La postura católica frente al ambiente

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Hace meses se anunció que el Papa Francisco publicaría un documento sobre el medio ambiente, quizás una encíclica. ¿En qué consistiría un ambientalismo cristiano?

El aporte principal del cristianismo a los debates ambientales es afirmar el valor de la vida humana. Ningún ser humano que viene al mundo sale sobrando o es rechazado por Dios. Por ende, la protección y conservación del medio ambiente no justifica políticas coercitivas de control de la natalidad.

Una mentalidad antinatalista embarga el movimiento ambientalista. Arranca de la premisa que las personas dejan una huella permanente en la naturaleza, deteriorándola sin remedio. Todos los actos humanos producen externalidades, a juicio de los ambientalistas. Al respirar emitimos más dióxido de carbono que oxígeno, nuestras ruidosas voces distorsionan el entorno auditivo, y nuestros actos estropean lo que nos rodea. Nos retratan como la especie animal más depredadora que puebla la Tierra, consumidores insaciables de flora y fauna.

El mito de la sobrepoblación se acuerpa con el ambientalismo incluso desde antes que Thomas Robert Malthus escribiera su Ensayo sobre el principio de la población en 1798. Si producimos alimentos en insuficiente cantidad para alimentar a una creciente población, eventualmente se producirán terribles calamidades. Autores como Harrison Brown, Garrett Hardin, John Paul Holdren, y los esposos Paul y Anne Ehrlich agregaron leña al fuego. Por ejemplo, el geoquímico Brown abogó por el control de los armamentos y de la natalidad, siendo su libro más conocido El reto del futuro del hombre (1954). Escribió: “Los de mente débil, los retrasados, los tontos y lentos, y las personas por debajo del promedio en nuestra sociedad se reproducen a un ritmo mayor que las personas superiores en el tiempo presente…¿Hay algo que podamos hacer para evitar la degeneración de los genes humanos en el largo plazo? Desafortunadamente, ahora hay poco que podamos hacer, excepto prevenir que se reproduzcan las personas con evidentes deficiencias que son peligrosas a la sociedad y que son de sabida naturaleza hereditaria.”

Brown recomendó la esterilización por medio de un programa eugenésico, evidentemente involuntario. Pero existe también un Movimiento para la Extinción Voluntaria de los Humanos cuyo lema es “vivamos muchos años y muramos todos.” Dicho grupo propone que dejemos de tener hijos, dado que ya se rebasó la capacidad de carga del planeta, para así despoblar el mundo.

El Papa Francisco podría infundir al ambientalismo un tono menos lúgubre. Puede recordar al mundo que los demógrafos serios rebaten la tesis de la sobrepoblación, y se preocupan ahora por el envejecimiento poblacional y las bajas tasas de fertilidad. Desde la década de los setenta, los europeos se reproducen a tasas por debajo de la tasa de reemplazo de 2.1 hijos por mujer. Los pobres no lo son porque sean demasiados, sino porque sus instituciones políticas y económicas impiden el crecimiento económico.

El conocimiento de la economía—de cómo se crea riqueza—es una poderosa herramienta para conservar y restaurar ecosistemas. Se necesitan recursos e ingenio humano para idear soluciones eficaces.

La Iglesia Católica predica el destino universal de los bienes, es decir, que Dios confía la administración de los recursos a los hombres. Gozamos legítimamente de los frutos de nuestro trabajo, el cual transforma los bienes disponibles. El derecho a la propiedad privada es el medio idóneo para administrar la Creación, porque los dueños son conscientes guardianes que se preocupan por la conservación de los recursos en el largo plazo.

No sé qué dirá el Papa Francisco. Pero sinceramente espero que su pluma esté cargada de sabiduría económica y esperanza respecto de los seres humanos, y que haga eco de la cultura de la vida que tan enérgicamente promovió San Juan Pablo II.

Este artículo fue publicado el 16 de enero del 2015 en la Revista Contra Poder y CEES.

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Éxodo

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¿Se puede abordar el tema de la migración con tono objetivo y científico?

La mayoría de guatemaltecos cargamos nuestras discusiones sobre la migración de excesiva emoción, pues nuestras familias se ven afectadas directamente. Extrañamos a nuestros parientes que residen lejos, aunque les hablemos periódicamente y manden remesas. Algunos han perdido a seres queridos que probaron suerte viajando indocumentados hacia el Norte. Acusamos a los deportados retornados y a los recién llegados del campo de robarnos empleos y congestionar la ciudad. Las personas que van y vienen cambian nuestro entorno constantemente.

Éxodo, cómo la migración está cambiando nuestro mundo (2013), es el nuevo libro de Paul Collier, autor, economista y profesor en la Universidad de Oxford. Allí afirma que la discusión es delicada no solamente debido al tono íntimo que le inyectamos, sino por los matices políticos y raciales que tiñen los debates públicos. Persisten mentalidades racistas y xenofóbicas que se oponen a la inmigración de extraños a su terruño. Pero el racismo es como un costal tragalotodo, según Collier, porque perezosamente le achacamos causas y efectos que se deben propiamente a cuestiones de cultura, religión o niveles de ingreso. Carece de fundamento científico el supuesto que existen diferencias genéticas entre razas. Por tanto, el racismo no debe ser la clave para aceptar o repeler a extranjeros. En contraste, es legítimo evaluar el impacto de las migraciones en la cultura, pues ésta no es una herencia genética sino “un conjunto fluido de normas y hábitos con importantes consecuencias materiales”. Por ejemplo, no le da igual a los nativos de Inglaterra absorber a cientos de paquistanís que asimilan los estilos de vida británicos, que ver transformada su sociedad por patrones culturales dominantes, importados de Pakistán.

Collier sostiene que un estudio programático de la migración debe explorar los efectos para tres grupos poblacionales: los migrantes, los que se quedan atrás, y los que absorben o reciben inmigración. Su tesis principal es que quienes optan por movilizarse buscan modelos sociales exitosos. El “modelo social” abarca las instituciones, reglas, normas y organizaciones de un país. Los modelos sociales de los países más prósperos del planeta no son idénticos, aclara el autor, pero tienden a ser más funcionales que los modelos sociales en los países en vías de desarrollo.

Paremos oreja a este claro mensaje: un país de emigrantes, como el nuestro, es un país con un modelo social disfuncional. Para frenar el éxodo de compatriotas, debemos construir un Estado de Derecho sólido y estable. La calidad de nuestros mensajes internos ayudan a edificar la institucionalidad, y por tanto hemos de sustituir historias como “los chapines somos haraganes y corruptos” con alternativas como “somos emprendedores y topados”. Debemos contar con normas informales que reduzcan los índices de violencia y construyan confianza. La productividad mayor de los guatemaltecos emigrados en comparación con la de quienes permanecen aquí es atribuible a los incentivos que imperan sobre unos y otros. Collier lamenta que el movimiento de ideas y recursos hacia los países más pobres ha sido demasiado lento como para reducir la brecha entre países desarrollados y subdesarrollados.

El mejor futuro posible sería uno en el cual la economía mundial estuviera más integrada, con amplia libertad del intercambio, globalizando así la prosperidad y reduciendo el atractivo de migrar. “Aunque la migración internacional responde a la desigualdad mundial, no la cambia significativamente. Lo que guía la convergencia económica es la transformación de los modelos sociales que prevalecen en las sociedades más pobres,” concluye el autor.

Este artículo fue publicado el 9 de enero del 2015 en la Revista Contra Poder y CEES.

La foto de la carátula del libro es de http://ecx.images-amazon.com/images/I/41cKL2ZvLWL.jpg.

Sin tamales, sin fe

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Nuestras tradiciones navideñas son entrañables. Los guatemaltecos que viven fuera extrañan las posadas, los fantásticos nacimientos, el ponche y los tamales.

La Navidad fuera de Guatemala tiene un olor y sabor distinto. Sienten nostalgia por la intensidad de nuestras fiestas incluso los guatemaltecos que radican en países con arraigadas costumbres navideñas, que incluyen a Santa Claus, paisajes nevados y villancicos. Desde la Quema del Diablo hasta la venida de los Reyes Magos, los guatemaltecos vivimos una transformación exterior e interior. Es tiempo, ante todo, de amar. Nos volcamos en obras de caridad, así como en posadas y convivios, derrochando cariño hacia aquellas personas que con su amistad enriquecen nuestras vidas.

Para muchos, es tiempo de introspección espiritual. Delante del Niño Dios, acurrucado en el pesebre, reflexionamos sobre nuestra vida de piedad. Pedimos perdón por nuestras ofensas y gracia para ser mejores personas; pedimos que nos aumente la fe y el amor a Dios. Inventariamos las bendiciones que recibimos durante el año, incluyendo por los sucesos que a primera vista parecían pruebas dolorosas pero que nos hicieron crecer. Rogamos por la paz para Guatemala. Cobran un valor trascendente el tiempo de Adviento y las fiestas de fin de año cuando los abordamos con visión sobrenatural.

En estos días, la alegría ha sido el tema central de sermones y homilías, así como de los mensajes del Papa Francisco. No hay santo triste, nos recuerda Su Santidad. “El corazón del hombre desea alegría. Cada familia, cada pueblo, aspira a la felicidad,” dijo el pontífice el domingo 14 de diciembre a las más de 50 mil personas reunidas en la Plaza de San Pedro para escuchar sus palabras. Exhortó a los cristianos a ser “misioneros de la alegría”. La intensa y profunda alegría de sabernos hijos de Dios, amados infinitamente por Él. Tanto nos amó que se hizo Hombre y nació de la Virgen María. ¿Cómo no dar testimonio de este particular júbilo a través de nuestras obras y palabras?

Les propongo que agreguemos a nuestra lista de agradecimientos el poder demostrar nuestro gozo en público, con naturalidad y sencillez. Agradezcamos que la hostilidad secularista aún no haya logrado infectar a nuestra sociedad. Algunos grupos, sobre todo organizaciones ateas progresistas, alegan que les ofenden las muestras públicas de fe. Se empeñan por criminalizar la exposición de arbolitos, crucifijos y nacimientos. Un ejemplo muy sonado fue la colocación de una escultura abstracta metálica en Bélgica, en el 2012, en sustitución del tradicional árbol natural de Bruselas. Ante la protesta de miles de belgas, un oficial del ayuntamiento dijo que únicamente deseaban “modernizar los placeres de invierno”. Las autoridades dieron marcha atrás en años sucesivos.

Pese a el sentir popular, la guerra contra la Navidad persiste. Un juez ordenó que se desmantelara un nacimiento elaborado por empleados municipales en el pueblo francés La Roche-Sur-Yon, aduciendo que el emblema religioso es incompatible con el principio francés de “neutralidad religiosa en espacios públicos”. Grupos ateos demandaron a una estación de bomberos en Utica, Nueva York, por colocar un rótulo que dice “Feliz cumpleaños, Jesús, te amamos”. En una escuela de primaria en Massachusetts, el director decidió eliminar la aparición de Santa Claus de su “concierto de invierno”. Nada respecto del espectáculo musical puede aludir a la temporada. La decisión del director fue criticada incluso por padres de familia musulmanes y no creyentes, pues dijeron que les gusta celebrar distintas tradiciones culturales, y que Santa Claus ya no es necesariamente un símbolo cristiano.

Es un tiempo propicio para crecer espiritualmente, aferrarnos a nuestras tradiciones y dar gracias por la libertad religiosa que vivimos en Guatemala.

Este artículo fue publicado el 19 de diciembre del 2014 en la Revista Contra Poder y CEES.

Protestas en Nueva York y Ferguson: 123

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Estados Unidos vive una ola de protestas contra la brutalidad policíaca con tonos raciales. ¿Qué podemos aprender de estos casos?

El 17 de julio, el policía neoyorkino Daniel Pantaleo dominó a Eric Garner, un corpulento hombre afro-americano y padre de seis hijos, con una maniobra de inmovilización que lo mató. El 14 de agosto en Ferguson, Missouri, el policía Darren Wilson hirió a Michael Brown de 18 años. Los sucesos circundantes a las muertes fueron filmados y han sido vistos por miles de personas alrededor del mundo. Las cámaras confirman que Brown robó mercadería y discutió con la policía antes de ser baleado, y que Garner aparentemente no provocó al agente. Ambos policías fueron exonerados por jurados.

Las exoneraciones provocaron protestas a lo largo y ancho de Estados Unidos. La indignación por el caso de Nueva York es mayor pues la táctica que empleó Pantaleo es ilegal. Los manifestantes portan carteles con frases como “No puedo respirar”, las últimas palabras pronunciadas por Garner, “ya no más brutalidad policíaca”, y “¿Quién vigila a los vigilantes?”. Tales reclamos son justificados. Los abusos de poder y el ataque a personas indefensas por parte de nuestras autoridades debe preocuparnos.

Según diversas encuestas, sí existen policías agresivos que rompen las reglas, así como individuos racistas. Sus colegas tienden a no delatarlos. El 79% de los policías entrevistados dijeron que los frustra la impunidad, ya que muchos de sus capturados no son castigados por el sistema de justicia. Es una minoría la que opta por hacer justicia por mano propia. Según estos datos, son pocas las manzanas podridas dentro de los departamentos: el 9.5% de los policías citadinos son acusados de mala conducta, comparado con menos de 3% de los policías estatales y de condados. Hay departamentos más corruptos y maleados que otros, también, siendo el de Chicago uno de los más señalados. Quizás sean más transparentes las instituciones que atienden a comunidades locales y no a grandes áreas metropolitanas.

Por otra parte, no es sensato pintar los incidentes en Ferguson y Nueva York como evidencia de una persistente lucha racial. Según Jason Riley del Wall Street Journal, entre la población afroamericana, el 90% de las víctimas de homicidio son asesinados por otras personas de color, aunque algunos comentaristas responden que han disminuido las muertes entre personas del mismo perfil étnico desde los años sesentas. Trágicamente, los jóvenes negros enfrentan más probabilidades de morir violentamente que los jóvenes blancos. Más de la mitad de todos los crímenes en Estados Unidos son cometidos, según Riley, por afroamericanos, no por policías blancos. Casos como el de Garner y Brown son realmente la excepción.

En otras palabras, cuando los grupos de derechos humanos arman protestas y manifestaciones contra la violencia racial, callan esta realidad. No pueden esgrimir la bandera de víctimas por la criminalidad entre pares. Tendrían que revisar sus acostumbradas prescripciones socialistas y estatistas y volver la vista a causas profundas como la desintegración familiar, el desempleo y otros factores culturales de difícil solución.

La tercera lección destilada concierne la forma de manifestar. Por un lado, vemos grupos pacíficos portando rótulos y gritando consignas, ocupando banquetas designadas para el efecto. Por el otro lado, vemos cómo vándalos en Ferguson destruyen varias cuadras de comercios y aprovechan las protestas para robar mercadería. Docenas de manifestantes han sido arrestados en Nueva York y otras ciudades como Berkeley, donde los policías emplearon gas lacrimógeno luego de que manifestantes los agredieron con ladrillos, palos y más. Esta deplorable conducta deslegitima su propia causa. Como solían decir mis padres: dos males nunca hacen un bien.

Este artículo fue publicado el 12 de diciembre del 2014 en la Revista Contra Poder y el CEES.

La foto fue adaptada de http://media2.s-nbcnews.com/i/newscms/2014_33/617651/ferguson_f709a26487b364d732ecc40594d1561f.jpg

¿Somos millonarios, como Santa Claus?

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“Mama, ¿Santa Claus es millonario?” Mi hijo menor me miró atento, esperando una respuesta. Afortunadamente, sonreí y guardé silencio un rato, porque sus posteriores elucubraciones me deleitaron.

Mi hijo razonó que sólo un millonario podría adquirir y fabricar regalos para todos los niños del mundo en Nochebuena. Esta deducción deja bien parado a Papá Noel. Si asumimos según la tradición que Santa es mágico, entonces el acto de producir y distribuir regalos no conlleva costos de oportunidad, pues Santa puede hacer lo que se le antoje, prácticamente sin costo. Su gesto es generoso pero no tanto como lo sería si fuera millonario. Dado que Santa es reconocido por sus virtudes, sólo llegaría a amasar una fortuna a través de actividades económicas lícitas, satisfaciendo necesidades ajenas. Haría un doble bien como empresario y como filántropo. Y valdría más el gesto de repartir juguetes, porque encajaría con la verdadera definición de generosidad. La noción de un Papá Noel empresario enseñaría a los niños que cuesta trabajo conseguir y conservar nuestros ingresos, y que únicamente podemos disponer de los bienes que nos pertenecen.

Entretenida con estas fantasiosas reflexiones, revisé los periódicos y leí sobre la veloz aprobación de un abultado presupuesto gubernamental de Q70 mil 600 millones para el 2015. He aquí, pensé, una tercera y menos loable forma de ser “Santa”: financiar diversidad de gastos tras despojar a unos de sus bienes cobrando impuestos y contrayendo deuda pública. ¿Qué mérito hay en este tipo de transferencias? No son fruto de un trabajo productivo; los gobernantes no reparten sus propios ahorros. Se distribuyen “derechos”, no regalos, reclamados por beneficiarios despistados y poco agradecidos. La mística de gana-pierde bajo la cual opera la maquinaria estatal dista mucho del mágico gana-gana del Polo Norte, así como del positivo escenario dentro del cual transacciones libres de coacción generan riqueza.

Sin embargo, pareciera que un espíritu mágico invadió el Congreso el pasado 27 de noviembre. Tomó únicamente cuatro horas a los partidos opositores, usualmente en pugna, aprobar el Presupuesto del 2015. De ejecutarse completo, el gobierno gastará en un año el equivale a la totalidad del salario mínimo anual de casi 2 millones de guatemaltecos. ¿Estaremos los guatemaltecos tan embobados por el encanto navideño, que nos es indiferente el precio pagado por cada voto favorable al contubernio? Ascendió a Q. 500 mil por diputado, según Prensa Libre, ¿y dónde está la indignación generalizada? ¿Qué fórmulas matemáticas hechiceras permitirán a las autoridades cubrir el incremento presupuestario? ¿Realmente se recaudará más si se cobran nuevos impuestos a la telefonía fija y móvil, al cemento y la minería? ¿Será conveniente crecer la deuda pública emitiendo bonos y prestando más plata a organismos internacionales?

El saco de juguetes de Santa-Gobierno crece inexorablemente. El presupuesto gubernamental se duplicó en ocho años: del 2001 al 2009. En el 2009, nos alarmó la aprobación del presupuesto más grande de nuestra historia hasta entonces: Q 49 mil 713 millones. El ritmo de crecimiento del presupuesto se aceleró pues únicamente transcurrieron cinco años desde entonces.

Este fenómeno no es exclusivo a Guatemala o a esta era. En 1609, un sorprendido Juan de Mariana, sacerdote español, notaba que el presupuesto de la corte española era cuatro veces mayor que el de 1429, y que se había triplicado en 45 años, desde 1564. William Niskanen (1971) muestra que existe una tendencia al crecimiento del gobierno, y consecuentemente, del gasto público.

Si Guatemala fuera el Polo Norte y los gobernantes fueran Santa, sería innecesario limitar el gasto público. En la vida real, tanto gobernantes como gobernados debemos guardar mesura y detener esta tendencia al alza mediante una clara y funcional constitución fiscal.

Este artículo fue publicado el 5 de diciembre en la Revista Contra Poder y en CEES.

La foto fue adaptada de https://openclipart.org/image/800px/svg_to_png/1956/johnny-automatic-santa-and-his-bag.png

 

Envidia

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¿Porque los dueños de una empresa, ubicada en la entrada de Amatitlán, pintaron en la pared la frase “Sin envidias, alegrémonos del bien ajeno”?

Cada vez que paso por allí reflexiono sobre el grave daño que la envidia provoca en el interior de la persona y en la sociedad. La envidia juega un papel en las actitudes contra el emprendimiento y la creación de riqueza. Es el motor para la expoliación, la usurpación, las políticas redistributivas y la demagogia populista. ¿Cuánto bien habrá hecho esa empresa, tan sólo con difundir esa frase? ¿Y porqué la clase política en el país persiste en actitudes contrarias a la lección impartida?

El vicio de la envidia cobra nuevo protagonismo mundial junto con la desigualdad económica, uno de los nuevos mantras de la política internacional. En un artículo titulado “Envidia en la era de la desigualdad” (Spectator, 29-X-14), Samuel Gregg advierte que la potente mezcla de la envidia con la preocupación por la desigualdad “encamina a las políticas públicas hacia rumbos que no son ni económicamente sensatos ni políticamente sabios.” En el fondo, opina Gregg, evidencia una insatisfacción con los resultados que produce el proceso de mercado. Por otra parte, revela desconfianza y recelo entre grupos sociales o etnias.

Gregg aconseja afinar el lenguaje cuando abordamos el tema. No es lo mismo pobreza que desigualdad, ni tampoco es lo mismo ser desigual en ingresos que ser desigual en riqueza, educación o en acceso a tecnología. Tirar números al aire tampoco ayuda: la comparación entre el ingreso promedio de un obrero y el de un puñado de gerentes multimillonarios es poco realista, porque la verdadera brecha es menor cuando comparamos al asalariado con los miles y miles de gerentes cuya remuneración es más modesta.

Existe una desigualdad económica que es reflejo de la condición humana, de la diversidad de talentos naturales, y por tanto no es injusta. No es producto de privilegios y protecciones mercantilistas ni de prácticas ilícitas. Unos trabajan más, arriesgan más y asumen más responsabilidades que otros. La recompensa a su esfuerzo no vulnera a los demás. Además, en sistemas dinámicos el patrimonio familiar crece y cae a lo largo del tiempo.

Gregg estima que lo peor que podemos hacer es confundir igualdad política con igualdad económica. Los sistemas políticos participativos deben otorgar un trato parejo a todos los ciudadanos. Opina el filósofo francés Pierre Manent, citado por Gregg, que “las democracias gravitan hacia una fascinación por producir la igualdad total porque los sistemas democráticos obligan a todos a relacionarse unos con otros a través del medio de la igualdad democrática.” Llegamos a aspirar una igualdad material que choca con la realidad a nuestro alrededor, y por ende empezamos a resentir y envidiar el bien ajeno.

La tentación de igualar el ingreso a la fuerza, utilizando el Gobierno para despojar a unos de sus bienes y darlos a otros, es acentuada por dicha ilusión igualitaria en la política. Ya no sólo queremos ser iguales ante la Ley, sino iguales en posesiones. Gregg relata que Alexis de Tocqueville notó el fenómeno cuando viajó a Estados Unidos para evaluar su sistema democrático, y propuso tres posibles soluciones para moderar el vicio de la envidia. Primero, debemos asumir responsabilidad por forjar nuestro propio futuro. Segundo, los candados constitucionales deben evitar que el poder gubernamental se instrumentalizarse para servir impulsos envidiosos. El autor francés sabía que en ausencia de esos controles, los legisladores se plegarían a las demandas por la equidad. Y finalmente, las normas éticas y religiosas deben prevenirnos contra el peligro que encierra la envidia, no sólo para nuestro interior, sino para la cooperación social. Los guatemaltecos tenemos mucho que hacer en este campo.

Este artículo fue publicado el 28 de noviembre del 2014 en la Revista Contra Poder y el CEES.

 

Un índice de los índices

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Nos desilusionamos cuando Guatemala ocupa uno de los últimos puestos en un ranking mundial, y nos alegramos cuando sale bien evaluada. ¿Qué tan acertados son los dictámenes de estas populares mediciones?

Los índices sirven para destilar lecciones sobre cómo sacar adelante a Guatemala. Mis favoritos son los dos índices de la libertad económica, elaborados por el Instituto Fraser y el Instituto Heritage conjuntamente con el Wall Street Journal, y el Índice Haciendo Negocios del Banco Mundial.

Sin embargo, no todos los índices son iguales, según una evaluación de índices realizada por The Economist (8-XI-14) con base en la investigación de Beth Simmons de la Universidad de Harvard y Judith Kelley de la Universidad de Duke. Ellas afirman que en los últimos veinte años se produjo una explosión de índices. Esto puede deberse al hecho que los números brindan un aparente respaldo a distintas causas. Como dijo Bill Gates una vez, si no puedes medir un fenómeno, no existe. Con el advenimiento del internet, se facilitó la difusión de las mediciones; unos estudios han sido citados millones de veces. Kelley y Simmons fijan el despegue a finales de la década de los setenta, con la introducción de dos o tres índices activos. Ya para el 2004, existía una centena. Y esa cifra se duplicó en diez años, aunque de los 200 instrumentos creados, cincuenta ya no están activos.

La cautela es necesaria, empero, porque la confiabilidad de los índices varía. Los mejores son meticulosos y cuidan la estandarización de múltiples indicadores de país en país, como sería el caso del índice educativo Programa para la Evaluación International de Alumnos de la OCDE, mejor conocido como PISA, por sus siglas en inglés. Pero algunos países no tienen la disposición o la capacidad de levantar estadísticas objetivas, o bien usan parámetros distintos para medir una misma cosa. Adicionalmente, no todo es cuantificable, por lo que se recurre a encuestas para aproximarse a asuntos como la felicidad, la democracia o la corrupción, por ejemplo.

Un vistazo a los índices de la felicidad en competencia, revela la subjetividad en el diseño de las fórmulas. El mismo país puede sobresalir en el Índice del Planeta Feliz y obtener una nota desfavorable en el Índice Mundial de la Felicidad. The Economist lo resume así: “seleccionar qué incluir en la fórmula con frecuencia significa tratar de aislar conceptos escurridizos e inyectar criterios subjetivos.”

Más interesante me pareció la observación de Kelley y Simmons respecto de la motivación para crear índices: más y más, los gobiernos, las ONGs y otros grupos de interés diseñan estas herramientas para lograr la aprobación de nuevas leyes o programas. Aquí ocurre lo que George Stigler previó para la regulación de la industria: una captura por parte del regulado. Stigler entrevió que aunque la regulación surge para controlar o restringir a la industria, ésta pronto aprende a emplear la regulación como un escudo protector de sus intereses. Los primeros índices pretendían ayudar a juzgar la conveniencia de ciertas políticas públicas, pero ahora los formuladores de políticas públicas usan las mediciones para apuntalar sus planes.

Un ejemplo es el informe sobre el tráfico de personas (TIP), el cual, según algunos observadores, es elaborado por el Departamento de Estado de Estados Unidos con base de datos poco confiables. The Economist señala que el índice se ha convertido en un arma de poder suave, porque excusa la remoción de la cooperación internacional y otras inversiones en los países que coloca en la lista negra.

En resumen, iniciativas bien intencionadas pueden premiar o castigar a países e individuos a partir de datos poco firmes. Como sucede en otros mercados competitivos, esperaríamos que prosperen únicamente los índices más exactos y veraces, y que sus lectores mantengamos un ojo crítico.

Este artículo fue publicado el 21 de noviembre del 2014 en la Revista Contra Poder y el CEES.

Foto propia de la portada del artículo de The Economist.