Los jóvenes y la felicidad

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A la sociedad guatemalteca le convendría revalorizar el trabajo bien hecho y flexibilizar el mercado laboral. 

Algunos de mis alumnos comentaron en clase la apatía y desilusión que invade a algunos miembros de su generación. Mencionaron las crecientes tasas de suicidio alrededor del mundo: según estadísticas de la Organización Mundial de la Salud, el suicidio es una de las tres principales causas de muerte para hombres y mujeres entre los 15 y 44 años de edad. Me dejó qué pensar el analítico exabrupto de una jovencita: “¡es que a nuestra generación la pusieron en pausa!” Los programas de televisión, la música, y hasta sus maestros y padres les aconsejan despreocuparse y divertirse—ya vendrá luego la adultez. Pero posponer, o ponerse en suspenso, equivale a soltar el timón de la propia vida, y como resultado, los jóvenes no experimentan la felicidad, aunque estén distraídos y entretenidos.

No se trata tampoco de corretear la felicidad, pues es elusiva. Aún así, décadas de investigaciones acerca del fenómeno nos permite comprender mejor cómo acceder a la felicidad. El investigador Arthur Brooks ha leído la mayor parte de esta literatura y destila la siguiente conclusión: “los científicos sociales atribuyen la felicidad a tres fuentes principales: genes, eventos y valores.” El trabajo de Brooks en este campo constituye una posible respuesta a las inquietudes que expresaron mis estudiantes.

Investigadores de la Universidad de Minnesota comprobaron el factor genético a través de un estudio que sigue las vidas de cientos de hermanos gemelos, separados al nacer y dados en adopción. A pesar de haber sido criados por padres diferentes, los científicos detectaron pares de gemelos más felices que otros. Concluyen que el 48 por ciento de la felicidad es determinada por la genética.

Los eventos significativos, como contraer matrimonio o acceder al empleo de nuestros sueños, también impactan sobre nuestro estado de ánimo. Aproximadamente el 40% de nuestra felicidad se debe a este factor. Sin embargo, señala Brooks, la felicidad que deriva de estos grandes eventos no siempre es duradera. A veces invertimos años de esfuerzo en alcanzar una meta y a los pocos meses, ya se habrá disipado la alegría que nos produjo el logro.

Brooks dice que la buena noticia es que, si bien no podemos controlar la variable de los genes ni tampoco las consecuencias reales de los grandes eventos, sí podemos controlar la variable de los valores, a la cual se atribuye el restante 12%. Invertir en cuatro valores es el “camino más seguro” hacia la felicidad, dice el autor. Estos cuatro valores son familia, vida espiritual, comunidad y trabajo.

Las primeras tres nos resultan obvias. La mayoría de nosotros hemos experimentado en carne propia cómo invertir el tiempo en familia, amigos y vecinos trae réditos. La paz interior deviene de poner atención a la parte espiritual de nuestras vidas. El rubro del trabajo puede ser menos evidente, porque estamos acostumbrados a verlo como una obligación, un mal necesario, un esfuerzo que debemos realizar para ganarnos el pan de cada día.

Brooks cita otro estudio revelador. Le preguntaron a miles de personas en Estados Unidos: “¿Está usted satisfecho con su trabajo, considerando todos los factores?”. Los resultados sorprendieron incluso a los encuestadores: el 50% de los entrevistados dijeron estar muy satisfechos o completamente satisfechos. Sumando a los medianamente satisfechos, el monto sube a 80%. No importa el nivel educativo ni el nivel de ingresos de las personas, el resultado es consistente.

Nos resulta gratificante merecer los frutos del trabajo. Acceder a logros mediante nuestro esfuerzo es una de las fuentes de felicidad, y la juventud “en pausa” se está perdiendo de esta experiencia.

Este artículo fue publicado el 5 de septiembre del 2014 en la Revista Contra Poder y el CEES.

**En el Índice del Planeta Feliz, Guatemala ocupa el 10 lugar–un buen punteo. Este índice otorga peso a un factor denominado “huella ecológica”. Pero en el Índice de Felicidad de la ONU, los primeros lugares suelen llevárselos países como Suiza, Suecia, Los Países Bajos, Noruega y Dinamarca, países que también rinden bien en otros índices de bienestar económico y libertad.

 

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