A mis futuros representantes

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Estimados integrantes de la VIII Legislatura (2016-2020): les comparto mis frustraciones y mis peticiones, en vísperas de las elecciones generales.

Estoy frustrada porque no puedo elegirlos por nombre. Ningún partido político fichó un “equipo soñado” para su listado nacional o distrital al cual respaldar con los ojos cerrados. Confío en pocos aspirantes a diputado que navegan bajo distintas banderas partidarias y compiten entre sí. Mi voto por un candidato favorito beneficia también a sus compañeros de dudosa reputación. Además, es baja la probabilidad de que algunos de ustedes accedan al puesto en el legislativo, ya sea porque no ocupan las primeras casillas de sus respectivos listados, o porque le apostaron a un candidato a presidente que va rezagado en las encuestas.

Estoy frustrada porque el proceso electoral es, irremediable y necesariamente, un juego de agregación. Yo soy una ínfima gota entre los 7,556,873 guatemaltecos declarados aptos para votar por el Tribunal Supremo Electoral el próximo domingo 6 de septiembre. Calmará mi conciencia el analizar detenidamente los listados de cada partido con el fin de emitir un voto concienzudo, pero dicha actitud casi no incidirá sobre la conformación de la coalición ganadora.

Estoy frustrada porque aún suponiendo que resultaran victoriosos todos mis candidatos predilectos, les costaría implementar las reformas que les pido. Anticipo que serán como Llaneros Solitarios en sus respectivos grupos. Su jefe de bancada les dictará cómo votar. Se les dificultará leer cada inciso de cada artículo de cada iniciativa de ley que pasará por su escritorio. Será confuso descifrar las contradictorias posturas ciudadanas, y algunos actores les ofrecerán jugosas y tentadoras recompensas a cambio de que prevalezcan sus intereses. Tarde o temprano, algunos se convertirán en tránsfugas. Pero sus oportunidades de marcar un rumbo positivo dentro y desde el Congreso serán escasas, incluso cuando motivaciones éticas les impulsen a cambiar de bando.

Estoy frustrada porque la actual Ley Electoral y de Partidos Políticos (LEPP) no privilegia el interés del ciudadano representado, sino alimenta la partidocracia. Dicha ley diseña una competencia política tal que contribuye a la corrupción del sistema, a debilitar los mandatos constitucionales y el Estado de Derecho, y a minar los valores y principios de la democracia.

A pesar de mis frustraciones, que he de admitir son extremadamente realistas, una parte idealista de mí se atreve a hacerles unas peticiones, futuros diputados. Les ruego que lleguen al poder con el propósito de reducirse, ustedes mismos, el poder discrecional. Obrar así riñe con su interés propio en el corto plazo, pero conviene al interés de largo plazo de la política en general. Un primer paso es aprobando una LEPP que efectivamente ponga una flexible y abierta oferta política al servicio del ciudadano.

La reforma a la LEPP se debe acompañar de reformas a la Ley Orgánica del Presupuesto, la Ley de Contrataciones del Estado y la Ley de Servicio Civil para contribuir a la transparencia de la administración pública. Ya no cuela prometer, abarcar y gastar cada vez más: les pedimos humildad, sobriedad y honradez.

La pasional confrontación entre gobernado y gobernante que hoy se palpa en las manifestaciones cívicas y las redes sociales exige un esfuerzo sincero por relegitimar a quienes gobiernan. La llamada clase política está compuesta por personas de carne y hueso, iguales que los demás ciudadanos. Teóricamente, ocupan cargos por un tiempo limitado y en atención a prioridades enunciadas por sus respectivos electores. Quienes asuman el poder en enero del 2016 pueden empezar a recuperar su devastada reputación si se fijan unos pocos compromisos claros y prioritarios, se apegan a la Constitución y rinden cuentas cabales.

Este artículo fue publicado el 4 de septiembre en la Revista Contra Poder y el CEES.

El totomontaje fue elaborado con base en una fotografía tomada por Mesa Redonda 

 

 

 

 

 

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