Políticos con valores

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¿Necesitamos políticos con integridad o un cambio de reglas?

Las campañas electorales evocan sendos debates sobre los valores. Los mismos candidatos elevan las expectativas morales del electorado cuando acusan al gobierno saliente de graves fallas. Este discurso cala profundo luego de los escándalos de corrupción protagonizados por la Administración Pérez. Vaclav Havel dijo una vez que “sin valores compartidos y ampliamente afianzados, ni la ley, ni el gobierno democrático, y ni siquiera la economía de mercado funcionarán adecuadamente.”

¿Se han erosionado esos valores compartidos? Es común escuchar que la decadencia en la arena política refleja un deterioro generalizado. Un video que circula en redes sociales cuestiona: ¿En qué momento se arruinó Guatemala? Sugiere que nos corrompimos todos: damos mordida y nos aprovechamos de otros, contando con la impunidad reinante. Ya no educamos en valores. Problemas como la violencia intrafamiliar, la drogadicción y los actos vandálicos de las maras se relacionan con caracteres débiles e ignorantes, poco habituados al ejercicio de la virtud. Sanar este clima requiere mucho más que promover la limpieza de los despachos gubernamentales. Ni siquiera queda claro que debamos empezar por purgar a la clase política.

En realidad, hace falta dar un paso atrás, pues en la actualidad se cuestiona si existen valores universales. Solamente podemos educar en valores si creemos que existen conductas humanas que califican objetivamente de buenas o malas: que existe una ética universal, aplicable a todas las personas. El relativismo estricto pareciera sostener que cada quien enarbola sus valores, y por ende el mero intento de establecer un denominador común es intolerante. Hablar de naturaleza humana o conciencia viene siendo políticamente incorrecto. No obstante, acota John W. Gardner, incluso aquellos que rechazan la existencia de una verdad objetiva “viven como si creyeran en algo.”

La evidencia empírica señala que sí existen valores fundamentales compartidos por personas de distintas culturas. Según Rushworth M. Kidder, fundador del Instituto para la Ética Global, los estudios antropológicos, filosóficos y religiosos así lo demuestran. El instituto entrevistó a veinticuatro líderes alrededor del mundo y obtuvo una lista de valores comunes: amor, verdad, justicia, libertad, unidad, tolerancia, responsabilidad, respeto por la vida. Encuestas posteriores levantadas por dicho instituto obtienen resultados similares, aún entre prisioneros u otras personas que han quebrantado alguno de los principios morales.

Independientemente del debate sobre la universalidad de los valores, es fácil concluir que quienes deben transmitir e inculcarlos somos los padres de familia, educadores y líderes espirituales. No es responsabilidad del estado, sino una labor privada para el largo plazo.

Cuando hombres y mujeres bien formados incursionan en el ámbito político, lucen como David encarando al Goliat de los incentivos perversos. Los lectores conocen, seguramente, a personas decentes que salen de sus experiencias dentro del Gobierno lamentando la terrible corruptela de la cual fueron testigos. Confiesan su impotencia frente al monstruo.

La solución, por consiguiente, no consiste en elegir una “cara nueva” con la falsa expectativa que se convierta en el salvador de la nación. Debemos elegir a bastantes representantes probos, comprometidos desde ahora con reformas institucionales como las que proponen la Asociación ProReforma o la Propuesta de Acuerdos de Seguridad (PAS). En lugar de ser atrapados por los encantos del poder político, ellos deben implementar reformas que transformen los incentivos de tal forma que se castigue eficazmente las conductas inmorales.

Este artículo fue publicado el 3 de julio del 2015 en la Revista Contra Poder y el CEES.

La foto muestra parte de una escultura por Honoré Daumier titulada Las celebridades del Justo Medio y Ratapoil (Museo Soumaya), México, D.F.. Es una sátira del poder político.

 

 

 

 

 

 

 

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