¿Tejido o bebé?

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Trato de penetrar la mirada de la Doctora Gatter para comprender cómo duerme tranquila. ¿A qué hora desenchufó su conciencia y se deshumanizó?

Unos espeluznantes videos que paralizan el corazón circulan en las redes sociales. Mientras mastican ensalada y sorben vino, las doctoras Deborah Nucola y Mary Gatter, ambas altas ejecutivas de Planned Parenthood Federation of America (PPFA), negocian el precio de las partes de bebés abortados. Los videos fueron hechos por el Centro para el Progreso Médico, una oenegé que monitorea violaciones éticas en la medicina. El suceso interesa a los guatemaltecos porque estamos bajo presión internacional para legalizar el aborto, hasta ahora prohibido por mandato constitucional.

Las cámaras secretas captaron una realidad imposible de negar. La reacción de la presidenta de PPFA, Cecile Richards, constituye básicamente una admisión: obtienen el consentimiento de la madre (no del hijo) para cultivar restos humanos y donar “tejidos”. Richards agrega que no lucran de estas transacciones pero sí cobran por algunos de los costos asociados al proceso. El editorial del New York Times en defensa de Planned Parenthood afirma que la donación de tejidos es una actividad legal, voluntaria y que potencialmente salva vidas.

Me inclino por favorecer las transacciones voluntarias y el libre mercado, y en mis círculos intelectuales no es mal vista la posibilidad de crear mercados de órganos. No obstante la frase clave aquí es transacción voluntaria: el punto de partida de estas particulares negociaciones es la negación de la vida y la libertad de un ser humano, el bebé. Suenan absurdos los argumentos que obnubilan la humanidad del objeto intercambiado. Las doctoras hablan de corazones, pulmones, hígados y extremidades de personitas sin derecho alguno. Quedan al desnudo las palabras largamente utilizadas por la industria del aborto, como feto, embrión, tejido, espécimen o bodoque de células. Son eufemismos para apaciguar conciencias.

¿A qué viene el alboroto? Eso pregunta el director de Catholic World News (CWN), Philip Lawler. Si alguien nos amenaza con hacernos picadillo para luego vender nuestras partes, razona Lawler, nos ofendería más la primera parte de la ecuación que la segunda. Qué hacen con nuestro cuerpo muerto debiera preocuparnos poco; el primer principio es la inviolabilidad de la vida. Su punto es que ya sabíamos que Planned Parenthood desmembraba cuerpos humanos. La sociedad moderna se acostumbró a la idea de desechar bebés. Y sin embargo, prosigue Lawler, “los videos han corrido el velo y hemos divisado la realidad brutal, sangrienta, del aborto”. Las personas involucradas parecen respetables, “pero todos sabemos que algo está profundamente mal cuando personas respetables se comportan como buitres.”

¿Somos buitres? Según un reloj electrónico de abortos en el mundo, más de 1.3 mil millones de bebés han sido deliberadamente abortados desde 1980. Planned Parenthood es responsable por 6.8 millones de estas muertes desde 1970. No son pocas vidas…

Planned Parenthood es filial de la Federación Internacional para la Planificación Familiar (IPPF), la cual colabora con el Fondo de Población de las Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud (OMS), entre otras. Los gobiernos del mundo financian más de la mitad de su presupuesto global de US$125 millones anuales. Alrededor de la industria del aborto se ha construido un poderoso grupo de interés que corteja al poder político, cabildeando por legislación y subsidios. La rama política de la PPFA apoya las campañas de candidatos amigos de la institución. Ello explica porqué algunos senadores y congresistas no han dicho ni pío.

Los guatemaltecos debemos permanecer en guardia. Evitemos que este potente lobby nos desensibilice respecto de la humanidad del neonato y corroa nuestro sentido de familia.

Este artículo fue publicado el 31 de julio del 2015 en la Revista Contra Poder y CEES.

Luego de redactado el artículo, salió a luz otro video.

La fotografía es adaptada de un archivo personal.

 

 

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Campañas, dinero y transparencia

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¿Podemos eliminar los incentivos perversos que imperan sobre los políticos y sus padrinos?

Pocos se sorprendieron al conocer el informe “El financiamiento de la política en Guatemala”, presentado por la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) la semana pasada. El estudio subrayó que la honorabilidad de la clase política puede ser corrompida por el financiamiento tanto público como privado. La CICIG estima que 25% de los fondos recaudados por partidos políticos provienen del crimen organizado, y que hasta un 50% se vincula al desvío de fondos del Estado. Será complejo lograr reformas a la Ley Electoral y de Partidos Políticos que aseguren la transparencia financiera del sistema.

La CICIG recomienda restringir los aportes privados a un 20% del total del financiamiento, así como acortar los tiempos de campaña. Más controvertidas son las propuestas de centralizar las contribuciones monetarias en un ente estatal para luego redistribuirlas, o bien que los partidos se nutran exclusivamente de subsidios gubernamentales.

Rechazo la estatización como salida efectiva, porque es preferible un sistema político abierto y competitivo, aunque sea imperfecto. El éxito de recaudación de los partidos revela su popularidad y liderazgo. Debemos seguir siendo libres ser electos, elegir, y apostarle, incluso con aportes monetarios, a las distintas ofertas políticas.

Sin embargo, en la práctica imperan incentivos perversos sobre el candidato y el donante. La competencia entre candidatos para conquistar el mayor número de votos es cara y dura. El postulante con acceso a recursos gubernamentales posee una enorme ventaja sobre quien jamás ha hecho gobierno, entre otras cosas porque su gestión le brinda fama y constituye publicidad. Pero incluso antes de conquistar al votante, el candidato tiene que convencer al financista.

¿Por qué razones canalizaría alguien sus preciados ahorros hacia lo que parece ser un gasto improductivo y arriesgado? El idealismo y el civismo son móviles posibles. La ambición de poder motiva a quien auto-financia su candidatura. Podemos suponer que para muchos donantes el más imperioso aliciente es el interés propio: ver su inversión convertida en un privilegio o algún otro beneficio una vez su patrocinado acceda al poder. Y sólo compromete al receptor aquella donación que destaca por su importe o simbolismo, en comparación con los demás regalos recibidos.

Las regulaciones de la competencia política representan para los partidos y sus financistas una tragedia de los comunes: aunque convendría a todos obedecerlas, es tentador para los miembros del cartel político irrespetarlas. La inercia del sistema y el jugoso premio mueve a los actores a desacatar las reglas. Hacen caso omiso de los techos de recaudación y de gasto, se roban la salida, pintan piedras y ceibas, blanquean en libros el financiamiento monetario y los regalos en especie. Ven las multas como un costo hundido. Seguirán obrando así, sobre todo si las reformas-curitas no alteran los incentivos de forma constructiva. Máxime si se aprueban modificaciones ambivalentes, confusas o imprácticas, que sabemos de antemano no podrán ser hechas valer por las autoridades correspondientes.

Dichos actores prefieren no divulgar quiénes financian campañas y en qué cantidades. La cosa camina mientras los ciudadanos desestimen la danza de cientos de millones de quetzales y conciban las elecciones como alegres fiestas democráticas en pro del interés común.

La búsqueda de rentas disminuirá cuando los políticos tengan las manos atadas para hacer daño u otorgar beneficios a unos y no a otros. Necesitamos un Estado de Derecho garante de nuestras libertades que asigne a las autoridades funciones claras y concretas, pocas, y de aplicación general.

Este artículo fue publicado el 24 de julio del 2015 en la Revista Contra Poder y en CEES.

 

 

 

La solución es emprender

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Aceptemos el reto: lograr que un mayor número de los guatemaltecos soñando con emprender, se lancen al agua y creen negocios estables.
Guatemala es un país de emprendedores, y eso es bueno. El emprendedor identifica con ojo clínico las necesidades insatisfechas de los demás. Detecta en ellas una oportunidad de crecimiento, y a pesar de la incertidumbre, invierte arduas horas de trabajo, así como ahorros propios y ajenos. Es usual que este personaje persevere sin desfallecer ante el fracaso, y sigua innovando hasta triunfar. Lo admiramos porque su productividad crea riqueza y mejora la sociedad. La pregunta clave es: ¿Cómo logramos que más emprendimientos fructifiquen y prendan el motor de la economía?
Dos estudios distintos pero coincidentes nos brindan algunas luces: el Reporte Nacional de Emprendimiento GEM para el 2014-2015 y la serie Poverty Cure. El GEM ofrece una radiografía de la situación actual en Guatemala. Permite evaluar los avances conquistados por el país en comparación con otros países y a través del tiempo, dado que el estudio se ha realizado por seis años consecutivos. Al igual que GEM, la documental Poverty Cure reconoce el valor del emprendimiento para aliviar la pobreza mundial. Poverty Cure analiza las instituciones socio-económicas y políticas que estimulan o desalientan la actividad económica.
Según el GEM, Guatemala tiene una alta tasa de emprendimiento temprano si se le compara con el resto de la región latinoamericana. Los guatemaltecos menores de 35 años protagonizan el 60% de los emprendimientos en etapa temprana. De estos, 43% arranca con menos de Q. 10 mil quetzales de capital. La mayoría de iniciativas se orientan al consumo: su producción demanda una reducida inversión en tecnología y no transforma significativamente el producto ofertado. El emprendimiento en Guatemala tiende a ser auto-empleo. Algunas personas cierran el negocio cuando acceden a un puesto seguro en el mercado laboral formal, o emprenden para complementar un salario. Desde el 2009, más de la mitad de los nuevos negocios son puestos en marcha por mujeres. Idealmente, un negocio se establece y crece con el paso de los años, generando empleos e ingresos constantes, pero no todos los nuevos negocios en Guatemala llegan a esta etapa.
Un discernimiento medular de la investigación elaborada por el equipo del GEM queda plasmado en una gráfica que revela una tasa mayor de emprendimiento en economías en vías de desarrollo que en economías desarrolladas. Se retrata así a quienes emprenden por necesidad, desde la pobreza y a veces desde la informalidad, porque otras vías alternas de subsistencia les resultan menos accesibles.
Leer el estudio del GEM trae a la memoria un mensaje subyacente a la serie Poverty Cure: es un mito que los pobres son perezosos, dependientes y poco creativos. Al contrario, el verdadero problema reside en las reglas del juego paternalistas que desestiman sus potenciales aportes a los mercados globales.
Más que clamar por caridad o subsidios, los guatemaltecos deberíamos exigir la posibilidad de trabajar con libertad de entrada y salida en mercados dinámicos, tanto nacionales como internacionales. Ello implica derrumbar barreras, simplificar regulaciones y mejorar el acceso al crédito. Segundo, necesitamos una adecuada protección de nuestras vidas y propiedad. El estudio del GEM corrobora las conclusiones de otros estudios: la corrupción, las extorsiones y una defectuosa y lenta defensa de nuestros más básicos derechos en las cortes del sistema obstaculizan y encarecen el desarrollo de la empresarialidad. Finalmente, requerimos una cultura que reivindique y premie la innovación, el ahorro, la laboriosidad, la responsabilidad, la honestidad y todas las demás virtudes necesarias para prosperar en un mercado libre.

Este artículo fue publicado el viernes 17 de julio del 2015 en la Revista Contra Poder y el CEES.

La ilustración es propiedad de la UFM y muestra un detalle del Lienzo Q que narra la conquista de Guatemala.  El lienzo contiene escenas de comercio.

¡Discriminación!

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¿Qué significa para Usted igualdad, discriminación, y derechos humanos?

En el 2003, Jon Hammer entabló una demanda contra el Club Canino de América por discriminación contra su perro pura raza, un Spaniel de Bretaña llamado Spooner. El reglamento de dicho club fija como estándar de belleza para esa raza una cola de menos de cuatro pulgadas, natural o cortada. La cola de Spooner medía diez pulgadas. Ante la corte de Nueva York, Hammer acusó al club de incitar la crueldad contra los animales. El Club Canino de América y sus defensores respondieron que sus parámetros de belleza perruna no constituían una crueldad, como tampoco lo es remover las garras a los gatos.

La jueza desestimó la demanda de Hammer por considerar que ningún crimen había sido cometido. El demandante admitió no estar dispuesto a cumplir los requerimientos del club canino; reconoció además que la organización demandada no mutila ni hiere a perros de forma cruel.

Más que analizar los derechos de las plantas y los animales, me gustaría examinar el asunto de la discriminación. Hammer consideró que Spooner era víctima de una injusticia porque un atributo físico le impedía ganar un concurso de belleza. Él expuso su anhelo de un premio para su mascota en términos de un derecho adquirido, y negado. ¿Es este caso emblemático de los excesos que hoy se cometen en aras de erradicar la discriminación? ¿Estamos dispuestos a atropellar la libertad del prójimo, y a aguar el concepto de “derechos” humanos?

Otro ejemplo es la nueva disposición de la Universidad de Vanderbilt según la cual las organizaciones estudiantiles están obligadas a permitir a cualquier persona acceder a cargos de gobierno dentro de su agrupación. So pretexto de combatir la discriminación ideológica, en Vanderbilt un ateo puede exigir presidir un club cristiano y un misógino puede hacer cabeza en una comunidad feminista. Tish Harrison, afiliada a InterVarsity, una de las entidades perjudicadas por el dictamen, explica que todos son bienvenidos en su grupo, pero que los líderes deben albergar creencias ortodoxas cristianas. Harrison opina que lejos de fomentar un entorno plural, la universidad cerró espacios a personas con convicciones definidas que no se conforman con una ideología relativista políticamente correcta.

Ana y Beto jamás unificarán criterio si ella cree firmemente que los extraterrestres son diabólicos y él sostiene que son seres angelicales. Sin pensar o actuar de forma igual, Ana y Beto pueden intercambiar bienes, suscribir contratos y coexistir armoniosamente. El problema comienza cuando Ana acusa a Beto de discriminarla por no invitarla a su casa, darle un empleo o venderle un pastel. Es peor si recurre al Estado para obligar a Beto a hacer su voluntad, porque está en “su derecho”. De repente Beto se convirtió en un monstruoso discriminador. Basta con que Ana argumente que su esencia como persona es materialmente su creencia, y que lo que le acontece atenta contra su convicción.

En libertad, muchas personas nos ofenderán con sus opiniones y conductas. Coexistirán los Donald Trumps xenofóbicos con los neo-nazis antisemitas y los comunistas. Una sociedad verdaderamente libre no es inmune a los conflictos de interés ni a ciertos tipos de sana discriminación: es por definición diversa y desigual.

Los creyentes en la libertad individual tenemos que despertar: quienes promueven la coacción para sambutirnos sus preferencias, no están de nuestro lado, aunque usen nuestro lenguaje. Conviene hacer un concienzudo trabajo para resucitar la concepción clásica del derecho natural, y reafirmar claras reglas de propiedad. Rescatemos el magistral discernimiento encapsulado en la frase de Benito Juárez: “el respeto al derecho ajeno es la paz”.

Este artículo fue publicado el 10 de julio del 2015 en la Revista Contra Poder y el CEES.

Políticos con valores

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¿Necesitamos políticos con integridad o un cambio de reglas?

Las campañas electorales evocan sendos debates sobre los valores. Los mismos candidatos elevan las expectativas morales del electorado cuando acusan al gobierno saliente de graves fallas. Este discurso cala profundo luego de los escándalos de corrupción protagonizados por la Administración Pérez. Vaclav Havel dijo una vez que “sin valores compartidos y ampliamente afianzados, ni la ley, ni el gobierno democrático, y ni siquiera la economía de mercado funcionarán adecuadamente.”

¿Se han erosionado esos valores compartidos? Es común escuchar que la decadencia en la arena política refleja un deterioro generalizado. Un video que circula en redes sociales cuestiona: ¿En qué momento se arruinó Guatemala? Sugiere que nos corrompimos todos: damos mordida y nos aprovechamos de otros, contando con la impunidad reinante. Ya no educamos en valores. Problemas como la violencia intrafamiliar, la drogadicción y los actos vandálicos de las maras se relacionan con caracteres débiles e ignorantes, poco habituados al ejercicio de la virtud. Sanar este clima requiere mucho más que promover la limpieza de los despachos gubernamentales. Ni siquiera queda claro que debamos empezar por purgar a la clase política.

En realidad, hace falta dar un paso atrás, pues en la actualidad se cuestiona si existen valores universales. Solamente podemos educar en valores si creemos que existen conductas humanas que califican objetivamente de buenas o malas: que existe una ética universal, aplicable a todas las personas. El relativismo estricto pareciera sostener que cada quien enarbola sus valores, y por ende el mero intento de establecer un denominador común es intolerante. Hablar de naturaleza humana o conciencia viene siendo políticamente incorrecto. No obstante, acota John W. Gardner, incluso aquellos que rechazan la existencia de una verdad objetiva “viven como si creyeran en algo.”

La evidencia empírica señala que sí existen valores fundamentales compartidos por personas de distintas culturas. Según Rushworth M. Kidder, fundador del Instituto para la Ética Global, los estudios antropológicos, filosóficos y religiosos así lo demuestran. El instituto entrevistó a veinticuatro líderes alrededor del mundo y obtuvo una lista de valores comunes: amor, verdad, justicia, libertad, unidad, tolerancia, responsabilidad, respeto por la vida. Encuestas posteriores levantadas por dicho instituto obtienen resultados similares, aún entre prisioneros u otras personas que han quebrantado alguno de los principios morales.

Independientemente del debate sobre la universalidad de los valores, es fácil concluir que quienes deben transmitir e inculcarlos somos los padres de familia, educadores y líderes espirituales. No es responsabilidad del estado, sino una labor privada para el largo plazo.

Cuando hombres y mujeres bien formados incursionan en el ámbito político, lucen como David encarando al Goliat de los incentivos perversos. Los lectores conocen, seguramente, a personas decentes que salen de sus experiencias dentro del Gobierno lamentando la terrible corruptela de la cual fueron testigos. Confiesan su impotencia frente al monstruo.

La solución, por consiguiente, no consiste en elegir una “cara nueva” con la falsa expectativa que se convierta en el salvador de la nación. Debemos elegir a bastantes representantes probos, comprometidos desde ahora con reformas institucionales como las que proponen la Asociación ProReforma o la Propuesta de Acuerdos de Seguridad (PAS). En lugar de ser atrapados por los encantos del poder político, ellos deben implementar reformas que transformen los incentivos de tal forma que se castigue eficazmente las conductas inmorales.

Este artículo fue publicado el 3 de julio del 2015 en la Revista Contra Poder y el CEES.

La foto muestra parte de una escultura por Honoré Daumier titulada Las celebridades del Justo Medio y Ratapoil (Museo Soumaya), México, D.F.. Es una sátira del poder político.

 

 

 

 

 

 

 

Francisco y el ambiente

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Los 246 párrafos de la encíclica Laudato Si reclaman un estudio pausado, pero podemos empezar respondiendo a algunas apremiantes inquietudes.

¿Es Francisco ahora miembro honorario de Greenpeace? Unas partes de la encíclica hacen eco de la retórica de Greenpeace y de otras organizaciones ambientalistas: hay condenas al impacto negativo que tenemos las personas sobre la naturaleza, ya sea por el uso inconsciente de tecnologías, el consumismo u otras actividades. El Papa parece endosar la agenda del movimiento ecologista radical sobre todo respecto del cambio climático. Sin embargo, el pontífice no odia al ser humano. Tampoco convierte el ambientalismo en una religión. Al contrario, exalta el valor de cada ser humano: “¡Qué maravillosa certeza es que la vida de cada persona no se pierde en un desesperante caos, en un mundo regido por la pura casualidad o por ciclos que se repiten sin sentido!” (65) El punto de partida de Francisco para despertar una conciencia ecológica es el hecho de que Dios nos creó cuando culminaba su obra, que es por definición buena.

¿Sólo los ambientalistas pueden ser buenos católicos? Que nadie permanezca indiferente al prójimo y al entorno es el deseo claro de Francisco. Alude al planeta como la “casa común” de la humanidad, que es a su vez una “familia”. Los familiares velamos unos por otros y nos ocupamos del bienestar de nuestros descendientes. Las personas de fe debemos entrar en un diálogo paciente y generoso con “los diferentes movimientos ecologistas, donde no faltan las luchas ideológicas.” (201) Es decir, no nos obliga a suscribir una ideología en particular, sino más a buscar la verdad a través de la discusión. La encíclica es una invitación a un debate cándido y constructivo, mas no ofrece soluciones únicas y específicas para problemas ambientales concretos.

¿Rompe Francisco un largo divorcio entre la Iglesia y la ciencia? Afirmar este extremo es una tontería. ¡Cuántos gozan contraponiendo el discernimiento de la ciencia al obscurantismo irracional de la religión! La Iglesia condenó equivocadamente a Galileo, pero jamás se opuso rotundamente al conocimiento. La fe y la ciencia son conocimientos complementarios, enseñó el Concilio Vaticano I, lo ratificó Juan Pablo II en su encíclica Fe y Razón, y lo repite ahora Francisco. (62) Lo que es más, Francisco aboga por un intercambio interdisciplinar para enriquecer los avances de cada rama científica, que además abarque los aportes de la filosofía, el arte y la ética. Advierte Francisco que debemos contemplar las consecuencias éticas de ciertas prácticas. Avances científicos han hecho posibles las bombas destructivas y la clonación, pero su uso puede ser inmoral.

¿Ve Francisco al hombre con un mero destructor? Francisco escribe que “no todo está perdido, porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, también pueden sobreponerse, volver a optar por el bien y regenerarse….”(204) Francisco no ve al hombre como la especie más depredadora y destructiva sobre la faz de la Tierra. Tampoco nos ve como animalitos presos de nuestros bajos instintos. Somos hijos de Dios, dignos, capaces de cometer errores, arrepentirnos, cambiar y acertar. En este sentido, la economía bien entendida puede ser un efectivísimo aliado para lograr las aspiraciones ambientales del pontífice.

¿Quiere Francisco que meditemos y contemplemos sin trabajar? Una postura ecológica “integral” tiene que reconocer el valor del trabajo. El trabajo es vocacional: nos dignifica y santifica. Mediante nuestro trabajo transformamos los recursos naturales en bienes y servicios. El Papa Francisco no pide que nos sentemos a contemplar la naturaleza hasta desfallecer, aunque sí nos invita a recuperar ese sentido de maravilla y asombro frente a la bella Creación.

Este artículo fue publicado el 26 de junio del 2015 en la Revista Contra Poder y el CEES.

La foto es propia.

 

 

 

 

 

Cacería de brujas

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¿Quiere sacar de la arena a un contrincante político o a un competidor en el mercado? Es fácil hacerle daño a un adversario en Guatemala.

Usted puede escarbar en su pasado y detectar algo que luzca ilegal para accionar en su contra. Mejor si su investigación revela algo real, como haber laborado de una empresa o ente estatal cuyos ejecutivos obraron turbiamente, con o sin su consentimiento. Si su opositor tuviera una trayectoria intachable, sin embargo, lo puede acusar falsamente. Puede inventar que lavó dinero, contaminó un río o defraudó al fisco. A golpe dado no hay quite, dice el refrán. Aún si los reporteros emplean palabras como “supuesto” o “presunto”, la reputación del atacado quedará enlodada.

Los medios de comunicación transmitirán imágenes de su enemigo angustiado, sus manos engrilletadas, siendo transportado a prisión preventiva por policías. O su adversario será proclamado “prófugo de la justicia”. Si con el tiempo y a un elevado costo personal el sujeto limpia su nombre, la nota periodística será breve. En cambio, levantar un dedo acusatorio, sobre todo si maniobramos desde el anonimato, prácticamente no tiene costo. Supongo que es natural confiar más en quien delata que en el difamado. Incluso dudamos de algunas víctimas: sospechamos que se entraron en su oficina o lo asesinaron porque estaba inmiscuido en algo siniestro.

Entiendo la sed de justicia entre los guatemaltecos. El Organismo Judicial no ha resuelto millones de casos. Cabe sentirse desesperanzado respecto de los juzgados, sobre todo tras oír que es posible comprar veredictos. No logramos seguir los intrincados y técnicos argumentos entre abogados, mientras que el tono noticioso es relativamente accesible. ¿Quién no recuerda la sensacional Power Point de Carlos Castresana armando la acusación de auto-suicidio de Rodrigo Rosenberg? Pero, ¿cuántos hemos seguido los enredados pasos posteriores para establecer si Castrena acertó? Librar la batalla en el campo mediático es un pobre sustituto para el sistema judicial, pero preferimos que los medios de comunicación combatan el mal, incluso si se llevan de corbata a uno que otro inocente.

Otro motivo para preferir la lucha mediática es el desprestigio de las leyes mismas. Abundantes regulaciones contradictorias y obscuras tienden a “criminalizar” muchos actos lícitos, al punto que muchos hemos infringido leyes que quizás ni siquiera conocemos.

El clima que vivimos es propicio para una cacería de brujas. La sociedad emitió un ultimátum a los corruptos y tenemos ansias de reformar el sistema político y judicial. Cuando la corrupción está tan afincada en las instituciones gubernamentales, no basta con una leve barrida superficial. No tenemos tiempo ni paciencia para largos juicios individuales. Así, el legítimo fervor ciudadano puede abrir la puerta a unos cuantos operadores cuyo verdadero objetivo sea eliminar a sus enemigos.

Quizás debamos recordar a Joseph McCarthy. El macartismo, una palabra derivada del apellido de este senador americano, consiste en acusar de traición o subversión, con débiles pruebas o métodos injustos, sin que se respete el derecho del acusado. McCarthy llevaba razón: en los años cincuenta, los comunistas querían usurpar el poder y transformar el sistema democrático abierto en uno totalitario. El problema es que tachó de comunistas a algunos que no lo eran.

¿Cuántos inocentes han sido injustamente perseguidos en Guatemala? Quién sabe. Sé que cualquiera de nosotros podría figurar en El Peladero o en una vergonzosa primera plana. Somos vulnerables. Seguramente, por eso desde la época de Justiniano se delineó el principio de presunción de inocencia, según el cual asumimos la inocencia de la persona hasta que se pruebe lo contrario. No podemos construir una mejor sociedad prescindiendo de estas garantías individuales.

Este artículo fue publicado el 19 de junio del 2015 en la Revista Contra Poder y CEES.

La foto de Joseph McCarthy fue editada a partir de la original tomada del blog de Kerry Bolton.