La voz del pueblo

Elections

Miles de guatemaltecos manifestaron contra la corrupción política. ¿Seremos escuchados? ¿Qué más podemos hacer? ¿Votar nulo?

Se estima que entre 20y 30 mil guatemaltecos se dieron cita en la manifestación pacífica el sábado 25 de abril. Fue convocada por diversos actores a través de la red y ningún político-salvador buscó convertirnos a su causa ese día. Quizás porque los políticos percibieron que nos embarga un profundo rechazo al modus operandi de los funcionarios públicos y los partidos políticos. Reaccionábamos indignados de cara a la investigación de corrupción en la SAT y las aduanas. Indudablemente, fue un loable ejercicio de ciudadanía y una catarsis. Generalmente, nos frustra nuestra incapacidad para incidir sobre la cosa pública. Pero, ¿seremos escuchados? ¿Cómo se mide la eficacia de una manifestación de esta naturaleza?

El ciudadano comprometido espera que la clase política escuche a “las masas”. Quedó claro el rechazo a la inmoralidad y el descarado latrocinio por nuestros representantes electos. Al mismo tiempo, tememos que poco cambie: que el binomio presidencial salga ileso del escándalo; que no se capture a Juan Carlos Monzón, el prófugo secretario de la vicepresidente; que los apresados protagonicen juicios tediosos y luego sean liberados; que el Legislativo y el Ejecutivo recobren su habitual ritmo de trabajo.

Parte del problema es que no todos preferimos lo mismo. Se pidió la renuncia del presidente y la vicepresidente, o de solo la segunda. Se objetó el concepto de la inmunidad. Unos pidieron la reorganización de la SAT y el Ejecutivo. Algunos celebraron la prórroga del mandato de la CICIG, otros siguen pensando que su presencia retarda la reforma dentro del organismo judicial. Las pancartas exigiendo justicia ponen el peso precisamente en los jueces y magistrados. Otros más piden un voto coherente y la renovación de la clase política.

Y es que se avecinan las elecciones generales. El panorama cambió con la renuncia de Alejandro Sinibaldi del Partido Patriota. Anticipamos una reestructuración de las fuerzas partidistas antes de que se defina la contienda electoral. Con toda y la incertidumbre que ronda el proceso, ninguno de los candidatos nos satisface plenamente. La oferta no refleja nuestras preferencias, y también nos frustra no poder trasladar esta información a la clase política. Como electores tenemos tres alternativas: votar por un contendiente, anular el voto o abstenernos de votar.

Algunas voces se han elevado a favor del voto nulo, pero dicha opción es equiparable a salir a manifestar, pues a la larga, el juego político seguirá guiándose según las reglas vigentes. La mayoría de sistemas democráticos toman el voto nulo como un voto inválidamente emitido. Quien deliberadamente anula su voto se confunde con quienes lo hacen por equivocación o para perpetrar un fraude electoral. El mensaje que quiere enviar el votante pasa inadvertido.

El porcentaje de votos nulos tiene que ser lo suficientemente elevado e inusual como para comunicar la frustración ciudadana. Pero si la elección es determinada por los votos válidos emitidos, ganará quien obtenga mayoría contando los votos válidos. Nunca gana Nulo; se decretará un ganador.

Si emitimos un voto válido y marcamos la casilla por el candidato Z, los observadores sabrán que “Fulano prefiere a Z”. Internamente, podríamos estar pensando que Z es lo máximo, que es una figura mediocre, que su plataforma nos es indiferente, o que al votar por él logramos castigar a sus contrincantes, a quienes repudiamos más.

Es necesario reformar las actuales reglas del juego si queremos mejorar la calidad de la información que fluye entre el votante-ciudadano y el político. Y además, tenemos que ser realistas respecto de lo que podemos esperar de sistemas políticos participativos, porque nunca son la panacea.

Este artículo fue publicado el 1 de mayo del 2015 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

La ilustración fue adaptada del original en http://www.objectifgard.com/wp-content/uploads/2012/10/Elections.jpg

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