Humildad

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Nos sirve reconocer que aún en el presente hay personas santas que desempeñan sus quehaceres ordinarios sin llamar la atención pero con excelencia. Al declarar beato a Álvaro del Portillo, la Iglesia Católica nos invita a seguir su ejemplo.

Podemos aprender a vivir la humildad estudiando la vida del beato Álvaro del Portillo (1914-1994), doctor ingeniero y doctor en derecho canónico. Tras su incorporación al Opus Dei en 1935, se convirtió en la mano derecha del fundador, San Josemaría Escrivá de Balaguer. En 1944, se ordenó sacerdote. Fue electo primer sucesor de San Josemaría luego de su fallecimiento en 1975 e hizo cabeza durante 19 años como “Padre”, título cariñoso para designar al Prelado de esa gran familia espiritual.

El pasado 27 de septiembre, Álvaro del Portillo oficialmente superó la tercera de cuatro etapas en el proceso de canonización y ha sido declarado beato, palabra que literalmente quiere decir feliz o bienaventurado. Como otras personas que merecen este título, murió con fama de santidad, habiéndose ejercitado en múltiples virtudes en grado heroico, entre ellas la fidelidad, la laboriosidad, la mansedumbre y la pureza de corazón. Pero se distinguió en la práctica de la humildad, dijo el Cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, a las 100,000 personas que participaron de la misa de beatificación en las afueras de Madrid.

Monseñor del Portillo incluso ha sido descrito por personas que lo trataron como “la humildad en persona.” Imitó en su sencillez y servicialidad a Jesucristo y a su madre María, a quien tenía una profunda devoción. No buscaba reconocimientos ni premios y jamás presumió de su inteligencia y sus abundantes logros profesionales y espirituales. El Cardenal Amato explicó en su homilía que el nuevo beato repetía frecuentemente dos frases: “sin humildad, no hay virtud que lo sea”, de las Novelas Ejemplares por Cervantes, y la jaculatoria “no despreciarás, oh Dios, un corazón contrito y humillado”. Aprendió del fundador un consejo originalmente pronunciado por un sacerdote y educador español, San José de Calasanz, que él también solía dar: “Si quieres ser santo, sé humilde; si quieres ser más santo, sé más humilde; si quieres ser muy santo, sé muy humilde.”

El Cardenal Amato afirmó que “su humildad no era áspera, llamativa, exasperada; sino cariñosa, alegre.” Las palabras de Amato hacen recordar una anécdota narrada por José Luis Múzquiz, quien fue uno de los primeros tres sacerdotes del Opus Dei, junto con don Álvaro y don José María Hernández Guernica. Dado que ocupaba el cargo de Secretario General, a don Álvaro le tocaba hacer cabeza cuando San Josemaría salía de Madrid para dar cursos de retiro a sacerdotes y para realizar otras gestiones. Pese a su autoridad, Del Portillo consultaba al fundador las inquietudes que le planteaban los demás antes de dar una respuesta. Escribe Múzquiz, que “no era indecisión o timidez; era humildad: conciencia de que san Josemaría poseía las gracias especiales del fundador.”

En una carta que escribió San Josemaría en febrero de 1950 a sus fieles, se aprecia lo instrumental que llegó a ser Álvaro del Portillo en el desarrollo del Opus Dei. El médico tratante de don Álvaro les había informado que tenía que operarlo por una apendicitis, luego de que el paciente se hubiera aguantado el dolor todo lo posible con el fin de cumplir con sus muchas tareas. “Encomendadlo,” escribió San Josemaría, “porque, aunque sólo sea una operación corriente, para nosotros es un gran lío: no tengo quienes le puedan sustituir, en el montón de asuntos de la Obra, que él lleva”. El apodo que le puso San Josemaría al nuevo beato, “Saxum” o roca, lo dice todo. Para el fundador, don Álvaro era una firme roca de apoyo porque era un fiel y eficiente colaborador, pero también porque don Álvaro comprendió a la perfección lo que Dios le pedía hacer a través de su Obra.

Este artículo salió publicado el viernes 3 de octubre del 2014 en la Revista Contra Poder y CEES.

La foto es origina de M.E.Rodríguez y es el amanecer sobre el altar donde se celebró la misa de beatificación, en Madrid, España.

 

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