Los prejuicios y política

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Tanto los candidatos ávido de votos como los electores nos hacemos ilusiones sobre las capacidades medicinales y hasta salvíficas de la política.

Pese al desprestigio en que ha caído la clase política guatemalteca, soñamos que caras nuevas, competentes e íntegras, enderezarán la barca. Casi anhelamos que nuestros gobernantes inventen la cura al cáncer y alivien toda aflicción…en cuatro años.

Atribuir un protagonismo al quehacer político va de la mano con un cierto desdén por otros ámbitos de interacción, como el mercado. Explican este fenómeno algunos estudios recientes sobre la racional del votante, elaborados por politólogos y economistas como Bryan Caplan. Éstos revelan cómo nuestros sesgos mentales pueden llevarnos a tomar decisiones reñidas con la razón y la realidad.

Caplan detecta un arraigado prejuicio en contra del mercado entre los ciudadanos comunes. Una encuesta realizada en 1996 titulada “Americanos y Economistas sobre la Economía” constata la divergencia entre las convicciones de economistas profesionales y del público en general. Por ejemplo, la ley de la oferta y la demanda como fuente de precios informativos, constituye una piedra angular de la ciencia económica, aceptada por economistas de todo bando. Sin embargo, quienes no han estudiado economía abrazan creencias extrañas sobre cómo se forman los precios. Caplan describe una conversación que tuvo con su madre de pequeño. Ella le explicó que los granjeros podían surtir al supermercado de verduras y frutas gracias a las autoridades que fijaban un elevado precio por sus cosechas. La familia Caplan debía pagar más por las legumbres que consumía, pero la madre creía que los granjeros quebrarían de no ser por las políticas públicas. Hasta que sus estudios de economía le revelaron lo contrario, esta plática casual grabó en la mente de Caplan una desconfianza de la competencia por precio. Como muchos, su madre sospechaba de los mecanismos del mercado para asignar recursos mediante transacciones voluntarias guiadas por precios libres.

La señora Caplan estaba a favor de precios artificiales altos que beneficiaban a los granjeros. Pero también es común que los no economistas se aferren a una noción opuesta: el rechazo a la ganancia. Las utilidades suelen verse como una apropiación indebida de bienes que pertenecen a otro, o como derivadas de la avaricia y el egoísmo. El economista de profesión ve la utilidad como un incentivo que induce al oferente a prestar un servicio deseado, a detectar oportunidades, a innovar y a economizar. Las ganancias no son un regalo que hacemos al rico, pues en el mercado es menester servir al prójimo para amasar fortuna. No obstante, muchas personas apoyan propuestas para reducir o redistribuir las utilidades.

Un tercer sesgo anti-mercado se relaciona con los monopolios. Se tiende a retratar al monopolista como un parásito social, acaparador y tramposo, que provoca la escasez para aprovecharse del desvalido consumidor. En contraste, los economistas entienden que los monopolios duraderos son creados por protecciones gubernamentales más que por mercados competitivos; en tanto exista libertad de entrada en el mercado, los monopolios enfrentarán la amenaza de competencia y no podrán cobrar precios elevados ni descansar en sus laureles.

Podríamos seguir expandiendo la lista, pero bastan los ejemplos anteriores para validar la existencia de predisposiciones contra el mercado bastante generalizadas entre el público. Nos asiremos a prejuicios mientras permanecer en el error tenga poca relevancia. Nuestro voto es uno entre millones: podemos votar con base en construcciones fantasiosas, frívolas e irracionales, porque el costo personal de hacerlo es bajo. Y quizás esto explique porqué los candidatos tampoco tienen incentivo a presentarnos plataformas económicamente sensatas.

Este artículo fue publicado el 14 de agosto del 2015 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

 

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