Que no se multipliquen los pobres

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Desde sus oficinas en Washington, D.C. o Paris, funcionarios planifican cómo reducir la pobreza eliminando a los pobres, a través de programas estatales de control de la natalidad. ¿Hacen bien?

No, afirmó categóricamente el economista Julian Simon hace ya treinta y cinco años: “los datos no demuestran que una tasa más alta de crecimiento de la población haga disminuir la tasa de crecimiento económico, sea en los países subdesarrollados o sea en los países desarrollados.”

Históricamente, aduce Simon, períodos de rápido crecimiento poblacional antecedieron épocas de crecimiento económico. El ingreso per cápita a nivel global se multiplicó rápidamente entre 1900 y el 2000, más de lo que jamás hubiera agrandado, justo cuando la población mundial se incrementó notablemente. Lo mismo aconteció más recientemente en Taiwan y Corea del Sur. En “5 mitos sobre la sobrepoblación”, Tony Daly relata que entre 1960 y 1980, la economía de Corea del Sur prosperó a una tasa promedio de 6.2% y la de Taiwán creció a 7%. Este sorprendente ritmo acelerado y sostenido de enriquecimiento, se precedió de un alza poblacional también notorio.

Por otra parte, los territorios más densamente poblados del mundo son relativamente ricos. Macao tiene 21,190 habitantes por kilómetro cuadrado y un Producto Interno Bruto (PIB) per cápita por encima de US$ 91 mil. Le sigue Mónaco, con 18,475 habitantes por kilómetro cuadrado y un PIB per cápita de US$ 163 mil. La lista de los espacios densamente poblados continúa con Singapur, Hong Kong, Gibraltar y el Vaticano: en ninguno el ingreso promedio es mísero. Por contraste, hay países despoblados que reportan un ingreso per cápita paupérrimo, como es el caso de Somalia, Zimbabue, Liberia y la República Democrática del Congo.

En dos platos, los países pobres no son pobres porque están excesivamente poblados, sino porque han adoptado un marco institucional poco conducente al crecimiento económico. Las personas necesitan oportunidades de trabajo y ventanas para el emprendimiento, una mayor inversión, así como justicia y seguridad, antes que reducir el tamaño de sus familias.

Todo apunta a que debemos dibujar la flecha causal en la dirección opuesta. Naturalmente disminuye el número de niños nacidos a cada mujer conforme mejoran tanto el nivel de vida de las personas como el índice de mortalidad infantil. Explica Julian Simon que “cuando la gente ve que son necesarios menos nacimientos para conseguir un tamaño determinado de familia, ajustan su fertilidad disminuyéndola.”

Por otra parte, el invierno demográfico es una preocupación global: la tasa de fertilidad ha decrecido en los países en vías de desarrollo tanto como en los países desarrollados. La tasa promedio de fertilidad en los países menos desarrollados, agregados, bajó de 5.7 en 1970, a 2.6 niños por mujer en edad de procrear en el 2013. En este espacio de tiempo, en África, América y Asia también bajaron las tasas de fertilidad: de 6.7,4 y 5.4, respectivamente, a 4.7, 2.1 y 2.2 bebés por mujer en el 2013. Para el año 2060, se estima que la tasa de fertilidad en casi todos los continentes se aproxime a 1.9 hijos por mujer, exceptuando a África, donde la tasa será de aproximadamente 2.5. Dado que la tasa de reposición es de 2.1 hijos por mujer, esto significa una despoblación sin precedentes.

La ironía revelada por estos datos es que los planes para controlar coercitivamente el crecimiento poblacional no sólo son inmorales, sino además resultan innecesarios. La política represiva de un hijo por mujer practicada en la China no es el único ejemplo abominable: se documentan casos de esterilizaciones involuntarias alrededor del mundo, sobre todo entre campesinos y minorías étnicas. En lugar de jugar a Dios, arrebatando a selectas personas la libertad de decidir el tamaño de su familia en pareja, deberíamos estar pensando cómo generar más riqueza.

Este artículo se publicó el 30 de enero del 2015 en la Revista Contra Poder y CEES.

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