¿Porqué no acepta la verdad?

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Quienes actuaron sobre la base de las apocalípticas predicciones poblacionales de Paul Ehrlich se arrepienten, pero el daño que hicieron y hacen es irreparable.

Es inaudito que muchas ONGs y organizaciones internacionales, como la Organización de Estados Americanos, sigan trabajando sobre la base de un mito: la sobrepoblación. Ahora disfrazan su meta un poco más, desde que un estudio publicado por la Organización de Naciones Unidas (ONU), una de las entidades más alarmistas en el pasado, confesara que la población crece a un ritmo menor del temido, y que va en pique en buena parte del mundo Occidental. Ahora argumentan que el control de la natalidad, así como la legalización del aborto y la eutanasia, son necesarios para frenar un excesivo consumo de recursos naturales o para garantizar la autonomía de la mujer.

Entre tanto, demógrafos y ambientalistas honestos han renunciado a sus convicciones antinatalistas. La notable excepción es el gurú del movimiento: Paul Ehrlich. Él causó furor en 1968 cuando publicó su panfleto, La Bomba Poblacional. El movimiento Cero Crecimiento Poblacional nació a raíz del éxito de su mensaje terrorífico y regó sus teorías por todo el mundo. La historia del movimiento es detallada en un documental producido por el New York Times, un periódico centro-izquierda que tiró la toalla respecto al supuesto de la sobrepoblación hace dos años. Interpreto este documental como una explicación de su loable cambio de rumbo.

Los seguidores del entomólogo Paul Ehrlich eran “creyentes verdaderos”, afirma Adrienne Germain, ella misma una creyente. Germain y otro discípulo converso, Stewart Brand, dan declaraciones impactantes en el video. Los creyentes verdaderos temían que la Tierra pronto sería destruida por humanos, señala Germain, ex presidenta de la Coalición Internacional para la Mujer. Incluso el Presidente Richard Nixon promovió el control de la natalidad, tras convencerse que la humanidad se ahogaría debido a un exceso de personas, tráfico, crimen y contaminación.

En el video aparece el biólogo Stewart Brand de joven, afirmando que las personas deberían tener menos y mejores bebés. (Nótese el tono eugenístico del comentario.) Brand retaba a quienes emprendían un tercer embarazo a hacer una huelga de hambre para sufrir en carne propia lo que padecerían otros, presuntamente más “responsables”, a causa de su excesiva reproducción. Brand se ha retractado públicamente porque pasaron 44 años y las catástrofes predichas por Ehrlich no se materializaron.

¿Cuándo admitirá Ehrlich que falló su teoría? Confrontado con esta pregunta en el documental, el científico responde condescendientemente. Es un desvergonzado, porque dice que erró en “cosas pequeñas”, tal y como anunciar el fin de la India o de Inglaterra: predicciones para nada pequeñas. Ehrlich reconoce que Inglaterra no cesó de existir en el 2000, como él pronosticó, pero que “sólo han pasado 14 años”, como si diera igual una década más o una década menos. “La gente no entiende que el tiempo para el ecologista puede ser muy distinto al tiempo para la persona promedio.”

Ehrlich destila desdén por los humanos: nos ve como bestias desordenadas que banquetean y se reproducen sin límite. Nos compara con bolsas de basura. “La idea de que cada mujer debe tener cuantos bebés desee es, para mí, una idea exactamente como aquella según la cual todos deben tener permiso de tirar cuántas bolsas de basura quieran al jardín del vecino.” Para Ehrlich, nuestra mera existencia compromete la sostenibilidad del planeta. No ve que creamos, resolvemos, y producimos. Su solución sigue siendo las hambrunas, preferiblemente diseñadas para afectar las comunidades que menos le agradan, el aborto y la esterilización coercitiva de los egoístas y los tontos.

Guatemala debe renunciar a las políticas recomendadas por este charlatán porque son basura.

Este artículo fue publicado el 12 de junio del 2015 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

 

 

 

 

800 años de libertades constitucionales

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La Magna Carta de Inglaterra fue suscrita el 15 de junio de 1215. Por vez primera, un contrato social, una Ley, estaba por encima del poder temporal y de los hombres. 

Celebramos el 800 aniversario de la constitución inglesa debido a su impacto en la sociedad moderna. La Magna Charta Libertatum asentó, quizás por vez primera, la libertad individual. Cuenta Daniel Hannan, representante británico ante el parlamento europeo, que el acuerdo se pactó a orillas de un río al sur de Inglaterra, en Runnymede. (The Wall Street Journal, 29-V-2015) Los obispos y nobles que obligaron al rey Juan sin Tierra (Sans-Terre) a reconocer las libertades a los hombres libres (free men) querían afianzar sus privilegios. Los nobles, que constituían apenas la séptima parte de la población, ya poseían derechos: el rey los reconoció. Juan se comprometió a no confiscar sus bienes y a no encarcelar ni matar a alguien sin que antes fuera juzgado por sus pares. Es decir que no usaría más su poder para inventar reglas a su antojo.

La llamaron Magna Carta por su extensión y no por su trascendencia, ignorada por sus autores. Sin embargo, gracias a esa histórica renuncia al uso del poder arbitrario, quienes hoy vivimos en regímenes políticos abiertos y constitucionales contamos, en mayor o menor grado, con periódicos no censurados, la igualdad ante la ley, derechos de propiedad reconocidos y garantizados, habeas corpus, elecciones regulares, libertad de religión y de culto, libertad de asociación, contratos inviolables, y juicios en tribunales.

La constitución adquirió nuevas dimensiones tras la colonización de América, pues los ingleses que arribaron al Nuevo Mundo reinterpretaron su alcance. Los británicos sostenían que la Magna Carta colocaba al parlamento por encima del monarca, mientras que en las nuevas colonias se asumió la primacía de la Ley sobre el parlamento y el rey. En 1687, William Penn explicó que este documento distinguía a los ingleses del resto del mundo, porque en la mayoría de naciones, “el príncipe es la Ley, su palabra decapita a cualquiera, promulga impuestos, o confisca la tierra de un hombre…”. Los ingleses nacen con derechos fundamentales, agrega Penn, pues tienen libertades de las cuales no pueden ser privados sin su consentimiento.

Hannan hace hincapié en un hecho ignorado: la revolución americana contra la corona era esencialmente patriótica. Cuando exigían que debían contar con representación en el parlamento como una condición previa al cobro de impuestos, los rebeldes reafirmaban sus libertades plasmadas en la Magna Carta. Era el Rey Jorge III quien se había apartado del espíritu de la constitución, y por consiguiente, merecía la etiqueta de tirano.

La Magna Carta no inventó la libertad, ni fundó la primera democracia, ni fue la primera constitución. Ya los egipcios y los sumarios habían codificado leyes y los griegos habían experimentado con la democracia. Su originalidad descansa en caracterizar la libertad de la persona como superior y anterior al Estado, en amarrar la libertad con la propiedad privada, y en afirmar la “libertad bajo la ley”.

Tomemos nota, guatemaltecos. Las manifestaciones cívicas comulgan con el sentir de la Magna Carta inglesa pues rechazamos la tiranía: el uso arbitrario del poder para robar y confiscar nuestros tributos y bienes. Nuestra Constitución, que dista mucho de ser perfecta, no es la causa de la deleznable corrupción. Los voraces corruptos más bien desacatan la legalidad, nublados por sus poderío temporal. No nos dejemos robar este momento. De una Asamblea Nacional Constituyente integrada por diputados partidistas podemos esperar cualquier cosa, menos una constitución de principios generales, abstractos e impersonales. No le demos cancha a agendas que devalúen nuestra constitución y reduzcan nuestras libertades, en lugar de fortalecerlas.

Este artículo fue publicado el 5 de junio del 2015 en la Revista Contra Poder y CEES.

La ilustración fue tomada del sitio http://www.ip-watch.org/weblog/wp-content/uploads/2015/04/magna-carta.jpg 

NOTA: una mejor alternativa es la reforma parcial de la constitución para el sistema de justicia, la Propuesta de Acuerdos de Seguridad (PAS). ¡Examínela!

 

Beato Óscar Romero

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¿Reivindica a la teología de la liberación esta beatificación?

Crecí pensando que el Arzobispo de El Salvador, Óscar Arnulfo Romero, ahora beato, había militado en el movimiento de extrema izquierda, promoviendo activamente el comunismo marxista. Después de todo, fue asesinado por un franco-tirador asociado con los anticomunistas escuadrones de la muerte. Yo asociaba a Romero con figuras como Ernesto (Ché) Guevara, Salvador Allende y Camilo Torres, el sacerdote colombiano que empuñó las armas; para estas tres figuras, el fin justificó los medios violentos. Mis impresiones pueden deberse a la rápida usurpación de su figura por parte de la izquierda. Romero es aclamado como mártir de la revolución, motivado por una ideología política y una ambición terrenal. ¿Es veraz esa apreciación?

Con motivo de la beatificación de Monseñor Romero el 23 de mayo, releí el libro de Phillip Berryman, The Religious Roots of Rebellion. (1986) Berryman es un teólogo de la liberación que abandonó el sacerdocio para casarse y que, por cierto, vivió un tiempo en Guatemala. Esta relectura me abrió los ojos: Berryman hace esfuerzos extremos por pintar a Romero como su aliado. Es como si Berryman quisiera poner palabras en boca de un reacio arzobispo. Según Berryman, Romero se “convirtió” de conservador en socialista tras el asesinato de su amigo, el sacerdote jesuita Rutilio Grande, en 1977. Romero lamenta la muerte violenta de su amigo, pero en sus declaraciones no llama a derrocar el gobierno ni a empuñar las armas. Pide a las autoridades que se esclarezca el crimen y que cese la violencia.

Berryman se lamenta que las cartas y los sermones de Monseñor Romero sean formales y de un contenido doctrinal. En su carta pastoral sobre la iglesia y las organizaciones políticas populares (1978), Romero enfatiza que la política y la fe no deben confundirse. No hay que creer con fe religiosa en los fines de la organización terrenal, ni afirmar que sólo participando en estas organizaciones podemos manifestar nuestra fe. Berryman retuerce lo anterior y traduce así: las organizaciones marxistas son sinónimas de la Iglesia. Y es que Berryman estuvo involucrado con las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs) de los Maryknoll, que hicieron su parte por involucrar a cristianos, muchos de ellos campesinos, en las actividades guerrilleras.

A Berryman tampoco le agrada el análisis que hace Romero de la violencia. Siguiendo los lineamientos del documento producido por el Consejo Episcopal Latinoamericano en Medellín (1968), el Arzobispo distingue entre violencia institucional, represiva, espontánea, de defensa personal, y terrorista o sediciosa. Berryman se centra en el lógico rechazo del pastor a la represión gubernamental; minimiza el hecho de que también acusa a la guerrilla de violencia sediciosa o terrorista.

Eric M. Johnson (2000) escribió que “el Arzobispo Romero no fue marxista, ni fue principalmente un animal político, aunque su trayectoria sugiere que pudo haber terminado así. Al final, demandó que las manifestaciones no profanaran las iglesias, y fue por todos los relatos un excelente pastor para su pueblo…” La turbulenta época que le tocó vivir, apunta Johnson, llevó a Romero a comprender que El Salvador había entrado en una guerra civil ideológica y a pensar que tenían que producirse cambios sociales para alcanzar la paz.

Aún y si Romero hubiera estado usando el púlpito para difundir propaganda comunista, no merecía morir asesinado a media misa. Quizás debamos verlo como un hombre que, dado el país y el momento histórico que le tocó vivir, intentó proteger a la Iglesia Católica de la fría guerra ideológica. En su mensaje a los salvadoreños, el Papa Francisco resaltó que Romero permaneció fiel al Evangelio y a la Iglesia.

Este artículo fue publicado el 29 de mayo del 2015 en la Revista Contra Poder y el CEES.

La ilustración contiene una fotografía de la carátula del libro citado en el artículo y de Monseñor Romero tomadas de estos sitios:http://www.pastoral-vocacional.org/cadames_modelo/romero.html; http://ecx.images-amazon.com/images/I/41C3VAGZRPL._SY344_BO1,204,203,200_.jpg

Para combatir la corrupción

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Los miembros de La Línea sindicados de defraudación aduanera no serán los últimos oficiales corruptos, al menos que cambien las reglas del juego.

Las protestas pacíficas en la Plaza de la Constitución y en las redes sociales demuestran la urgencia que imprimimos al combate de la corrupción. Muchos guatemaltecos respaldarían la imagen evocada por Robert Cooter, profesor de derecho en Berkeley: la podredumbre actúa como las termitas que se carcomen los fundamentos de una casa desde adentro.

Guatemala no es el único país en vías de desarrollo que enfrenta una titánica batalla para mejorar en transparencia. Los investigadores describen una especie de triángulo infernal: la pobreza, las deficientes políticas públicas y las instituciones precarias tienden a incrementar la corrupción. Son parte del triángulo los poderes discrecionales, el robo y despilfarro producto de la inestabilidad del sistema, así como las autoridades “capturadas” por complejas estructuras de crimen organizado. Hasta la economía informal puede ser una reacción contra engorrosas regulaciones; los ciudadanos solamente logran mantenerse a flote infringiendo las reglas y pagando mordidas. No es que los países pobres sean más corruptos que los ricos, per se, pues existen ejemplos de países desarrollados con elevados índices de corrupción como Italia. La explicación más probable es la conjunción de malas políticas con letargo económico.

La corrupción no es una enfermedad incurable en los países pobres, pues dentro de una misma nación coexisten instituciones respetadas y contaminadas. En la India, señala Cooter, las elecciones son tan limpias como las de países desarrollados, y existen organizaciones, como la corte suprema de justicia y la agencia espacial, que gozan de buena reputación. Sin embargo, se produce el saqueo en los programas que subsidian alimentos para los pobres.

El mal no se corrige incrementando el poder en manos de los funcionarios públicos, pasando más regulaciones y leyes, o contratando a un batallón de fiscalizadores para controlar a quienes controlan a los agentes aduaneros. La termita corrosiva puede reproducirse tanto en gobiernos débiles como fuertes y grandes. Basta recordar los excesos confiscatorios del régimen del dictador Mugabe en Zimbabue para percatarnos que la solución va en dirección contraria.

¿Qué debemos hacer? Tres soluciones emergen del análisis hecho por economistas y abogados. La primera es desregular—entre más libres son las economías, más crean riqueza y por ende, disminuye la corrupción. Se recaudan más impuestos en contextos prósperos y, en consecuencia, los funcionarios públicos son mejor pagados. Los gobiernos cuentan con recursos para combatir el crimen y asegurar la certeza del castigo. Así, el oficial rechaza la mordida por temor a ser detectado y ajusticiado, y perder un buen empleo. Por otra parte, tanto las malas leyes como la tolerancia a los actos delictivos reducen el respeto a la legalidad; nos hacen desconfiar de los demás y del sistema.

Segundo, los marcos regulatorios y las burocracias pueden competir unos con otros. Los funcionarios públicos tendrán menos incentivos de ser corruptos o tolerar la corrupción cuando vean que el distrito político vecino está prosperando gracias a su transparencia.

Finalmente, podemos romper el vínculo de confianza entre quien pide la mordida y quien la paga. Ambos se benefician si su intercambio pasa inadvertido. Pero si se recompensa suficientemente al oficial por delatar al corruptor, o al extorsionado por delatar al oficial, entonces se destruye la confianza entre ambos. Tenderán a desdeñar el acto corrupto porque les cuesta caro.

En suma, los esfuerzos por combatir la corrupción pasan por remover los obstáculos al crecimiento económico e incrementar el costo de actos perversos.

Este artículo fue publicado el 22 de mayo del 2015 en la Revista Contra Poder y en el CEES.