Información, mercado y política

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Cuando la Casa de los Comunes del Reino Unido decretó la estatización de los faros, en 1834, los diputados emitieron un reporte justificando su decisión. El reporte es tan actual hoy como hace 180 años: los políticos alrededor del mundo siguen dictando este discurso.

Los diputados británicos explicaron en 1834 que tenían que confiscar los faros*, primero para imponer la homogeneización de las tarifas y las reglas. Cuando cada inversionista que construye y opera un faro establece su propio régimen de cobro a los navegantes, reina el caos y la confusión. Segundo, los diputados adujeron que los servidores públicos toman mejores decisiones que los agentes privados. Fijan políticas uniformes con base en información completa, y por tanto cosechan resultados eficientes y evitan naufragios y tragedias. Tercero, los dueños privados buscan cobrar altas tarifas movidos por su afán de lucro, pero conviene a la nación atraer más barcos, cobrando un impuesto bajo, o incluso eliminando el cobro. ¿Cómo no van a preferir los navíos atracar en costas inglesas, si pueden hacerlo gratuitamente?

Este ejemplo histórico revela porqué el discurso político nos conquista. El político nos ablanda susurrando: descanse tranquilo, porque yo vengo a cargar su yugo y velar por sus intereses, que conozco perfectamente. La alternativa a su suave promesa es asumir la responsabilidad y las consecuencias de las decisiones propias, lo cual luce más oneroso.

Es un espejismo, ya que no se reducen los costos al trasladar las decisiones del plano económico al plano político. En ambos campos se asignan recursos escasos. La autoridad central que construye y opera los faros eroga millones de libras esterlinas, pero distribuye los gastos entre miles de tributarios. En el mercado quien compra un artículo lo paga directamente, pero en el mercado político el pago queda diluido, oculto o diferido. Estudios en distintos países han revelado, por ejemplo, que las escuelas privadas tienen costos inferiores a las escuelas gubernamentales por niño atendido, pero el estudiante dentro del aparato público cree que le atienden gratuitamente porque nunca se deletrea el costo real de sus estudios. Aunque se conocen mecanismos más eficaces para surtir servicios a personas de escasos recursos, se perpetúan programas y proyectos ineficientes.

Una falacia subyacente al razonamiento de los congresistas británicos se relaciona con la información. Centralizar las decisiones en un ente oficial centraliza la generación de datos. Idealmente, los especialistas gubernamentales tendrían acceso a todo conocimiento, pero en la práctica es evidente que los tecnócratas no necesariamente saben más que los actores económicos. De hecho, el monopolio estatal mata una importante fuente de información: el sistema de precios producto del voluntario intercambio entre oferentes y demandantes. En ausencia de un dinámico y libre sistema de precios, se seca la retroalimentación sobre las preferencias y la demanda de bienes y servicios. Un tecnócrata que intenta proveer bienes públicos a la sociedad pronto constata que no logra discernir a ciencia cierta, por muchas encuestas que levante, qué producir, en qué cantidades y a qué precio.

La falta de innovación y de creatividad es otra grave pérdida que asume la sociedad como resultado de la centralización y la estatización del servicio. El aparente caos de la diversidad trae consigo la posibilidad de comparar métodos administrativos y productos de variada calidad. Los faros que prestan una excelente atención pronto son imitados y hasta superados por competidores. Se motiva la mejora en la prestación de los servicios y la introducción de nuevas tecnologías. En cambio, los entes monopólicos gubernamentales operan con base en la tecnología existente al momento de centralizar, pues carecen de incentivos para experimentar.

Ciento ochenta años más tarde, uno pensaría que los ciudadanos seríamos capaces de resistir a los cantos de sirenas políticos.

*El comunicado oficial de la Casa de los Comunes es citado por Ronald Coase en su épico artículo The Lighthouse in Economics (1974).

Este artículo fue publicado el 25 de julio del 2014 en la Revista Contra Poder y en el CEES.

 

 

 

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