Don Javier Echevarría en Guatemala

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Las buenas personas nos atraen con su mirada transparente, su trato sencillo y su alegría. Como no están hechas de un barro distinto al nuestro, podemos aprender de ellas e imitarlas.

Una vez le rogaron al actual Prelado del Opus Dei, don Javier Echevarría, que diera ejemplos de puntos de lucha del fundador, San Josemaría Escrivá de Balaguer. Quizás quien planteaba la pregunta suponía que algunos la tienen fácil y “nacen” santos. Don Javier respondió que su antecesor luchó diariamente contra defectos personales, como su temperamento enojado, para mantenerse unido a Dios. Se indignaba fuertemente cuando percibía que algo se ejecutaba con mediocridad. Pero, recordó el prelado, San Josemaría acostumbraba pedir perdón porque no era su intención mortificar a los demás con un comentario cortante. San Josemaría enseñó que la santidad no es más que la constante lucha contra los defectos propios, para hacer lo que corresponde sin excusas.

Don Javier Echevarría absorbió las lecciones impartidas por Escrivá pues permaneció a su lado entre 1950 y 1975. Nació en Madrid en 1932. Cuando rozaba los veinte años, antes de ordenarse sacerdote en 1955, San Josemaría le pidió que se desempeñara como su secretario personal. Pasó a ocupar la Secretaría General después de fallecer el fundador en 1975. Cuando en 1982 el pontífice erigió al Opus Dei en prelatura personal, ocupó el cargo de Vicario General. Tras la partida de Álvaro del Portillo, primer sucesor de San Josemaría, en marzo de 1994, el Consejo General del Opus Dei lo nombró segundo sucesor, o como se le dice cariñosamente, Padre. Recibió el título de obispo titular de Cilibia del Papa Juan Pablo II, pocos meses más tarde.

El anuncio de su visita a Centroamérica a partir de hoy, viernes 18 de julio, fue motivo de alegría y sorpresa. Por bien que se encuentre de salud, el viaje transatlántico a sus 82 años supondrá un esfuerzo; además, recién completó dos viajes pastorales a Asia y a Tierra Santa. Será, por tanto, un privilegio conocer sus memorias y consejos durante la tertulia general que se llevará a cabo el domingo 20 en el Estadio La Pedrera.

Escuchar al Padre en vivo seguramente nos impactará tanto como leer sus escritos. Y es que además de haber convivido con dos santos, el Padre es un esmerado académico y autor. Posee doctorados en Derecho Canónigo y Derecho Civil. A continuación, unos párrafos encendidos de uno de sus libros, Itinerarios de Vida Cristiana (2001).

Escribe Javier Echevarría que Jesucristo nos sigue llamando a la conversión. “Cada instante de Jesús a nuestro lado encierra la invitación a una fiesta, a un encuentro personal con el único ser—el propio Dios—que puede satisfacer las necesidades más profundas del corazón,” afirma. Experimentamos pequeñas y grandes conversiones a lo largo de nuestras vidas una vez aceptamos, voluntariamente y por amor, esta invitación.

Dios no busca “verborrea engolada” sino “plegaria sencilla”, de allí que cada cristiano debe aprender a tratarlo íntimamente. Nos dice el Padre que “la oración se nos revela como el reino de la verdadera libertad: de la libertad del Espíritu Santo, que sopla cuando quiere y como quiere; y de la nuestra porque, sabiéndonos hijos de Dios Padre y hermanos de Cristo, nos sentimos en familia y nos expresamos con espontaneidad.”

El hilo conductor de la obra Itinerarios de Vida Cristiana, que explora lo que significa ser cristiano en el siglo XXI, es la alegría al alcance de todas las personas. Los cristianos luchadores son felices en este mundo, aún cuando encaran circunstancias dolorosas. En los últimos párrafos, Don Javier subraya el mensaje: “A decir verdad, no existe más que un verdadero enemigo de la alegría: el pecado, el propio pecado, y especialmente el pecado contra la fe que, por destruir el amor y la confianza en Dios, deja al hombre solo consigo mismo.”

Este artículo fue publicado el 18 de julio del 2014 en la Revista Contra Poder y el CEES.

La fotografía no es propia, es tomada de la página oficial del Opus Dei.  Muestra al Prelado en el escenario del Estadio La Pedrera, dirigiendo unas palabras a miles de guatemaltecos.

 

 

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El comunicado de la Conferencia Episcopal

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La humanidad aprendió cómo generar el progreso y el florecimiento personal, pero se interponen en el camino complejos obstáculos políticos, legales e ideológicos. ¿Cómo podemos los guatemaltecos crear un entorno pacífico, libre y próspero?

El comunicado de la Conferencia Episcopal de Guatemala titulado “Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia”, emitido el 1 de julio, invita a los fieles laicos a analizar algunos preocupantes problemas nacionales. El comunicado está compuesto por un listado de siete dilemas, seguido de seis propuestas de acción, que giran en torno a los patrones recientes de migración, el desempleo, la violencia, el elevado costo de la energía eléctrica y las medicinas, los disturbios por la minería y, en el ámbito jurídico, el abuso a los amparos.

Al estudiar el documento salta a la vista que los problemas sociales son, en el fondo, problemas económicos. ¡Qué importante es comprender cómo funcionan los mercados! Además, las situaciones descritas por los obispos presentan aristas legales y políticas: el conjunto de reglas que enmarca la actividad económica afecta los resultados cosechados.

Considero que la Conferencia Episcopal pone el dedo en la llaga al enfocarse en la necesidad de generar más y mejores condiciones para prosperar. La única vía para salir del pozo de la pobreza es generando riqueza. Cuando los guatemaltecos confronten una amplia oferta de trabajos, las tasas de desempleo y subempleo descenderán, y la sana competencia pujará los salarios para arriba. No arriesgaremos la vida y la unidad familiar migrando a tierras lejanas en busca de oportunidades. En palabras del sacerdote Robert Sirico, “la creación y la conquista de un empleo remunerado acaba con el círculo vicioso de la dependencia y empieza el círculo virtuoso de la participación en la economía de mercado. Los trabajos son el mejor programa anti-pobreza en el mundo.”

El trabajo es una vocación, no un castigo, predica la Iglesia Católica. El trabajo nos dignifica, así cosechemos café, procesemos metales o desarrollemos software. Como pastores, los sacerdotes comparten la desesperación de los padres cuando no pueden proveer el sustento a sus familias. Es preciso reconocer el valor de la creatividad, el ahorro y la inversión que facultan al empresario crear empleos. Debemos potenciar las relaciones laborales contractuales, cordiales y claras, dentro de un mercado abierto y dinámico, al tiempo que evitamos las políticas y leyes que entrampan el surgimiento de nuevas plazas. La Conferencia Episcopal señala acertadamente que “la migración solo disminuiría si en el país crecieran las oportunidades de ingreso, se facilitara mayor inversión de capital y se dieran políticas públicas orientadas no solo al gasto público, al derroche clientelar o a la corrupción pura y dura sino al favorecimiento de generación de empleos productivos.”

La infraestructura energética contribuye a atraer la inversión. De allí que los obispos se pronuncien a favor de las hidroeléctricas. La violencia, en cambio, ahuyenta el emprendimiento económico. Siendo el combate al crimen una tarea prioritaria del gobierno, “la enorme debilidad del Estado en todo el sistema de justicia” queda evidenciada por los índices altos de violencia en Guatemala. No se originaron en la región dos fuertes lastres—la guerra contra las drogas y las maras—pero cabe admitir que lejos de producir la paz, las estrategias gubernamentales adoptadas a la fecha para resolver estos males han cobrado vidas y causado más zozobra. Caminaremos en la dirección correcta si se convence a la ciudadanía que los linchamientos, los bochinches, los ataques a la propiedad ajena y otros medios violentos aumentan, no reducen, la conflictividad.

Pese a nuestros graves problemas, como los obispos, yo albergo la esperanza de vivir en una sociedad que propicie el florecimiento de toda persona humana.

Este artículo fue publicado el 11 de julio del 2014 en la Revista Contra Poder y en CEES.

La foto es mía.

 

Walmart contra Starbucks

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Es común ilustrar lo malo y lo bueno del capitalismo refiriéndose a empresas como Walmart y Starbucks, respectivamente. ¿Ha escuchado usted estas comparaciones, a veces falsas?

Recién leí dos notas en Internet de procedencia distinta que reflejan ese sentir. El almacén Walmart ha sido acusado de ser un voraz monopolio multinacional que atiende mal al cliente, cobra precios injustos y trata mal al empleado. En cambio, Starbucks tiene la reputación de ser un negocio pequeño y familiar que se preocupa por el ambiente, el empleado y el comensal. Starbucks aboga por las causas sociales de moda; Walmart aparentemente no. Ambas apreciaciones son inexactas, como veremos a continuación.

¿Qué características separan a los buenos de los malos empresarios? Mi abuelo solía decir que en el mercado, las personas deben hacer como las campanas: dan-dan-dan. En un entorno competitivo, el consumidor recompensa a quien identifica correctamente sus necesidades y las sirve. El emprendimiento, la inversión y el trabajo honrado mediante el cual se producen y comercian bienes y servicios lícitos, por tanto, no son automáticamente censurables. Las transacciones de compra-venta y los contratos que son voluntarios y transparentes, por definición, excluyen la coacción o el engaño. Los abusos monopólicos y los privilegios artificiales se evitan liberando la entrada al mercado y la salida del mismo; todo agente económico está así sujeto al rigor de la competencia.

Hay que jugar limpio: importa la responsabilidad con que los individuos asumen las consecuencias de sus actos a lo largo del proceso productivo. No obstante, la opinión pública se fija en el tamaño de la empresa o en actos periféricos. Se piensa que si el negocio es grande, seguramente hay gato encerrado. Pero si hace donaciones o financia bellas campañas publicitarias, es noble. Por alguna razón, hoy se admira más a quien dona parte de sus utilidades, que a quien reinvierte en la ampliación del negocio, aunque crear plazas de trabajo redunde en mayores beneficios sociales que regalar cosas.

Estas preconcepciones afloran en el artículo “El papá corporativo” por Timothy Egan, del New York Times, para citar un ejemplo. Egan compara a Walmart con Starbucks para desprestigiar a la primera. Los hechos, sin embargo, revelan que tanto Walmart como Starbucks califican como corporaciones gigantes y que el trato al empleado es similar en ambas empresas. Starbucks tiene tres veces más tiendas que Walmart, 151,000 empleados de tiempo completo y genera anualmente alrededor de $15 mil millones en ingresos. Walmart tiene 1.7 millones de empleados y el año pasado sus ganancias superaron los $17 mil millones. Por otra parte, circula en Internet la columna de Egan con anotaciones en rojo hechas por un ejecutivo de Walmart, aclarando, entre otras cosas, que las acusaciones de explotación al trabajador son falsas.

Starbucks deslumbra a Egan con su reciente ofrecimiento de “invertir” en becas universitarias gratuitas para cualquier empleado. En realidad, ofrecen a los empleados la posibilidad de asignarse cursos en línea con la Universidad Estatal de Arizona (ASU) a precios subsidiados. Joe Carter, autor de “Coffee and Cronyism”, revela algo que Egan calla, y es que Starbucks no pondrá un centavo. Los contribuyentes estadounidenses sufragarán los gastos, a través de ayudas federales directas a ASU. Starbucks se atribuye una ayuda que no le costó nada, sentencia Carter. Egan tampoco menciona el programa de becas de Walmart, que es más flexible y funciona desde el 2010. ¡Ahh! ¿Y porqué Starbucks apoya un salario mínimo federal elevado? Podrían pagar más por su cuenta, pero la legislación eliminaría a competidores pequeños y medianos del mercado, agrega Carter. Aprovecharse del poder estatal para sacar ventaja es jugar sucio—amerita la etiqueta de mercantilismo y no capitalismo.

Este artículo fue publicado el 4 de julio de 2014 en la Revista Contra Poder y en CEES.

 

 

 

 

 

Niños viajando con niños

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Nuestra promesa, nuestro futuro, camina hacia el norte en busca de mejores oportunidades. ¿Vale la pena asumir tantos riesgos?

Es contrario a la naturaleza humana desamparar a un hijo. Nuestros hijos son nuestro mayor tesoro. Por eso, chocan las imágenes de niños cruzando la frontera solos. Dichos reportajes revelan ya no sólo a adolescentes devenidos adultos por una vida dura, sino niños de aproximadamente diez años de edad, y aún menores. Abandonados en la frontera por el coyote, esperan ser detectados por agentes estadounidenses y llevados a un centro de detención. Según algunas fuentes, el número de guatemaltecos menores que viajan al norte se incrementó en 1,200% en pocos meses; se estima que entre 35,000 y 42,000 niños de Guatemala, El Salvador y Honduras han migrado recientemente. Los centros de detención están sobrepoblados; han habilitado bases navales y escuelas para albergarlos.

El reportero de Fox News, Charles Krauthammer, señala con razón que la pobreza y la violencia no explican este nuevo fenómeno porque en los tres países centroamericanos los índices de pobreza y violencia han sido constantemente mayores que los de Estados Unidos. Las mediciones tendrían que reseñar un significativo repunte en la delincuencia como para explicar la oleada de niños, expuestos a múltiples riesgos en su trayecto hacia el norte. Según Charles Parkinson de www.insightcrime.org, las estadísticas sí muestran un alza moderada en la violencia, principalmente en Honduras, pero este aumento no es abrupto ni masivo. Además, al ser encuestados, los niños no señalan de forma abrumadora que vengan huyendo de agresiones terribles ni de la indigencia.

Entonces, ¿qué otras hipótesis podemos formular? Una poderosa motivación es reunificar a familias largamente separadas. Es el caso de Elva Marroquín, relatado en un artículo publicado por CNN.** Ella y su esposo llevan seis años trabajando ilegalmente en Estados Unidos, sin ver a sus hijos de 10 y 7 años. Los chicos emprendieron el viaje sin compañía adulta cuando sus papás los mandaron a llamar. Elva sufrió angustia porque les perdieron el rastro, hasta que recibieron una llamada de un supuesto oficial de migración de Texas. La llamada se cortó y no han vuelto a saber de ellos. Elva se alegró de saberlos con vida, pero está asustada porque intuye que pudieran estar en manos de personas inescrupulosas.

La circulación de mala información también explica este fenómeno. Guisela Roldán, de la Asociación Pro Migrantes Centroamericanos (AMI), me contó que algunas familias creen, erróneamente, que será más fácil conseguir un estatus legal si tienen hijos viviendo en Estados Unidos. Por eso, quienes viven indocumentados en Estados Unidos mandan a llamar a sus niños, y quienes anhelan irse, los mandan de avanzada. Adicionalmente, los coyotes cobran más por transportar a menores porque los chicos centroamericanos no son deportados automáticamente. En efecto, la legislación creó un limbo para los pequeños porque ni los deportan ni los entregan a sus parientes que se encuentran laborando allá ilegalmente.

Esta crisis pone de relieve una realidad nacional: la desintegración familiar no siempre se debe a maldad, ignorancia o negligencia. A veces se desarticula el núcleo por amor al hijo, porque migrar se considera superior a las alternativas. Considerando el valor que tiene para un niño crecer en un hogar unido, junto a su padre y su madre, duele el hecho que muchas familias guatemaltecas apuesten por la separación. ¿Cuán responsables son las legislaciones guatemaltecas y estadounidenses de provocar estos antinaturales incentivos? ¿Qué podríamos estar haciendo para cambiar la ecuación de costo-beneficio para estas familias, para que pudieran permanecer unidas y prosperar económicamente en el lugar de su escogencia?

Este artículo fue publicado el 27 de junio del 2014 en la Revista Contra Poder y el CEES.

**Según el Nuevo Herald, Elva Marroquín y su esposo ya están reunidos con sus hijos Angel y Dulce.

 

¿La propiedad es un derecho humano?

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Muchos piensan que los guatemaltecos debemos repudiar el derecho de propiedad, porque la propiedad privada solamente sirve para atropellar los derechos humanos. Esto no es cierto.

La oposición hacia la minería, las hidroeléctricas y otras inversiones suele enfundarse en la bandera de los derechos humanos. Se afirma que las comunidades tienen derecho a decidir qué actividades económicas pueden desarrollarse en todas las propiedades privadas y públicas de su localidad. Bajo esta óptica, el derecho a la propiedad es visto como una herramienta de explotación, un privilegio, o una institución dañina.

¿Se contraponen los derechos humanos y el derecho de propiedad? No, responde Paul L. Poirot. En un artículo publicado originalmente en 1962 por la Fundación para la Educación Económica (FEE), Poirot aclara que “el término propiedad carece de significado al menos que se aplique a algo poseído por alguien. La propiedad en sí no tiene ni derechos ni valor, si no involucra intereses humanos. No hay derechos que no sean humanos.”

Siendo el derecho de propiedad un derecho humano, entonces, ¿cuál es su importancia con relación a otros derechos? Es un derecho básico reconocido desde tiempos ancestrales, recuerda Poirot. Podemos hacer valer nuestra vida si el producto de nuestro trabajo es apropiable. En palabras de Murray Rothbard, “el derecho humano de todo hombre a su propia vida implica el derecho a encontrar y transformar recursos: a producir lo que sostiene y avanza la vida. Ese producto es la propiedad.”

La pérdida del derecho de propiedad acarrea la pérdida de los demás derechos. Si el gobierno se adueña de todos los medios de comunicación, no tendríamos derecho a la libre expresión, ejemplifica Rothbard. Lo que es más: todos los derechos humanos son derechos de propiedad. Difícilmente podríamos sobrevivir o alcanzar nuestro máximo potencial si no nos auto-gobernáramos. Sólo somos libres si somos dueños de nosotros mismos. Y solamente cuando nos aseguran que serán respetados nuestra libertad y los frutos de nuestro trabajo, tenemos el incentivo para buscar mejorar nuestra condición económica.

Poirot señala que los derechos a la vida, la libertad y la propiedad son indivisibles e inviolables, y así lo reconocen tanto la Constitución de Estados Unidos como la de Guatemala, entre otras. La protección constitucional del derecho es imperativa, porque asiste a todas las personas por igual y nos blinda contra los abusos por terceros; subraya que ningún Estado debe infringir aquello que es esencial a la vida de cada persona.

Si todos los derechos humanos son en el fondo derechos de propiedad, entonces los aparentes conflictos entre derechos pueden deberse a la pretensión de adueñarse de bienes ajenos. Eso sucede cuando exijo, por medio del gobierno, que otros me doten de una vivienda o paguen mi educación. Tales exigencias son transferencias, privilegios, subsidios o protecciones, pero no derechos.

También surgen conflictos cuando los derechos están mal definidos. Si el derecho que asiste a unos manifestantes se contrapone al derecho a la libre locomoción de los demás, explica Rothbard, es porque el dueño de la calle (en este caso la municipalidad) no ejerce claramente su dueñez. Si la calle perteneciera a los manifestantes, los conductores no dirían que sus derechos fueron atropellados. Negociarían con los propietarios un horario para circular o buscarían rutas alternas. Lo que es más, el economista Ronald Coase vislumbró que cuando una inversión genera externalidades, entonces los derechos de propiedad claramente establecidos resuelven los conflictos. Las partes únicamente se pueden poner de acuerdo si saben quién tiene derecho a qué.

En conclusión, le hacen un daño atroz a las comunidades guatemaltecas quienes predisponen a sus pobladores en contra de un derecho humano básico como lo es el derecho de propiedad.

Este artículo fue publicado el 20 de junio del 2014 en la Revista Contra Poder y en CEES.

La foto que ilustra este artículo es propia, un detalle de un montaje por el artista Jean Dubuffet.