¿Puedo decir lo que se me antoje?

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El derecho a no ser ofendido choca con el derecho a expresarnos libremente.

Mi hija Ana tenía alrededor de tres años cuando nos encontramos a una amable tía abuela en el supermercado. Con cara de desagrado, Ana le preguntó directamente: “¿Usted porqué tiene los dientes amarillos?”. La elegante señora trató de alivianar el ambiente riendo, mostrando aún más su dentadura descolorada, mientras yo deseaba en vano que la tierra me tragara. A solas, tuvimos una conversación sobre los buenos modales. Pero la niña seguía intrigada, pues no recibió una explicación satisfactoria a su inquietud.

¿Ha pasado una vergüenza similar, estimado lector? Nuestras anécdotas nos ayudan a analizar la libertad de expresión. ¿Porqué la pregunta de Ana causó polémica? ¿Podemos decir lo que se nos antoje? Cabe imaginar dos principios extremos: el derecho absoluto a la libre expresión, y el derecho absoluto a no ser ofendido por lo que dicen otros. ¿Cuál principio conduce a una convivencia más digna? ¿Es posible o sano idear un punto intermedio?

Últimamente, el derecho a no ser ofendido parece ganar. Los caricaturistas de Charlie Hebdo pusieron en evidencia que satirizar a Mahoma o al Islam puede ser mortífero. Algunos musulmanes creen que deben matar a quien ofende a su profeta. ¡Es de agradecer que los cristianos, también criticados duramente, reaccionamos con más serenidad! Por otra parte, en algunas universidades estadounidenses obligan a los profesores a advertir a sus estudiantes sobre contenidos potencialmente ofensivos en sus cursos. Hasta un libro clásico como El Quijote puede ser considerado hiriente. Ahora se exige al claustro que fomente un ambiente libre de roces e incomodidades, previendo el impacto en sus susceptibles estudiantes que tendrán las lecturas, imágenes y discursos relacionados con su clase.

En ambos ejemplos asistimos a la muerte del intercambio abierto y honesto. Es imposible hacer valer el principio de cero-ofensas en una sociedad plural, poblada por personas distintas unas de otras, por lo cual es un falso derecho. Tal idea contribuye a un ambiente hostil, hipócrita y de mutua suspicacia.

Por el otro lado, si el derecho a expresarnos es absoluto, cualquiera puede decir lo que se le antoje. Sobre todo si señala una verdad. “La verdad duele”, dice el refrán. A veces, la verdad claramente señalada avanza el conocimiento y nos permite crecer. No en vano muchos escudos universitarios enarbolan la verdad como valor fundamental. Además, el dolor provocado al aludido puede ser una consecuencia no intencionada. Mi hija Ana ni siquiera pensó que su afirmación podía resultar ofensiva. Otros, sin embargo, deliberadamente atacarán con odio, aunque lo disfracen con humor, buscando un buen pleito.

Aún así, la ley debe acuerpar la libertad de expresión, opina Flemming Rose, el editor del periódico danés que comisionó las primeras caricaturas controversiales de Mahoma. Es preferible padecer una eventual ofensa que ser obligados, a través del poder coercitivo, a guardar silencio. Rose opina que la ley sí puede limitar la expresión para castigar la calumnia o difamación: la mentira asesina el honor y buen nombre de otros, inmerecidamente.

Quizás lo que hemos ido perdiendo es el sentido común: la decencia y la cortesía, no pelean con la libertad de expresión. La cortesía no es impuesta, sino practicada voluntariamente por personas que saben cómo hacer agradable la convivencia pacífica con otros.

Este artículo fue publicado el 10 de abril del 2015 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

Tomé la fotografía que acompaña este artículo en el Auditorio Juan Bautista Gutiérrez de la Universidad Francisco Marroquín, el miércoles 15, durante el Foro de Libertad de Expresión y Propiedad Privada organizado por el Centro Henry Hazlitt.  Los panelistas que aparecen en la foto son Marcel Granier y Luis Alfredo Herrera, ambos de Venezuela.  En el foro se discutió ampliamente los límites a la libertad de expresión que se han producido en Venezuela desde que Hugo Chávez llegó al poder.

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Las empresas privadas: ¿hacen bien?

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Incorporar a las empresas privadas dentro de la convivencia política y cívica representó un reto para la era moderna.

En “El bien que hacen las empresas”, Robert G. Kennedy argumenta que deberíamos poner más atención a los aportes que hacen las empresas a la vida en sociedad. Kennedy, profesor de filosofía y administración de empresas en la Universidad de Santo Tomás en Minnesota, nos aclara que la actividad comercial es tan antigua como el ser humano. No obstante, la empresa privada es un invento más reciente, pues adquirió el carácter de una organización o un sistema formal. Para empezar un negocio, hace falta inversión y también una clientela interesada en adquirir lo producido.

Es prácticamente imposible dimensionar lo disruptivas que fueron las empresas en sus inicios. Con su vitalidad y dinamismo, desataron la movilidad social y retaron la organización social feudal. Los marcos mentales de la época no tenían palabras para describir el fenómeno. Los escritores asociados con la Escuela de Salamanca, quizás porque tenían que atender las inquietudes éticas de fieles empresarios, estudiaron a fondo las ganancias, los intereses, la propiedad y otros aspectos de la actividad mercantil. Concluyeron que el comercio es un instrumento para promover la justicia y un vehículo para mejorar las condiciones de vida de la humanidad. En opinión de Kennedy, sin embargo, no comprendieron del todo que las empresas contribuyen a crear riqueza: “la Iglesia continuó viendo la actividad empresarial como posiblemente teñida por la avaricia y permanecieron insensibles a las posibilidades revolucionarias de la creación de riqueza.”

Solamente se combate la pobreza creando riqueza, pero a la fecha muchos religiosos sospechan del concepto de riqueza. Incluso filósofos griegos como Platón sostuvieron que es malo acumular dinero en exceso de las necesidades reales o percibidas de la persona. Cuando la persona centra su atención en amasar bienes materiales, olvida o desatiende preocupaciones morales y espirituales. La persona podría incluso dudar de la providencia divina si sus metas son el poder, el placer, la comodidad o el afán de blindarse contra las tempestades terrenales. Sin embargo, la Iglesia en ningún momento ha predicado que todos debemos permanecer pobres ni tampoco que debemos ambicionar ser pobres. No condena la prosperidad.

La prosperidad pueden contribuir al bien de la persona y de la sociedad, sobre todo cuando se emplean medios lícitos para alcanzarla. El buen trabajador se ejercita en virtudes más allá de la laboriosidad, pues para sacar adelante una empresa hacen falta honestidad, valentía, orden y otros hábitos virtuosos. Él cosecha frutos de su trabajo honrado y ético haciendo crecer la riqueza total disponible a la sociedad. Mejora su condición sirviendo a otros, no a costillas de los demás. Mi abuelo solía decir que los empresarios hacen como las campanas, “dan, dan, dan…”, porque el mercado premia a quienes mejor identifican y atienden la necesidad ajena.

Por otra parte, la empresa es una comunidad de personas, como lo es la familia y otras asociaciones voluntarias. Quien emprende no es un lobo solitario: es un ser social que conforma una comunidad. Los miembros del grupo se potencian unos a otros cuando el ambiente dentro del negocio es de mutuo respeto. Es cierto que algunas malas personas pueblan las empresas, pero ello no opaca el bien que hacen las empresas legítimas a los inversionistas, los empleados y los clientes. Según Kennedy, estas organizaciones contribuyen al bien común. No hace falta cargar a la empresa con responsabilidades extraordinarias que pudieran distraerla de su cometido original, pues su principal contribución a la sociedad es desempeñar con excelencia las tareas para las cuales fue diseñada.

Este artículo fue publicado el 27 de marzo del 2015 en la Revista Contra Poder y en el CEES.