El poder político

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Por un lado, el poder político se otorga y erige para garantizar los derechos básicos individuales, pero por el otro lado, puede ser utilizado contra aquellos a quienes debía proteger.

Los actores políticos no son los engranajes en una conspiración secreta ideada por un siniestro líder para controlar el mundo. Son personas falibles que negocian posiciones y aprovechan circunstancias particulares. Sin embargo, es innegable la existencia de individuos conspiradores y manipuladores que avanzan sus intereses mediante cuidadosos planes estratégicos. La representación más cruda de tal figura es el senador Frank Underwood, el protagonista de la serie de ficción original de Netflix, Casa de Cartas. El Senador Underwood es distinguido, educado y buen orador, pero sus ansias de poder lo llevan incluso a asesinar a otras personas en sangre fría. Viendo directamente a la cámara, Underwood comparte sus pensamientos íntimos con el televidente. Así, el implicado espectador sabe más que los actores en la trama, y sufre por quienes incluso le atribuyen buenos sentimientos al protagonista. “El camino hacia el poder está pavimentado de hipocresía y víctimas,” opina el susodicho secamente.

Acumular poder le brinda cada vez más herramientas a Underwood. Interponerse entre él y el poder es peligroso. Hasta sus colaboradores están constantemente en la cuerda floja. El senador pasa por encima tanto de quienes vislumbran su verdadera naturaleza, como de gente vulnerable y bondadosa, incapaz de concebir que existan víboras como él. Algunas veces sus métodos son claramente ilegales, pero otras veces se posiciona como defensor del orden público. Sus maquinaciones se enfundan en complejas leyes, pues sus conocimientos de la legislación y de la maquinaria política superan los de la mayoría.

La dura realidad es que en Guatemala también hay operadores políticos como Underwood. Aquí también se disfrazan como asuntos de interés público las riñas personales y las rivalidades ideológicas. Aquí también nos venden un discurso idealista para ocultar o maquillar intereses mezquinos. De vez en cuando leemos una noticia que nos consta es falsa. Conocemos a la persona, la organización o la empresa sobre quien penden serios cargos, desde desfalcos hasta trata de personas. La verdad es conocida solamente por un círculo íntimo, en tanto el público manifiesta alegría porque finalmente atraparon a un criminal o hicieron valer los derechos humanos.

Imagine la sensación de indefensión que embarga a un hipotético ciudadano honesto que ve descender sobre su propiedad o negocio a decenas de agentes armados o inspectores gubernamentales. Su diario quehacer se ve trastocado. Se llevan sus archivos y confiscan sus computadoras; lo arraigan e interceptan su celular. Se entera de qué lo acusan leyendo la prensa. Busca un abogado y empieza a dimensionar su peliaguda situación. La mayoría de sus amigos y conocidos le da la espalda, por temor o porque dudan de su integridad. Piensan que difícilmente perseguirían a alguien sin pruebas. Y es que le plantan evidencias y testigos falsos. Incluso le pueden montar un juicio internacional o amenazar a los familiares de muerte. Pisotean su dignidad y su nombre. El lector sabrá sustituir este ejemplo ficticio por casos reales.

En 1887, Lord Acton lo cantó claramente: “el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. El entramado de leyes y el sistema jurídico puede usarse para avanzar agendas personales o turbios intereses, inclusive al nivel internacional. Si puede ocurrir dentro de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), puede pasar en instancias nacionales e inferiores. Y no podemos luchar contra los abusos y las injusticias al menos que primeramente reconozcamos que es probable que nuestras reglas del juego incentiven conductas similares a la de Frank Underwood.

Este artículo fue publicado el 13 de junio del 2014 en la Revista Contra Poder y el CEES.

Foto: original de Intercollegiate Review.

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