Ataques armados y ambientalismo

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El ecologista finlandés Pentti Linkola afirma que “todo lo que hemos desarrollado en los últimos cien años debe ser destruido”. ¿Explica esta mentalidad los actos delictivos contra ciertas inversiones en Guatemala?

Con sus rostros ocultos por pasamontañas, hombres armados atacaron las instalaciones de una hidroeléctrica en San Mateo Ixtatán, Huehuetenango, el pasado 5 de mayo. En una operación bien organizada, hirieron a cuatro personas. Horas antes, un ingeniero y su esposa fueron retenidos por bloqueos. Por años, las personas y los bienes relacionados con inversiones en hidroeléctricas, mineras y otras industrias cuestionadas han sido objeto de ataques criminales. El saldo: deleznables asesinatos, secuestros, amenazas de vida, baja inversión, una imagen internacional deteriorada y pérdidas millonarias.

Los vecinos de San Mateo Ixtatán explicaron que los vándalos no son oriundos del municipio. El ataque constituyó una represalia en su contra, pues los pobladores locales suscribieron acuerdos con la hidroeléctrica. Además, los intimidan para que se unan a las protestas. Distanciarse de los actos delictivos requiere tanto valentía como sensatez. Tales acciones dañan las causas que supuestamente enarbolan, entre ellas la bandera ambientalista.

Las primeras organizaciones ambientalistas se enfundaron en la chamarra ética de la no-violencia. En nuestra mente reside el entrañable estereotipo del amante de la naturaleza, medio científico y medio hippie, que abraza árboles, recicla, escucha el canto de las ballenas y come afrecho. No mata a una mosca. Nos cuesta creer que personalidades como Ira Einhorn, cofundador del Día de la Tierra y opositor a la guerra de Vietnam, pudieran ser violentas; causó revuelo el arresto de Einhorn por asesinar a su novia y guardarla en un baúl para convertirla en compost.

Es decir que pocos nos percatamos de la transición hacia el eco-terrorismo por parte de ciertas agrupaciones. Quizás fue porque los ambientalistas interpretaron su coyuntura como una guerra declarada en contra malvados intereses económicos depredadores. Quizás fue el creciente odio hacia la humanidad por el anhelo de restituir a la Madre Tierra a un estado intacto. Y así, hasta el Príncipe Felipe, esposo de la Reina Isabel II, ha dicho que “si fuera reencarnado, quisiera regresar a la Tierra como un virus mortal para reducir los niveles de la población humana.” Frente a opositores avaros, sin conciencia, auxiliados por gobiernos indiferentes o cómplices, la salida pacífica luciría ilusoria a estos guerreros. El pequeño David ambientalista tenía que agredir a Goliat.

Para ellos, es válido bombardear barcos pesqueros, irrespetar la propiedad ajena y sembrar el terror entre inocentes. El fin justifica los medios. Según el FBI, el eco-terrorismo es una mayor amenaza terrorista que Al Queada dentro de los Estados Unidos. Los daños provocados por grupos como el Frente de Liberación de la Tierra (ELF) ascienden a más de $100 millones de dólares. Operan en células independientes y carecen de un liderazgo centralizador. Este modus operandi se ha internacionalizado.

La pregunta para Guatemala es: ¿Aquí existen eco-terroristas, o son usados como un frente? Si lo segundo es cierto, a los ambientalistas les ocurre lo que según Bruce Yandle ocurría a los religiosos bautistas en la época de la prohibición al alcohol: proveían argumentos morales y convincentes que, paradójicamente, servían los intereses de los contrabandistas del alcohol.

Los ambientalistas deben distanciarse de los criminales, siguiendo el ejemplo de los valientes pobladores de San Mateo Ixtatán. Permanecer callados frente a actos delictivos perjudica su prestigio y también daña al movimiento ecológico. ¡Somos más quienes quieren proteger los recursos naturales sin dañar el derecho ajeno ni el Estado de Derecho!

Este artículo fue publicado el 16 de mayo del 2014, en la Revista Contra Poder y CEES.

La foto que ilustra este artículo NO es propia, sino es un collage compuesto por una foto tomada de Plaza Pública y una ilustración del blog thepeoplesvoice.org.

 

 

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