estatal, o los que pagaban mordida.

En 1968, el biólogo Garrett Hardin confirmó que “lo que es de todos, es de nadie”, y que inexorablemente tendemos a sobreexplotar todos aquellos recursos que usufructuamos en común con otras personas. Ni la comunalidad ni la existencia de un único dueño (Gobierno) propician la conservación o el ahorro. La principal causa de la contaminación de aguas superficiales, como los lagos, es precisamente el hecho de que, en papel, varias agencias estatales son las responsables de cuidar el recurso, pero en la práctica nadie lo es.

En contraste, el uso privado de los recursos acarrea beneficios insospechados para toda la comunidad. En el oeste de Estados Unidos, por ejemplo, donde muchos estados son áridos, los derechos de agua se asignan en forma privada desde hace siglos. Allí, las personas poseen títulos sobre el agua, documentos legales que son transferidos libremente en el mercado. Así, el agua tiene un precio que refleja su escasez y se destina a los fines que son más valorados. Además, los usuarios pueden tomar riesgos en relación con un suministro variable de aguas. Los mercados superan a los sistemas altamente regulados porque son más flexibles, se adaptan a la información cambiante y los avances tecnológicos, y procuran usos congruentes con la conservación y la protección de los recursos naturales.

Los legisladores preocupados por la equidad y la pobreza harían bien en fortalecer los derechos de propiedad privada y desoír el canto de la sirena socialista.

Este artículo fue publicado el 29 de abril del 2016 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

Corre y va de nuevo

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La ONU bautizó el 22 de marzo como el Día Mundial del Agua. Desde 1992, durante las semanas cercanas a esa fecha, aumenta el activismo político para regular el uso del agua.

Vivimos días calurosos y se nos antoja que el precioso líquido se agota. Nos tragamos los titulares que falazmente subrayan la ausencia total de reglamentaciones, ignorando el hecho que la Constitución y otras leyes vigentes ya regulan el uso y la conservación del agua.

Y requerimos más leyes. Los manifestantes de la Marcha por el Agua, la Madre Tierra, el Territorio y la Vida entregan sus demandas a los tres poderes del gobierno el 22 de abril, casualmente el Día Internacional de la Tierra. La Universidad Rafael Landívar publicó un inserto en la prensa titulado “Gota a gota, el futuro se acota” que apoya la marcha, pide elaborar un plan nacional y propone “consensuar e implementar los dispositivos legales” para ordenar el uso del agua. Así se presiona a los legisladores para aprobar casi cualquier cosa, y rápido, aunque su plumazo no supere el ordenamiento actual. La iniciativa 3702, “Ley para el Aprovechamiento y Manejo Sostenible de los Recursos Hídricos”, discutida hace ocho años, ya no parece adecuada. Una y otra vez hacemos borrón y cuenta nueva; las ideas no maduran en las mentes de la mayoría de legisladores porque ellos rotan.

¿Qué puede lograrse legislando más? Las aspiraciones van desde dotar del poder de toma de decisión a los usuarios y los gobiernos locales, hasta acordar normas conjuntamente con nuestros países vecinos, Honduras, El Salvador y México. Por un lado, pretenden idear un mecanismo estatal para asignar salomónicamente el agua disponible entre usos alternos, como por ejemplo usos agrícolas, industriales, domésticos o deportivos. Por el otro lado, se quiere conservar el bien intacto para futuras generaciones. Algunos sueñan con librar a la Madre Tierra de los malvados humanos que trastocan los ríos, lagos, reservas acuíferas y manantiales. Unas de estas metas son utópicas y otras no son compatibles. ¿Bastará con una única y comprensiva Ley de Aguas?

El principio fundamental que deben guiar a los actuales diputados es evitar salidas únicas, centralizadoras y colectivistas. No funcionan. Ustedes solos no pueden resolverlo todo. Aférrense a la demanda por una mayor participación comunitaria y local en las decisiones sobre el uso del agua, para así permitir una gama de distintos arreglos y soluciones, a la medida de cada problemática. Confíen más en nosotros.

El agua es un bien económico escaso, al igual que la ropa, los alimentos y muchas otras necesidades básicas. Lleva razón la asociación Red de Amigos de la Naturaleza (RANA) cuando afirma que “en la historia económica del género humano, el mercado ha demostrado ser el medio más eficaz para utilizar los escasos recursos…El mercado es, por consiguiente, por medio de los precios una manifestación permanente de las finalidades más valiosas del ser humano.” Cuando el gobierno sustituye al mercado y asume el control monopólico del recurso, borra toda la información existente sobre el valor real que los usuarios asignan al agua, y por consiguiente carece de información para distribuir eficazmente el bien hacia sus usos más deseables.

Los tomadores de decisiones en un marco abierto incluye a los gobierno locales, comunidades Maya y ladinas, asociaciones de cuenca, así como a empresas y hogares. Elinor Ostrom, la única mujer ganadora del premio Nobel en economía, analizó regímenes comunitarios exitosos, precisamente porque tienen claro el valor del bien en sus manos y se preocupan por el largo plazo. Irónicamente, el discurso de Irina Bokova, directora general de la UNESCO, apunta en esta dirección cuando dice que sólo se puede avanzar en soluciones reales cuando se involucra a la sociedad civil y al sector privado.

Este artículo fue publicado el 22 de abril del 2016 en la Revista Contra Poder y el CEES.

La onda climática

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Reportan ansiedad en niños entre 7 y 11 años debido al temor que les producen los efectos del calentamiento global. ¿Es correcto asustarlos tanto?

Si las personas causamos un calentamiento global sin precedente histórico, y si debemos cambiar nuestros hábitos para salvar la Tierra, entonces es imperativo que tanto los adultos como los niños despertemos abruptamente. Se justificaría, entonces, vincular cada deslave, inundación, hambruna y otros desastres naturales con el cambio climático antropogénico, aún si nos falta evidencia. ¿Cómo se formó esta mentalidad? ¿Es realista?

Cuesta creer que hace tan sólo sesenta años, los climatólogos laboraban en la periferia del mundo científico: no eran populares ni recibían tantas subvenciones como ahora. La creciente moda climática es examinada en un nuevo trabajo de investigación por William N. Butos y Thomas J. McQuade, del Instituto Independiente. Como en otras facetas de nuestras vidas, en las ciencias también se producen ciclos de auge y decadencia en áreas específicas de investigación, afirman Butos y McQuade.

La teoría según la cual la acción humana provoca el calentamiento global cobró fuerza en la década de los noventa. Grandes jugadores, como agencias gubernamentales y el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), desencadenaron una gigantesca ola favorable al estudio de la hipótesis. Este caso se parece al de la eugenesia, que fue objeto de similar consideración en el pasado. Aquella ola se derrumbó cuando salieron a luz pública los macabros experimentos del régimen Nazi en busca de la “higiene racial”, mientras que el tsunami del cambio climático antropogénico aún no colapsa. La experimentación requerida tanto por la eugenesia como por el cambio climático es compleja; es difícil hacer pruebas precisas.

Para demostrar su punto, Butos y McQuade cuentan el número de artículos científicos sobre el tema publicados entre 1978 y 2014. El total de trabajos se incrementó de cero hasta el pico máximo de 35 mil trabajos en el 2010. Paralelamente, el gobierno de Estados Unidos hundió millones de dólares en la investigación científica sobre el clima a partir de 1978. Desde 1992 los montos destinados al tema ascienden a más de U.S.$ 1,550 millones anuales.

El IPCC es un formidable porrista. Emplea su grandísima influencia para difundir los estudios con los cuales comulga y también para guiar las investigaciones en la dirección deseada. Se ha convertido en un campeón de “las hipótesis plausibles más atractivas políticamente”, afirman los autores, ignorando y acallando los estudios que contradicen su versión de los hechos. Los científicos que se han desviado del supuesto “consenso” son tachados por la IPCC de ser negacionistas rebeldes.

El financiamiento estatal, a su vez, constituye una fuente consolidada de cuantiosas sumas de dinero. El gobierno posee además el poder para emitir regulaciones y cobrar impuestos. Junto con los científicos, grupos de interés de inversionistas en granjas eólicas o energía solar, entre otros, participan de un enredado tráfico de influencias que retroalimentan la noción del calentamiento global antropogénico.

Butos y McQuade concluyen que todo el revuelo descansa en tres supuestos no validados por la evidencia dura: que el impacto humano sobre el clima global es medible, que es caro y difícil adaptarnos al ritmo de los cambios climáticos y que los efectos del cambio son un negativo neto.

Butos y McQuade confían que vendrá un declive cuando sea innegable la disparidad entre la tesis dominante y la verdad. Este bajón puede acentuarse si la eficacia y conveniencia de los programas gubernamentales relacionados es cuestionada. Al final, la ciencia del clima sanará de sus excesos, así como la ciencia de la genética sobrevivió los excesos de la eugenesia.

Este artículo fue publicado el 16 de octubre del 2015 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

 

 

Francisco y el ambiente

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Los 246 párrafos de la encíclica Laudato Si reclaman un estudio pausado, pero podemos empezar respondiendo a algunas apremiantes inquietudes.

¿Es Francisco ahora miembro honorario de Greenpeace? Unas partes de la encíclica hacen eco de la retórica de Greenpeace y de otras organizaciones ambientalistas: hay condenas al impacto negativo que tenemos las personas sobre la naturaleza, ya sea por el uso inconsciente de tecnologías, el consumismo u otras actividades. El Papa parece endosar la agenda del movimiento ecologista radical sobre todo respecto del cambio climático. Sin embargo, el pontífice no odia al ser humano. Tampoco convierte el ambientalismo en una religión. Al contrario, exalta el valor de cada ser humano: “¡Qué maravillosa certeza es que la vida de cada persona no se pierde en un desesperante caos, en un mundo regido por la pura casualidad o por ciclos que se repiten sin sentido!” (65) El punto de partida de Francisco para despertar una conciencia ecológica es el hecho de que Dios nos creó cuando culminaba su obra, que es por definición buena.

¿Sólo los ambientalistas pueden ser buenos católicos? Que nadie permanezca indiferente al prójimo y al entorno es el deseo claro de Francisco. Alude al planeta como la “casa común” de la humanidad, que es a su vez una “familia”. Los familiares velamos unos por otros y nos ocupamos del bienestar de nuestros descendientes. Las personas de fe debemos entrar en un diálogo paciente y generoso con “los diferentes movimientos ecologistas, donde no faltan las luchas ideológicas.” (201) Es decir, no nos obliga a suscribir una ideología en particular, sino más a buscar la verdad a través de la discusión. La encíclica es una invitación a un debate cándido y constructivo, mas no ofrece soluciones únicas y específicas para problemas ambientales concretos.

¿Rompe Francisco un largo divorcio entre la Iglesia y la ciencia? Afirmar este extremo es una tontería. ¡Cuántos gozan contraponiendo el discernimiento de la ciencia al obscurantismo irracional de la religión! La Iglesia condenó equivocadamente a Galileo, pero jamás se opuso rotundamente al conocimiento. La fe y la ciencia son conocimientos complementarios, enseñó el Concilio Vaticano I, lo ratificó Juan Pablo II en su encíclica Fe y Razón, y lo repite ahora Francisco. (62) Lo que es más, Francisco aboga por un intercambio interdisciplinar para enriquecer los avances de cada rama científica, que además abarque los aportes de la filosofía, el arte y la ética. Advierte Francisco que debemos contemplar las consecuencias éticas de ciertas prácticas. Avances científicos han hecho posibles las bombas destructivas y la clonación, pero su uso puede ser inmoral.

¿Ve Francisco al hombre con un mero destructor? Francisco escribe que “no todo está perdido, porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, también pueden sobreponerse, volver a optar por el bien y regenerarse….”(204) Francisco no ve al hombre como la especie más depredadora y destructiva sobre la faz de la Tierra. Tampoco nos ve como animalitos presos de nuestros bajos instintos. Somos hijos de Dios, dignos, capaces de cometer errores, arrepentirnos, cambiar y acertar. En este sentido, la economía bien entendida puede ser un efectivísimo aliado para lograr las aspiraciones ambientales del pontífice.

¿Quiere Francisco que meditemos y contemplemos sin trabajar? Una postura ecológica “integral” tiene que reconocer el valor del trabajo. El trabajo es vocacional: nos dignifica y santifica. Mediante nuestro trabajo transformamos los recursos naturales en bienes y servicios. El Papa Francisco no pide que nos sentemos a contemplar la naturaleza hasta desfallecer, aunque sí nos invita a recuperar ese sentido de maravilla y asombro frente a la bella Creación.

Este artículo fue publicado el 26 de junio del 2015 en la Revista Contra Poder y el CEES.

La foto es propia.

 

 

 

 

 

¿Porqué no acepta la verdad?

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Quienes actuaron sobre la base de las apocalípticas predicciones poblacionales de Paul Ehrlich se arrepienten, pero el daño que hicieron y hacen es irreparable.

Es inaudito que muchas ONGs y organizaciones internacionales, como la Organización de Estados Americanos, sigan trabajando sobre la base de un mito: la sobrepoblación. Ahora disfrazan su meta un poco más, desde que un estudio publicado por la Organización de Naciones Unidas (ONU), una de las entidades más alarmistas en el pasado, confesara que la población crece a un ritmo menor del temido, y que va en pique en buena parte del mundo Occidental. Ahora argumentan que el control de la natalidad, así como la legalización del aborto y la eutanasia, son necesarios para frenar un excesivo consumo de recursos naturales o para garantizar la autonomía de la mujer.

Entre tanto, demógrafos y ambientalistas honestos han renunciado a sus convicciones antinatalistas. La notable excepción es el gurú del movimiento: Paul Ehrlich. Él causó furor en 1968 cuando publicó su panfleto, La Bomba Poblacional. El movimiento Cero Crecimiento Poblacional nació a raíz del éxito de su mensaje terrorífico y regó sus teorías por todo el mundo. La historia del movimiento es detallada en un documental producido por el New York Times, un periódico centro-izquierda que tiró la toalla respecto al supuesto de la sobrepoblación hace dos años. Interpreto este documental como una explicación de su loable cambio de rumbo.

Los seguidores del entomólogo Paul Ehrlich eran “creyentes verdaderos”, afirma Adrienne Germain, ella misma una creyente. Germain y otro discípulo converso, Stewart Brand, dan declaraciones impactantes en el video. Los creyentes verdaderos temían que la Tierra pronto sería destruida por humanos, señala Germain, ex presidenta de la Coalición Internacional para la Mujer. Incluso el Presidente Richard Nixon promovió el control de la natalidad, tras convencerse que la humanidad se ahogaría debido a un exceso de personas, tráfico, crimen y contaminación.

En el video aparece el biólogo Stewart Brand de joven, afirmando que las personas deberían tener menos y mejores bebés. (Nótese el tono eugenístico del comentario.) Brand retaba a quienes emprendían un tercer embarazo a hacer una huelga de hambre para sufrir en carne propia lo que padecerían otros, presuntamente más “responsables”, a causa de su excesiva reproducción. Brand se ha retractado públicamente porque pasaron 44 años y las catástrofes predichas por Ehrlich no se materializaron.

¿Cuándo admitirá Ehrlich que falló su teoría? Confrontado con esta pregunta en el documental, el científico responde condescendientemente. Es un desvergonzado, porque dice que erró en “cosas pequeñas”, tal y como anunciar el fin de la India o de Inglaterra: predicciones para nada pequeñas. Ehrlich reconoce que Inglaterra no cesó de existir en el 2000, como él pronosticó, pero que “sólo han pasado 14 años”, como si diera igual una década más o una década menos. “La gente no entiende que el tiempo para el ecologista puede ser muy distinto al tiempo para la persona promedio.”

Ehrlich destila desdén por los humanos: nos ve como bestias desordenadas que banquetean y se reproducen sin límite. Nos compara con bolsas de basura. “La idea de que cada mujer debe tener cuantos bebés desee es, para mí, una idea exactamente como aquella según la cual todos deben tener permiso de tirar cuántas bolsas de basura quieran al jardín del vecino.” Para Ehrlich, nuestra mera existencia compromete la sostenibilidad del planeta. No ve que creamos, resolvemos, y producimos. Su solución sigue siendo las hambrunas, preferiblemente diseñadas para afectar las comunidades que menos le agradan, el aborto y la esterilización coercitiva de los egoístas y los tontos.

Guatemala debe renunciar a las políticas recomendadas por este charlatán porque son basura.

Este artículo fue publicado el 12 de junio del 2015 en la Revista Contra Poder y en el CEES.